Si fuera Kámala Harris la que hubiera sufrido dos intentos de atentado, nuestros periódicos levantarían hasta escudos humanos para proteger su preciosa vida


Actualizado Lunes, 16 septiembre 2024 – 22:51
Era más probable el segundo intento de asesinato de Trump que el primero. La razón es el efecto contagio. El chiflado (mirad, chifladas, os comento: cualquiera no puede ser un asesino ni tampoco un Pélicot) tiene de pronto relato, objetivo y hasta una fecha que expira el 4 de noviembre. Y algo más, importantísimo: el acicate de lograr lo que el pionero Thomas Matthew Crooks no pudo lograr, por milímetros, el 13 de julio de 2024, cerca de Butler, Pensilvania. A diferencia de lo que sucede cuando se ha tirado diez veces una moneda al aire, ha salido diez veces cruz y uno se dispone a intentarlo por undécima vez creyendo que lo más probable es que salga cara, en el caso del nuevo intento de asesinato de Trump los sucesos del pasado sí influyen sobre los sucesos futuros. Así cabe esperar que después de que Ryan Routh fallara en el club de golf de West Palm Beach, Florida, la evidencia del efecto contagio incremente aún más la protección del candidato. La disminución (-2) del número de chiflados activos no basta para contrarrestar el riesgo por contagio y que otro del nutrido arsenal norteamericano lo intente por tercera vez, acaso con Exit.
Ahora se trata de que nuestra prensa también reaccione. Es admirable la sobriedad con que narra los intentos de asesinatos de Trump. Sobre sus titulares siempre planea un aparentemente. En Pensilvania había caído al suelo sangrando por la oreja. En Florida, sobresalía del seto el cañón de un AK47, listo para rendirle honores a su paso. Pero nuestra prensa continúa impávidamente inobjetable: Un tiroteo, El Fbi investiga. A pesar de ¡su apariencia! esos titulares no se ajustan a los hechos, sino a la fama de tramposo y jugador de Trump. Y son, en realidad, una sutil e insidiosa teoría de la conspiración mucho más eficaz que la que acusa a Joe Biden y Kámala Harris de organizar los atentados. Por lo demás, nuestra prensa ignora las inquietantes consecuencias del efecto contagio y sigue al pie de la letra su naturaleza, tan ceñida a la novedad como la luz a la sombra: «¿Un atentado contra Trump?». «Ah, ya, otro». «Bueno, una llamadita en portada y marchando».
Esta columna mía, tan sumamente científica, debe cerrarse con un contrafáctico, indemostrable como todos. Que fuera Kámala Harris -partidaria no hace tanto de redistribuir los fondos destinados a la Policía- la que hubiera sufrido dos intentos de atentado. Y el gozo de ver cómo nuestros periódicos, nuestras calles y los más nobles de nuestros foros levantarían hasta escudos humanos para proteger su preciosa vida.