***Cádiz siempre ha tenido dos características, entre otras, que la han acompañado. Ser una ciudad cara en general: ropa, casa, bares, comida, etc. (Vivo y he vivido varias etapas de mi vida en Sevilla y sé lo que digo), y siendo pequeña, ofrecer algunos productos de excelencia, exquisitos, muy por encima de lo normal. Hoy voy a mencionar algunos actuales y pasados que han venido a mi memoria. Seguro que ustedes pensarán otros que se me olvidan.
Los helados de la actual Cremería Gelato Italiano (son unos de las mejores del mundo), los inigualables churros de la Plaza, los irrepetibles pasteles de la antigua La Camelia, la muy especial ensaladilla que se hacía en Las Palomas, el insuperable topolino de Los Italianos, la sin par bomba de choccolate de Casa Hidalgo, las la rica cerveza que expedían El Puerto y El Barril (hoy se aproxima La Marea), las extraordinarias empanadas de Antonia Butrón, los pasteles increíbles de la Belle de Cadix, el exquisito brazuelo del Selu o de La Vendimia, los sabrosos chicharrones del Manteca, el maravilloso café del bar Brim, los punteros caracoles del Nebraska y el delicioso atún rojo de Gadeira o Petaca Chica.
Aquí podríammos hablar del «restaurante» del Gitano Rubio en Muñoz Arenillas al que me cuentan iba de incógnito el rey Juan Carlos (no me da la gaa decir «el emérito»). Nunca fui, temeroso de las grandes estocadas que metía a los desconocidos. Pero fue un sitio de leyenda por sus productos (marisco de lujo) y por la forma exquisita de cocinar de su mujer.No sé donde leí que Felix Rodríguez llevó a Antonio Mairena tras una actuación suya. El Gitano Rubio cerró su local y puso un cartel en la puerta que decía: «Cerrado por estar a gusto». Al amanecer, Mairena quiso pagar, y el Gitano le dijo que aunque sus hijos no tuvieran que comer al día siguiente, no le habría cobrado.
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***Creo que fue a Espeleta al que García Lorca preguntó:
- Espeleta, ¿tú donde trabajas?
- Yo cómo voy a trabajar, si soy de Cádiz…
Bien, yo, que también soy de Cádiz, diré, a diferencia de Espeleta, que sí he trabajado… pero sólo un día de mi vida (y no completo)! Les cuento.
En realidad no quiero decir que no haya trabajado pues precisamente he tenido la suerte de acometer muchas y variadas actividades a lo largo de mi vida (guía, profe, investigador, prensa, gerente cultural, etc.). Lo que quiero aclarar es que de todas estas actividades sólo he considerado trabajo de verdad, es decir una actividad penosa y odiada por mí, aquel único día que estuve en la vendimia de Sanlúcar. El resto ha sido un divertimento o al menos algo no penoso.
Y, ¿cómo fue ese único día de trabajo?
Todo comenzó cuando un compañero de Historia, sanluqueño de influencia, al que encontré casualmente por allí, me eligió para trabajar de entre mucha gente que se ponía en una plaza del pueblo. El hombre creía hacerme un favor. Habíamos ido unos amigos de Cádiz con ese objetivo, y cómo en el chiste, tuve la mala suerte de ser yo el elegido.
Para empezar la noche anterior no dormí: hacía mucho calor, había mosquitos y la conversación con mis amigos era muy interesante.
Por la mañana temprano, muerto de sueño, me dieron una bicicleta para ir al puesto de trabajo. Tuve que circular en aquella bici vieja un montón de kms a través del campo. Por supuesto, cuando llegué al tajo, ya estaba cansado. El físico nunca fue mi fuerte pero menos en aquella época juvenil de pasotes.
Una vez allí, me dieron un cuchillo viejo y una cesta, y con otros trabajadores empezamos a cortar, agachados, racimos de uva que echábamos en el cesto. Cuando éste se llenaba había que descargarlo en un camión. Ni que decir tiene que con el paso de los minutos me iba debilitando más y más. Mis compañeros me ayudaban echando uvas en mi cesto, lo que agradecía, pero también me hacía sentir mal. Yo estaba francamente sin fuerzas y las pasaba canutas. A las cuatro horas se produjo por fin una parada para comer. No pude ni abrir la boca. Aproveché para tirarme un rato a descansar.
A la hora o así reanudamos el trabajo. Pensé que me moría. No podía más. MI cuerpo temblaba de dolor y cansancio. De repente, un buen rato después de reanudar la labor, oh diosa fortuna, me dí un corte en un dedo de cierta consideración por el que sangraba en abundancia. Qué maravilla. Enseguida me retiraron del puesto, me vendaron provisionalmente, me llevaron al ambulatorio y ¡me dieron de baja! No recuerdo cómo llegué al piso donde me alojaba para por fin poder acostarme. Estaba tan cansado y maltrecho que no pude dormir ni esa tarde ni en toda la noche. Al final me correspondió un dinerito curioso por accidente de trabajo…. y para Cádiz!