Ojalá la verdad fuera para él lo que la ley para el gángster. Arcadi Espada

Ningún presidente mintió con la obstinación y profesionalidad con que Sánchez miente. Su contador de mentiras es puramente trumpiano

Pedro Sánchez presenta su plan de regeneración.
Pedro Sánchez presenta su plan de regeneración.BERNARDO DÍAZ

Arcadi Espada

Actualizado Miércoles, 17 julio 2024 – 22:27

En apariencia, el presidente Sánchez no se comporta con la prensa de modo distinto a lo habitual. Elige con frecuencia comparecer sin preguntas para que los periodistas sean bulto de sus bulos, selecciona a los entrevistadores por su conducta lanar y su gabinete intoxica y premia a los periodistas, según conveniencia. Nunca ha dado una entrevista a este periódico -yo mismo se la pedí hace un año, sin que su mayordomo Francesc Vallès tuviera la educación de contestar, y eso que le pago- y su obligación era y es hacerlo. Pero tampoco ha hecho nada radicalmente distinto de sus predecesores. La característica diferencial de Sánchez es que ha presentado un plan contra las mentiras, imprudencia ontológica que a ningún presidente se le habría ocurrido. Solo hay una razón posible, y es que ninguno de ellos mintió con la obstinación y profesionalidad con que Sánchez miente. Su contador de mentiras es puramente trumpiano y no entiendo cómo este diario -al modo del Post- no lo ha puesto en marcha. Por si se decide, debería haber una breve introducción sobre su conducta respecto a la verdad, a partir de dos ejemplos fundamentales. El primero abarca el Proceso independentista. Sánchez es el hombre que dijo 1) que no indultaría a políticos, 2) que los indultó, 3) que no habría amnistía, 4) que los amnistió, 5) el que aseguró que los hechos de 2017 eran ejemplo de rebelión y sedición y 6) el que dejó el Código Penal inerme ante cualquier intento de sedición venidero. En efecto: cambió de opinión; pero no porque cambiaran sus convicciones, sino, justamente, por no tenerlas. Cuando el interés provoca el cambio de opinión, la rectificación se convierte en mentira: de ahí que, ni entre los más lanudos, Sánchez haya sido capaz de explicar por qué varió tantas veces su criterio respecto a los delincuentes nacionalistas. El segundo ejemplo es su carta a la ciudadanía, en la que dijo que iba a meditar sobre la conveniencia de seguir en La Moncloa. Con la indescriptible ayuda del periodismo femenino -lo que ya es puro pleonasmo-, puso a España en un grotesco trance sentimental. Pocos días después, en una entrevista en Tve, y por su misma boca, los ciudadanos supieron que el presidente nunca tuvo la intención de dejar el cargo y que su retiro claustral había sido una meticulosa farsa. Aún más que el mentiroso, en este episodio deslumbró el agente de la posverdad. La verdad para el mentiroso es lo mismo que la ley para el gángster: un cierto respeto y un ansia turbadora por violarla. Para Sánchez solo es una indiferencia. He pensado muchas veces en la mejor lección que darle, y que sería poner del revés en el periódico todas y cada una de sus declaraciones. Pero quia: ni lo notaría.

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