Elogio del guiri. Alberto García Reyes

La turismofobia es muy destructiva para Sevilla tanto en lo económico como en lo cultural

Elogio del guiri
Alberto García Reyes

ALBERTO GARCÍA REYES

13/07/2024 a las 19:12h.

Iba el agua de la dársena durmiéndose hacia la esclusa y sobre el lienzo verde trazaba el sol un destello de torero de plata. Por las tardes el río se pone alamares. Varios guiris estaban contemplando la estampa desde la calle Betis, mitad cegados por una luz desconocida para ellos, mitad asombrados por el estallido de colores. Yo pasaba por allí con prisa, a lomos del estrés de la rutina, y aquellos jóvenes viajeros me llamaron la atención tanto que me detuve para mirar lo que ellos miraban. Me di cuenta entonces de que hay una Sevilla que todavía no conozco, que es esa que habita en mi costumbre, en mi cotidianeidad, y siempre pasa de largo. Sin embargo, esa ciudad se detiene en la mirada de quienes no están contaminados por el día a día. Y es bueno a veces pedir esos ojos prestados para aprender a ver lo que tenemos delante. Lo que divisaban los guiris no era un emblema de los que se pegan con un imán a la puerta de la nevera. Era simplemente el sol atravesando el río desde el Altozano a la Torre del Oro. Una diagonal en la que se perdían las piraguas por un segundo hasta reaparecer de nuevo en la sombra.

El grupo de extranjeros había hecho una piña sobre la acera para contemplar tan hermosa pequeñez y, de paso, para enseñármela. Pero el momento de paz se rompió de repente con el comentario de un imbécil que paseaba su perrito y quería que los chavales le despejaran todo el espacio. «Os vais a cargar Sevilla, ¡fuera de aquí ya!», espetó el idiota con cierto aire de superioridad, como si se sintiese el guardián de un paraíso invadido por bárbaros. Mientras se marchaba soltando espumarajos, se le oía una protesta palurda que desgraciadamente ha cogido sitio en las pancartas de algunos antisistema: «Nos estáis echando de nuestras casas para que se forren los especuladores de los pisos turísticos». La verdad es que el susodicho nos amargó el momento a todos con semejante simpleza argumental. Habrá que verlo a él cuando viaja a otra ciudad haciendo colas en restaurantes que ha visto en internet. Pero más allá de este caso concreto, la idea de la turismofobia es muy destructiva. Obviamente hay que regular la situación para que la convivencia no estalle, hay que limitar los pisos turísticos, hay que mejorar los servicios públicos para evitar que la llegada de viajeros nos colapse y probablemente habrá que implantar tarde o temprano la tasa turística para que sea el propio visitante quien sufrague el coste público que genera. Pero de ahí a pensar que el turismo es malo y que nos hace daño va un mundo. El energúmeno del perrito de la calle Betis, y todos los que se manifiestan con sus pegatinas contra los foráneos, tienen que saber que este sector supone el 18 por ciento del PIB directo de Sevilla y el 25 cuando se habla en términos indirectos, que da trabajo a un tercio de la población activa sevillana y que, además, nos enseña a los autóctonos una ciudad que habitualmente despreciamos. Yo, desde luego, he aprendido más de los guiris que del tonto del perrito.

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