Ahora hay que borrarlos. Arcadi Espada

Ahora hay que borrarlos
SEQUEIROS

Arcadi Espada

Actualizado Sábado, 18 mayo 2024 – 22:42

(España) Las elecciones catalanas han supuesto el final de la carrera política de Carles Puigdemont, prófugo de la Justicia y líder de la sedición abortada por el Estado en 2017. En la campaña electoral, Puigdemont se comprometió a abandonar la política si no salía elegido presidente, y las posibilidades de su elección son nulas. De modo que andando. Todo ello es consecuencia de las noticias que trajeron las urnas. La suma de los partidos que impulsaron el Proceso (59) queda por vez primera lejos de la mayoría absoluta (68). Y no solo eso: la suma de todos los partidos independentistas, es decir, añadidos los 2 diputados de Aliança Catalana (61), es inferior a la suma de Psc, Comunes y Pp (63), la misma mayoría que eligió a Jaume Collboni alcalde de Barcelona. La importancia de estas aritméticas afecta a la elección en primera votación del presidente de la Generalidad -muy improbable, porque el único presidente verosímil, Salvador Illa, necesitaría armar mayorías inverosímiles-, pero, sobre todo, afecta a la segunda votación, en la que Illa solo necesitaría una mayoría simple de votos. Puede lograrla con el asentimiento tácito -mediante la abstención- de Esquerra y Junts: una posibilidad que impacta violentamente contra el muro simbólico del independentismo, erosionado pero aún en pie, porque significaría hacer presidente al líder de un partido que apoyó la aplicación del artículo 155. La otra posibilidad, y la más realista, consiste en sumar los apoyos de Comunes y Pp. A diferencia de la elección en el Ayuntamiento de Barcelona, esta mayoría necesita de la obligatoria abstención de Vox. De la abstención y no de su voto afirmativo, no sé si se me entiende. A los que ven complicada esa abstención les ruego que piensen en la posibilidad de que Vox se aliara con Junts, Esquerra y la Cup. Y que se presentaran luego a las elecciones consiguientes llevando a gala tal alianza.

España lleva una década soportando, entre la angustia y el tedio, la autodeterminación del catalanismo, virado a independentismo y a independentismo anclado en la secesión unilateral. La base moral, política y económica del intento de secesión fue, evidentemente, el gobierno de la Generalidad. De ahí obtuvo la legitimidad que invocó, la coacción que practicó y el imprescindible dinero público con que se pagaron las actividades ilícitas del movimiento. Lo más relevante, en fin, de la organización criminal que en 2017 trató de asaltar el Estado fue que gobernaba un territorio. ¿Cuál es, así, la respuesta que cabría esperar de los demócratas españoles, tan gravemente amenazados en sus razones y sentimientos por la amenaza de la independencia, ante la posibilidad, laboriosa, pero aplicable, de que por primera vez hubiera un gobierno de la Generalidad no ya no independentista, sino formalmente no nacionalista? Una respuesta satisfecha y realista, que, por supuesto, no quiere decir ni ingenua ni necia.

Pero ni en la opinión de izquierdas ni de derechas se ha producido nada semejante. La izquierda sigue con la golosina de aquel tripartito, inicio de la Procesionaria, a partir del gobierno de don José Montilla y su intolerable deslegitimación de los tribunales de Justicia. Como le suele suceder, esa opinión ignora los hechos y el principal: que el trompazo de Esquerra Republicana no avala precisamente su participación subordinada en un gobierno con los socialistas. La confusión y las alergias de la opinión socialdemócrata llegan a tal punto que ni siquiera se han atrevido hasta ahora a poner al Pp entre la espada y la pared, exigiéndole que favorezca el gobierno de Illa y sea fiel a su continua declamación constitucional.

Y sin duda podrían hacerlo. Como sabe cualquiera que piense, el llamado voto útil solo existe después de votar. En la democracia parlamentaria el voto útil no es el de los ciudadanos, sino el de los diputados. Por primera vez el Pp tiene la posibilidad de ser decisivo en el nombramiento de un presidente de la Generalidad. ¿Va a despreciar esta posibilidad para encarar una repetición electoral en la que reivindique su inutilidad ontológica? Ni el pasmado silencio de Feijóo ni las torpes y apresuradas declaraciones postelectorales de Fernández permiten descartarlo. Por si fuera poco, uno y otro han llegado a discrepar sobre la cuestión del fin del Proceso, una discrepancia tanto más ridícula cuanto el fin del Proceso es mérito de un gobierno del Pp, cuyo presidente de entonces destituyó a la Generalidad en pleno y mandó a la cárcel -por jueces interpuestos, oh sí- a los líderes de la sedición. Una benevolencia analítica más corta que las mangas de un fachaleco adjudica la pasividad del Pp a la cercanía de las elecciones europeas. Lo que significa que una decisión útil, responsable y hasta patriótica es un lastre electoral. Y que contribuir a la higienización del cubil que envenenó la vida española en la última década es algo que los ciudadanos le harían pagar caro. Todo ello, obviamente, teniendo en cuenta la imagen de seriedad, responsabilidad, sentido común y galleguismos implícitos que su líder ha querido transmitir desde que llegó a la presidencia del partido.

Detrás de esta indiferencia ante la posibilidad de un cambio histórico -a la que tampoco ha sido ajena este periódico, paradójicamente, que luchó contra el Proceso con el mayor convencimiento y energía- está la reválida del viejo problema, y es que los fatigosos asuntos de la degeneración catalana son un asunto interno. Cuando se reprocha justamente al presidente Rajoy la cachaza con la que afrontó el curso preparatorio de la sedición hay que añadir que esa cachaza fue también la de la gran mayoría de españoles; y que ese ha sido el triunfo fundamental del nacionalismo catalán: la construcción de un espacio político y moral, pequeño y corrupto, cuya regeneración no emplaza al resto de españoles. Esta ausencia de compromiso ha sido y sigue siendo la variedad de anticatalanismo más real y más realmente perturbadora.

Ahora, cuando sopesan su participación en la mayoría que haga presidente a Illa, los dirigentes del Pp solo piensan en… Pedro Sánchez y en la lógica disputa que mantienen con el presidente más desaprensivo de la historia democrática. Creen que hacer presidente a Illa es darle la razón, legitimar su estrategia y contribuir a su encastillamiento en el poder. Cuando, por el contrario, es difícil imaginar hoy un gesto político más eficaz para poner en evidencia el carácter divisivo, polarizador y demagógico de Sánchez. El Pp se ha enfrentado honorablemente a la corrosiva amnistía decidida por el presidente del Gobierno, un ejemplo de obscenidad política que se convertirá en canónico. Su enfrentamiento -que, erróneamente, no se trasladó a la campaña catalana- no impedirá, sin embargo, que la Ley se apruebe en los próximos días. En este contexto de denuncia y de impotencia, los dirigentes del partido aún no han comprendido que el apartamiento del poder, e incluso de sus aledaños, de los delincuentes nacionalistas es la compensación más eficaz que el constitucionalismo puede recibir dada la inexorable aprobación de la Ley. La mejor respuesta al borrado de sus delitos es borrarlos del poder que les facilitó cometerlos. La única forma de castigo vigente.

Por último, hay una cuestión puramente ambiental, que no comprendo cómo los españoles no tienen en cuenta. Ni las ideas ni la capacidad de gestión de Salvador Illa despiertan grandes esperanzas a tenor de lo que se conoce de él. Una explicación plausible es el tiempo que dedica a rezar al dios de los católicos que, según su propia confesión, le ocupa tres veces al día, insistencia que lo sitúa en la estela de un musulmán practicante que se escaquee un poquito. Pero hay indicios solventes de que puede ser capaz de sumir a Cataluña en un aburrimiento silencioso y mineral, y esta es la máxima aportación a la gobernabilidad de España que puede aportar el probable y necesario nuevo presidente Illa.

(Ganado a las 15:03, extrañado por la ausencia en el cónclave global contra el globalismo de la estrella emergente del nuevo soberanismo europeo, Sílvia Orriols, de Ripoll, y muy interesado en conocer el alcance de las relaciones fraternales que habrá de establecer con el partido Vox, centrífugo y centrípeto según suene el clarín de la llamada electoral)

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