

Actualizado Sábado, 11 mayo 2024 – 00:20
El resultado de las elecciones catalanas volverá a serle favorable a Sánchez. ¡Hasta han pedido el voto para el socialista Illa los dos ex consejeros de Puigdemont a los que libró de la cárcel solo su cobardía!
Bien, a día de hoy, Illa, Puigdemont y Junqueras representan lo mismo: un proyecto nacional excluyente e injusto para el resto de los españoles. Y el resultado aún podría ser más abultado si se les suma el Pp, cuyas veleidades catalanistas son desconcertantes (quédese para otro día hablar de la peregrina idea de imponer un 30% de inglés en las escuelas catalanas sólo para maquillar la inmersión lingüística que ha arrebatado al 50 % de los niños catalanes su lengua materna, el castellano) y justifican el voto a Ciudadanos del que hablaba aquí Arcadi Espada.
Pero hoy es una jornada tranquila, de reflexión. Aprovechémosla para hablar… de lo mismo. Pero en voz baja.
En las elecciones generales del 23-J se trajo a esta página el artículo en el que Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, pedía el voto para el Gobierno que le paga su (gran) sueldo. Lo hizo sacando en procesión al Quijote: «Nos toca elegir entre la España de los odios y las inquisiciones y la España del amor, entre la heredera de Cervantes y la de Tomás de Torquemada».
Llama la atención la indiferencia con la que se asiste a la degradación de una institución tan importante con mensajes demenciales y vicarios (acaso, da uno en pensar, porque, habiéndola llevado a la irrelevancia, nadie repara ya en ellos). Desde luego ninguno de los que le precedieron en el cargo, bastante más competentes e independientes que él, llegó tan lejos.
Este lunes y a propósito de Cernuda, frente a Leopoldo Panero, y de Lorca, frente a Sánchez Mazas (son incapaces de vivir fuera del frente), ese hombre ha vuelto a las andadas en un artículo que tituló «Los equidistantes» y publicó en El País.
Panero y Cernuda, «dos buenos poetas y dos amigos», dice en él (completamente de acuerdo), coinciden en Londres en 1946 y «en algunas ocasiones discuten». Cuando Panero «afirmó que se habían cometido barbaridades en los dos bandos, Cernuda le contestó que sí, pero que un bando, sólo un bando, había sido culpable de un golpe militar y del encadenamiento de horrores provocados por la Guerra Civil», y la coletilla: «La deriva antidemocrática que vive la derecha española….» (y desiste uno de averiguar el camino mental que le llevó a ese hombre de Cernuda al informe reciente de los tres empleados de la Onu sobre memoria histórica, informadores a los que habría que recordar que la singularidad española pasa por la condición de victimarios de muchas de las víctimas, negada en las leyes de Zapatero y de Sánchez y causa de su invalidez tal y como fueron redactadas; y que las víctimas no entienden de fechas ni de bandos… y son de todos).
Cernuda rompió con la República el día que los comunistas suprimieron, en su poema dedicado a Lorca, las alusiones homosexuales, y se largó de España en 1938. José Antonio Montano, en su réplica en The Objective a GMontero, recuerda la carta que Cernuda escribe por entonces a Martínez Nadal. Quiere regresar «sin perder tiempo»: «Cuando me acuerdo de Federico siento remordimientos por alegrarme del fin de la guerra y de la vuelta a España». Y en 1939 a Concha de Albornoz: «Uno y otro bando no me inspiran sino horror y asco. Por los españoles siento la más profunda compasión, merecerían mejor suerte». «Esa es la actitud limpia», concluye Montano, «vital y trágica de Cernuda; no las monsergas puritanas de hoy, efectuadas normalmente por los sucios».
Cernuda nunca volvió del exilio. Murió en 1963. Sí lo hizo, tres años antes, quien fue su mejor amigo en la República, Ramón Gaya, igualmente señalado por los comunistas (Bergamín le aconsejó no dejarse ver una temporada por el café valenciano, para evitarse «sustos», o sea, un bonito «paseo»), como Robles, traductor de Dos Passos, del que nunca más se supo. Entre los cuatro o cinco amigos que acudieron a recibir a Gaya a Barajas se encontraba Panero. Antes, en 1947, habría regresado el amigo íntimo de Gaya y Cernuda, Juan Gil-Albert. Tampoco pudo regresar Chaves Nogales (otro de la fachosfera), pero sí Clara Campoamor, que volvió a marcharse a ningún bando. La vida de todos ellos fue difícil, pero la de muchos de los que se quedaron no fue más fácil. La valía literaria fluctúa según cada lector, y el gustarle a alguien más (mucho más en mi caso) Cunqueiro que Ayala o Aub no es ninguna anomalía política ni moral, y menos aún literaria.
Cierra GMontero su artículo con esta frase (que ha dado pie al mío): «Algunos escritores se muestran muy partidarios de la equidistancia. Sostener que Sánchez Mazas era tan bueno como García Lorca o que Agustín de Foxá fue tan respetable como Cernuda les ayuda a valorar su propia condición literaria». No conozco a ningún escritor que sostenga lo primero (igual Ferlosio, pero ¿y qué, si le gusta más?, ¿está prohibido?, ¿en qué se menoscaba su condición literaria, política o moral?); o sea, un bulo. Y por supuesto que Foxá fue tan respetable como Cernuda (para JRJ seguramente más). Pero no entiendo qué tiene que ver todo ello con la equidistancia que, hoy por hoy, es únicamente la que media entre los bulos y el fango que fabrican las máquinas de los bulos. Una de ellas está en el Instituto Cervantes, no hay que darle más vueltas. Como la minerva de los billetes falsos.