La cuestión es cómo largarlos. Arcadi Espada

La cuestión es cómo largarlos
SEQUEIROS

Arcadi Espada

(Nacionalismo) Mientras Pedro Sánchez come jamón del país en el Siete Puertas, un oscuro figón ochocentista especializado en sangría y paella, como tuvo que precisar el cronista Ellakuría, su gemela némesis Ayuso se disfraza de Tarasca -un mito ¡francés! especializado en la doma de monstruos- y a los acordes del schotis pasa revista a las tropas, en la parada militar más bochornosa de la historia de España. Es el ambiente moral y cognitivo idóneo para leer la entrevista de Emmanuel Macron en el Economist y, aún más, para encararse con su discurso en la Sorbona, del 25 de abril, una pieza beligerante y severa sobre las obligaciones militares, económicas y políticas de Europa. Es conveniente leer la entrevista haciendo un ejercicio de simulación elemental que consiste en imaginar la posibilidad de que el presidente del Gobierno español se sometiera a una entrevista similar. No hay posibilidad. Es simple. El presidente Sánchez no tiene los conocimientos necesarios. Jamón del país.

La conferencia en la Sorbona incluyó un párrafo final que voy a transcribir: «El hecho es que todos los nacionalismos de Europa ya no se atreven a decir que van a salir del euro y de Europa. Pero todos nos han acostumbrado a un discurso de si, pero, es decir: ‘Tomare todo lo que ha hecho Europa, pero lo haré mas simple, pero lo haré sin respetar las reglas, pero lo haré burlando sus fundamentos’. Básicamente, ya no proponen salir del edificio o derribarlo; solo proponen no tener mas reglas de copropiedad, dejar de invertir, dejar de pagar el alquiler. Y dicen: eso funcionará. Y el riesgo es que todos los demás se vuelven tímidos y dicen: ‘los nacionalistas, los antieuropeos, son muy fuertes en todos nuestros países’».

El párrafo describe la estrategia de Le Pen y de todos los nacionalistas respecto de Europa. Pero tiene un valor aparte para los españoles. Esto es, exactamente, lo que ha hecho aquel Pnv, lo que hizo aquella Convergència y lo que ahora hacen sus herederos: incumplir las reglas de copropiedad y dejar de pagar el alquiler.

Y aún describe algo peor: la actitud rendida y hasta servil de los partidos no nacionalistas: «Es que son muy fuertes…». La cuestión central no es la puramente defensiva, arrinconada, de si los nacionalistas quieren largarse de España o de Europa. La cuestión es cómo largarlos.

(Bulo) El miércoles 24 de abril el presidente del Gobierno escribió este párrafo en su llamada Carta a la ciudadanía: «Necesito parar y reflexionar. Me urge responderme a la pregunta de si merece la pena, pese al fango en el que la derecha y la ultraderecha pretenden convertir la política. Si debo continuar al frente del Gobierno o renunciar a este alto honor». Cinco días después respondía así a una pregunta de Tve:

– ¿El miércoles estaba dispuesto a dimitir?

– No, no, no. No le niego que posteriormente sí. El miércoles lo que hice fue enviar una carta a la ciudadanía donde yo explicaba mis sentimientos, cómo me sentía después de diez años de acoso, no solamente desde el punto de vista político sino familiar y personal.

Después de cinco días, la innoble farsa que había organizado el presidente era una evidencia para cualquiera. Aunque lo verdaderamente turbador es que el primero que lo supo era él mismo. Escribió la carta sin estar dispuesto a dimitir, pero la carta anunciaba que estaba dispuesto a hacerlo. Es decir, la carta era un bulo. Fue escrita con la intención de hacer creer que el presidente entraba en una deliberación, pero no había tal: el miércoles Pedro Sánchez ya sabía lo que haría el lunes. La fuente: él mismo en Tve.

El proceso que siguió el bulo fue muy interesante y es posible que dé para una tesis -al fin útil- de alguna facultad de las llamadas de Comunicación. Todos los españoles creían que el presidente del Gobierno iba a dimitir y lo creyeron hasta el mismo momento del lunes en que abrió su boca. Sería un intolerable pecado de falsa modestia que no dijera que yo resistí hasta el borde mismo de la conclusión, y solo fui vencido cuando las webs noticiosas empezaron a decir que el Señor de La Moncloa había convocado a los criados para darles cuenta personalmente de su decisión. Se me hizo por completo imposible el pensar que ese hombre iba a ser capaz de convocar al personal para decirle: «No temáis, me quedo». Pero es que yo no conozco a ese hombre ni de lo que es capaz.

La credulidad española la alimentaron tres grupos: las mujeres, los moralmente superiores y los wishful thinkers. Hablo de mujeres en el mismo sentido sinecdótico en que aquella Irene Montero hablaba de los hombres. Lo cierto es que parece probado estadísticamente que las mujeres votan en mayor medida a Sánchez. Entre otras razones por guapo. Quizá esto les parezca humillante a algunas, que querrían votarle por sus mayúsculas aportaciones a la Academia. Pero así es la vida. Una nutrida cantidad de papers Ivy League prueban que los guapos lo tienen más fácil para triunfar en esta vida y Sánchez no es la excepción. Otra nutrida cantidad de papers subrayan la atención predominante que las mujeres dan a las emociones y es una evidencia que su celebrada llegada a la vida pública ha tenido consecuencias. Una de ellas es la sentimentalización de la política. De ahí que la hipótesis del guapo sentimental se hiciera irresistible para tantas y que la resolución final del personaje fuera la del galán enamorado que todo lo deja por ella(s). A los pocos minutos de hacerse pública la carta, los moralmente superiores, o sea, los hombres y mujeres de izquierdas, empezaron a entonar la conocida sintonía del No todo vale, excepto si lo hacemos nosotros. El bofetón a los que habían hecho del apego al poder de Sánchez un lema de oposición política habría sido de los que marcan una época. Y su correlato, la hipótesis de un Sánchez desprendido que deja voluntariamente La Moncloa humanamente asqueado era de una potencia tan impresionante que ni yo me atrevería a negar que el propio Sánchez no se meciera en ella en alguna hora muerta de sus cinco días de columpio. Un Sánchez ido les devolvía una certeza amargamente puesta en duda en estos años de pactos contra la naturaleza y la cultura: «¡Somos auténticos!», iban repitiéndose a lo largo del fin de semana. El desalojo del poder los amnistiaba. Por último estaban los deseantes, la buena gente de derechas. Por supuesto que creían saber quién era Sánchez. Su cara dura, su capacidad mil veces probada para la mentira, la sumisión de cualquier principio y de cualquier persona a su obsesionada búsqueda del poder, y entiéndase ahora por principio la solidaridad conyugal y por persona su propia mujer, de cuya presunta corrupción había dado noticia, gracias a la carta, la prensa mundial. Todo lo que creían saber de Sánchez y todo lo que habían dicho de él les obligaba a concluir que se trataba de una farsa más, y la más infame. Pero aun sospechándolo y hasta reconociéndolo te susurraban (wishful) anhelantes al oído: «Se va…». Y fue así como el bulo se fue amasando y cómo a punto ya de entrar en el horno, un sonriente Sánchez crujió la mandíbula y la mueca se tornó en risotada: «Que os lo habéis creído, vainas».

El que su primer anuncio ante las mujeres, los morales y los wishfuls que ya habían recuperado la conciencia fuera su intención de presentar iniciativas legales contra los bulos es lo que coloca a este hombre en un lugar inalcanzable de la extendida práctica del cinismo político. Porque, además, y como recordaba en El PaísDaniel Gascón, la propia regulación de los bulos solo es un bulo más.

Pero lo realmente inconcebible: que Pedro Sánchez sea verdad.

(Ganado el 4 de mayo, a las 18:11, siguiendo el recorrido que hace años Jacob Soll hizo en Político de las noticias falsas, y conviniendo, no solo en que las noticias llevan 500 años de vida impresa y las noticias verificadas poco más de un siglo, sino que antes de todo ello la disputa por la verdad se sustanciaba entre bulos)

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