Mentiras, engaños y cada vez peor. Andrés Trapiello

¿No hay esperanza entonces? Desde luego: que jueces y periodistas impidan que las mentiras se conviertan en engaños

Mentiras, engaños y cada vez peor
TOÑO BENAVIDES

Andrés Trapiello

Andrés Trapiello

Actualizado Viernes, 3 mayo 2024 – 22:30

En algún pasaje de La comedia humana (quién recordara nombres como antaño) dice Balzac, a propósito de uno de sus tres mil personajes secundarios, un opiómano, que lo malo de la droga es que quien la consume ha de ir aumentando la dosis para obtener los mismos efectos estupefacientes del comienzo.

En la astracanada de Sánchez, de la que él es, como decíamos, único empresario, autor, actor y tramoyista, las cosas suceden más o menos igual.

Él es adicto a dos drogas aún más dañinas que la morfina para la convivencia democrática: la mentira y la vanidad. Ambas se ajustan al diagnóstico balzaquiano: el mentiroso ha de ir doblando la frecuencia y el grosor de sus embustes para seguir haciéndose creíble (el cuento de Pedro y el lobo) y al vanidoso todos los aplausos acaban resultándole insuficientes (la vanidad es la sed que más crece cuanto más se sacia), lo que explica que los autarcas solo puedan acolchar sus mentiras con aclamaciones crecientes y estruendosas.

Lo extraño es que el efecto de ambas drogas opera no solo en el enganchado Sánchez, sino en muchos de los que asistimos a diario, estupefactos, a un espectáculo del que no se da crédito.

Por seguir con símiles literarios, Pedro Sánchez, sacando en procesión a su señora la semana pasada, recordaba a Pedro Luis de Gálvez. Acabó este, después de fracasar su intento de hacerse con la dirección de la Academia de la Lengua, regentando una cheka en el Madrid del 36. Se había hecho famoso al pasear por las tabernas a su hijo muerto pidiendo dinero para el entierro. Difieren las versiones en el envoltorio, según unos portaba el fiambre envuelto en papel de periódicos, según otros en una caja de cartón. Coinciden, sin embargo, en que lo llevaba debajo del brazo como una barra de pan. Para entonces Gálvez ya había agotado todos los ardides del sablista.

Sánchez envolvió a su mujer en una pútrida declaración de amor antes de pasearla por la ciudadanía. Ha sido su último gran golpe (cierto que a otra mujer, una feminista por ejemplo, le habría puesto los pelos como escarpias ver expuesta su intimidad de un modo tan desvergonzado, no muy diferente de ese hortera que rodilla en tierra pide a su novia en un restaurante que se case con él, con el doble fin de vencer su resistencia y arrancar el aplauso de los comensales presentes, si acaso no busca en ellos el modo de persuadirla). ¿Si no hubiese sido con esa añagaza, con qué otra mentira se hubiera podido hacer creer el que ya nos ha mentido de mil maneras diferentes?

Y con esto entramos en la otra parte de este asunto. Los aplausos.

Las escenas vividas frente a la sede del partido socialista en la calle Ferraz de Madrid quedarán en los anales de ese Celtiberia show que inmortalizó el gran Carandell. Qué sollozos, qué espasmos e hipidos. La vicepresidenta Montero hizo de Arias Navarro (¿recuerdan?: «Franco ha muerto, hip»), si bien no gritaba «¡Pedro, quédate!», como parecía, sino más bien, feróstica perdida, «¡Pedro, no me quiero ir!». Y ella hablaba no solo en su nombre, sino en el de todos sus compañeros de gobierno, cargos, carguetes y cuantos han obtenido una colocación gracias a él, tan aterrados como ella de verse «en la puta calle» (que diría el ministro Óscar Puente).

Porque a esas horas, sábado, Sánchez, enterrado en el más absoluto silencio de La Moncloa, era para todos los suyos, «un cadáver nada más».

Cuando al quinto día resucitó, el pasmo de su jauría («somos perros, pero fieles», dijo otra de sus ministras) fue muy grande. Resucitó y habló. Y para quedarse eternamente en el poder echó mano de otra mentira; le había convencido, confesó, el clamor de «la mayoría social»: diez mil personas enajenadas, como aquellas que montaron guardia y desfilaron frente al féretro de Franco. Y aunque no pudo engañar a todos (hubo millones de ciudadanos que dijeron «a otro pedro con ese hueso»), lo cierto es que mintió al universo mundo.

«Cuando los gitanos tratan / es la mentira inocente: / se mienten y no se engañan», escribió Juan de Mairena. A diferencia de los gitanos machadianos, a Sánchez, todo menos inocente, no le basta con la mentira, que necesitará cada día más abultada, ya solo persigue el engaño.

Su última gran mentira (esa carta que le habrá escrito cualquier mercenario con tres horas de oficio en manejar la primera persona de un vanidoso) no iba dirigida a la ciudadanía (indiferente, hastiada o indignada al ver que se le trata como a menor de edad: «Que viene el lobo», o sea la derecha y la ultraderecha), sino a sus propios compañeros de partido (como demuestra la segunda carta de hace un par de días, en la que viene a decir lo mismo que en la otra e igual de mercenaria).

¿Y qué han hecho sus socios y empleados? Son conscientes, desde luego, de haber sido usados como el niño muerto y su jarrón-señora. Incluso los Page a la pregunta «después de esta humillación, ¿quieres que siga o que se vaya?», ya han respondido. Y Sánchez se lo ha agradecido con la única verdad: «Cada día será peor». Y lleva razón, porque para seguir donde está, sus mentiras irán en aumento, tanto que cada día necesitará más aplausos de más idiotas, más serviles y más corruptos. ¿No hay esperanza entonces? Desde luego: que jueces y periodistas impidan que las mentiras se conviertan en engaños. Por eso quiere acabar con los unos y los otros. Para él este es un asunto perentorio.

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