Empezando por llamarla desigualdad cultural y no diversidad. Arcadi Espada

Las regularizaciones masivas son el método que encuentra la ineficacia para reivindicar

Inmigrantes rescatados en las costas de Fuerteventura.
Inmigrantes rescatados en las costas de Fuerteventura.CARLOS DE SAÁEFE

Arcadi Espada

Actualizado Miércoles, 10 abril 2024 – 22:35

Una alianza entre la necesidad y la caridad ha provocado que los dos partidos mayoritarios se comprometan a regularizar a medio millón de inmigrantes irregulares. Tanto populares como socialistas corren el riesgo de dar argumentos a la extrema derecha de Abascal y Orriols; pero es difícil ver cómo no podrían dárselos sin asumirlos ellos mismos. Las regularizaciones masivas son el método que encuentra la ineficacia para reivindicarse y demostrar que también es un respetable método de resolución de problemas, íntimamente emparentado con la prescripción del delito. El compromiso va a contrapelo de los planes europeos, que pretenden endurecer la política de acogida y que se oponen específicamente a las regularizaciones masivas, por el indiscutible efecto llamada que suponen. Pero cualquier gestión democrática del gigantesco asunto de las emigraciones no puede evadirse de ese cruce entre las necesidades económicas y demográficas y las convicciones morales de muchos de los ciudadanos que viven en sociedades libres y prósperas.

Las gentes que emigran traen riquezas y problemas. La falseadora corrección política enfatiza lo primero, pero oculta pudorosamente lo segundo. Los que emigran protagonizan en Gran Bretaña el aumento de los crímenes de honor; en Suecia, un número de delitos de los que el imaginario socialdemócrata no puede dar crédito; y en España (y en otros lugares) son los que impiden la reducción a niveles ínfimos del crimen de pareja. Ninguna de estas situaciones se resuelve mágicamente; son el producto de una compleja intersección entre pobreza y cultura. Pero cualquier solución pasa, lógicamente, por el reconocimiento del problema y la identificación de sus protagonistas. Y del mismo modo que se apela a la obligación de reducir la desigualdad para conseguir sociedades económicamente más homogéneas, debe hacerse lo mismo con la desigualdad cultural. Empezando por llamarla desigualdad, y no diversidad. Los que emigran suelen hacerlo hacia lugares que han resuelto mejor que en los suyos de origen no solo determinados problemas económicos, sino también culturales. Y en muchos casos, probablemente, la primera solución ha sido tributaria de la segunda. La lucha contra el relativismo no solo es un deber moral de las élites occidentales y una imperiosa cláusula de supervivencia de la democracia. También es la condición inexorable de que los que emigran alcancen algún día la condición real de ciudadanos.

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