** La magnífica Cabalgata de Reyes organizada por el Ateneo sevillano me hace pensar una vez más que da gusto ver cómo viven y cuidan en Sevilla sus tradiciones. Por cierto, en determinados tramos del cortejo hay grupos disfrazados y bailando al son de bandas de música disparatadas que me recuerdan mucho a la cabalgata gaditana de Carnaval. Ya en casa, y viendo la magnífica retransmisión en directo del cortejo que hace Diario de Sevilla a través de internet, me quedo gratamente sorprendido cuando los encargados de comentar el acto comienzan a recordar que ya pronto, el día 8, empieza el concurso de agrupaciones del Falla. Como dijo el añorado Antonio Burgos, “Sevilla lleva mucho Cádiz dentro”.
** En este día de Reyes pienso que todos tenemos en el recuerdo a personas que nos han hecho regalazos inolvidables, no necesariamente materiales, que hemos agradecido toda la vida. Recordaré a algunas.
Cuando tenía 12 años, en segundo de Bachiller, mi profesora de inglés, P. G., nos examinó a los tres mejores alumnos del curso para otorgar las dos únicas matrículas de honor previstas por clase. A pesar de que durante el curso yo había sacado las mejores notas (era la única asignatura en la que destacaba), la matrícula no me fue otorgada, para mi disgusto. Sin embargo, se produjo el milagro. A los pocos días me llamó la profesora y me dijo que yo también tendría matrícula (no sé si consiguió una tercera o qué pasó). Aquel día se le notaba arrepentida y cariñosa en extremo, me mimó, me regaló un libro y me paseó por todo el Instituto. Gracias Pilar.
Mientras estudiaba en Sevilla, allá por 1970, iba los fines de semana a la Sierra de Huelva en pos del amor, y me volvía cada lunes por la mañana. Un lunes, un par de lugareños bastante mayores que yo y grandes aficionados «vitivinícolas», me ofrecieron regresar a Sevilla en la furgoneta de uno de ellos. La juerga de vino y tapas empezó nada más salir del pueblo. Yo iba encantado. Pero la cosa empezó a pasar de castaño a oscuro al atardecer. Yo ya no sabía ni dónde estaba y la furgoneta se estropeó. A las tres de la madrugada seguíamos en una venta bebiendo y cantando, y yo ya no podía más. Me escapé y paré un coche en medio de la madrugada. Conté mi situación a sus ocupantes y éstos me llevaron al pueblo El Castillo de las Guardas, despertaron al dueño de una pensión, le dieron el dinero de una noche y el del primer bus a Sevilla, y le dijeron que me llamaran en hora. Nunca pude mostrarles mi agradecimiento. (1)
Un día de 2006?, tras haber perdido la esperanza de que Pedro Schwartz prologara mi libro sobre los manuales de Historia, recibí una llamada en mi móvil cuando estaba en la estación de Santa Justa. Era la secretaria de Schwartz. El maestro se puso al aparato y no sólo me dio la alegría de decirme que ya tenía mi prólogo sino que, -perdón por el autobombo-, me dijo que se había leído el libro de una sentada y que yo no sólo había escrito un texto crítico con la Historia contemporánea que se contaba en Bachillerato, sino que de paso había hecho una Historia alternativa de consistencia. Gracias maestro.
** Hablando de reyes, recuerdo una pintada en una pared de Cádiz, en la calle Sacramento, cerca del colegio de la Torre Tavira que se veía desde la cuesta que hoy es Alcalá Galiano. Ponía “Ni Dios, ni patria, ni rey….CNT”. Alguien con mucho arte le añadió algo a la firma de CNT: “Ni Dios, ni patria, ni rey…..ni CNT”.
** Mateo es el unico evangelista que habla de la adoración de unos «magos» y no de unos reyes. magos Al parecer lo de «reyes» se añade a partir del siglo II. En ningún momento se habla de un rey de color, eso se incorpora siglos más tarde… Los regalos ofrecidos tienen una simbología religiosa: El oro hace rey al niño. El incienso lo diviniza, y la mirra lo hace hombre.
(1) P.D. Un amigo que conoce la historia de mis andanzas por El Castillo de las Guardas me dice que he omitido el final, que es lo más gracioso. Tiene razón. Quería hacer hincapié en los agradecimientos. Lo cuento. Quedamos en que unas buenas personas me pagaron la pensión aquella noche. Pues bien, cuando ya dormitaba tranquilo en mi cama, oí las voces y cantos de los dos lugareños juerguistas que al parecer ¡se disponían a dormir en la misma pensión! Me quedé petrificado en la cama. Menos mal que al final el silencio de la noche se impuso. Por fortuna, nunca supe más de ellos.