Píos (y algunos impíos) deseos al comenzar el año. Félix Ovejero

Actualizado Martes, 2 enero 2024 – 11:44

Que en 2024 nos podamos sentir plenamente ciudadanos en un país de libres e iguales. En cada rincón de España

El relojero Jesús López-Terradas engrasa el reloj de la Puerta del Sol.
El relojero Jesús López-Terradas engrasa el reloj de la Puerta del Sol.FERNANDO ALVARADOEFE

Que sepamos administrar cabalmente la edición genética CRISPR; que la tecnología nos permita incorporar en nuestros tratos cotidianos sistemas de traducción automática y por fin podamos disfrutar de las enigmáticas bondades de la riqueza lingüística;que la IA no colapse intentando hacer inteligible a Judith Butler; que Woody Allen y Clint Eastwood sigan haciendo cine; que Trapiello entregue el volumen de los diarios en plazo, Francesc de Carreras comience sus memorias y Azúa, Savater y Gascón resistan ya saben dónde; que los tertulianos prefieran que los otros tengan razón (Borges) y entiendan que la mejor conversación es una investigación compartida; que la seriedad no se confunda con la solemnidad, el humor con la frivolidad ni la delicadeza con la debilidad; que -aunque sea casi contradictorio- ser valiente no cueste tan caro ni ser cobarde valga la pena (Sabina); que la comunidad de los poetas deje de parecerse a los Corleone; que la plástica recupere la cordura y sus comentaristas, la contención; que las facultades de Humanidades, ya que no mejoran el mundo, no molesten a quienes lo intentan; que racistas y «observatorios de género» hagan un curso de estadística elemental y otro de biología; que algún politólogo precise el sintagma «populista» y un sabio, «perspectiva de género»; que se acabe con la Leyenda Negra, incluida la cansina literatura sobre la Leyenda Negra; que la izquierda se rehaga de los destrozos de los años de Podemos; que la presidenta del Parlamento vuelva a despachar recetas; que el feminismo retome su fibra igualitaria; que los dirigentes sindicales añoren la decencia de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo; que Feijóo pida explicaciones y no disculpas a los empresarios catalanes; que Yolanda Díaz nos aclare qué entiende por «mujer»; que Patxi López, si no con el afán de verdad -una quimera-, tropiece con el principio de no contradicción; que Pedro Sánchez deje de mentir; que los nacionalistas sean leales.

Al final, me he ido creciendo y mis últimos deseos merodean imposibilidades y contradicciones, como si pidiera viajar a la velocidad de la luz o dibujar triángulos redondos. Aterricemos.

Me contentaría, y no es poco, con que -y toleren la cursilería, son las fechas- en cada uno de nosotros «resucite el viejo sueño sabido y olvidado de ser buenos y felices», que fantaseaba el poeta. Y, para la vida de todos, que nos podamos sentir plenamente ciudadanos en un país de libres e iguales. En cada rincón de España.

Ya me he vuelto a venir arriba.

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