La líbido o cómo el independentismo ya ha ganado. Andrés Trapiello

Actualizado Sábado, 28 octubre 2023 – 00:02

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La libido o cómo el independentismo ya ha ganado
Javier Olivares

Suceda lo que suceda con la investidura de Sánchez, el independentismo ya ha ganado. Tras seis años de «humillaciones españolas» (léase cumplimiento de la ley), el independentismo nunca había llevado tan lejos su libido: tiene ¡al gobierno de España! de rodillas y, a poco que se le den bien las negociaciones, pondrá también de rodillas al Estado sólo porque Sánchez ha decidido que «si yo me arrodillo… ¡al suelo todo el mundo!».

¿Es grave? A ver, podría ser peor. Podríamos ser cualquiera de los falsos 300.000 bebés robados en el franquismo que no aparecen por ninguna parte, y flotar en la indefinición civil, o peor aún, en la ley de Memoria Democrática, donde esos neonatos revolotearán eternamente como angelotes (mofletitos, ojos acuosos de lactante y un par de alas en el cogote).

La política, la realidad española, está entrando en parámetros de indeterminación. Un horizonte estrecho sin embargo. Por eso viene uno repitiendo que acaso solo la ficción nos ayude a encontrarle a todo esto el sentido que no acaba de vérsele.

La ficción nos enseña a ponernos en el lugar del otro: cierto que es más fácil empatizar con el vampiro de Düsseldorf que con Sánchez, pero vale la pena.

De las tres afirmaciones de su último trile («buscaré los votos debajo de las piedras», «estamos cada vez más cerca de la investidura» y «quiero seguir siendo presidente para llevar adelante políticas de progreso»), las tres son actos de la misma farsa: ha contado con esos votos desde el primer momento, nunca ha tenido que buscarlos, todos ellos corrieron a ofrecérsele esa noche electoral (¿adónde irían comunistas, delincuentes, txapotes y prófugos que más y mejor les asistieran?), y, por lo tanto, Sánchez ya era presidente el 23-J (como delató su júbilo desatado, impropio en quien acababa de perder las elecciones); y en cuanto a lo otro, a lo del progreso, vale lo que escribía aquí hace un par de días Félix Ovejero: «Cuando escucho el sintagma ‘la mayoría progresista’, me retiro de la conversación: no tolero la falta de respeto».

Pero imaginemos (estamos en la ficción) que Sánchez dice la verdad. ¿Cómo no buscar los votos debajo de las piedras y defender con uñas y dientes su Falcon? ¿Adónde volvería, si no? ¿A dar clases en una universidad de mala muerte? ¿Clases de qué? ¿De plagio? ¿De «Plastilina y Verdad»? ¿A formar un dúo con Zapatero? Cuánto mejor, si te ha tocado en la vida ese papel, tener poder, repartirlo, colmar a tus amigos, lucir el palmito por el mundo, cambiar de opinión impunemente, desenterrar a Franco… ¿Cuántas veces sucede en la vida de nadie que pueda resucitar, digo desenterrar a Franco y mantener su momia en el consejo de ministros como hizo López Rega «el Brujo» con Evita Perón en su despacho?

Claro que habrá investidura. ¿Quién lo ha dudado? Aunque sus asesores aconsejen en este último tramo a los socialistas fingir desasosiego, incertidumbre, y a los independentistas pedir la luna y el sol, ya van unos y otros aflojando la trama. Qué bien conoce uno los regateos y alboroques del Rastro. Como en el Rastro tratarán de convencernos de que han llegado a un «ni para ti ni para mí». También mentira.

Al contrario de lo que sucede en el Rastro (se mienten pero no se engañan), aquí se han puesto de acuerdo en mentir para engañar a un tercero, a un «primo», a la ciudadanía española. O sea, «para ti y para mí», nos lo repartimos. Es el momento en que los significados se deslizan a otros significantes, por ejemplo el paso de trato a timo: la amnistía.

Qué poco falta para que empiecen a encontrarla sexi, quiero decir constitucional, gentes que ni podíamos imaginar. Ya está tardando el manifiesto de los 2.000 intelectuales, artistas, escritores y cineastas que el gobierno viene sentando en la primera fila. Un manifiesto trufado de «nacionalismo democrático» o «renuncia de la unilateralidad» (hasta los más tontos saben que no hay nacionalismos verdaderamente democráticos, por lo mismo que todo nacionalismo acaba siendo unilateral: el catalán lo fue en 1934 y en 2017 y volverá a serlo en… 2023, en cuanto les sea concedida la amnistía. Porque la amnistía no es ya otra cosa que el referéndum encubierto: desde el momento en que el gobierno conceda la amnistía, el Estado reconocerá la ausencia de delito en 2017, y habrá legitimado de facto… la unilateralidad).

Se pone uno igualmente en el lugar de Puigdemont (y cómo no, si hasta Feijóo acaba de admitir que respeta a Puigdemont «porque no miente», ¡a Puigdemont!, todo menos respetable y el que más ha mentido, después de Sánchez). Es para estar contento: tras seis años de disfunción, ha levantado el nacionalismo a cotas inimaginables: ya tiene a Sánchez de rodillas. Solo les queda repartirse el orgasmo: «Tú la amnistía y el referéndum, y yo La Moncloa».

¿Y no podría ocurrir, por imaginarlo todo, que esta investidura se frustrase? Difícil imaginarlo. Pero puestos a ello, llegado ese momento imagina uno, sí, a Sánchez repitiendo campanudo aquello de Pasionaria (héroa de Yolanda Díaz y a estas alturas, supongo, del propio Sánchez): «Más vale morir de pie que vivir arrodillado» (antes de salir ella en 1939 huyendo en un avión, arrullada por los trinos de Alberti y María Teresa León, a los que había dado el despectivo apodo de «piquitos de oro»; y la fuga también se la imagina uno: ya sucedió otra vez en el maletero de un coche).

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