No pocos presidentes populistas americanos alimentan hoy el odio antiespañol como forma de esquivar sus problemas interno

13 Octubre, 2023 – 00:01h
HACE ya unos años, el Ayuntamiento de Sevilla –gobernado entonces por una coalición PSOE-IU– cambió el nombre de la Avenida de la Raza por el de Las Razas (ya se sabe que la izquierda cree en el poder taumatúrgico del plural). El PP, siempre cobardón en lo que a batallas culturales se refiere, nunca hizo nada por reponer el nombre original de la vía. Quizás porque, ignorante, pensaba que aquella “raza” era un concepto “franquista” que hacía referencia a una pretendida pureza genética del pueblo español, algo que hasta los educados en la Logse y derivados saben que es un imposible.
El concepto “raza” referido a la hispanidad –es decir, el conjunto de pueblos que pertenecieron en un momento dado a la Monarquía Hispánica– se acuñó y usó fundamentalmente en las primeras décadas del siglo XX para reivindicar el orgullo de los antiguos hijos del imperio ante las teorías supremacistas que proliferaban en el mundo anglosajón, que consideraban a los pueblos meridionales como degenerados y torpes. Fue un concepto espiritual y cultural, no biológico, y tuvo a toda una legión de defensores intelectuales a un lado y otro del Atlántico: el pensador argentino José Ingenieros, la poeta chilena Gabriela Mistral, el uruguayo J. Enrique Rodó o el mexicano José Vasconcelos, son algunos de los ejemplos. Pero de entre todos destacó el hombre que renovó el idioma castellano a través del modernismo, el gran emperador de la poesía en español, el mestizo, nicaragüense Rubén Darío.
Rubén fue el gran cantor de la raza hispana y de su capacidad para unir a los pueblos más diversos: “Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos;/ formen todos un solo haz de energía ecuménica./ Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,/ muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo”, escribió en su famoso poema, Salutación del optimista. La gran escenificación de ese espíritu fue la Exposición Hispanoamericana de 1929 en Sevilla, que todavía sigue marcando el urbanismo y el carácter de la capital hispalense.
¿Qué queda de aquel afán de fraternidad? Muy poco. El último intento de resucitarla, aunque de forma más pragmática y moderna, fueron las cumbres iberoamericanas de Felipe González. Hoy, no pocos presidentes populistas americanos –apoyados por partidos que están en el Gobierno de Madrid–, alimentan el odio antiespañol como forma de esquivar sus problemas internos. Pero no todo es naufragar, en los últimos tiempos están surgiendo voces que vuelven a reclamar el concepto de hispanidad como civilización y unidad. La raza sigue viva. Y sin la s final