No me llames Dolores, llámame Lola. Arcadi Espada

Actualizado Jueves, 14 septiembre 2023 – 00:33

Conociendo a Jordi Évole está garantizado que presentará al asesino en serie Josu Ternera en los términos con que el Periodismo y la Historia han presentado a Jack el Destripador

Josu Ternera (centro) y Arnaldo Otegi, en una manifestación en Bilbao.
Josu Ternera (centro) y Arnaldo Otegi, en una manifestación en Bilbao.ALFREDO ALDAIEFE

No comprendo el manifiesto que han hecho público Savater, Trapiello y Rubén Múgica, entre otros, exigiendo que el festival de cine de San Sebastián no programe un documental sobre el llamado Josu Ternera, asesino vasco, con alguna causa aún pendiente de celebrar, como la del atentado contra la casa cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza, en la que mataron a 11 personas y que el tal Ternera supuestamente ordenó. No comprendo el manifiesto porque sus firmantes no han visto el documental y para exigir una censura previa se ha de ser gobernador civil, rector de universidad catalana o muecín en alminar. Pero no solo. Esta medida cautelar exige redoblada cautela porque el director de No me llame Ternera es Jordi Évole, de acreditada trayectoria. Y conociéndole está garantizado que presentará al asesino en serie en los términos –toute proportion gardée– con que el Periodismo y la Historia han presentado a Jack el Destripador, a Adolf Eichmann o al Carnicero de Rostov.

Un asesino es siempre canónica noticia: se trata de un hombre que muerde hasta a los perros. Hay muy pocos, en comparación con la gigantesca cantidad de personas que no han movido un dedo contra nadie. Y es bueno dar cuenta de ellos, porque contribuye a la protección de los inocentes. Ahora bien: un asesino es un especialista. Como un delantero centro. La razón de que esté en los medios son sus asesinatos. Nada más patético e inútil que un delantero centro hablando del cambio climático o un asesino hablando de política. Aún recuerdo la decepción con aquel Otegi en La pelota vasca, que en vez de instruir sobre el making of de un secuestro exponía su programa Pisa: que los niños miren vacas en vez de aprender inglés y estar todo el día en internet.

Al Ternera hay muchas preguntas que hacerle. No es necesario que sean inteligentes. Todo el prestigio intelectual del terrorismo cabe en un cañón de pistola. Lo que a cualquier paisano se le ocurriría. ¿Lleva la cuenta de sus víctimas?, esta primera es obligatoria. ¿Cómo decidía que alguien tenía que morir? ¿Había más razón que emoción en su elección, o viceversa? Ante las diversas opciones, ¿echó a suertes alguna muerte? ¿Dónde decidía: paseando, en la ducha, en el coche, en su despacho? ¿Cómo creía que había cumplido mejor su deber: de autor material o de autor delegado del asesinato? ¿Leía las crónicas de los asesinatos que había encargado? ¿Solía hacerles llegar de algún modo su felicitación a los muchachos? ¿A qué decían sus hijos que se dedicaba papá? Incluso cabría alguna pregunta inteligente: ¿Eta dejó de matar a algunas mujeres por ser mujeres? Y también una de esas melodramáticas que llevan puntos suspensivos en vez de interrogaciones: Usted ha llevado una vida interesante…

Y mil más que va a hacerle Évole al asesino, hombre.

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