Actualizado Viernes, 21 julio 2023 – 22:4
Otros cuatro años combatiendo las mentiras y fechorías de Sanchedrín de Trolalandia y sus espoliques concluirían el ánimo del mismísimo don Quijote

La jornada de reflexión nos da un respiro. Bueno, la verdad es que no; solo estamos conteniendo la respiración hasta conocer mañana los resultados de unas elecciones que Pedro Sánchez ha convertido en las más demenciales que se recuerdan. No habrían sido tan locas si las hubiera puesto en Nochebuena. Así que hay tiempo de contar antes algo.
Las dificultades de poner el Quijote en castellano actual fueron muchas, pero aún recuerdo las tardes de los catorce años que me llevó aquel trabajo como de una intensa felicidad. Y secreta, porque no se atrevió uno a descubrirlo hasta no terminarlo: ni tenía ganas de distraerme, ni tampoco de oír reparos ciegos, por serios que fueran.
No todo resultó coser y cantar, desde luego. Porque, ¿cómo prescindir de palabras y expresiones con tanto sabor en nuestro idioma y algunas tan expresivas? Sin ir más lejos, la primera frase, esa que nos sabemos todos de carrerilla: «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme». Yo la dejé tal cual, claro (esas doce palabras son un monumento intocable como la Acrópolis de Atenas), pero igual habría que haberlas traducido: «En un pueblo de la Mancha de cuyo nombre no llego a acordarme»…
A lo largo del libro se presentaron infinidad de casos en los que no había más remedio que perder en la traducción algo o mucho del original a favor de la inteligibilidad. Se trataba de que el lector pudiera leer hoy esa novela como cualquier lector del siglo XVII: de corrido, como leemos las novelas, como las leían entonces. Y cuando tuve que defender la necesidad de traducir ese libro «sagrado» ante algunos castizos histéricos (pudiendo haberlos, reparos serios o académicos no tuvo, por suerte), recurrió uno a dos ejemplos. Si Sancho Panza hubiera sabido leer, habría leído la primera parte del Quijote como la leyó uno de los personajes de la segunda, el bachiller Sansón Carrasco, y la habría entendido de cabo a rabo; pero si don Quijote viviera hoy, tendría que leer para entenderla las cinco mil quinientas notas a pie de página de la edición de Rico (sin que muchas de ellas le aclarasen absolutamente nada, todo hay que decirlo). Y esto también: los lectores que leen esa novela en español tienen el mismo derecho que los que la leen en cualquiera de las infinitas lenguas a las que se ha traducido, quiero decir, entendiendo lo que se dice en la lengua que hablan con sus vecinos (y cuántos disparates encontró uno en algunas de las traducciones del Quijote al francés, italiano, portugués, catalán e inglés, consultadas entonces y con fama de excelentes).
Solo en una ocasión se atrevió uno a enmendarle la plana a Cervantes. Es una frase corta y en el original se entiende perfectamente, para más inri. Les recuerdo el contexto. Camino de Barcelona. El Ebro. El Caballero de la Triste Figura y su escudero encuentran amarrada a la orilla una barca y se meten en ella, en pos de aventuras, dejándose llevar por la corriente. Al poco descubren en medio del río unas grandes aceñas o molinos, que a don Quijote se le figuran castillo o fortaleza, y da en pensar, cómo no, que allí les espera una reina, infanta o princesa malparada y cautiva. Cuando la barca, sin gobierno, va directa hacia las aspas del molino, salen los molineros dando voces y advirtiéndoles del peligro. El lance termina con Sancho y don Quijote pasados por agua, pero creyendo este que sus salvadores, enharinados de pies a cabeza, eran losmalandrines que allí tenían oprimido a alguien. Tratan todos de hacerle salir de su error presentándole las evidencias, pese a lo cual don Quijote porfía: «Todo en este mundo son intrigas y apariencias, contrarias unas a otras». Cansado de luchar contra las circunstancias y ser derrotado por ellas, don Quijote pronuncia entonces la frase que tal vez el propio Cervantes se dijo muchas veces a sí mismo a lo largo de su aporreada vida: «Yo no puedo más». Yo no puedo más lo diría alguien que admite su derrota al faltarle la fuerza o que ya está harto, cosa inconcebible en don Quijote; resulta evidente que lo que quiso decir don Quijote, y no acertó Cervantes a oírle, fue esto otro: «Yo más no puedo», lo que diría alguien víctima del destino, pero con las fuerzas y el ánimo intactos; y así lo puse.
Lo mismo puede suceder mañana.
Nos hallamos hoy sábado entre un «todo puede pasar» y un «puede pasar de todo».
Muchos admitimos que mañana «todo puede pasar». Se dan muchos imponderables. Las encuestas así lo expresan. Nadie tiene en sus dedos todos los hilos del títere mundo. Pero si se confirma que «puede pasar de todo» (lo que algunos escépticos y apocados temen: «corazón de mantequilla» llamó don Quijote a Sancho en el episodio de las aceñas), querrá decir que habrá sucedido lo peor. Cuatro años más de lo mismo sería una empresa que pondría a prueba el valor de mil caballeros andantes.
Uno ha llegado hasta las postrimerías del régimen sanchista con la conciencia tranquila: «Yo más no puedo» hacer, me digo; ahora, la idea de que el cadáver de Frankenstein salte de la huesa en el último minuto, contra todo pronóstico, es superior a las fuerzas de cualquiera, y no descarta uno que llegado ese momento se me escape, como al propio Cervantes, un «yo no puedo más». Otros cuatro años combatiendo las mentiras y fechorías de Sanchedrín de Trolalandia y sus espoliques concluirían el ánimo «hasta incluso» del mismísimo don Quijote.