Este país no está para perder a las doctoras Franco. Andrés Trapiello

  • ANDRÉS TRAPIELLO

Actualizado Viernes, 9 junio 2023 – 23:45

La doctora Ángeles Franco es, hoy por hoy, una de las mejores y más prestigiosas y respetadas radiólogas de España

Este país no está para perder a las doctoras Franco
JAVIER OLIVARES

-¡No se puede hablar! ¡No se puede hacer gestos! ¡No se puede hacer nada, más que mirar! ¡Si se graba es ilegal!

El secretario parece irritado. Suena a un «¡quieto todo el mundo!».

De pronto interviene una mujer. ¿Quién es? Ni idea.

-La anterior sí se grabó, la de 2017… Con trípode y todo. Me acuerdo yo -arguye con timidez.

Parece que al hombre le va a dar la apoplejía: «Aquí no procede ningún tipo de… ¡No se graba absolutamente nada!».

Empezaba la función. En realidad esta había comenzado en 2017, cuando la doctora Franco impugnó al tribunal del concurso-oposición que le privó de la jefatura del Servicio de Radiodiagnóstico en el Hospital de San Juan de Alicante, plaza que ella misma había tenido en funciones durante el año y medio previo.

Se publicó una excelente crónica de Daniel Moltó en EL MUNDO del 17 de mayo de 2017 contando aquello. Seis años y unos cuantos recursos después, se ha repetido la prueba.

La doctora Ángeles Franco es, hoy por hoy, una de las mejores y más prestigiosas y respetadas radiólogas de España. Antes de recalar en el hospital levantino había trabajado en la Fundación Jiménez Díaz. Veintitrés años. Diez como jefa de servicio, ascendida más tarde a jefa de área. Además de la medicina clínica, impartía sus clases en la universidad, daba sus cursos a los jóvenes del Mir, acreditada por la Aneca, y era requerida en los congresos internacionales más importantes (Aneca: la exigente agencia de acreditación y evaluación que solo da sus títulos a los médicos listos; ignoro cuántos de los miembros del tribunal que la juzgó la tienen ni si la tienen).

Cuando por razones familiares hubo de buscar un clima más benigno, la doctora Franco buscó también trabajo en su nueva tierra. Dado su historial, lo encontró sin dificultad, claro, pero el sistema sanitario actual acabaría convirtiéndola en una forastera en su propio país. Y así se demostró cuando se convocó la plaza de jefa de servicio que ella ejercía interinamente. ¿Se parecería a una de esas oposiciones tan frecuentes en la universidad española, con tribunales hechos a la medida de un candidato, y candidatos a la medida del tribunal? Ya saben, esa endogamia, que da de todo menos listos. Los vínculos personales del otro candidato y su falta de experiencia en la sanidad pública comprometían su idoneidad. Naturalmente, la plaza acabó donde estaba pensado que acabara y la doctora Franco impugnó el nombramiento, denunciando una docena de irregularidades y pidiendo un arbitraje equitativo. Cualquiera, incluso los hipocondríacos y legos (es mi caso), puede advertir la asimetría descomunal de los currículos.

Tras seis años de extenuante pleito, la justicia obligó a repetir la oposición con los dos aspirantes y un jurado formado en parte… por los mismos miembros de 2017. ¿A quién cree usted que se la darían en esta ocasión? Tachán…

Aún resonaba en la sala el «¡si se graba es ilegal!» cuando la presidenta dio la palabra a la doctora Franco. Una hora de exposición de la que apenas necesitó seis minutos. Uno por año. Lástima no poder reproducirla íntegra. Un alegato a la vieja usanza del médico humanista. Empezó citando a Ernest Shackleton, el héroe antártico («él tardo dos años en culminar su gesta; yo seis»), y acabó con «la banalidad del mal» de Hannah Arendt. Dedicó su defensa a tres «excelentes radiólogas, profesionales de alta talla», víctimas igualmente de prácticas caciquiles: «Es una auténtica tragedia social que no sólo no se valore sino que se desprecie esos currículos, frente a otros, cómo decirlo, más escuetos (…). Déjenme que felicite al doctor, que disfrute muchísimo de su plaza, y también a las doctoras presidenta y vicepresidenta del tribunal [las mismas de 2017] por tener el candidato que ustedes querían y por haber dormido estos seis años sin haber tenido la sensación de que se había cometido una injusticia: tal vez cumplían órdenes. Tengo que añadir la sorpresa que me ha producido la llamada de la consejera de Sanidad hace un par de horas para exigirme un papel que no tenía ningún derecho a exigir. No sé si quería entretenerme, tomarme el pelo o intentar que yo no me presentase ahora aquí. Bueno, no lo he dicho, pero se lo imaginan: no quiero su plaza, no la necesito. La quise, consideré que estaba capacitada y que tenía razones para tenerla, pero soy muy feliz en el hospital donde estoy, y los 75kilómetros diarios que viajo todas las mañanas me compensan perseguir mis sueños con tranquilidad y sin hostilidades. Entonces, ¿qué hago yo aquí?, se preguntarán ustedes. No pretendo que lo entiendan. Es una deuda que tengo conmigo misma, me lo debía a mí y a todos los compañeros que han vivido situaciones similares a esta. Buenas tardes».

La presidenta, aturdida por el mazazo, exigió que la doctora Franco, que le había dado ya la espalda, permaneciera en la sala: «¡El tribunal tiene derecho a hacer preguntas!». «Y yo a no contestarlas. ¿Se lo digo más claro… o en otro idioma?».

Igual en valenciano, que puntúa más que una tesis doctoral (de hecho, Compromís propuso que los médicos no pudieran trabajar sin valenciano). Porque hemos llegado a un punto en que morir en vernáculo es más importante que la ciencia te salve la vida. Ya la Fundación Hay Derecho advertía hace unos días que «el amiguismo lastra el mérito en el nombramiento de los máximos cargos de las entidades públicas».

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies