Inés Arrimadas, el valor de una ciudadana contra el vicio de la identidad. Cayetana Álvarez de Toledo

  • CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO

Actualizado Sábado, 3 junio 2023 – 22:44

Ha dejado la política, pero su política sigue viva. Ha demostrado que existe una alternativa al apaciguamiento

Inés Arrimadas, diputada y ex presidenta de Ciudadanos.
Inés Arrimadas, diputada y ex presidenta de Ciudadanos.CARLOS GARCÍA POZO

España entierra bien a sus políticos. Salvo que sigan vivos, en cuyo caso los pasa por el Thermomix de las redes sociales. El último ejemplo es Inés Arrimadas. «¡Se marchó de Cataluña!», denuncian. «¡La jodió en Murcia!», señalan. «¡Abandona el barco!», rematan. Sí, todo esto es verdad. Y algo peor. Se lo reproché en nuestro primer debate como candidatas por Barcelona, ante la plana mayor de La Vanguardia: políticamente rutilante, electoralmente victoriosa, en diciembre de 2017 cometió el error histórico de no presentarse a la investidura contra Puigdemont, Junqueras y sus secuaces. Yo habría dado un ojo de la cara -de la mía- por una oportunidad así. Y ahora bien, pregunto: ¿Hay alguien entre nosotros, que somos tan sagaces, que de política sabemos más que un taxista argentino, que haya sido capaz de convertir a un partido constitucionalista -qué digo, a un partido explícitamente antinacionalista- en la primera fuerza parlamentaria de Cataluña? Y, sobre todo, ¿hay alguien dispuesto a volverlo a hacer?

Conocí a Arrimadas en un acto de Libres e Iguales en el Círculo de Bellas Artes. Era el 11 de septiembre de 2013, la Diada más divisiva, y yo había pronunciado el mejor discurso de mi tierna trayectoria como militante de la democracia. Se acercó a presentarse, con su cara de virgen de Murillo envuelta en un halo de timidez. Me sorprendió por físicamente pequeña, menuda, casi frágil. Una de esas personas que en la tribuna y en la pantalla se agigantan. Arrimadas es una comunicadora excepcional: clara, recta, limpia, con esos giros de arrabal que desquician a la izquierda fifí: tan mona y tan macarra. Y eso que todavía no la han visto cantar chirigotas. Pero, sobre todo, Inés Arrimadas tiene una cualidad imprescindible para cualquiera que se dedique a la política o simplemente aspire a vivir de pie: valentía. Y además la puso al servicio de la causa más noble y urgente de cuantas interpelan a nuestra generación: la lucha contra la identidad. Es decir, a favor del ciudadano.

Los seres humanos venimos del fondo oscuro de la tribu. En nuestro cableado genético anidan el miedo al diferente y la búsqueda de abrigo y refugio en quienes son idénticos a nosotros. Pero la civilización fue, precisamente, un sometimiento de esos instintos primarios. Un emocionante viaje al encuentro de otras tribus y otros hombres, impulsado por la necesidad, desde luego, pero también por la curiosidad y el ansia de conocimiento. Ese viaje acabaría alumbrando una idea llena de fuerza y de decencia: la idea de que el valor de una persona y sus derechos no dependen de ninguno de sus rasgos identitarios -el sexo, la raza, la lengua o el lugar de procedencia-, sino que le son propios e inalienables de nacimiento. Este hallazgo enterró el Antiguo Régimen y forjó la nación moderna: la nación no étnica, ni cultural, ni lingüística; la nación cívica. La nación de ciudadanos que invoca la Revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad. La nación española que, asediada en Cádiz, se proclama «libre e independiente, y que no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona». Las naciones europeas que, tras dos guerras mundiales -guerras nacionalistas, guerras identitarias-, se conjuraron contra la perversa visión herderiana de que a toda cultura corresponde un Estado para así levantar juntas una impresionante unión económica, política y moral. La nación que se define en el artículo 2 de la Constitución de 1978 como «patria común e indivisible de todos los españoles». La que los nacionalistas catalanes y vascos se empeñan en liquidar, ahora con la connivencia suicida del Partido Socialista.

Arrimadas entendió todo esto como mejor se entienden las cosas importantes: de forma intuitiva. Nunca buscó la aceptación de la élite catalanista, hipócrita heredera de la oligarquía franquista a la que solo se le conoce un compromiso sincero: con la derogación del Impuesto sobre el Patrimonio. El suyo. Comprendió que la vieja letanía del agravio catalán ocultaba algo todavía peor que el victimismo: el rechazo al otro, una xenofobia de estelada. Defendió con brío y brillantez el derecho de los catalanes a hablar en su lengua mayoritaria: el castellano, tan propio de Cataluña como el catalán, si no más. Enarboló la bandera española con el acierto y desparpajo del último Carrillo. Y, sobre todo, fue la mejor portavoz de España contra un Proceso que parece aletargado pero sigue avanzando.

Pedro Sánchez ha hundido al PSOE y hoy no llega a pato cojo: pollo frito. Pero el prestigio del nacionalismo entre las élites sigue intacto. Y con él, la operación para convertir España en un Frankenstein descosido de muñones identitarios enfrentados. El Proceso sobrevivirá a Sánchez como sobrevivió a Zapatero. De hecho, será uno de los primeros desafíos que tenga que afrontar el presidente Feijóo, y ahora con el delito de secesión derogado y Bildu empoderado hasta la náusea. Por eso, incluso más que un cambio de Gobierno, lo que España necesita es un cambio de política: del inútil apaciguamiento a una inédita afirmación constitucionalista, y con recursos públicos. Un rescate democrático.

En abril de 2019 volví a coincidir con Arrimadas, esta vez en TV3, yo con mi jersey amarillo, ella con su singular mezcla de verdad, belleza y valor. No éramos rivales, sino aliadas. Tanto que en las siguientes elecciones generales, las de noviembre, le ofrecí ser su número dos en una lista conjunta. Lo que entonces no cuajó por la cúpula ahora fraguará por la base: una unión para unir. Nada hay más fácil que destacar lo que nos distingue y separa a unos ciudadanos de otros: el aspecto, el acento, las aficiones. Pero nada hay más decente ni más valioso que reconocer y reforzar lo que nos une. España necesita hacer unión. Necesita oponer a la fuerza atávica del tribalismo la idea moderna y luminosa de la nación liberal. Arrimadas ha dejado la política, pero su política sigue viva.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies