Modelos feministas: Zenobia Camprubí Aymar. Andrés Trapiello

Actualizado Viernes, 28 abril 2023 – 22:41

Igualdad, que se ha gastado millones en campañas demenciales, podría repartir su retrato en los colegios antes de que las echen

Modelos feministas: Zenobia Camprubí Aymar
JAVIER OLIVARES

El presupuesto del Ministerio de Igualdad para 2023 alcanzó casi 600 millones de euros y acaso lo único que se recuerde de su labor sea que rebajó las condenas de mil delincuentes y circuló una sórdida campaña de educación sexual. Claro que han hecho allí también otros esfuerzos: pasar del sinsombrerismo al sinsostenismo ha supuesto una conquista de gigantas en los derechos civiles, y circular el eslogan que convirtió un derecho (el de la libertad) en lo contrario, también: «Sola y borracha quiero llegar a casa» no lo supera nadie.

Por desgracia estas políticas no han reducido el número de víctimas (al revés), ni tampoco promovido modelos ejemplares de realce.

Acaba de publicarse el tercer tomo de la correspondencia de Zenobia Camprubí Aymar. Mil páginas de asombrosa información, una cumbre y ejemplo de ética y estética.

A Zenobia, como le dicen familiarmente los amantes de la poesía, le daba lo mismo firmar Camprubí Aymar que Camprubí de Jiménez, siguiendo en esto último la costumbre de la época. No se sentía en absoluto menoscabada por ello ni el Jiménez le impidió trabajar codo con codo con Clara Campoamor, María Lejárraga o María de Maeztu, las pioneras.

Sin embargo algunas feministas españolas de última hora, perturbadas y sicofantas, le han tenido a Zenobia unas tirrias frenéticas. Siendo independiente (vivió desde soltera de su trabajo, cosa rara entre las mujeres de su posición social), persona cultivada (tradujo todo Rabindranat Tagore) y liberal (como sus amigos de la Institución Libre de Enseñanza); siendo todo eso, su caso no se entiende.

Bueno, sí, un poco: vivía en el barrio de Salamanca y usaba sombrero, y era rica, elegante y distinguida. Pero ninguna insolencia acaso mayor que la de estar casada con un hombre que, para más inri, era Juan Ramón Jiménez, a quienes esas mismas feministas presentan como un ególatra y maltratador sicológico que sometió a su mujer a un régimen de semiesclavitud.

Cierto que Zenobia, que ejerció de secretaria de un poeta exijente («trabajo para mí de primerísima importancia», dirá ella), cuidó durante casi 50 años de quien también padecía la enfermedad de Crohn, entonces no diagnosticada y causante de sus depresiones terroríficas e internamientos en clínicas y sanatorios. Podría pensarse que esa prolongada dedicación rompería los nervios de Zenobia, pero no. Animosa y activa («un ser luminoso», dirá de ella su amiga Elisa Ramonet), se entregó en cuerpo y alma ¿a Juan Ramón? No solo.

Tal vez esas feministas españolas no puedan soportar de ella esta declaración de «amor constante, más allá de la muerte» de 1944: «Él es para mí todo y no quiero pensar que un día pudiera estar sin él, ni tampoco en que se quedase solo sin mí». Que Dolores Ibárruri, por ejemplo, modelo de feminismo y de las luchas por la paridad en el Comité Central (es broma) entregue su vida al Pce, lo encuentran «un ejemplo a seguir»; ahora, que Zenobia Camprubí decida libremente permanecer al lado de un hombre de patente superioridad (personal, moral y poética), les parece una tontería y un crimen que debe pagar con la cancelación.

Claro que en ese trabajo de demolición estas andrópatas han contado con la inestimable pinza de los poetas del 27, interesados en presentar a JRJ como un poeta de torre de marfil y un cursi («no se le puede deber tanto a nadie», decía Ramón Gaya, uno de los pocos que se mantuvo fiel a su lado).

Y está, por último, la razón política. Se resumiría en la negativa a rendirle pleitesía a Segundo Serrano Poncela (asistente de Carrillo en las sacas de Paracuellos): «Yo no he llegado hasta aquí para darle la mano a un asesino». Se lo dijo JRJ precisamente a Zenobia, que suplicaba el paripé de su marido, al depender su condumio de ese hombre, a la sazón su jefe en la Universidad de Puerto Rico donde trabajaban ambos.

Las cartas de Zenobia publicadas ahora relatan con minucia su vida nómada y heroica, de país en país y con toda clase de estrecheces (sí, como la de muchos exiliados; pero como decía también Gaya, sólo JRJ escribió Espacio y Animal de fondo, cumbres también de la poesía). Hacer viable esa Obra (con mayúscula, sí) de la que nos beneficiamos todos al igual que de las investigaciones de madame Curie (ni más ni menos) fue el proyecto de Zenobia. Sin ella a su lado JRJ se habría echado a perder (llegó a proponerle suicidarse juntos); no hay duda. Y JRJ puso siempre a su lado el nombre de Zenobia, consciente de que su tarea poética era común, igual que su destino. Ella lo hizo con generosidad, quitándose medallas, sin perder el humor («catapum» llama a uno de los descarrilles anímicos periódicos de él); y él, con la obediencia que se debe a esa misteriosa fatalidad de la creación poética, trájico y enamorado de ella hasta los tuétanos, de principio a fin. Y sí, feministas españolas, pocos hombres y mujeres tan feministas en su tiempo como JRJ (lo supo Zenobia).

El Ministerio de Igualdad, que se ha gastado millones en campañas demenciales, podría repartir su retrato en los colegios antes de que las echen. Al fin y al cabo, ha hecho ella más por la poesía que toda la generación del 27 y, desde luego, por el feminismo y la igualdad más que un millón de Irenes Monteros. Con este reclamo: «Zenobia Camprubí Aymar, una vida cumplida, libre, independiente y entregada a la tarea más noble: ennoblecer la vida».

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