La verdad es una información complementaria. Arcadi Espada

Actualizado Sábado, 15 abril 2023 – 22:16

Lo kafkiano, a diferencia de lo orwelliano, no necesita destruir nada. Ni la democracia, por supuesto. No requiere otra distopía que el discurrir de los días laborables

La verdad es una información complementaria
Sequeiros

(Los hechos) El Consejo de Informativos de Rtve, ejemplo de ociosidad permanente, le reprocha a Lucía Méndez el error que cometió con el golfista Jon Rahm al llamarle «relativamente español» en una tertulia. Repito: el Consejo de Informativos de Rtve reprochándole a una tertuliana que cometiera un error fáctico en un comentario. Lástima que Méndez se protegiera mal en su respuesta e invocara la libertad de expresión. No: la libertad de expresión no opera para decir que la tierra es plana. Salvo en cabezas muy generosas, como la del magistrado del Tribunal Constitucional Carlos Tolosa, partidario de rechazar el recurso de la diputada Álvarez de Toledo contra la presidenta Meritxell Batet, que esposó entre corchetes esta afirmación de la diputada, dirigida a Pablo Iglesias, en un debate parlamentario: «Usted es el hijo de un terrorista».

Leo en El Español la argumentación de Tolosa -que llegó al Constitucional propuesto por el Pp, obviamente- según la cual Batet se limitó a ejercer sus facultades en la dirección y mantenimiento del orden de los debates. El tribunal examinará los argumentos del ponente Tolosa y habrá ocasión de conocerlos textualmente. Pero, desde luego, entre las facultades de Batet no está la de poner entre corchetes que «la tierra es redonda». Ni está ni debe estar. Pablo Iglesias es el hijo de un terrorista, porque su padre militó en el Comité pro-Frap y en el Frap mismo, una circunstancia que padre e hijo llevaron con naturalidad y orgullo hasta que la diputada los avergonzó en la manera y en el lugar debidos. Una juez de Zamora reconoció hace meses la evidencia: «Hay una indudable base fáctica», cuando resolvió la demanda civil que planteó y perdió el padre.

El reglamento del Congreso faculta a la presidenta a tomar las medidas necesarias para mantener el decoro en el hemiciclo. Pero las afirmaciones fácticas no se ven sometidas a la coerción del decoro. Iglesias padre fue un terrorista y Batet es presidenta del Congreso. Son hechos ciertamente indecorosos, pero mencionarlos jamás podrá serlo. Cuántas veces en los últimos cuarenta años se habrá dicho en sede parlamentaria que fue el dictador Franco el que con éxito, con pleno éxito refrendado por las Cortes franquistas, nombró a Juan Carlos I de Borbón su sucesor. Pues todas esas veces, siguiendo el criterio de Batet y del ancilar Tolosa, semejante afirmación habría que ponerla entre corchetes. Por decorar.

Si la libertad de expresión ampara, como pretende Méndez, los errores fácticos, el camino queda despejado para que la censura actúe sobre los hechos indiscutibles. Para comprobar a qué nivel de incuria han llegado la presidenta Batet y el juez Tolosa basta acudir a la acepción cuarta de la palabra corchete en el Diccionario: «Signo ortográfico doble usado para incluir información complementaria o aclaratoria en un texto». Define a la perfección el estatuto de la verdad: una información complementaria.

(El procedimiento) Ahora debe de girar ya por provincias, pero pocos días antes de que acabaran las representaciones en Madrid vi El Proceso, en el montaje de Ernesto Caballero. Un escalofriante naturalismo, o sea, un servicio completo a Kafka encabezado por Carlos Hipólito y su pasmosa capacidad de hacernos creer que cualquier día vendrán a buscarnos. La modernidad del proceso entablado contra Josef K es su carácter extrajudicial, que Caballero subraya con acierto. Y que se produce no al margen de las instituciones y de las leyes, sino confortablemente inserto en ellas. Lo kafkiano, a diferencia de lo orwelliano, no necesita destruir nada. Ni la democracia, por supuesto. No requiere otra distopía que el discurrir de los días laborables. Lo realmente inquietante en Kafka es el eslogan: está pasando, lo estás viendo. Como se ve, de pronto, un tumor, es decir, una célula maligna que se desarrolla en compenetración y competencia con las propias células de la vida. Debió de ser ya en la segunda mitad de la obra cuando escuché la frase decisiva: «La condena es el procedimiento». En efecto: cómo podría resumirse con mayor eficacia la condena que viven tantos hombres, que sin entender la génesis, la lógica y los motivos de las acusaciones que soportan ven sus vidas arrastradas, a veces por los periódicos, otras fuera de ellos, a lo largo de un tiempo elástico que desafía cualquier previsión y que parece expandirse al ritmo inconcebible del propio Universo. Unas peripecias en las que ni siquiera actúa la mentira, porque la verdad ha dejado de tener cualquier importancia y todo parece ceñido al capricho de una Estupidez Artificial cuyo mecanismo de toma de decisiones nadie conoce.

«La condena es el procedimiento, Josef Kamps», me repetí silencioso en mi asiento. Josef Kamps es por razones gráficas el nombre más vistoso, pero he acumulado muchos otros desde que la Generalidad secuestró al hijo de la familia Bars en los años del aciago caso del Raval. Ismael Álvarez, por ejemplo: lo de menos fue su condena por el asuntillo de Nevenkabasada en que el testimonio de una mujer está por encima de los hechos probados y de la lógica elemental; lo de más, el procedimiento que siguió y seguirá extendiéndose en manos de la fábrica de basura televisiva. O bien Francesco Arcuri, víctima sostenida de una enferma mental sostenida, a su vez, por temperamentos tan diversos como el de Mariano Rajoy y el de Irene Montero, y cuyo caso detalla Quico Alsedo en su libro Algunos hombres buenos (La Esfera de los Libros), título imprudente y oximorónico donde los haya.

Lo kafkiano es una bomba de neutrones: salvo los seres humanos, todo lo deja intacto.


(Mascarada) Voy de vez en cuando por los hospitales. Una distracción como otra. Es obligatorio llevar mascarilla. La inmensa mayoría del personal, médicos o enfermeros, la lleva como babero. En el backoffice el personal se la arranca sin mayor problema. Pero es una medida útil: da cobertura a la Ugt, el sindicato vertical del nacionalismo, para que uno de sus liberados instruya procedimiento contra una enfermera en prácticas que les sacó la lengua, ¡y no llevaba mascarilla! Un estudio en el hospital británico St. George, realizado en la oleada de Omicron y citado por Becker News, ha dado recientemente nuevos indicios sobre la irrelevancia científica del amuleto. Lo interesante es el marco hospitalario del estudio, en el que se supone que la mascarilla se usó con el máximo rigor mecánico. En la misma información, por cierto, el doctor Anthony Fauci reafirma el carácter místico del amuleto, diciendo que al principio de la pandemia tuvo dudas sobre las mascarillas, porque seguía los datos ofrecidos por la Ciencia. Y que se equivocó: «Debí seguir [sic] mi instinto e imponerlas desde el principio». Esa es la clave, en efecto: el instinto. El instinto de pensar que la tierra es plana.

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