El Crucificado. Hernán Cortés pintor

  • El Cristo de la Buena Muerte es una de las obras maestras de la imaginería religiosa española y, para algunos, es la mejor representación del Crucificado de toda la Cristiandad
Santísimo Cristo de la Buena Muerte.
Santísimo Cristo de la Buena Muerte. / JULIO GONZÁLEZ

HERNÁN CORTÉSPINTOR

AL caer la noche del Viernes Santo, Cádiz, una ciudad alegre y luminosa, apagaba sus luces y se hacía el silencio. De la Iglesia de San Agustín, en la plaza del mismo nombre, va a salir una de las procesiones más sobrecogedoras de su Semana Santa. Una plaza en la que solo se escucha el trajín de más de medio centenar de cargadores hasta que se encienden cuatro hachones rojos en las esquinas del paso. Traspasa la puerta y aparece, en la cruz, el Cristo de la Buena Muerte.

La talla, cuya autoría se debate, ha sido datada hacia 1649, con restauraciones posteriores. Está considerada como una de las obras maestras de la imaginería religiosa española y, para algunos, es la mejor representación del Crucificado de la Cristiandad. Capta los instantes posteriores a la muerte: la cabeza, coronada de espinas, se ha desplomado hacia la derecha y el rostro muestra la paz alcanzada después del martirio. Los ojos cerrados, el vientre hundido, los brazos inertes y la boca ligeramente abierta en la que se atisba su interior.

Así lo vivía el niño que yo era entonces. Solo se oía el golpe del martillo seguido del clac de las horquillas en una plaza sumida en un silencio turbador. Era la cumbre de las manifestaciones gaditanas de la Semana Santa, pero para un niño pintor como yo era también una representación suprema de la figura humana. Un Cristo de madera que simboliza el dramatismo de la Pasión cubierto solo por un sudario que deja al descubierto el costado derecho y su bella forma.

Todo ello en un entorno que confería a la procesión la fuerza de una sobria representación teatral junto a la dimensión de lo religioso. Una sensación de grandeza y plenitud que me ha marcado profundamente en mi aspiración y concepción artística. “¿Quién pudo de tal manera/ darte esta noble y severa/ majestad llena de calma?/ No fue una mano fue un alma/ la que talló tu madera”, escribió sobre el Cristo de la Buena Muerte el gaditano José María Pemán, uno de los devotos que a comienzos de los años veinte del siglo pasado restauró el culto y lo dotó de la austeridad, recogimiento y silencio que constituyeron sus señas de identidad.

Toda la vida llevo dando vueltas a la representación de la figura humana, por profesión y por vocación. Nace aquí, en buena parte. Los griegos fijaron el canon: las reglas de proporción, perfección y belleza del cuerpo. El hombre se convertía en el espejo de la armonía artística. Por su parte, el retrato representa a un ser humano particular, con sus peculiaridades, pero debe sustentarse en el conocimiento del canon que nos mostraron los griegos. Y esta figura antropocéntrica encuentra más adelante su desarrollo en el mundo cristiano con las imágenes desnudas de la Pasión y, sobre todo, en el Crucificado. Puede representarse con el dramatismo de los estertores de la muerte o con la placidez que sigue al deceso, como el de la Buena Muerte, pero en cualquier caso concentra la grandeza del ser humano y su dolor como medida de todas las cosas.

Lo captó bien José María Pemán al expresar que no fue una mano sino un alma quien talló la madera.Del modelo que posa desnudo ante tus pinceles en los talleres de Bellas Artes al personaje solitario que se representa en un retrato, es difícil olvidarse de la trascendencia de la imagen del Crucificado que tanto y tan profundamente impresionó al niño hace muchos años en la plaza silenciosa y oscura de Cádiz. No es solo, en este caso, un hondo sentimiento religioso, sino también estético y profundamente humano.

Crucificado de Alonso Cano.
Crucificado de Alonso Cano.

Representaciones pictóricas del Crucificado hay muchas, pero si yo tuviera que elegir tres, que siguieron en mi formación al de la Buena Muerte, me quedo con el Cristo de Zurbarán por su espiritualidad, con el de Velázquez por su nobleza sosegada y con el de Alonso Cano, que conserva la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, por su elegancia de luz plateada. Los tres, curiosamente, son del siglo XVII español, una época tan ascética y paradójicamente carnal en la representación de este tema. De ahí, su fuerza incontenible.

El Renacimiento nos trajo de vuelta el canon clásico de la figura humana y nos ofreció insuperables obras de arte en las que mirarnos.

El crucificado de Velázquez.
El crucificado de Velázquez.

Quiero destacar otra representación que siempre he admirado profundamente. En la capilla conocida como de los Doctores, en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, se exhibe el Cristo Crucificado de Benvenutto Cellini. Sobre una cruz de mármol negro sobrepuesta a otra de madera, se asienta la imagen de Cristo en mármol blanco de Carrara. Un Cristo totalmente desnudo –aunque cubierto tradicionalmente por un paño de pureza–, de tamaño natural, la cabeza caída sobre el hombro derecho, que muestra un preciso y precioso estudio de la anatomía. Fue esculpido por Cellini a mediados del siglo XVI para su propia sepultura, tal vez con la intención de expiar una vida violenta y disoluta. Allí lo vieron el gran duque Cosme de Médici y su esposa Leonor de Toledo que, admirados ante una obra tan portentosa, la adquirieron. Su hijo y heredero, Francisco I de Médici, deseoso a toda costa de ganarse el favor del rey Felipe II, no dudó en enviarle desde Florencia, para culminar el gran proyecto de El Escorial, la escultura de Cellini, la mayor obra artística de estas características concebida hasta entonces por la Cristiandad. Cuentan las crónicas que el rey abrió la caja en Madrid y quedó tan maravillado por la figura de mármol que mandó llevarla hasta El Escorial a hombros de cincuenta hombres para evitar los vaivenes de los caminos.

Cristo crucificado de Cellini.
Cristo crucificado de Cellini.

Con esta imagen tan bella, vigorosa y emotiva selló su entrada, por la puerta grande, el Renacimiento en España, y con él la representación de la figura humana como medida de todas las cosas.

Este artículo forma parte del prólogo al libro de Fernando Labad Sasiaín Evolución iconográfica del Crucifijo, de próxima publicación.

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