Yolanda ya no es de nadie salvo del viento. Jorge Bustos

Actualizado Lunes, 3 abril 2023 – 20:09

Si la derecha berroqueña se lleva la mano a la pistola cuando oye hablar de cultura, la izquierda hace algo peor, que es llevársela al corazón y de ahí bajarla poco a poco hasta nuestros bolsillos

Yolanda Díaz, durante la presentación de su candidatura.
Yolanda Díaz, durante la presentación de su candidatura.THOMAS COEXAFP

Sabíamos desde Gide que con buenas intenciones se hace mala literatura, pero Yolanda Díaz nos está enseñando que con buena literatura se hace mala política. De la novela de aeropuerto al poema de polideportivo, la musa del Magariños incurrió en una dosis letal de cursilería. Ahora entendemos por qué prometía salud bucodental para todos y todas: se trata de combatir las caries que provoca el azúcar de su discurso. «¡Basta de que solo recurramos a la cultura en tiempo electoral!», exclamaba la oradora mientras recurría a la cultura en tiempo electoral. Cuando en un pico de hiperglucemia invocó el bien de la «res pública», la calavera de Cicerón rebotó de cólera contra las paredes de su tumba.

Que la lírica perjudica gravemente la democracia lo descubrió Platón, que expulsó a los poetas de su república ideal. Lo malo es que los sustituyó por matemáticos, que es como echar a los curanderos de un quirófano para petarlo de veterinarios. Infligir citas deshuesadas de Cernuda o Rosalía atenta contra la memoria mayor de nuestras letras no por apropiación ideológica sino por estafa piramidal. Porque si la derecha berroqueña se lleva la mano a la pistola cuando oye hablar de cultura, la izquierda hace algo peor, que es llevársela al corazón y de ahí bajarla poco a poco hasta nuestros bolsillos. Que José Antonio Primo de Rivera sentenciara que a los pueblos solo los mueven los poetas debería bastar para que los sedicentes antifascistas dejaran de expresarse como falangistas. Porque, queridos niños, las democracias liberales lo son gracias a que abolieron la retórica de la revolución pendiente, y el sistema de pensiones no se sostiene con versos, y el número de parados no mengua porque practiquemos metáforas fijas discontinuas con su nombre.

¿Por qué habla así Yolanda Díaz? ¿Por qué trata a sus votantes como novicios de un experimento social dirigido a pachas por la institutriz de Sonrisas y lágrimas y el subcomandante Marcos? ¿Acaso quedó marcada por la canción de Serrat? ¿O es su fe en la imbecilidad de los españoles la que le permite vender «la vivienda por fin en el centro» y la semana laboral más corta pero mejor pagada? Un feligrés del Magariños declaró: «Vengo porque Yolanda representa el cambio». ¿Pero cómo que cambio? ¿No llevan mandando cinco años? ¿Con qué siniestro horizonte de poder, de uno que sienten que aún no han estrenado pese al despliegue iliberal de estos años, están amenazándonos?

«Yo no soy de nadie», mintió finalmente Yolanda, la de Pablo, que pasó a ser de Pedro.

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