Marlaska a la parrilla. Luis Ventoso

Está totalmente abrasado porque comparte un hábito con su jefe: faltar a la verdad como quien silba

29/03/2023Actualizada 13:0446FacebookTwitterWhatsappEnviar por Email

Fernando Grande-Marlaska, bilbaíno de 60 años, ministro del Interior desde que llegó Sánchez, está más abrasado que un escandinavo albino repantigado en una playa de Almería en plena canícula. Marlaska se encuentra achicharrado porque comparte el defecto más enojoso de su jefe: falta a la verdad como quien silba. Además, arrastra una contradicción moral indigerible: en una misma vida ha pasado de valioso juez en la lucha contra ETA a político pesebrista que defiende las gracias a los asesinos que antaño él mismo combatía.

Marlaska gasta una pertinaz intimidad con la mentira. Esta semana, una diputada del PP le preguntó en el Parlamento sobre las informaciones de este periódico relativas al abultado y súbito patrimonio inmobiliario de la exdirectora de la Guardia Civil. El ministro se negó a entrar en el asunto y sin pestañear lo despachó como fake news. Marlaska mentía, una vez más, porque esas noticias se basan en pruebas irrefutables: documentos notariales y del catastro.

Marlaska ha sido reprobado por el Parlamento por mentir sobre los brutales hechos de la valla de Melilla. Y Marlaska ha mentido también con desparpajo en el caso del coronel Pérez de los Cobos, como ha vuelto a recordarnos la sentencia del Supremo que anula su cese como jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid. En una democracia sana, Marlaska ya estaría en babuchas en su casa. Pero el sanchismo ha degradado tanto los umbrales éticos que ya todo da un poco igual.

Hagamos memoria democrática (de la de verdad). En marzo de 2020, un particular denuncia al delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, a la sazón secretario general del PSOE madrileño, por permitir actos multitudinarios entre el 5 y el 14 de marzo, cuando ya era notoria la amenaza de la covid. La juez del caso encarga entonces un informe al respecto a la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid, que dirige Pérez de los Cobos. Temerosa de las presiones del Gobierno, pues la investigación lo perjudicaba, la juez pide expresamente a la Guardia Civil que «guarde rigurosa reserva» sobre sus pesquisas. Y así lo hace Cobos, como no podía ser de otra manera.

En la noche del domingo 24 de mayo de 2021, la directora de la Guardia Civil telefonea intempestivamente a Pérez de los Cobos y le comunica su cese fulminante. Al día siguiente, Marlaska afirma que se debe a «pérdida de confianza». En sede parlamentaria niega expresamente que la destitución tenga que ver con las investigaciones sobre el 8-M. Pero enseguida se descubre que el ministro está mintiendo, al destapar la prensa un documento ‘reservado’ de la directora de la Guardia Civil, que prueba que el cese se debe a que el coronel se había negado a revelar el contenido de las pesquisas que le había encargado la juez. Es decir, Cobos cumplía con su deber y Marlaska lo cesó por ello (y también porque los socios separatistas de Bildu y ERC odiaban al coronel, por su destacada labor en la lucha contra ETA y porque se encargó del dispositivo contra el referéndum ilegal de 2017).

Pérez de los Cobos recurrió contra su cese. En abril de 2021, la Audiencia Nacional lo anuló por estar basado en «una motivación ilegal». En un país reglado, normal, Marlaska habría dimitido aquel mismo día. Pero aquí lo único que ocurrió es que el Gobierno recurrió ante el Supremo. Ahora el más alto tribunal vuelve a decir lo mismo: cese ilegal. Y Marlaska no solo no se va, sino que antes de que se haga público el contenido de la sentencia, el Gobierno pretexta que solo hubo un defectillo de forma.

Qué vergüenza. Y qué escarnio que este señor, que se ha embadurnado hasta las rodillas –o hasta más arriba– en los barrizales del sectarismo sanchista pueda volver a ejercer de juez cuando pierda su cartera de ministro. ¿Qué crédito tiene un mentiroso compulsivo para ponerse a impartir justicia?

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