Reina por un día o las Venus de Milo y de Willendorf. Andrés Trapiello

Reina por un día o las Venus de Milo y de Willendorf

Actualizado Viernes, 17 marzo 2023 – 23:30

Reina por un día o las Venus de Milo y de Willendorf
JAVIER OLIVARES

«En edición diferente, los libros dicen cosa distinta», resumió en una de sus genialidades Juan Ramón Jiménez. Exacto. De ello se encargan la tipografía, el color de la tinta, el papel, el tamaño de las letras, las imágenes. La palabra amor no dice lo mismo escrita en letra gótica que en una bastardilla. Desde que todos tenemos en nuestros portátiles un centenar de letras diferentes, desde que llevamos miles de imágenes en nuestros móviles y tabletas, todos somos involuntarios tipógrafos y publicistas, como aquel Monsieur Jourdain de Molière que recibió con alborozo la noticia de que hablaba en prosa sin saberlo. Por esta razón lo que sigue no debería serte ajeno.

Los carteles del Ministerio de Igualdad sobre nuestras relaciones sexuales, tan comentados, no dejan de verse por todas partes. También ellos dirían cosa distinta de haber sido compuestos en otra tipografía y con otras imágenes.

Se ha creído, o parecería, que publicitan unas relaciones sexuales anómalas: el sexo con la regla («Ahora que ya nos veis, hablemos de hacerlo con la regla»), la masturbación de una mujer madura («Ahora que ya nos veis, hablemos del placer a los 60»), el de dos mujeres («Ahora que ya nos veis, hablemos de nosotras») y los más extraños e insistidos (tres carteles distintos, dos chicos en la cama, él y ella, en realidad ella y él: «Ahora que ya nos veis, hablemos de feminismo»). Se supone así que solo se ha de hablar de feminismo cuando hay hombres delante. Los carteles, ni que decir tiene, están dirigidos únicamente a estos. La anomalía está, claro, en las cabezas del Ministerio que obvian o ignoran que todo lo que sucede en la alcoba, si es consentido, no está ni bien ni mal, rotundamente es (una cualidad ontológica y placentera si es posible). La intimidad no es política y no habría que darle más vueltas. ¿Entonces?

El mantra («Ahora que ya nos veis»), más que una invitación, sugiere el sometimiento a una estricta gobernanta inglesa (su idea del feminismo) que ha encadenado en el barrote de una cama no a su pareja, sino a su víctima, los varones, todos los varones. Solo que no parece que vayan estos a disfrutar mucho, y sí la dominatrix, látigo en mano. Y por supuesto que es una ingenuidad: ni el que oye escucha, si no quiere, ni el que mira tiene por qué ver. En realidad el «ahora que ya nos veis» es más bien un «ahora que al fin te tengo esposado, te vas a enterar».

Estos mensajes, tan escasamente seductores, están compuestos en una letra helvética o muy parecida. Es una letra preciosa y poco sensual (con decir que se la llama de «palo seco», está dicho todo). Al contrario que las eróticas normandas o bodonis, la helvética, suiza y aséptica, es anafrodisiaca, asociada a otros cometidos, como asociamos la letra gótica a las historias de terror y de vampiros.

En cuanto a las imágenes… Parecen haber sido obtenidas en una autocaravana de Breaking Bad: interiores saturados de luz (muchos rojos), atmósfera anaeróbica y puesta en escena un tanto sórdida. Es muy raro, porque unos carteles que se supone deberían ser una invitación dionisiaca al sexo acaban pareciendo el muestrario de garitos donde se vende droga. Y sí, una imagen vale más que mil palabras. Se diría que la protagonista de tres de los carteles es una réplica física de la secretaria de Estado Ángela Rodríguez, conocida como Pam, responsable de la campaña y más partidaria de la autosatisfacción que de la penetración (hasta esos detalles ha descendido). «Por una educación sexual para la igualdad», leemos, y a un lado una muchacha volumétricamente tres veces superior al chico, un tirillas, a quien más que abrazar parece que vaya a engullir (¿y por qué no los dos obesos, o al revés, otro cartel con ella delgada y él gordo? Igualdad para todos, cabría pedir).

Hemos visto tantas veces repetidos comportamientos franquistas en sedicentes antifranquistas que tampoco llama la atención la desigualdad en quienes predican la igualdad. Incluso es comprensible que Pam se haya proyectado en sus carteles. Al fin y al cabo también ella, contra lo que piensa, es naturaleza: similis similem quaerit («el igual busca al igual»). Y se habrá hecho una composición de lugar adecuada: ser reina por un día (naturalmente con dinero público), estorbar las derivas patriarcales, acabar con todo feminismo que no sea el suyo y reescribir los cánones biológicos, éticos y estéticos.

Al contrario que algunos arqueólogos contemporáneos (que rechazan que al amuleto prehistórico de la fecundidad aparecido en la localidad de Willendorf se le dé el nombre de Venus, por encontrarlo un escarnio), probablemente Pam crea legítimo apropiárselo, y aun quitárselo a la de Milo (pobre, sin brazos ¿cómo podrá autosatisfacerse?). «La grasa es bella» insinúa, emulando eslóganes parecidos. Nada que objetar: «Sobre gustos no hay disputa».

Al erotismo llegamos todos un poco a la diabla y probando esto y aquello, como tanteamos con la tipografía, subiendo y bajando cuerpos, cambiando de letras y colores, para decir lo mejor de cada uno. No al dictado de ninguna iglesia ni secta. ¿«Ahora que nos veis»? En efecto, ahora que se han dejado ver, no tendría nada de extraño que muchos no quieran volver a verlas ni en pintura.

En fin, aquí termina esta clase de tipografía y diseño. Lo demás dejémoslo al sentido común y al deseo, al humano instinto.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies