El baldío jacobino. Ignacio Camacho. ABC

Leguina aún quiere creer en un PSOE distinto. Error: Sánchez dejará el partido contaminado con el amianto del populismo

Ignacio Camacho

IGNACIO CAMACHO

09/12/2022Actualizado a las 08:17h.

Una parte relevante del crecimiento social y económico de la comunidad de Madrid, de su despegue estructural, de su formulación institucional y hasta de su concepto de identidad como región, ahora tan en boga, se debe a Joaquín Leguina, recién ‘premiado’ con la expulsión del PSOE en un generoso homenaje de gratitud retrospectiva a sus tres mayorías absolutas seguidas. Al expresidente autonómico le ha dolido la sanción por dos razones: una, porque se sigue sintiendo socialista a pesar de sus rotundas censuras a la actual deriva política, y la otra porque el expediente disciplinario que le han incoado se fundamenta, como tantas otras decisiones sanchistas, en una mentira.

A Leguina no lo han depurado por apoyar a Ayuso, entre otras cosas porque no lo hizo, sino por criticar a Sánchez. El suyo es un escarmiento a la disidencia, un mensaje de que el caudillismo no admite discrepantes y una advertencia de lo que les puede pasar a Lambán o a Page, protegidos de momento por sus baronías territoriales. Otros detractores de la línea populista como Corcuera o Vázquez prefirieron darse de baja antes de que los echasen, pero el antiguo mandatario madrileño, veterano en la defensa de las libertades, no ve motivo para apartarse porque creció en una organización curtida en el debate, donde era posible plantar cara al poderoso Guerra y dar problemas al mismísimo González sin perder los derechos de militante. Era otro tiempo; ahora los díscolos son «irrecuperables» como el protagonista de ‘Las manos sucias’ de Sartre.

Ese partido ya no existe, sin embargo. Quedó laminado cuando las primarias entronizaron a Sánchez al otorgarle un liderazgo plebiscitario, cesáreo, que liquidó la jerarquía interna de los cuadros y abolió cualquier atisbo de disenso frente al mando, convertido en única fuente de poder orgánico. Han desaparecido aquellos ‘tenores’ de voz propia que hacían de contrapeso al aparato. Su partitura la escribe Moncloa, la reparte Ferraz y la interpretan a coro los afiliados. Es un engranaje sectario –de secta– cuyo mecanismo funciona en una sola dirección: de arriba hacia abajo. Los disconformes han de elegir: silencio o exclusión, obediencia o desahucio.

Leguina se equivoca, en cambio, al creer en la esperanza de un post-sanchismo. El espíritu de la socialdemocracia felipista se ha agostado como un clavel marchito. Las bases están contaminadas de frentismo republicano, de encono trincherizo. Disipado el espejismo de Cs, lo más cercano a aquel ideario constitucionalista, transversal y pragmático, es hoy la derecha liberal, aunque a los restos de la izquierda moderada les cueste admitirlo. En medio no hay nada porque el presidente se ha encargado de dejar ese espacio devastado, baldío. Y la posibilidad más viable –remota, eso sí– de cerrar el paso al rupturismo está en manos de los jacobinos que sean capaces de vencer sus prejuicios.

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