(2022) Azaña y la historiografía crítica

El predominio de la historiografía de izquierdas no impidió que Azaña fuese criticado de siempre por historiadores serios, que lo calificaron sobre todo de arrogante y sectario

Cádiz

03/11/2022 a las 07:22h.

Este 3 de noviembre se rememora la muerte en el exilio de quien fue jefe de gobierno y presidente de la II República, Manuel Azaña. Intelectual, escritor, y gran orador, Azaña es el personaje de la República que más literatura ha generado. Durante el franquismo, su figura fue demonizada por la historiografía del régimen, especialmente por Arrarás. Después empezó a ser idealizado. Marichal, su principal biógrafo, lo calificó como «la personalidad más vigorosa de su tiempo», comparable a Churchill o De Gaulle. El País dijo de él que «fue uno de los grandes políticos de nuestro siglo y una de las plumas de mejor estilo». La preponderante historiografía «progresista» puso a Azaña de moda como símbolo de una España superior, hasta el punto de ser elogiado por un historiador conservador como Tusell («fue la vida más interesante del siglo XX») o por el propio presidente Aznar. Y Tuñón de Lara y Santos Juliá coincidieron en que su poder descansaba en la palabra. Pero lo que más se ha repetido sobre Azaña es que fue la «encarnación de la República».

El predominio de la historiografía de izquierdas no impidió que Azaña fuese criticado de siempre por historiadores serios, que lo calificaron sobre todo de arrogante y sectario. Veamos. Seco Serrano ya en los 80 dijo que el principal fracaso de Azaña fue «confundir la República –la democracia– con su propia versión republicana». Luis Suárez incidió en ello, pues aseveró que a pesar de su pacifismo verbal, Azaña consideró a la derecha católica «espúrea».

Ricardo de la Cierva se mantuvo en solitario en esa línea crítica durante muchos años: ante el dominio de la izquierda, tuvo que fundar su propia editorial para poder publicar. Resaltó que el repudio de Azaña a Lerroux, líder del partido mayoritario republicano, 90 escaños, lo arrojó en brazos de la derecha, en vez de conformar con él mayorías republicanas que hubieron centrado la República.

También llamó la atención sobre su encubrimiento a Companys (Azaña se escondió en Barcelona en 1934). Sí le concede el mérito de haberse opuesto a la pena de muerte de Sanjurjo, el general rebelde de 1932.

El británico Bolloten recalcó la apatía de Azaña ante las reformas económicas, pues el republicanismo jacobino que representaba «estaba más interesado en su anticlericalismo que en llevar a cabo un programa serio de reforma del campo». También puso de relieve la pasividad de Azaña ante la violencia política cotidiana, quizás porque despreciaba la amenaza de la contrarrevolución.

Pero será a partir de los 90 cuando surgirá una corriente (llamada despectivamente «revisionista») muy crítica con la idealización de la República. Esta corriente empieza a crecer y a conseguir éxitos de masas, convirtiéndose en un fundamentado relato alternativo sobre el periodo, sin que por ello se rompiese el predominio de la versión «progresista».

En resumen, este grupo de historiadores (Moa, Platón, Togores, Payne…) remarcan sin tapujos la trayectoria antidemocrática del personaje. Repasémosla. Primero conspiró para traer la República mediante un golpe de estado (Pacto de San Sebastián); después, tras unas elecciones municipales ganadas por los monárquicos (no en las grandes ciudades), impuso junto a sus compañeros el nuevo sistema por coacción popular (y por la dejación de los monárquicos). Una vez en el poder, consintió la quema de iglesias de 1931. Elaboró la arbitraria Ley de Defensa de la República y propuso a Las Cortes una Constitución no consensuada, no refrendada, y anticatólica, que prohibía la enseñanza religiosa. Aprovechó la Sanjurjada para suspender más periódicos y locales opositores que ningún gobierno anterior. En 1933 presionó a Alcalá Zamora para anular las elecciones que había perdido. Se sumó a la desestabilización del golpe de 1934. Se alió con revolucionarios y separatistas en el Frente Popular y ganó unas elecciones fraudulentas (él mismo lo sugiere en sus diarios). Presidió el Gobierno unos meses con cientos de muertos y caos económico y social, y al final, autorizó la entrega de armas al «pueblo» es decir, a las izquierdas, lo que disparó la violencia revolucionaria.

En particular Miguel Platón reproduce unas palabras de Azaña que muestran su verdadero sentir doctrinario: «No temáis que os llamen sectarios. Yo lo soy. … La República tendrá que ser pensada por los republicanos, gobernada y dirigida según la voluntad de los republicanos». Por su parte, Pio Moa muestra que para Azaña, la Historia de España «está enferma» y por eso «era preciso una vasta empresa de demoliciones» (entre ellas, la Iglesia). También destaca que Azaña sustituyó en su puesto de presidente a Alcalá Zamora –depuesto irregularmente con la complicidad de la izquierda– hasta el final de la guerra.

Esa presidencia sirvió para dar una pátina burguesa a la alianza radical del Frente Popular –Europa no se dejó engañar–, sin que lograra domesticar a los revolucionarios. Al final, en su libro ‘La velada de Bernicarló’, culpa a todo el mundo del fracaso menos a él mismo. Aunque su cambio de tono, de arrogancia a humildad, denota arrepentimiento.

Finalmente, Stanley Payne pone de manifiesto que tras su irregular victoria de 1936, presentó un programa para indemnizar a los insurrectos del 34 pero no a sus víctimas. También procedió a la «republicanización» del Estado, es decir, a su depuración.

Respecto a la violencia, proveniente sobre todo de la extrema izquierda, la veía como propia del «carácter español» y en todo caso culpaba a las derechas: «Pierdan sus señorías el miedo y no nos pidan que les tienda la mano ¿No querían la violencia?¿No les molestaban las instituciones sociales de la República? Pues tengan violencia», dijo en Las Cortes.

Palabras sin precedente, dice Payne, en un gobernante occidental: llamar a la guerra a la oposición y acusar a la CEDA, siempre legalista, de querer la violencia. Azaña sólo se preocupó de formar una coalición gubernamental más amplia y moderada en la noche del 18 de julio (ya era tarde) y sólo se lamentó del desastre con la guerra ya perdida, termina Payne.

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