Irene, una madre ha asesinado a su hija. Por Antonio R. Naranjo

La ministra no tiene nada que decir si una mujer mata a su hija: tampoco si la secuestra o si la violada o maltratada tiene verdugos que no encajan en sus delirios

02/11/2022 Actualizada 01:3033FacebookTwitterWhatsappEnviar por Email

Una madre ha asesinado a su hija de seis años aprovechando los días que el padre y el juez la habían dejado pasar con ella antes de perder, definitivamente, su custodia. La menor apareció sin vida tumbada en su cama, víctima de un batido de pastillas preparado por esa Medea de saldo que no consiguió quitarse la vida: solo fue eficaz con la pobre niña.

No hace falta ser muy perspicaz para saber la razón: si no era para ella, no podía ser para nadie. Y si con eso destrozaba la vida de su exmarido para siempre, mejor. Tampoco hay que ser experto en leyes para entender qué tipo de madre sería antes de que la Justicia le concediera a un hombre la custodia de la hija de ambos: muy claro tuvo que ver el juez quién estaba en condiciones de responsabilizarse, educar, cuidar y mantener a la pequeña para que la decisión se decantara por un señor.

Pues bien, ante todo esto, ni Irene Montero ni el Ministerio del Igualdad ni todo el orfeón de hiperventiladas que pastan en el erario público y devuelven lo comido con una inmensa boñiga ideológica, han tenido nada que decir.

Su silencio ante el crimen ha sido ensordecedor, como también ante el caso de un diputado de Unidas Podemos, de apellido Bustamante, denunciado por maltrato por su antigua expareja: ha dimitido voluntariamente, cierto, pero protestando por lo que entiende es una denuncia falsa y sin el oprobio, las manifestaciones y la solidaridad con esa mujer que en tantas otras ocasiones reciben otras en su situación. Aquí ya no vale eso de «Hermana yo sí te creo».

Todo es sonrojante, pero nada es nuevo. Montero no defiende a la mujer ni a los niños, como demuestra su mengeliana ley trans; se limita a utilizar algunos casos concretos para engrasar su delirante proyecto de ingeniería social, una mezcla de estupidez perversa y endiosamiento poligonero que empapa sus leyes y saquea los presupuestos.

Si el muerto es un hombre, la asesina es una madre o el acusado es un colega, toda la parafernalia retórica y legal se derrumban para extender un manto de silencio con la víctima y complicidad con el verdugo: lo hemos visto con las violadas por manadas si los violadores son de fuera; con el crimen de menores si la criminal es su madre; con las agredidas sexualmente si el agresor es del entorno de una socia política o con secuestradoras como Juana Rivas y María Sevilla, dos torturadoras de sus hijos condenadas por la Justicia e indultadas políticamente por la okupa de Igualdad.

Ningún asesinato machista lo es menos por denunciar también los crímenes perpetrados por mujeres. El maltrato no desaparece por señalar la existencia de denuncias falsas, que solo son porcentualmente ínfimas porque tantas de ellas se retiran antes de llegar a juicio y una vez logrado el acuerdo deseado por la denunciante. Y los maltratadores no quedan impunes ni minimizados por distinguir entre el feminismo decente y el sectarismo de «Las Brujas de Salem» que dicen encabezar esa causa.

La moraleja de todo el asunto se entiende mejor dándole la vuelta a cada caso para que el silencio de Montero se convierta en el mayor y más claro de sus discursos: lo que la ministra ha dicho es que no importa asesinar o secuestrar a niños, violar a jóvenes o maltratar a mujeres si los verdugos no encajan en el perfil artificial que ella necesita para edificar su reino putrefacto y mantener frío su corazón helado.

Pobres niños, pobres mujeres, pobres hombres.

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