España ha banalizado el mal. Alejo Vidal-Quadras

Hemos de desearle a Feijóo que permanezca alerta porque, de lo contrario, el endriago que nos sobrevuela saltando del Falcon al helicóptero y del helicóptero a la limusina blindada, le devorará

España ha banalizado el mal
 El vicesecretario de Institucional del PP, Esteban González Pons, y el líder del partido, Alberto Núñez Feijóo. Europa Press

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PUBLICADO 30/10/2022 04:45

ACTUALIZADO 30/10/2022 04:47

Leemos en las crónicas de los informadores enterados, esos que tienen hilo directo con “fuentes” a las que el común de los mortales no puede llegar, que en la planta séptima de Génova 13 existe un serio temor a que “la derecha política, jurídica y mediática” destroce al Partido Popular si Feijóo acepta un acuerdo con el PSOE para renovar el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional que dé por bueno el infumable reparto por cuotas de partido de las vocalías y magistraturas respectivamente de estos órgano constitucionales. Es cierto que sobre el PP están incidiendo fortísimas presiones procedentes de la cúpula judicial y de Bruselas para que se ponga fin de una vez al bochornoso espectáculo de la prolongación escandalosa del mandato caducado del actual Consejo, pero los motivos por los cuales la principal fuerza de la oposición ha de ser sensible a estos clamores en mayor medida que el Gobierno resultan misteriosos. La petición de los populares de que por una parte los perfiles de los pactados sean impecables y libres de toda sospecha y de que, por otra, se suscriba simultáneamente el compromiso de reformar la Ley Orgánica del Poder Judicial para evitar en el futuro más vergüenzas, parece en principio de lo más razonable. ¿Por qué entonces este proceso de salida del impasse en el que nos debatimos está tan teñido de dramatismo?

La explicación nos la da Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén, su gélido relato del juicio al monstruo de Auschwitz celebrado en Israel en 1961 después de su secuestro en Argentina por agentes del Mossad. En su célebre libro, la eminente politóloga alemana consagró la desde entonces famosa expresión “banalización del mal”. En efecto, Arendt constató con horror al asistir a los testimonios, los interrogatorios y las alegaciones de acusación y defensa durante las vistas que Eichmann era un hombre normal, que no era un ser demoníaco, excepcional en su capacidad de hacer daño, sino un pobre tipo, un eslabón insignificante e indiferente de una cadena espantosa de muerte y destrucción. Este hecho sobrecogedor produjo un profundo impacto en la pensadora judía y abrió los ojos del mundo ante un fenómeno estremecedor: la posibilidad de la normalización del espanto, de la transformación en rutina de los crímenes más repugnantes y del acceso de nuestra especie, a pesar de siglos de humanismo cristiano, de racionalismo y de luces civilizatorias, a abismos morales insondables que cuesta creer que puedan ser alcanzados.

Hemos ido viendo caer uno a uno todos los escrúpulos éticos y todas las convenciones no escritas de una democracia saludable

Desde esta perspectiva, en España vivimos desde que Pedro Sánchez entró en La Moncloa hace cuatro años y medio una progresiva incorporación a nuestras vidas de acontecimientos, comportamientos, decisiones y actuaciones que han ido emponzoñando la atmósfera pública, de tal manera que cada una de ellos por sí solo no nos causa un sobresalto suficiente como para salir a la calle en una reacción colectiva de rechazo imparable, pero que vistos en su conjunto con mirada retrospectiva y evaluado su sulfúrico volumen ya inocultable, nos sumen en una desazón amarga y atormentadora. Hemos ido viendo caer uno a uno todos los escrúpulos éticos y todas las convenciones no escritas de una democracia saludable, hemos contemplado con incredulidad e impotencia cómo los cimientos del edificio constitucional eran sacudidos, cómo las leyes eran ignoradas, cómo las normas eran retorcidas y cómo los supuestos que creíamos indubitados eran pisoteados con sucio descaro. Hemos contemplado con angustiado asombro cómo golpistas culpables de atentar contra el núcleo más esencial de nuestro ordenamiento, la indivisible unidad de España, lecho en el que descansan nuestras libertades y derechos, han sido exonerados de un delito tan execrable a cambio de un efímero disfrute del poder, cómo asesinos en serie de la peor especie han sido tratados con grandes miramientos o puestos en libertad sin más para ser objeto de homenajes, cómo la Historia ha sido reescrita con ánimo cainita para abrir viejas heridas ya cicatrizadas enfrentando de nuevo a dos Españas extraídas con fórceps de una negra pintura goyesca, cómo se ha negado la existencia del sexo biológico, realidad evidente en sí misma, para ser reemplazado por la aberrante entelequia del género con gravísimo peligro para la integridad física y el equilibrio mental de muchos adolescentes confusos e indefensos y cómo el Gobierno de la Nación se ha apoyado y se apoya para seguir luciendo la púrpura en los peores enemigos de esa misma Nación que se ha comprometido a defender y preservar.

En la España de hoy nos gobierna un nihilista que pudre todo lo que toca (véase en que se han convertido figuras en otros tiempos solventes y respetables como Nadia Calviño, Margarita Robles o José Luis Escrivá)

Volviendo a nuestra clarividente filósofa, Arendt explica esta cotidianeidad conformista de coexistencia con el mal por la conjunción de tres clases de personas en la sociedad: los nihilistas, que han perdido la conciencia de lo que es moralmente aceptable y lo que no lo es y que sólo atienden a sus fines sin reparar en los medios para conseguirlos, los dogmáticos, que, poseídos por una ideología cerrada e impermeable a la prueba y error constriñen o estiran en un implacable lecho de Procusto a todos aquellos que no se pliegan a su interpretación del mundo y los ciudadanos “normales”, que siguen con sus vidas centrados en sus necesidades inmediatas y primarias sin establecer ese diálogo inquisitivo consigo mismos que llamamos pensamiento. En la España de hoy claramente nos gobierna un nihilista, que pudre todo lo que toca (véase en que se han convertido figuras en otros tiempos solventes y respetables como Nadia Calviño, Margarita Robles o José Luis Escrivá), acompañado de una tropilla de dogmáticos y estamos rodeados de millones de españoles de buena fe que son anestesiados con favores que pagan ellos mismos o que pagarán sus hijos y nietos y que son engañados sin descanso por un ejército de creadores de opinión que han renunciado a la verdad a cambio de un sueldo o una subvención.

Este es el cuadro desolador en el que nos movemos, hemos hecho de un monstruo una mascota de compañía y, aunque la máquina de mixtificar y mentir trabaja a pleno rendimiento, hay momentos en que despertamos de este sueño hipnótico y nos rebelamos disipando la niebla a manotazos. Esto es lo que ha hecho Feijóo al suspender las negociaciones para la renovación del Consejo General del Poder Judicial indignado por el cambalache sobre el delito de sedición que la locuaz e intelectualmente acotada ministra de Hacienda ha exhibido impúdica desde la tribuna del Congreso. Cuánto durará este estado de vigilia en alguien que se descuelga con hallazgos tan notables como el de “catalanismo constitucional” o el de “bilingüismo cordial”, no lo sabemos, pero hemos de desearle que a partir de ahora permanezca alerta porque de lo contrario el endriago que nos sobrevuela saltando del Falcon al helicóptero y del helicóptero a la limusina blindada, le devorará.

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