Vivos o muertos. Por Andrés Trapiello

Actualizado Viernes, 4 marzo 2022 – 01:59

Gabriel Rufián (ERC), junto a las ministras  Ione Belarra e Irene Montero.
Gabriel Rufián (ERC), junto a las ministras Ione Belarra e Irene Montero.BERNARDO DIAZMUNDO

Los más encarnizados comunistas «murieron de su muerte». Así se les llamaba en el siglo XVI, el de los «Cristos de la buena muerte», a las muertes naturales. Lenin, Stalin, Mao. Incluso Pol Pot tuvo a su vera «quien le diese un jarro de agua». ¿Alguien cree, sin embargo, que tuvieron una muerte justa? Honecker, Kim Il-sung, Castro… La vida con ellos, concediéndoles morir de su muerte, fue más generosa de lo que fueron ellos con millones de seres humanos a los que exterminaron, hambrearon y vejaron de mil modos. Habrían debido rendir cuentas de sus crímenes ante una corte suprema. ¿Qué muerte le estará reservada a Putin? ¿La terrible justicia poética de Ceaucescu, de Sadam, de Gadafi? ¿Un lecho con dosel?

El pacto que suscribieron Molotov y Ribbentrop sorprendió a la mayor parte de los comunistas españoles del interior en una cárcel, y a los del exterior en plena diáspora o en campos de Francia y Argel. Fue para todos la lanzada de Longinos. Las heces de un cáliz amargo. No podían comprender cómo Stalin, que les había ayudado a perder la guerra civil en España, iba a ayudar a Alemania a ganarla en Europa.

Muchos honrados comunistas, como Mauricio Amster (el mejor tipógrafo español; nació en Leópolis, Ucrania), se distanciaron del partido, primero, y del sovietismo después.

Los dirigentes comunistas que se la jugaban en España (no los que disfrutaban de una casa en Cuernavaca o de una dacha en Moscú), discreparon. También Quiñones yMonzón, jefes de la delegación del comité central. A ambos les costó la vida. El primero sostenía una tesis razonable: ¿no era mejor pactar con los enemigos de Hitler (Inglaterra, Estados Unidos, Francia) que con Hitler? A Quiñones lo fusiló Franco tras ser expulsado del partido por «provocador». A Monzón ordenó asesinarle Carrillo, a las órdenes de Pasionaria, la sor Patrocinio de la Komintern, tras eliminar a Trilla. Lo salvó la policía franquista, arrebatándoselo a sus camaradas: veinte años de cárcel y una campaña feroz de calumnias e injurias del partido, que también lo expulsó. Se había hecho la misma pregunta: ¿cuánto se hubiera acortado la guerra de haber entrado Stalin en ella cuando empezó?

La invasión de Ucrania ha traído hasta nuestra puerta los fantasmas antiguos. Asistimos al triunfo de la maldad, tentados de darle la razón a Hobbes y a cuantos pesimistas insisten en que el ser humano esta condenado a destruirse. Por esa razón los optimistas, incluso quienes no sabemos gran cosa de nada, queremos comprender qué esta sucediendo, leemos artículos, no nos perdemos un solo parte, consultamos cada poco nuestro móvil y necesitamos pulsar de qué lado está nuestro corazón y nuestra cabeza y por qué el «no a la guerra» que oímos en España de los herederos de Lenin y Stalin es solo un modo de no tener que decir «no a la invasión».

El pueblo alemán, no solo sus dirigentes, expió su complicidad criminal con los jerarcas nazis en el proceso de Núremberg. Hasta que no se siente en un Núremberg equivalente al comunismo y a sus jefes, pasados y presentes, de Rusia y del mundo, no habrá nada que hacer. ¿No sigue la estrella roja de cinco puntas pintada en los blindados rusos? ¿No hemos visto ayer en uno de ellos ondeando una bandera con la hoz y el martillo? ¿Es que hay que explicar aún que una cruz gamada y una hoz y un martillo son lo mismo, distintos fines por los mismos medios, y al final los mismos fines y parecidos medios? ¿Es que alguno de los putinines españoles de Podemos, de Bildu, ha llevado a los ucranianos ese «no pasarán» con el que aquí están todo el día haciendo chavismo-leninismo de salón?

Bertrand Russell fue pacifista en la primera guerra mundial y belicista en la segunda, sin dejar de ser pacifista, y Josep Borrell, en un discurso memorable en el parlamento europeo anteayer, acaba de dar una lección magistral a los que con su «no a la guerra» están eludiendo el «no a la invasión», y les ha advertido que «nos acordaremos de aquellos que en este momento solemne no estén a nuestro lado».

¿De verdad nos acordaremos en el país de la desmemoria histórica? Ni Podemos ni Bildu han estado nunca del lado de la democracia. Podrán servirse de ella (como Lenin), pero estar, jamás. ¿Y qué es estar al lado? Hoy, no exigir a los ucranianos un heroísmo que no estemos dispuestos a sostener con armas (cuanto más eficaces mejor) y, llegado el caso, brigadas internacionales (mira por dónde los nostálgicos folclóricos tendrían una ocasión de oro para cantar «Si me quieres escribir/ ya sabes mi paradero»). Porque Ucrania es un fractal de Europa y de nuestras democracias liberales, lo que más odian los Putines de allí y los putinines de aquí.

Nadie es quién para decir quién ha de morir o no de su muerte, pero sí para impedir que se arranquen de nuestras conciencias los carteles («Vivo o muerto. Se busca») con las fotos de Putin, de sus generales, ministros, mercenarios y diputados. Tal vez ayuden a terminar cuanto antes esta invasión y a sentar a sus responsables en el Núremberg que nunca tuvieron.

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