Te quiero. Por Luis Sánchez-Moliní

En la voladura de la masculinidad tradicional, una de las estrategias es la del hombre merengue

Recientemente pasé un buen rato viendo en TVE la película Buñuel en el laberinto de las tortugas, dirigida por Salvador Simó y basada en el tebeo homónimo de Fermín Solís. El filme, que ganó el Goya a la Mejor Película de Animación de 2020, reconstruye el rodaje de Tierra sin pan, el conocido documental que el director de Calanda hizo sobre la comarca extremeña de Las Hurdes, durante mucho tiempo símbolo de la España más atrasada y pobre, aunque no tan olvidada como algunos pretenden. No en vano el rey Alfonso XIII realizó a esta geografía montañosa un famoso viaje en el que, como en el de Buñuel, abundaron las anécdotas, como su baño en pelotas en el río de Los Ángeles junto al doctor Marañón, momento estelar captado por el fotógrafo José Demaría Vázquez Campúa.

Sobre los particulares del rodaje de Tierra sin pan se ha escrito mucho. Especialmente de los trucos que usó Buñuel para que la realidad no le estropease el documental. Pero no pretendo hablar en estas líneas de cine, sino de sentimientos. En un momento dado del coloquio posterior a la película, uno de los contertulios, al hablar del carácter un tanto hosco de don Leonardo Buñuel González, padre del director, y de cómo este había influido en la psicología de su hijo, afirmó: “Figúrese, nunca le dijo te quiero”. Me quedé pensativo. No creo que a ningún miembro varón de mi generación, que es muy posterior a la de Luis Buñuel, su padre le haya dicho alguna vez tales palabras. Entre otras cosas porque ninguno, ni progenitores ni cachorros, hubiese sobrevivido al bochorno.

El comentario del contertulio hay que enmarcarlo dentro de esa inflación de los sentimientos (pornografía emocional, si nos ponemos duros) tan de moda en estos tiempos en los que cualquier dependienta te llama “cariño” y los padres hablan a sus hijos con acaramelamiento impostado. En este intento de volar la masculinidad tradicional que estamos viviendo, una de las estrategias es la del hombre merengue (aún más ominoso que el “hombre blandengue” del Fary), el cambio de testosterona por azúcar, la creación de un pelele charlatán sin respeto por las palabras solemnes, la sobreexplotación de los caladeros de la huachafería sentimental. Antes, un varón se permitía la cursilería en contadas ocasiones (las cartas de amor de juventud, los primeros meses de noviazgo, los romances crepusculares…), pero luego moderaba su lenguaje y regresaba al verbo sobrio. Demostraba su amor y compromiso con la mujer y los hijos con trabajo, afecto, responsabilidad, lealtad… no con florituras léxicas ni encajes gramáticos. A Buñuel su padre nunca le dijo te quiero. A mí tampoco. Gracias a Dios.

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