La izquierda se amnistía, por Arcadi Espada

Pago al que me muestre una sola intervención parlamentaria o editorial que exigiera introducir en la ley de Amnistía la imprescriptibilidad de los crímenes franquistas

La izquierda se amnistía
SEQUEIROS

(Hombre, hombre) Ni un solo papel escrito en la Transición protestó contra la ley de Amnistía porque amparara los crímenes cometidos por los franquistas. Ni una intervención parlamentaria ni un editorial de periódico. Ni una pancarta: pago al que me muestre una sola que exigiera introducir en la ley la imprescriptibilidad de los crímenes franquistas. Y más: ni siquiera las conversaciones trataban de ello. Los legisladores, como prueba la consulta de las actas del Congreso –Soledad Gallego-Díaz ha hecho en El País la última y Alfonso Pinilla las hizo antes en este periódico-, obviaron cualquier alusión a los delitos franquistas. La razón no es que quisieran disimular su responsabilidad y que pasara de tapadillo la otra cara de la amnistía. La razón es, simplemente, que hasta la aprobación de la Constitución el franquismo no era un delito, sino la ley. Y la amnistía, la gracia que el franquismo concedió entre otras muchas gracias que acabaron cuajando en la democracia. Si Alianza Popular se abstuvo en la votación de la ley no fue, precisamente, para desprotegerse a sí misma del manto del olvido, sino porque consideraba que la gracia era excesiva. La ley de Amnistía no supuso desgarro de conciencia para ningún demócrata, que viera cómo la salvación de determinados antifranquistas suponía el blindaje de los franquistas. Nadie, en el antifranquismo político, pensó de este modo, entre otras cosas porque el nivel cognitivo de sus representantes tendía a la normalidad. No es que nadie pensara que la ley de Amnistía concedía al Rey, a Suárez, a Fraga o a Martín Villa la impunidad por sus crímenes. Es que el antifranquismo no pensaba que hubieran cometido ningún crimen.

El escenario de la ley de Amnistía no era el de dos combatientes que se perdonan de modo recíproco sus salvajadas, sino el del poderoso que urgido por el interés o incluso por el interés moral perdona las salvajadas del otro. Es legítimo que el antifranquismo defendiera que la ley de Amnistía fue arrancada al poder gracias a la presión popular, como les gustaba decir con gran énfasis de boca. Y las renuencias de Fraga a apoyarla dan argumentos a la hipótesis. Pero pensar que el antifranquismo estaba en condiciones de perdonar a los franquistas es ignorarlo todo sobre la Transición. El perdón, en caso de que semejante figura tuviera sentido en aquellas circunstancias, no se lo concedió al franquismo la oposición, sino el franquismo a sí mismo. ¿Alguien, por el contrario, puede traer aquí algún ejemplo, el párrafo encendido y emocionante de un artículo o discurso, que exponga cómo la izquierda perdonó a sus enemigos? Nada encontrará, salvo retóricas alusiones a la reconciliación que, por lo demás, el Partido Comunista de España manejaba desde los años 50.

Las estúpidas mentiras contemporáneas sobre la amnistía arrancan de una mentira originaria difundida por el antifranquismo, ya en la época, como un modo de mejorar ante la Historia. Es la mentira de que la presión popular no solo trajo la amnistía, sino la misma democracia. La democracia española fue una democracia otorgada. Nadie sabe lo que habría pasado si, por así decirlo, Arias Navarro y una continuidad autoritaria matizada se hubieran instalado en el poder. Lo que sí sabemos es quién fulminó a Arias Navarro, que fue el Rey de España y no el pueblo. Sobre el carácter otorgado de la democracia hay pruebas abundantes para el que quiera verlas, pero hay una sutilmente agazapada: no hay en el calendario actual una fiesta de la democracia. No es que no haya un 14 de julio, a la francesa; es que no hay un 14 de abril a la republicana. El 6 de diciembre no puede en modo alguno comparárseles y la razón es que las fiestas patrióticas son fechas, más o menos falseadas por el mito, de conquista popular, de proceso que va de abajo arriba, de gesta.

Si la democracia hubiera sido una conquista antifranquista, los reproches de nuestra izquierda pueril respecto a la impunidad del franquismo estarían justificados. “Oh, revolucionarios, ¡¿cómo se os pasó por alto el detalle de llevar a juicio a los opresores?!”. Pero el objetivo de la oposición nunca fue tomar el poder, sino reforzar a las autoridades partidarias de que España se convirtiera en un régimen democrático convencional y tratar de neutralizar a las autoridades inmovilistas. Para semejante estrategia no debió de parecerles buena idea que los torturadores y sus jefes, del Rey abajo, fueran juzgados. La máxima insurgencia con los representantes del franquismo la dio una palabra cuya ejecución no pasó nunca del inocente sarcasmo: chaquetero. Cualquier juicio sumarísimo acabó en ella.

Todo el problema de la izquierda contemporánea con el pasado arranca de dos derrotas. La izquierda perdió la Guerra Civil, desde luego. Pero las derrotas trascendentales para lo que hablamos fueron otras dos, encadenadas. La del franquismo y la de la Transición. La izquierda no derrocó a Franco. Como si fuera un chino de hoy, el dictador logró convencer a la mayoría de los españoles de que no valía la pena perder la vida por la libertad. Tras su muerte, tampoco la izquierda pudo imponer la ruptura, es decir, la República y el ajuste de cuentas. Pero lo peor para la izquierda y la explicación del sombrío lugar que ocupa en el relato de la recuperación de la democracia fue que España acabó teniendo una democracia impecable mediante un proceso reformista.

La herida de la izquierda española es que todas sus derrotas acabaron confluyendo en la victoria democrática.

La izquierda ha tratado, vanamente, de curar estas heridas. Durante varios años se impuso la tarea de convencer al mundo, pero en especial a sí misma, de que la democracia la había traído la fuerza desbordante de las masas y no el Rey, y no Suárez y no Torcuato. La democracia, en fin, la había traído Javier Pradera, el principal tertuliano del antifranquismo, como Jordi Gracia, su sucesor hoy en la sección de opinión de El País, trató de demostrar de forma humorística, aunque realmente amazacotada, en su libro sobre el editor. El discurso cambió con Zapatero y su hijo, que no es sanchez sino Iglesias. Y empezó a correr el bulo de que la Transición no había alumbrado una verdadera democracia sino un enjuague vil. La caricatura de este razonamiento la exhibió el otro día ese ministro Félix Bolaños -cuya supuesta inteligencia, como la de tantas criaturas de gabinete, no resiste la prueba de la luz-, cuando dijo en el Senado que en España solo hay democracia desde que el socialismo llegó al poder en 1982. La zafiedad intelectual de semejante razonamiento no merece mayor debate. Pero es interesante lo que revela. Todas las discusiones sobre la memoria y sus leyes nada tienen que ver con fosas ni con cunetas ni con las posibilidades reales de juzgar crímenes. Tienen que ver con la pretensión de la izquierda de arrogarse la implantación de la democracia y de enmascarar las decisivas derrotas que ha sufrido desde la derrota iniciática de la Guerra Civil. Este nuevo intento tiene, además, el rasgo desagradable de la lanzada a moro muerto, tan propia, sin embargo, de los tránsitos entre generaciones.

La izquierda española, siempre tan dispuesta a extender prescripciones de obligado cumplimiento a los otros, tiene una grave tarea pendiente: el reconocimiento de que la democracia la trajeron aquellos que la habían arruinado cuarenta años atrás. En cuanto a la derecha, un imposible nivel de sutileza la llevaría a aceptar que es hija del franquismo: una hija que enmendó, decisivamente, a sus padres. Y retaría a la izquierda pueril a presentar enmiendas comparables respecto a los suyos. Fraperos, por poner un caso célebre.


(Afinación) El gran simenoniano Sergio Campos recibe el primer volumen de las obras completas de Maigret que planean editar Anagrama/Acantilado. Repara que la solapa cifra las novelas de Maigret en 72. Y dice, con escepticismo gris: “Así no serán nunca completas, pues hay 75”.


(Ganado el 20 de noviembre, a las 13:26, 54 lpm, 35,6º, vacunado con vector ChAdOx1 [Oxford/AstraZeneca], lote 210092, segunda dosis).

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