Alfonso Ussía: “A mi abuelo, Pedro Muñoz Seca, le cortaron los bigotes y lo llevaron a Paracuellos”. El Mundo

HISTORIA 85 años

  • DARÍO PRIETO

Se cumplen 85 años del comienzo de las matanzas de Paracuellos por parte del bando republicano durante la Guerra Civil. Una de las víctimas más significativa fue el autor de ‘La venganza de Don Mendo’, cuyo caso recuerda para LOC su nieto.

El dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1879-1936).
El dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1879-1936).

“Mi abuelo era friolero, como buen andaluz, y tenía los dos abrigos: uno puesto y el otro en el brazo. Había un miliciano, al que llamaban ‘El Dinamita’, que le quitó el abrigo del brazo y el que llevaba puesto y le dijo: ‘Donde va no le va a servir’. Le quitaron el reloj, le quitaron una pluma, le quitaron las gafas y le cortaron los bigotes, que eran como su seña de identidad. Le quedaron dos moscas donde aquellos mostachos que tenía, que los cuidaba muchísimo, tanto que en una carta que mandó a su mujer le pidió que le enviara una bigotera, porque se le caían los bigotes en el rancho”.

El periodista y escritor Alfonso Ussía recuerda así a su antepasado, el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, autor de ‘La venganza de Don Mendo’, creador del astracán escénico y una de las figuras del teatro de comienzos del siglo XX, amigo e ídolo de Federico García Lorca y Ramón María del Valle-Inclán. Muñoz Seca fue fusilado en Paracuellos, dentro de uno de los capítulos más oscuros de la Guerra Civil, que comenzó hace ahora 85 años, el 6 de noviembre de 1936.

“Desde hace seis años está en proceso de canonización por la Iglesia, junto con otras 43 víctimas”, explica Ussía. “En realidad, los 6.000 de Paracuellos fueron mártires, pero él está elegido por el espíritu de optimismo que transmitió durante todo el cautiverio”. Yes que “el asesinato de Don Pedro dejó una huella hondísima entre compañeros de cárcel”.

Todo sucedió según lo relata su nieto para LOC: “A él lo detuvieron en Barcelona. Acababa de estrenar allí una comedia en el Teatro Poliorama, que se llamaba ‘La tonta del rizo’. De hecho, se estrenó el 18 de julio de 1936. Se escondió en la casa de unos amigos de Barcelona, pero uno de los actores sabía más o menos dónde estaba refugiado y lo detuvieron. Lo cogieron, lo llevaron a Madrid junto con su mujer, a ella la dejaron marchar en la estación y a Don Pedro lo metieron en la cárcel de San Antón”.

A Ussía le contaron el cautiverio de Muñoz Seca, “personas que habían estado con él. Entre ellas, Julián Cortés Cavanillas y Cayetano Luca de Tena, que entonces eran mucho más jóvenes que él”. Dice de su abuelo que “mantuvo siempre un ánimo fenomenal. Lo respetaban incluso los milicianos”, salvo el citado ‘Dinamita’.

“Él tuvo un juicio popular donde fue acusado de todo, que fue cuando dijo: ‘Me podéis quitar todo lo que he ganado, me podéis quitar a mi familia, pero no me podéis quitar el miedo que tengo’. Y luego, antes de morir añadió: ‘Sois tan hábiles que me habéis quitado hasta el miedo'”.

“Después de ese juicio, por llamarlo así, le llamó el director de la cárcel y le dijo que se preparara para un traslado. Él ya sabía lo que era los traslados y que el 90% de ellos acababan en Paracuellos o en Alcalá de Henares. Y se lo dijo a Cortés Cavanillas y a Luca de Tena: ‘Un día de estos saldré yo para el rastrillo'”.

El 27 de noviembre, “la víspera del crimen, se enteró de que él iba al día siguiente”. Entonces se metió en su cuarto y escribió una carta a su mujer y a sus hijos. “Una carta con una caligrafía perfecta y sin ningún deje de odio. Una carta de un señor que era creyente y profundamente patriota. Y decía que si ésa era la suerte que Dios había procurado él la asumiría, pero que por la salvación de España todo lo que se le hiciera, cualquier sacrificio, no era nada”. Era, según Ussía, “una carta absolutamente positiva y, en mi opinión, ejemplar”.

A las 8 de la mañana del 28 de noviembre “empezaron a llamar a la gente, uno a uno. Y la escena era patética porque todo el mundo salía a los pasillos que daban al recibidor del antiguo colegio San Antón esperando su nombre. Entonces llegaban las despedidas. A las nueve de la mañana mencionaron el nombre de Pedro Muñoz Seca”. Se despidió de Julián, de Cayetano y de todos sus amigos. “Se despidió también del padre Tomás Ruiz del Rey, que era el que le había confesado después de escribir la carta por la noche y ahí se subió”, prosigue su relato Ussía.

“Mi abuelo tenía prohibido fumar por una úlcera de estómago que padecía”, añade. “Había sido un fumador empedernido y entonces le pidió a un miliciano un cigarrillo. Y éste se lo encendió y se lo puso en la boca, porque él estaba atado con un hilo de bramante que le llegaba hasta las venas, según los testimonios. Le dio tres caladas y dijo: ‘Cuanto antes, mejor’. Pero fue de los últimos que fusilaron”.

Aquel día, rememora Ussía, “mataron a 200 y pico, y él estuvo en la última tanda. Fue tranquilo y, entonces, alguien de sus compañeros gritó: ‘¡Don Pedro! ¡Viva España!’. Y él: ‘Con España ya he cumplido, ahora déjame cumplir con Dios’“.

Y ahí se acabó Don Pedro. Incluso estuvo a punto de desaparecer su memoria. “No sólo no fue cariñoso el franquismo con él, sino que siguió censurando sus comedias, igual que hicieron en la época republicana”, denuncia Ussía. Pero, “poco a poco, con los años, su figura ha ido creciendo. Y ahora mismo es el referente de la brutalidad de Paracuellos”.

El creador del Marqués de Sotoancho incide en que “en las postales que envió desde la cárcel a su mujer siempre se mostró con optimismo y repetía que ‘pronto nos veremos’. No, hay ni una sola mención política en todas las comunicaciones“.

OBSERVADOR Y METÓDICO

¿Y cómo era Muñoz Seca? “Era un hombre muy observador, hablaba poco y era muy metódico”, lo describe su nieto.” Por la mañana, desde muy temprano, escribía. Normalmente hasta la una. Entonces se iba a una tertulia que tenía, literaria y de amigos, en un sitio que se llamaba Molinero. Luego comía y después hacía solitarios, en los que siempre hacía trampas. Después se ponía a escribir otra vez hasta las seis o siete de la tarde. Y a continuación iba a hacer un repaso por todos los teatros donde se representaban sus obras. Llegó a tener en Madrid tres comedias en cartel simultáneas. Y no perdonaba una sesión de cine, iba todos los días, aunque estuviera de viaje. Era un enamorado del cine y para él supuso lo que para nosotros internet. Guardo unos cuadernitos de cuero donde tomaba apuntes y donde hay varios guiones de películas. De no ser por su asesinato, yo creo que se habría dedicado al cine”.

Además, “todos los días de su vida, desde que salió de El Puerto de Santa María, escribió una postal a su madre. Quería al Puerto de Santa María con toda su alma, pero él era un enamorado de San Sebastián”.

Cuestión aparte es la posibilidad de que se hubiese salvado. “Su hermano pequeño, José, estaba estudiando medicina y era muy amigo de Vicente, el hermano menor de Rafael Alberti“, explica Ussía. “Mi abuelo, aunque era bastante mayor que Rafael, había coincidido con él en el colegio de los jesuitas del Puerto. Claro que se conocían. Entonces Vicente, ante las noticias alarmantes que llegaban, intentó muchas veces que Rafael hiciera algo en favor del abuelo. Hasta un día en que se encontraron Rafael y Vicente, los dos hermanos, en la calle de Alcalá. Y Vicente fue a José y le dijo: ‘No hay nada que hacer. Me ha dicho Rafael, mi hermano, no me sigas dando la lata con Perico porque ya lo hemos matado'”.

Por todo ello, la visión de Ussía de la Ley de memoria democrática es muy crítica: “En la época de Manuela Carmena se le intentó aplicar a mi abuelo la Ley de memoria histórica. No hubo manera. Incluso personas muy significadas en el Partido Socialista, como Alfredo Pérez Rubalcaba pusieron el grito en el cielo. ‘Cómo vais a hacer eso, si no le dio tiempo a Pedro para ser franquista’, dijeron”.

“Esto es un revanchismo tardío”, protesta Ussía sobre la política del Gobierno respecto a la Guerra Civil, “producido por ese ser nefasto que fue Zapatero y seguido por los que están ahora. ¿Cómo puedes valorar en la actualidad lo que se hizo en un momento brutal y trágico en el que España se volvió loca?”.

Responsabilidades: De Santiago Carrillo a Largo Caballero y Ángel Galarza

D. P.

Para el hispanista británico Julius Ruiz, autor de ‘Paracuellos. Una verdad incómoda’ y ‘El terror rojo’, “Paracuellos, sigue siendo un tema muy polémico. Sobre todo, por el papel que jugó Santiago Carrillo, el político comunista más importante de los últimos 40 o 50 años”. Según él, el foco a la hora de estudiar estas matanzas no siempre ha estado bien orientado. “Sobre todo por las responsabilidades políticas del gobierno republicano, porque se fija mucho todavía en los famosos agentes soviéticos o en Santiago Carrillo, y mucho menos en el papel del presidente del Consejo de Ministros, como Largo Caballero, o el ministro de Gobernación, Ángel Galarza”.

En una entrevista de María Eugenia Yagüe a Santiago Carrillo para la colección ‘Políticos para unas elecciones’, de Cambio 16, el que fuera consejero de Orden Público por la Junta de Defensa de Madrid se defendía: “Me encuentro con que en la cárcel Modelo hay un núcleo muy numeroso de detenidos franquistas, a punto de ser liberado esa noche por las tropas, que están a 400 metros de la cárcel. Era un regalo envenenado que los había dejado el Gobierno republicano a la Junta de Defensa. En esas condiciones, tomé la decisión de trasladar a Valencia a esos detenidos. No podía permitir que esos hombres pasasen a engrosar las filas de los asediantes y tampoco podía poner a su disposición, para escoltarlos, a una división que tendría que haber retirado del frente”. Según él, cuando estaban fuera de sus jurisdicción, esos presos fueron asesinados por milicianos. “Estábamos en guerra y había que defender Madrid”.

Por eso, considera importante la recuperación de relatos como el de Muñoz Seca: “Los estudios que he realizado están lleno de historias personales, de nombres de las víctimas, pero también de los asesinos. Porque, claro, es muy fácil hablar de los famosos ‘incontrolables’, asesinos sin rostro. Pero 85 años después, sabemos perfectamente las identidades de los asesinos y también tenemos mucha documentación oficial sobre las víctimas”.

“Lo más importante”, subraya Julius, “es escribir sobre eso, sobre el aspecto humano. Porque al final las cifras, si fueron 3.000 o 6.000, es menos importante que el hecho que esto supuso una tragedia para mucha gente”.

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