“Un precioso todavía”, por Jorge Bustos

El retorno lúdico de Halloween a las calles informa de que el ángel exterminador de la pandemia ya pasó

Un precioso todavía
AFP

Solo hay alguien más jartible que un entusiasta de Halloween y es un odiador de Halloween. Una trifulca indefectible entre papanatas y cruzados condena por estas fechas al español a ir detrás de una calabaza con un cirio o con un garrote. El pecado del aprendiz de Tim Burton es meramente estético y le lleva a suspender el sentido del ridículo hasta abrazar la mamarrachada triunfante. El pecado del fan de Bernarda Alba es ideológico y le lleva a censurar por extranjera una liturgia importada como si el cristianismo no hubiera sido exportado desde Jerusalén en su día, tomando por el camino no pocos aderezos rituales de los cultos paganos. Equidistar de ambas tentaciones nos ayudará a honrar al muerto que todos seremos con la inteligencia del vivo que aún somos.

Pero más allá de la turra monster y sus enemigos, el retorno lúdico de Halloween a las calles informa de que el ángel exterminador de la pandemia ya pasó. Si la ecuación de la comedia es tragedia más tiempo, hoy podemos volver a banalizar la muerte entre disfraces porque ya no la tenemos desbordando ucis y colapsando crematorios. Y aunque el virus ha dejado un reguero de tristes estructurales a los que solo consolaría la socialización crónica de su tristeza, no hay refrán más humano que ese que constata que el vivo vuelve al bollo en cuanto el muerto baja al hoyo.

Con todo, quizá podamos extraer algún provecho de la sensibilidad cristiana que decidió consagrar un mes al recuerdo de los difuntos. La meditación sobre la muerte ha dado a la filosofía sus páginas más hondas, ha inspirado las mejores novelas y el arte más conmovedor. Sin llegar a la relación carnal que tiene México, con la muerte España ha bailado como nadie. Del desengaño barroco al arrebato romántico pasando por el cante jondo o la tauromaquia, el asombro con que otras culturas han glosado la inquietante familiaridad de nuestro trato con las postrimerías está justificado. Por no hablar de aquel coraje ya perdido desde el que los cipotudos patrios encaraban los hechos de armas, especialmente si llevaban las de perder. La suprema dignidad de los liberales fusilados en el lienzo de Gisbert nos devuelve al verso de Petrarca: Un bel morir tutta una vita onora.

Hasta que se cumpla, sin producir monstruos, el sueño científico de la vejez detenida, podremos hallar en los cementerios una paz que no signifique una derrota. El ciprés, la lápida y tanto silencio nos susurran al oído un precioso todavía.

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