Un informe oficial de EEUU reconoce que la “brecha salarial” entre hombres y mujeres es un mito. Libertad Digital. Diego Sánchez de la Cruz.

Tres cuartos de la diferencia de ingresos se explican simplemente por cuestiones básicas, como por ejemplo las horas trabajadas.

Tres cuartos de la diferencia de ingresos se explican simplemente por cuestiones básicas, como por ejemplo las horas trabajadas.
Foto de Joe Biden y Kamala Harris distribuida por la campaña del candidato demócrata el día en el que se anuncia la elección de Harris como candidata a la vicepresidencia. | EFE

Una y otra vez, el feminismo de corte socialista insiste afirmar que que los hombres ganan mucho más que las mujeres a cambio de desempeñar el mismo trabajo. Semejante discriminación iría contra las leyes más básicas, que consagran la igualdad de los trabajadores y prohíben taxativamente la discriminación, no solo por sexo sino también por cualquier otro motivo.

Además de ser ilegal, discriminar de esta forma no sería una decisión inteligente desde el punto de vista económico, puesto que, si fuese cierto que se puede pagar mucho menos a las mujeres, las empresas se apoyarían mayoritariamente en plantillas femeninas, puesto que ello generaría una notable ventaja en términos de costes. Por otro lado, el coste reputacional derivado de mantener prácticas discriminatorias sería muy alto, de modo que también por ese flanco hay razones económicas de peso para abstenerse de incurrir en tal comportamiento.

Entonces, si la ley no lo permite y si la lógica económica no lo aconseja, ¿por qué existe una “brecha salarial”? La respuesta es sencilla: en realidad, tal diferencial de ingresos no existe y, si bien es cierto que el sueldo medio que perciben los hombres supera el obtenido por las mujeres, esto se explica por la naturaleza heterogénea de esta comparativa, en la que se analizan circunstancias laborales desiguales.

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Como ha explicado Libre Mercado, el sueldo medio no considera factores esenciales, como la duración del contrato, el tipo de jornada aplicable, la antigüedad en la empresa… Por ejemplo, según datos del Instituto Nacional de Estadística para España, el empleo a tiempo parcial llega al 24% entre los hombres y al 7% entre las mujeres. De modo que el argumento central de la “brecha salarial” se desmorona una vez se consideran factores básicos para comparar manzanas con manzanas.

Así las cosas, esta semana se ha publicado el informe anual de salarios que elabora la Oficina de Estadísticas del Trabajo de Estados Unidos. Este estudio oficial arroja algunas conclusiones de interés. De entrada, si se estima la diferencia en el salario medio de hombres y mujeres, la diferencia bruta sería de un 18%. Es a este dato al que se aferra el feminismo de corte socialista, renunciando a establecer comparativas homogéneas.

En cambio, si empezamos a ajustar los datos, el diferencial se va reduciendo. Considerando las horas trabajadas, pasa a ser del 14%. Si se consideran las circunstancias familiares (estado civil y descendencia), el diferencial pasa al 6%. Y si ajustamos los tramos de edad para referirnos a los asalariados más jóvenes, se da una nueva reducción, hasta el 5%.

Esto significa que, solamente basándonos en una serie de ajustes elementales, el cálculo de la “brecha salarial” arroja tasas que son un 75% más reducidas de lo que sugieren la mayoría de los políticos y los medios de comunicación cuando dan por buena la argumentación del feminismo de izquierdas, que se basa simplemente en el análisis bruto del salario medio, sin evaluar ningún otro factor.

Dicho esto, es cierto que los informes internacionales confirman algo que también se ve en España: el hecho de que, tras contraer matrimonio y formar una familia, es más probable que las mujeres reduzcan su jornada laboral y, a raíz de esto, vean cómo su trayectoria profesional avanza a menor velocidad.

Los poderes públicos pueden moderar el impacto de estas decisiones personales ofreciendo, por ejemplo, rebajas fiscales que reduzcan costes como el cuidado de los hijos. Pero no hay que olvidar que, al fin y al cabo, la decisión de formar una familia trasciende lo económico y, de hecho, incluso en los países escandinavos, donde las ayudas sociales y las políticas de conciliación son muy generosas, el mercado de trabajo sigue arrojando patrones similares de comportamiento.

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