“Los raros”, por Salvador Sostres

Los raros

Mi equipo es el de los raros. Me gustan y los quiero conmigo

¿Estás haciendo cola aquí?, le pregunta otro padre a mi hija. Maria mira al hombre y ve a su hijo en silla de ruedas. Calcula, mide y le sale esta respuesta:

-Sí, pero por otra cosa.

La escena se produce en Port Aventura, el parque de atracciones más atento y mejor preparado para las personas con cualquier tipo de impedimento. Da una idea de hasta qué punto la empresa se toma en serio las disfuncionalidades que les concede el acceso de mayor privilegio. Mi hija no le quiso mentir al señor que le preguntó si hacía cola en aquella puerta y al ver a su hijo evitó el alarde de mostrar su pulsera distintiva.

Tiene algo de metáfora que los

 más perjudicados y los más beneficiados pasen por la misma fila rápida y casi siempre vacía; y lo lleno que en cambio está el carril central. Los raros somos pocos e importa más que seamos raros que si lo somos por arriba o por abajo. Michael Jackson tenía en Neverland su propio parque de atracciones y pese a ser uno de los creadores más importantes de su era, y uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, fue más linchado por su excentricidad que respetado por su genio. Aún recuerdo cuando algunos padres le dejaban a sus niños a dormir y luego le chantajeaban con falsas acusaciones de abusos. Michael Jackson habría estado en nuestra cola, pero ¿por Black or White o por otra cosa?

Le digo a Maria que se fije en estos chicos, cuya visita el parque fomenta y protege, y que entienda que es exactamente así como la ven los de la cola del medio cada vez que aguanta su posición y no se rinde, cada vez que defiende como si fuera la última batalla de su vida aquello en lo que cree y no la entiende nadie. Es igualmente así como me ven a mí, sin comprender nunca el juego de ningún artículo, ciegos de resentimiento y de ira. Algunos estarán ahora mismo leyendo estas líneas, intentando retorcerlas para acusarme de elitista -¡como si fuera un insulto!- o de desprecio. No hay nada que anestesie y morfinice más a la masa truculenta y desanimada que poder señalar al raro y correrle a pedradas. A cualquiera que destaca se le intenta reducir a su deformación más grotesca. Hasta la última crueldad por huir del espejo.

Se aprende mucho en las colas de Port Aventura. Hay una mezcla de determinismo y generosidad, de ordinariez y piedad, de fascinación futurista por la máquina y de asombro por lo simples que continúan siendo nuestras emociones pese a los siglos de evolución. Y al final, la gran línea divisoria del mundo, que no es por la ideología, la piel, el género o la religión; sino entre los normales y los que no lo somos. Mi equipo es el de los raros. Me gustan y los quiero conmigo. Me siento mucho más identificado con el que no tuvo suerte y aquí está, a mi lado, haciendo lo que puede, que con el tumulto infame que todo quiere volverlo de su deprimente medida.

No olvides nunca, Maria, cómo te ven y por qué. Con lo que te hieren es lo que te justifica y sólo si no pisas las flores extrañas podemos hablar de poesía.

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