“El secreto del fenómeno Ayuso”, por Luis Ventoso

A diferencia de muchos de sus correligionarios ha entendido que estamos inmersos en una gran batalla cultural e ideológica

España es un país maravilloso por infinidad de motivos. Sin embargo arrastra problemas de calado, casi todos autoinducidos. Padecemos un Gobierno manirroto, que piensa que el dinero surge por generación espontánea y que con su escapada de gasto atolondrado va a comprometer a las generaciones venideras. También penden amenazas serias y crecientes sobre la unidad de la nación española y los pilares institucionales que sostienen nuestra democracia.Pero hay un tercer gran asunto en disputa, que pasa más desapercibido para las mentes poco atentas. Se está dirimiendo una enorme batalla cultural ideológica, que no es exclusiva de España. Se trata de la liza entre el mal llamado «progresismo», que intenta imponer su cosmovisión como la única aceptable, y quienes se resisten a aceptar ese rodillo y enarbolan la bandera del pensamiento plural, la libertad, la familia y el valor de la religión, la tradición y la propia vida humana. La deriva es tal que hoy incluso toca reafirmar realidades elementales, que existen desde que el mundo es mundo, pero que ahora son puestas absurdamente en cuestión por la marea «progresista», como el propio hecho biológico.El «progresismo» quiere situar al gran YO individual en el centro y por encima de todo, arrumbado a Dios y depreciando las enseñanzas de milenios de civilización, o los lazos familiares de siempre, cuando en realidad siguen vivos y son connaturales al ser humano. De ahí su aversión militante contra el catolicismo, la familia o el pensamiento conservador (cuando conservar viene precisamente de preservar lo bueno). No admiten traba alguna a la individualidad del nuevo Súper Yo, de ahí que lleguen a rechazar la innegable realidad de que en la naturaleza hay hombres y mujeres.Por último, el «progresismo» alberga una trampa perversa, que en la práctica lo convierte en «regresismo»: delega la liberación del yo en el Estado, que se convierte en el gran agente muñidor de todo. Se entrega la libertad de las personas en el altar estatal para que supuestamente las libere. Un absurdo que resumió muy bien el formidable liberal Benjamin Constant de Rebecque cuando reprochaba a Rousseau y al zote del abate Malby: «Quieren que el individuo sea esclavo para que el pueblo sea libre».Isabel Díaz Ayuso, que este lunes desayunó en la Redacción de El Debate y con la que hoy ofrecemos una entrevista, aporta una novedad respecto a la mayoría de sus correligionarios de partido: es muy consciente de esa batalla cultural e ideológica y ha decidido darla abiertamente. Para entendernos con un sencillo ejemplo del propio PP: Feijóo, o antaño Soraya Sáenz de Santamaría, son gestores eficientes, pero en la práctica comparten casi todo de lo que podríamos denominar el «consenso progresista». Ayuso es otra historia. Ha entendido el calado de lo que está en disputa, que es defenderse frente al intento de formatear la mente de los españoles con un código único. Por eso el lema de su campaña electoral fue «socialismo o libertad». Es consciente de que las palabras no son inocentes, y de que cuando se asimila el lenguaje inclusivo, o se compran las expresiones de la neolengua de Sánchez, se está aceptando el andamiaje sobre el que se asienta toda una forma de ver el mundo. Sabe que gigantes como Netflix, o Facebook, no son imparciales, que ofrecen una visión sesgada de la realidad: la de la izquierda progresista. O que incluso cierta prensa en teoría de derechas ha sucumbido a todos los mantras progresistas.Lo que nos estamos jugando ahora mismo es si España va a seguir siendo tal o se convertirá en un reino de taifas de corte igualitario (o incluso en una república de taifas). Un país –o expaís– donde imperará la condena del esfuerzo, de la religión, la familia y el éxito personal para arribar a una suerte de anestesia colectivista, en la que seremos esclavos precisamente cuando más libres nos creamos. Ayuso se ha atrevido a decir no, y por eso ha despegado. Como pronostico que lo hará este periódico por idéntico argumento.

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