“La mente del calamar”, por Jorge Bustos

  • JORGE BUSTOS

El juego del calamar si es una traducción perfecta de la mente populista a la narrativa audiovisual, y nadie cuenta cuentos mejor que un populista

La mente del calamar
EFE

Cómo no va a tener éxito El juego del calamar si es una traducción perfecta de la mente populista a la narrativa audiovisual, y nadie cuenta cuentos mejor que un populista. El populismo no es una ideología y ni siquiera una estrategia; no es una oferta de soluciones simples a problemas complejos ni tampoco el cultivo calculado del antagonismo entre élites culpables y pueblo engañado. Es más bien el conjunto kantiano de condiciones perceptivas que determinan el juicio de los votantes asustados. El miedo es la premisa emocional del populismo; por eso el primer deber del líder o del partido populista es identificar la clase de amenaza que se cierne sobre su audiencia: la casta, el globalismo, las eléctricas, los inmigrantes, el hombre blanco, la mujer pantera, los fondos buitre, los burócratas europeos. Si el público acepta la premisa narrativa, el pacto de ficción queda sólidamente establecido y la trama empieza a fluir, con sus héroes, sus villanos y su carne de cañón.

La premisa populista que propone la serie coreana está explícita en el propio dibujo del calamar que sirve de perímetro al desarrollo del juego. Un ejercicio intermedio entre la rayuela y el sumo, con contornos acotados y bandos definidos. Un juego territorial que funciona como metáfora del capitalismo en el cerebro populista, para el cual la sociedad es un espacio estanco y la economía se rige por la falacia de la suma cero: lo que gana un rico se lo está quitando a muchos pobres y viceversa. Ampliar la edad de jubilación restringe el acceso al trabajo de los jóvenes, teme el populista de izquierda. Abrir las fronteras a la inmigración desnaturaliza la identidad tradicional de la nación, teme el populista de derecha. Si no me va bien no se debe a las consecuencias de mis libres decisiones equivocadas sino a la injusticia estructural del sistema, concluyen ambos. Ambos proyectan sobre el mapa de España el mismo hábitat cefalópodo, un coto cerrado y darwinista dirigido por poderosos que no muestran la cara, que no se presentan a las elecciones. Sigamos, pues, al líder incorruptible que hará la revolución para arrebatarles el poder a unos viciosos millonarios enmascarados y devolvérselo al pueblo, o a la nación.

Con todo, la serie admite un contrapunto liberal de partida: todos los concursantes pudieron elegir. Y varias veces. Cuando se endeudaron apostando, cuando marcaron el número promisorio y cuando deciden seguir jugando poseídos ya por la codiciosa expectativa del bote. De este modo las culpas quedan muy repartidas. Como en la vida misma cuando no recurrimos a la tinta de calamar para huir de nosotros mismos.

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