Nuestros literatos progres -Javier Marías en este caso- no conocen la Historia de la República y la Guerra Civil.

Este domingo, Marías, se mete con los “famosos imbéciles”, y encuadra entre ellos al líder del PP Casado, por haber callado ante las palabras de Camuñas sobre el golpe de Franco. Dice Marías: “A Casado jamás se le ha apreciado listeza, pero antes de agosto entró de lleno en la categoría mencionada cuando, tras oír al sepultado Camuñas soltar que el de Franco no fue un golpe de Estado, y que quien lo dio fue la República (¿contra sí misma?), se calló como una momia y luego hizo un encomio de la ponencia franquista. Perder la oportunidad de apostillar o desmentir a Camuñas, y así quedar como avalista de semejante vileza y cretinada, es propio de un famoso, o será visto como tal en el futuro. Más aún teniendo en cuenta que su partido vive bajo permanente sospecha de tolerancia hacia la dictadura.”

El mejor historiador que conozco sobre la República y la Guerra Civil es Stanley Payne. Creo que Javier Marías no ha leído sus libros, y me temo que tampoco ninguno ajeno a la corriente dominante defensora del frentepopulismo (que no de la República).

Me voy a referir aquí a su libro “El camino hacia el 18 de Julio” y a mis propios trabajos y lecturas. Para Payne la República vino de la algarada callejera y del consiguiente desistimiento de los monárquicos. Antes hubo un comité republicano que intentó un golpe de estado desde Jaca, con varios muertos. A pesar de que las reglas del juego las impusieron las izquierdas, como reconoció el padre de la constitución, el socialista Jiménez de Asúa, fueron éstas las que provocaron los principales ataques contra el nuevo régimen, como la quema de conventos, las insurrecciones anarquistas, y la gran insurrección armada socialista y de los separatistas catalanes de 1934.

En vez de arrepentirse de ese golpe insurreccional, los socialistas montaron una campaña demagógica de odio a causa de la llamada “represión de Asturias” y organizaron el Frente Popular, una formación con los mismos partidos insurrectos de 1934. La campaña electoral de 1936 fue de máxima violencia generalizada.

Javier Marías se pregunta si la República pudo darse un golpe contra sí misma. En realidad, ni socialistas ni comunistas ni anarquistas tienen a la República como un fin sino como un medio para llegar a sus propias utopías. Eran revolucionarios más que republicanos. ¿Quién puede pensar que un Frente Popular formado por comunistas, socialistas revolucionarios, anarquistas, separatistas y jacobinos, y gobernados en la Guerra Civil por Stalin, era demócrata? Esos “republicanos” radicales estuvieron contra los auténticos mayoritarios republicanos, los moderados de Lerroux, los cuales se pasaron en su mayoría a Franco.

La izquierda aprendió que para conseguir su utopía no debía buscar la “guerra civil” como en el Octubre revolucionario (lo de buscar la guerra civil figuraba en sus propios documentos del 34). Ahora practicó la “gimnasia revolucionaria”, pensando que la violencia y el deterioro del orden -en la primavera de 1936 predominó el estado de terror sin ley contra la derecha-, acabarían por entregar el poder a Largo Caballero, el “Lenin español”. Por tanto no fue el golpe franquista la principal causa de la guerra sino que fue la destrucción de la ley por parte de un gobierno frentepopulista de terror lo que dividió a los españoles. Y eso es lo que vino a decir el liberal y culto Camuñas, que tanto ha escandalizado a Marías.

Señala Payne que la izquierda buscaba el golpe del ejército, pues pensaba que sería tan débil como el de Sanjurjo, y de esa forma podría aplastar del todo a la derecha. El problema es que no fue débil y media España se sumó a la insurrección del 18 de julio. Payne asevera que empíricamente no existe una revolución sin reacción: no era lógica la esperanza izquierdista de que la derecha debía dejarse machacar para siempre. La historia comparada demuestra que la derecha en España, por el contrario, esperó demasiado: sólo debemos analizar las otras guerras civiles en los países anglosajones o europeos, afirma Payne. La contrarrevolución dio lugar a un programa político más allá de los limitados objetivos iniciales, originando una revolución autoritaria y “semifascista” que duró 40 años.

La auténtica verdad es que en julio de 1936 todo el mundo pedía un régimen no democrático para España, dice Payne. La CNT, el POUM, el PSOE, los comunistas, los falangistas, los monárquicos e incluso una gran parte del centro (que pedían una dictadura republicana). Eso de que nadie quería entonces la guerra civil es falso, todos la querían, pero corta y que pudieran ganar, todos excepto paradójicamente Franco, que fue reticente al golpe hasta que los asesinos parapoliciales socialistas asesinaron al jefe de la oposición Calvo Sotelo y el gobierno del Frente Popular los protegió. En esas condiciones, ¿quien podía garantizar la vida de nadie, especialmente de la oposición?

Por último, si el PP vive en “permanente estado de tolerancia hacia la dictadura” según Marías, qué diríamos del gobierno de Sánchez, el único gobierno europeo que alberga comunistas, la ideología más tirana de la Historia.

Me gustan los artículos de Javier Marías, pero cuando hablan de política tienen el mismo defecto de los socialdemócratas al modo español: no acaban de romper con el radicalismo de la izquierda española ni con su infumable Historia.

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