Prejuicios

Tras la Segunda Guerra Mundial, el dominio de la izquierda sobre la educación, el cine y los medios de masas ha conseguido construir una memoria de rechazo absoluto al fascismo, pero de comprensión o incluso simpatía por el comunismo. Se trata del triunfo de un sectarismo que ve peligrosos fascistas por todas partes, pero que es incapaz de reconocer el totalitarismo comunista. Este es el problema de fondo que explica muchos comportamientos actuales, especialmente en España, pero también en Europa. Y es ahí donde se deben encuadrar las declaraciones de la ministra socialdemócrata alemana Katarina Barley en las que se cuestiona al Tribunal Constitucional y a la democracia española y se muestra simpatías por los golpistas catalanes. España, para esta ministra y para una parte sustancial de la prensa alemana, británica y francesa, sigue siendo un estado sospechoso, casi fascista. Es justo lo mismo que dicen los independentistas y lo que propaga una parte no despreciable de nuestra izquierda. Poco importa que estos periodistas europeos y la ministra alemana tengan toda la información del mundo a su servicio para instruirse debidamente. El prejuicio manda. Cuarenta años después siguen pensando que Franco tiene la culpa. Es el mismo prejuicio sectario que explica que durante decenas de años los franceses acogieran a los terroristas etarras. Seguían pensando en la España franquista a pesar de la evidencia y de la posibilidad de informarse adecuadamente. Y es también el sectarismo “progresista” lo que explica el tratamiento benevolente que Lula ha recibido de la prensa en los últimos días, ante su ingreso en prisión. No he visto a nadie recordar que fue por iniciativa del Partido de los Trabajadores de Lula que se creó El Foro de Sao Paulo, una especie de multinacional ideológica del crimen revolucionario, dirigida por los Castro, financiado por el petróleo venezolano y el narcotráfico de las FARC, que sustituyó como referente internacional de la izquierda a la URSS, entonces en pleno desplome. Si bien es verdad que Lula ha sido la cara amable de ese socialismo de retórica salvaje, y que no destruyó la economía como sus socios –gracias a la herencia de Cardoso-, también lo es que el Foro de Sao Paulo ha desvastado el continente y creado un clima miseria y dolor en Iberoamérica.

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