Reseña del libro Stanley G. Payne, El camino al 18 de Julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936). Barcelona, Editorial Espasa, 2017, 4ª Edición, 423 páginas.

El origen y las causas inmediatas de la Guerra Civil española ha sido un asunto poco tratado por la historiografía sobre el conflicto. Sólo durante los últimos años ha sido abordado abiertamente por historiadores de solvencia profesional. Es el caso de Stanley Payne, uno de los historiadores de mayor autoridad en esta materia, si no el que más. Lo que caracteriza a Payne, además de su independencia y su fidelidad a las fuentes, es su capacidad para comparar la historia de España con su entorno: la historia comparada. 

Este libro estudia los meses anteriores a la Guerra Civil española porque según su autor, las decisiones y actuaciones que se adoptaron en esos meses, que bien pudieron haber sido distintas, fueron las que llevaron a la guerra y no algún tipo de determinismo histórico como el supuesto atraso español, u otros. Payne no obstante, no evita analizar los antecedentes y circunstancias históricas de la misma, y como decíamos, compararlas con los de otros países. Su primer capítulo precisamente analiza cómo Inglaterra y Francia tuvieron muchas más guerras internas que España durante los siglos XVI y XVII. Esto se invertirá en el siglo XIX, especialmente belicoso en España, con numerosas guerras coloniales y civiles hasta la llegada de la Restauración, un régimen de monarquía constitucional que dio estabilidad, libertad y crecimiento. 

El embate de las fuerzas revolucionarias así como el desistimiento de los monárquicos trajeron la República. Un sistema dice Payne, que Tusell define muy bien como una “democracia poco democrática” con unas reglas de juego hechas por la izquierda y la presencia de fuerzas cuyo objetivo eran la consecución de utopías totalitarias, además de una censura más profunda que la impuesta por la Monarquía constitucional.

A pesar de todo eso, el régimen sobrevivió a multitud de ataques internos: la quema de conventos de 1931, las tres insurrecciones anarquistas entre 1932 y 1933, la débil intentona militar de 1932, la gran insurrección revolucionaria de 1934 del principal partido de la oposición, el PSOE, y la declaración de independencia de la Generalitat.

Payne dedica el capítulo 2 a analizar la insurrección de 1934, que según los propios documentos socialistas debía tener “todos los caracteres de una guerra civil”, y “su triunfo descansaría…en la violencia con que se produzca” (pag. 35). La insurrección tuvo una segunda parte que contribuyó a exacerbar hasta el límite el odio de clase, la campaña contra las derechas sobre la “feroz represión”. Payne documenta las mentiras de dicha campaña, hasta el punto de afirmar que lo más relevante de la represión fue “su carácter relativamente indulgente” (pag. 43).

A pesar de que hubo un antes y un después en las insurrecciones de 1934, no pueden considerarse causas definitivas de la Guerra Civil, pues la República sobrevivió, no sin jirones. Aún habría otros intentos de erosionar la democracia: las presiones de la izquierda sobre Alcalá Zamora para que anulara la limpia  victoria del centro derecha en las elecciones de 1933, en base a la idea de que sólo debían gobernar los republicanos. La negativa del Presidente resolvió la intentona.

A pesar de ese acierto, la actuación del Presidente terminó siendo fatalmente errática. Alcalá creía que la CEDA no era suficientemente republicana e interfirió en la labor del gobierno centroderechista pues perseguía crear un partido propio que moderara el sistema. A tal fin, su peor decisión llegó cuando vetó la formación de un gobierno de centro derecha de mayoría parlamentaria, y disolvió Las Cortes. Otros dos años de este gobierno podrían haber calmado al país, por lo que esa decisión supuso el primer jalón hacia el 18 de Julio.

El segundo fue la formación del Frente Popular, muy diferente al Frente Popular francés, hecho para fortalecer la democracia francesa. El español alió a los partidos que rechazaron el resultado de las elecciones del 33 y se levantaron  para expulsar a la derecha de la vida política.

Pero quizás el hito más importante hacia la guerra fue el proceso electoral desarrollado de febrero a mayo de 1936. La campaña fue la más violenta de la Historia, con más de cuarenta muertos. La violencia de las izquierdas continuó hasta marzo, lo que provocó en la práctica la desaparición de la derecha. En la reunión de la Comisión de Actas de las Cortes se pasaron coactivamente hasta 35 escaños al Frente Popular. La repetición de las elecciones en Cuenca y Granada consumó el fraude. El Frente Popular consiguió una mayoría absoluta fraudulenta sin que Alcalá Zamora declarara el Estado de Guerra.

Los capítulos 3, 4 y 5 analizan otro jalón determinante, la formación irregular del gobierno de Azaña el 19 de febrero, el cual dio paso a medidas arbitrarias: la expulsión de curas, depuraciones de funcionarios y tribunales, inclusión irregular de revolucionarios en la policía, y a medio plazo, medidas de disolución de la derecha. Además de ello el gobierno dejó hacer a los grupos aliados del Frente Popular que cometieron atropellos sin parangón en otros países democráticos de la época (los ultrajes se detallan en las páginas 394-397): huelgas salvajes, incautación de propiedades, incendios, ataques a la Iglesia, cierre de colegios religiosos, censura, detenciones arbitrarias de derechistas, incremento alarmante de la violencia política, etc. Todo ello creó un ambiente que incluso historiadores afectos al Frente Popular han calificado de “situación prerrevolucionaria”.

Ninguno de los grupos revolucionarios tenía la intención de repetir una insurrección frontal que ya habían ensayado sin éxito. Pero sí pensaban en una toma del poder de corte “legal” y de apariencia defensiva. Por ejemplo, usando la “gimnasia revolucionaria” hasta derribar a un gobierno republicano débil. En concreto, el sector largocaballerista pensaba más bien en provocar una reacción militar que les sirviera como excusa para, tras aplastarla con facilidad, pensaban, tomar el poder.

Las derechas, al contrario de lo que se ha dicho, aceptaron las reformas económicas, en muchos casos abusivas, aunque denunciaron la situación de anarquía y violencia en el único sitio sin censura, el Congreso. La CEDA, el único partido derechista de masas, no tenía una sección paramilitar como los partidos de izquierdas, aunque su juventud comenzaba a radicalizarse. Los falangistas crecían, pero habían sido ilegalizados en marzo. Los monárquicos intentaban comprar armas sin éxito. Mola, propulsor de una reforma tajante de la República, calculaba que sólo un 15 % de la oficialidad estaban dispuestos a una revuelta armada. Franco no formaba parte de esa minoría.

Bajo esas circunstancias tuvo una gran importancia el asesinato del portavoz de la derecha, Calvo Sotelo (analizado en el capítulo 11). La muerte de Calvo Sotelo no fue una más de las 400 que se produjeron en esos meses debido a la identidad de los asesinos y a la forma en que se produjo. Calvo Sotelo fue secuestrado ilegalmente por guardias de asalto, socialistas de Prieto y un guardia civil repuesto por el Frente Popular tras ser condenado a 30 años por amotinarse en Asturias. La indignación se extendió por el país.

Ese magnicidio logró catalizar una conspiración militar en marcha poco madura (capítulo 11). El mismo Franco se unió a ella por vez primera, y con él, miles de oficiales. La reacción del gobierno fue casi nula al prometer una “investigación” que no se llevó a cabo, y por contra, extender la censura. En verdad, por esas fechas el gobierno deseaba la insurrección militar para aplastarla.

Dice Payne que durante 80 años la izquierda ha denunciado la insurrección del 18 de julio. En realidad esto es comprensible de una forma partidista pues fue una insurrección más fuerte de lo que deseaba la izquierda. Ahora bien, empíricamente no existe una revolución sin reacción: no era lógica la aspiración izquierdista de que la derecha debía dejarse atropellar indefinidamente. La historia comparada demuestra que la derecha en España, por el contrario, esperó demasiado: sólo debemos analizar las otras guerras civiles en los países anglosajones o europeos, afirma Payne. La contrarrevolución dio lugar a un programa político más allá de los limitados objetivos iniciales, originando una “revolución nacional”, autoritaria y semifascista que duró 40 años. El precio pagado fue alto.

La auténtica verdad es que en julio de 1936 todo el mundo pedía un régimen no democrático para España (pag. 403-404). La CNT pedía su revolución violenta sin fecha, el POUM y el PSOE caballerista deseaban la dictadura del proletariado, los comunistas una “república de tipo nuevo”, los prietistas y azañistas una república sólo de izquierdas, los falangistas la revolución nacional-sindicalista, los monárquicos alfonsinos una monarquía autoritaria, e incluso muchas personas de centro pedían una dictadura republicana. Termina Payne diciendo que eso de que nadie quería entonces la guerra civil es falso. Casi todos querían una guerra corta pero que pudieran ganar. Ironías de la Historia, el que mantuvo una actitud más responsable y moderada durante más tiempo fue Franco.

(2014) Aproximación al Liberalismo español a partir de la segunda mitad del siglo XX

Para estudiar la evolución histórica del liberalismo intelectual, político y económico español a partir de la segunda mitad del siglo XX, es imprescindible conocer las personalidades más representativas de este movimiento, así como los partidos políticos, las cátedras, los periódicos, y en general todas las instituciones y personas que lo han sostenido.

A pesar de que el liberalismo fue una doctrina ampliamente acogida por España, hasta el punto de que la propia palabra “liberal” tiene su origen en el Cádiz de las Cortes de 1812, el estudio de su historia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX está apenas en construcción.

La historiografía española ha abordado este asunto de forma parcial y dispersa en algunos artículos, capítulos y libros de distintos autores españoles. Esto significa, que salvo estas excepciones, esta cuestión no ha sido objeto particular y específico de estudio.

Conocer la evolución del Liberalismo español a partir de la segunda mitad del siglo XX tiene gran interés por cuatro razones. La primera, porque como decimos, existe un vacío histórico alrededor del conocimiento global de la evolución del movimiento liberal en este siglo y en lo que llevamos del siglo XXI. La segunda, porque habiendo fracasado los sistemas económicos de planificación central, y habiendo entrado en profunda cuestión el llamado sistema de “estado del bienestar” derivado del pensamiento Keynesiano tras la profunda crisis estructural de los últimos años, como lo demuestra el hecho de que los propios partidos socialdemócratas estén adoptando políticas propias de la economía clásica, el liberalismo económico, entendido como una parte del liberalismo político, parece tener las claves de la economía del futuro. La tercera porque tras la derrota en el siglo XX de los sistemas occidentales alternativos al sistema político liberal, es decir, el comunismo y el fascismo (no consideramos aquí otras alternativas no occidentales, como el populismo hispanoamericano, el islamismo o la teocracia oriental, por razones de su escasa incidencia en nuestro entorno y de sus pocas posibilidades de tenerla), el liberalismo político queda como el único modelo realmente existente, parece además que a imitar en el futuro por toda la comunidad internacional. Cuarto, porque a pesar de que como hemos dicho, cada vez más personalidades e instituciones, -gobiernos, cátedras, fundaciones y medios especializados-, adoptan el liberalismo político y económico como modelo, hay un porcentaje considerable de la comunidad científica y docente, de la sociedad civil, y de los medios de comunicación, ajenos al conocimiento de esta corriente de pensamiento, dado que la mayor parte de la población española esté imbuida aún de las convicciones partidarias de la intervención del Estado.

En consecuencia, si el liberalismo tiene las claves del futuro, y al mismo tiempo permanece relativamente desconocido, el estudio del liberalismo español del pasado siglo, no sólo se presenta como novedoso, sino como necesario.

 

Algunas referencias sobre la Historia del Liberalismo del segundo periodo del siglo XX y del XXI

 

Considerado como parte de una breve historia del Liberalismo español, encontramos referencias a la historia del Liberalismo a partir de la segunda mitad del siglo XX en el capítulo “El liberalismo en la tradición política española” del libro Nuevos Ensayos liberales de Pedro Schwartz, publicado en 1998, texto que amplía otro del mismo corte publicado con el título de “Liberalismo” en el volumen 5 de la Enciclopedia de la Historia de España, de Miguel Artola, publicado en 1991.

Jesús Huerta de Soto escribe una breve biografía de Lucas Beltrán, uno de los principales baluartes del liberalismo hispánico de los años de la posguerra, -una época de páramo intelectual liberal, dominada por las teorías socializantes, autárquicas (en España) y Keynesianas-, en el capítulo, “Lucas Beltrán Flores: semblanza de un economista”, de su libro Nuevos estudios de economía política, publicado por Unión Editorial en 2002. En el mismo libro, Huerta de Soto hace un breve recorrido por la Fundación Ignacio Villalonga, y su Biblioteca de Estudios Económicos, que junto a Unión Editorial (1973), han sido responsables del cambio de opinión de muchos intelectuales y economistas españoles, tal como señala Julio Pascual y Vicente en El País del 17 de enero de 1980, titulado “Los nuevos economistas españoles y el día en que perdí la inocencia”.

Como parte de la historia política del ascenso del Partido Popular en el poder, Enrique de Diego Villagrán estudia minuciosamente, incluso personalidad a personalidad, la evolución del liberalismo español desde los primeros tiempos de la transición democrática, -en el que los liberales quedan integrados en la Unión de Centro Democrático-, hasta la segunda legislatura gobernada por los populares, en el libro Pretorianos: De donde vienen y adonde van los fontaneros de la Moncloa, publicado en Madrid en 2003.

Incluido en el contexto de una breve historia de la derecha española, la cuestión que nos ocupa tiene su sitio en el artículo de César Vidal en el periódico El Mundo del 26 de enero de 2002, “La derecha española: de Cánovas a Aznar”, en el que se pone de manifiesto que no se debe identificar a la derecha española con el franquismo.

La misma idea es repetida por algunos otros autores en distintos libros y artículos, como el de Pedro C. González Cuevas, Historia de las derechas españolas publicado en el año 2000, el de Juan Pablo Fusi, La derecha en España, publicado en 1996, el de Gregorio Peces Barba titulado El paso del franquismo a la democracia, y sobre todo los de Javier Tussell y otros, Las derechas en la España Contemporánea, publicado en Barcelona en 1997, y la Historia Política y Social, Moderna y Contemporánea, Tomo II, publicado en 1997.

Un breve repaso a la historia del liberalismo español, y en particular a la del siglo XX, así como un repaso a las ideas que presiden este movimiento se hace en el artículo de Carlos Alberto Montaner “Liberalismo y neoliberalismo en una sola lección”, aparecido en el número 10 de la Revista La Ilustración Liberal.

Por último, un repaso a la historia del liberalismo español, desde la Ilustración hasta la decadencia del liberalismo y destrucción (1902-1931) su crisis podemos encontrarla en Genealogía del liberalismo español, libro de Luis Arranz publicado por la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales en 1998.

 

Historia del Liberalismo español reciente

 

La historiografía consultada, aunque no ha pretendido ser exhaustiva, pero sí que al menos ha logrado ofrecer en conjunto un retrato de rasgos básicos del devenir del liberalismo tanto de la segunda mitad del siglo XX, como de los orígenes que dieron lugar a su en principio débil renacer tras las Segunda Guerra Mundial, y más tarde, tras la crisis de los setenta, a su rehabilitación y posterior fuerte influencia en la vida y la historia política nacional e internacional. Estos trabajos consultados presentan una idea general del olvido de la cultura liberal desde los tiempos de Cánovas hasta los años 40 del siglo XX, con un breve paréntesis republicano, paréntesis que no tuvo lugar en el campo de la economía, pues solamente se hablaba de la cuestión social o del dolor de España, y muy poco del libre mercado o de los derechos individuales. Más de ochenta años de aranceles protectores y de sustitución de importaciones avalan nuestras anteriores afirmaciones.

La imitación de las ideas francesas, la aplicación de las indicaciones de la doctrina social de la Iglesia, el regeneracionismo y la propagación del credo socialista fueron los factores que explican el cambio de ideas respecto a un liberalismo imperante en el siglo XIX, y que deja de serlo en el XX.

El contenido del liberalismo español, lejos de permanecer librecambista, como era su naturaleza, se tornó a lo largo del siglo XX partidario de la acción positiva del Estado para industrializar al país. El amor por la libertad individual había quedado reducido al campo cultural, y ahí sí florecieron grandes figuras con la llegada de la II República, en una etapa que llegó a denominarse “edad de plata”. Desde el punto de vista del pensamiento, historiadores como Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, y filósofos como Ortega Y Gasset son ejemplos de la brillantez de la época en materia cultural, lo que no quitaba para que la mayoría de estos grandes pensadores, o no sabían, o no querían saber de economía. Por eso, pese al florecimiento en el siglo XX de estos liberales de pro, parece más adecuado calificar al siglo XIX de siglo liberal, y al siglo XX, de siglo del socialismo. Las principales figuras del liberalismo fueron José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Salvador de Madariaga.

El filósofo Ortega y Gasset (1883-1955) intentó proponer un espíritu de racionalidad y moderación en la vida intelectual y política. La rebelión de las masas no es más que el temor de un hombre libre al poder, a veces despótico, de las grandes mayorías, y sus perversas consecuencias sobre la libertad individual. Se comprende su posición crítica para una época donde los demagogos conducen a las masas hacia el aventurerismo revolucionario, aunque se le echa en falta una mayor adaptación a un mundo democrático.

El doctor Marañón (1887-1960) fue otro intelectual que buscaba la moderación del país, pero cuya propia biografía denota hasta que punto el liberalismo había abandonado las propias ideas. En efecto, éstas, base de la doctrina libertaria desde el siglo XVIII, habían dado paso con Marañón al liberalismo como talante.

Por último, Salvador de Madariaga (1886-1978) representa al típico intelectual perteneciente a la llamada “tercera España”, pues se mantiene alejado de una guerra civil que considera totalitaria por ambas partes. Su liberalismo fue más que nada político y algo utópico.

Durante la segunda guerra mundial, mientras España permanecía neutral, ocurrió en Madrid un hecho sin precedentes en nuestro país: tras decenios de sequía, se comenzó a cultivar la ciencia económica gracias a la casi milagrosa creación de la primera Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, donde se enseñaba la microeconomía del mercado y el pensamiento político liberal. Teniendo en cuenta la atmósfera falangista y el clima intervencionista asfixiante que dominaba en el país, no es fácil explicar el por qué de estas enseñanzas, aunque puede que la influencia del mundo occidental y sobre todo la presencia de algunas personalidades, como Luís Díez del Corral y José Antonio Maravall, ayuden a explicar el enigma.

En efecto Luís Díez del Corral ha sido una de las pocas figuras que mantuvieron viva la llama del liberalismo clásico a lo largo de la larga travesía del franquismo. Catedrático de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas de la Universidad de Madrid, entre otras muchas obras escribió precisamente El liberalismo doctrinario, publicada en 1945.

En 1947, finalizada la Segunda Guerra Mundial, en Oxford, Salvador de Madariaga convoca a una serie de importantes políticos e intelectuales europeos para suscribir un documento y crear la Internacional Liberal con el objeto de defender los derechos individuales y el Estado de Derecho. Suscribir los principios que se manifestaban en el Manifiesto de Oxford fue vinculante para los partidos que integraban dicho organización. La base en la que se apoyaban las reflexiones del Manifiesto era que el olvido de las premisas liberales entre los años 1871 y 1914 había provocado las dos guerras mundiales del siglo XX. Los avances comunistas del momento anunciaban un combate entre el totalitarismo y la libertad que culminó en 1989 a favor del sistema político liberal. En 1997, a los cincuenta años de haber suscrito el primer Manifiesto, también en Oxford, una vez desacreditada la alternativa comunista, la Internacional Liberal aprobó otro manifiesto más extenso y en consonancia con los tiempos para definir las cuestiones que los liberales tenían en común.

El esfuerzo inicial ha mantenido la continuidad en el tiempo, pues hoy la IL, que mantiene su sede en Londres, está compuesta por unos ochenta partidos políticos de todo el mundo, siendo los mayores los de Canadá y Brasil. Mientras gobiernan o cogobiernan en algunos países de Europa, América, Asia y Africa, con una presencia importante en los países que abandonaron el comunismo tras la caída del Muro de Berlín. Especial fuerza tiene en ese sentido el movimiento liberal cubano representado por tres partidos, La Unión Liberal cubana (1992), el Partido Liberal Democrático de cuba y Solidaridad Democrática (1999).

Otro hito importante, en este caso en la historia del pensamiento liberal europeo, aunque con importantes repercusiones en España, tuvo lugar en el año 1944, cuando Hayek convocó a un grupo de intelectuales, como Friedman, Lippman, Madariaga, Von Mises o Popper, en Suiza, de donde nació la Sociedad Mont Pelerin, que celebra desde entonces reuniones internacionales cada dos años. Participan en ellas los académicos liberales más importantes del mundo. En realidad, la Sociedad Mont Pelerin no tuvo nunca un carácter político, sino que es una sociedad académica de ámbito mundial, pues se compone por más de 400 intelectuales liberales (de los que al menos siete han sido galardonados con el Premio Nobel de Economía), que han tenido un gran papel en la demolición de las ideas intervencionistas y del Socialismo real posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Además de la presencia inicial de Madariaga, la presencia española estuvo representada, años más tarde, por una figura clave en la pervivencia e impulso del pensamiento liberal español, Lucas Beltrán, que entró a formar parte de tan selecta Sociedad en el año 1972.

Otros intelectuales españoles pertenecientes a ella son, los hermanos Joaquín y Luis Reig (pioneros también junto a Beltrán y a Olariaga del primer liberalismo económico y político español de posguerra), Pedro Schwartz, y Jesús Huerta de Soto, entre los más conocidos.

Lucas Beltrán Flores, la figura más destacada del liberalismo del siglo XX al decir de muchos, nació en 1911. Tras estudiar Derecho, consiguió una beca para estudiar en la London School of Economics, por aquella época de ideas socializantes, aunque de escrupulosa libertad de cátedra, por lo que a la sazón se encontraban en ella nada menos que Robbins y sobre todo Friedrich von Hayek.

En los grandes debates entre Hayek y Keynes en los años 30 y 40, Beltrán fue un hayekiano convencido, a pesar del triunfo en las cátedras y en la política del segundo. Cuando en los años 80 triunfa Hayek, Beltrán acoge este éxito con la misma tranquilidad con que había soportado, -al igual que los otros poco numerosos liberales-, la soledad y el ostracismo. En 1932 entró como ayudante de Cambó hasta la Guerra Civil, durante la que se dedicó a proteger secretamente la fundación Cambó a las órdenes de Tarradellas.

En el año 1944 presenta su tesis doctoral ante un tribunal donde figura Olariaga, precisamente la figura que antes de Beltrán había resistido en solitario la ola de Keynesianismo que invadía Europa, y el mismo que presidió el tribunal que le otorgó la cátedra muchos años después, cátedra que simultaneó con la dirección del Servicio de Estudios del Banco Urquijo. Tras traer a España a las principales figuras de la escuela austriaca que tanto influyeron en el “milagro alemán”, los dirigentes del Plan de Estabilización de 1959, auténtico propulsor del desarrollo imparable de la economía española de los años 60, le propusieron ser secretario general del Plan, lo que es aceptado por Beltrán al igual que hacen todos los economistas importantes de la época.

Una vez retirado con alivio de la política, y aunque un poco oscurecido por la fama de su amigo Sardá, tanto desde la Cátedra de Economía Política de Madrid, como desde el domicilio del pionero Luis Reig, Beltrán se convierte en el principal dinamizador de las iniciativa liberal española hasta su muerte, ocurrida en 1997.

Uno de los crisoles que más contribuyó a la promoción de las ideas liberales fue el seminario que tuvo lugar durante más de 30 años en el mencionado domicilio de Luis Reig. Todos los jueves por la tarde tenían lugar las reuniones donde se estudiaban un tema o artículo de teoría económica, generalmente de autores de escuela austriaca. Algunos de los asistentes fueron Jesús Huerta de Soto, Juan Marcos, luego director de Unión Editorial, Pedro Schwartz, Evaristo Amat, Rafael Martos, Luís Guzmán, Luís Moreno, etc. El Instituto de Economía de Mercado, la Unión Editorial, la Asociación para la Economía de las Instituciones, y la Liga para la Defensa del Individuo serán mas tarde los focos de investigación de estas ideas.

En cuanto a la publicación de obras liberales, tuvieron especial relevancia, primero la Fundación Villalonga (un banquero que había sido diputado por la CEDA), y sobre todo más tarde la Unión Editorial, que bajo la dirección de Juan Marcos aún sigue en pleno vigor.

Tras esta travesía a lo largo de la primera época franquista, la influencia de esta corriente de pensamiento no ha dejado de sentirse en los últimos 30 años. En ese sentido, una personalidad muy influyente en el mundo de la defensa del libre mercado ha sido Rafael Termes. Vinculado a la Banca, -fue Consejero, y Consejero Delegado del Banco Popular entre 1966 y 1990, y Presidente de la Asociación Española de Banca Privada entre 1977 y 1990-, Termes se ha dedicado también a la publicación de numerosas obras dedicadas a defender la iniciativa privada y la libertad individual, así como la economía de mercado como el mejor sistema de organización social, así como a conciliar la religión cristiana con las tesis liberales. Destaca la publicación en el año 1992 de un Libro Blanco sobre el papel del Estado en la economía española, en cuya confección participaron profesores y expertos economistas.

Otra muestra de la pervivencia del liberalismo durante el franquismo tardío la tenemos en el Diario Madrid, cuyo cierre tuvo lugar en el año 1971 por decisión personal de Franco. Con motivo del 30 aniversario de dicho cierre, tuvo lugar en Madrid en el año 2001, una exposición y la edición de un libro conmemorativos del hecho. Más de dos centenares de periodistas, escritores, universitarios y publicistas pusieron su trabajo al servicio de un periódico que gozaba del favor de entre ochenta y cien mil lectores diarios entre los años 1966 y 1971, fechas en que fue editado por Rafael Calvo Serer y dirigido por Antonio Fontán, Profesor Emérito de la Universidad Complutense, periodista y político. Fontán, además de formar parte del consejo Privado del conde de Barcelona, fue senador (1977-79) y diputado (1979-1982) por la Unión de Centro Democrático y llegó a ser Ministro de Administración Territorial (1979-80).

En 1973, en la clandestinidad del tardofranquismo, Antonio Fontán, junto a Joaquín Garrigues crean un partido liberal, y sin solución de continuidad fundan la Federación de Partidos Demócratas Liberales; para tener cobertura legal, crean, en 1976, la Sociedad de Estudios Libra, y se hacen con una sede pare reunirse. Esta Sociedad publicó los Cuadernos Libra, de contenido divulgativo.

Por esas mismas fechas, en el contexto de una extendida floración democrática propia de la Transición, que hace crecer a los partidos políticos como hongos, aparecen un nutrido grupo de partidos liberales. Está el Partido Demócrata Liberal, de Ignacio Camuñas, vicepresidente de la Internacional Liberal; también el Partido Liberal de Enrique Larroque, la Unión Monárquica Liberal de Joaquín Satrústegui, el Partido Liberal Progresista de Juan García Madariaga y la Ezquerra Democrática de Cataluña de Ramón Trías Fargas. Todos ellos, de una u otra forma se integran en el proyecto de la Unión de Centro Democrático.

Tras el fallecimiento de Joaquín Garrigues, su hermano Antonio funda el Partido Demócrata Liberal, que integrado en el Partido Reformista de Miguel Roca intenta una operación de recuperación del espacio político de centro, operación que fracasa en las elecciones de 1986. Posteriormente, tuvieron representación parlamentaria la Unión Liberal de Pedro Schwartz y el Partido Liberal de Antonio Segurado, ambos integrados, primero dentro de Alianza Popular, y más tarde en coalición Popular (1982-1987).

Durante los años de gobierno del PSOE, también cabe distinguir una pequeña corriente de pensamiento liberal, básicamente en el equipo económico, de la mano de Miguel Boyer y en menor medida, de Carlos Solchaga.

Ya en tiempos del mandato del Partido Popular, tanto el anterior presidente del Gobierno, Jose Mª Aznar, como algunos de sus ministros más significados, como sobre todos Esperanza Aguirre y Eduardo Zaplana, no han dudado en calificarse herederos del liberalismo. Cabe señalar aquí también algunas medidas liberales que desde el ministerio de Economía y Hacienda, impulsó Rodrigo Rato.

En la Universidad destacaron las cátedras de economía Pedro Schwartz, Carlos Rodríguez Braun, Fracisco Cabrillo, Juan Velarde Fuertes y Luis Perdices, todos ellos grandes intelectuales y divulgadores en los medios y en sus libros de las ideas liberales.

En el campo de los medios de comunicación, a lo largo de los años 80 y 90, tuvo lugar una verdadera explosión de los partidarios de la independencia de poderes, de la libertad económica y de las filosofías de la libertad. Periódicos como El Mundo, ABC, y posteriormente La Razón, han contribuido en la profundización de estas ideas, sobre todo a través de la acogida en su seno de importantes firmas. También, influyentes periodistas, como Ansón, Federico Jiménez Losantos y Pedro J. Ramírez, se autocalifican de liberales. No debe olvidarse la pluma de Mario Vargas Llosa, cuyo artículo dominical de El País ha contribuido tanto a extender estas ideas.

La revista La Ilustración Liberal fue un proyecto que nació de la mano de tres amigos: Javier Rubio, Federico Jiménez Losantos y José María Marco, fraguado antes incluso que el gran proyecto de Internet de los liberales españoles: Libertad Digital. En torno a la revista, cuenta Juan Carlos Girauta, se fue formando un círculo, parte del cual procedía de las Jornadas liberales impulsadas por Zaplana en Benidorm, para pasar luego a Alicante, y más tarde, ya con Federico al frente, a Albarracín. Se celebraron once ediciones. Allí estaban el cubano Carlos Alberto Montaner, Mario Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y el español Lorenzo Bernaldo de Quirós. Más tarde se incorpora Germán Yanke.

Cuando se gestaba La Ilustración Liberal, una especie de respuesta intelectual a la revista progresista Claves de la razón práctica del Grupo Prisa, ya estaba presente en el grupo Alberto Recarte, otro jurista y economista que había evolucionado desde la izquierda a partir de su estancia en Cuba. Recarte sería luego el presidente del diario on line Libertad Digital que fue el marcaron de proa de todos los foros liberales que la red empezó a desarrollar, y en la que escribieron los princípiales liberales españoles..

¿Dónde nació el proyecto de Libertad Digital, clave en lo que Juan Carlos Girauta ha llamado la “eclosión liberal”? Girauta mismo lo cuenta en su libro: nace en un piso de la calle Conde de Aranda de Madrid, y la dirige Javier Rubio.

Lo mismo que el troskismo fue una patología de una generación de jóvenes americanos de los años 30 y 40 que luego terminaron en el neoconservadurismo, como contó Irving Kristol, en España, el grupo de liberales que se habían marcado como objetivos dar a conocer al gran público esas ideas y que se aglutinó en torno a Libertad Digital, también habían mantenido posiciones de izquierdas en su juventud para combatir el franquismo.

Un think tank independiente de gran influencia, que no acepta donaciones públicas, fue fundado en Madrid en el año 2005. Se trata del Instituto Juan de Mariana. Sus objetivos, según sus propios estatutos son “dar a conocer al gran público español, europeo y latinoamericano, los beneficios que para los intereses generales proporcionan la propiedad privada, la libre iniciativa empresarial y la limitación del ámbito de actuación de los poderes públicos».[

Entre sus miembros fundadores se encuentra su actual presidente, Gabriel Calzada, profesor de Economía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, el actual director Juan Ramón Rallo, Raquel Merino, profesores ambos de la Universidad Rey Juan Carlos, Daniel Rodríguez Herrera, subdirector del diario Libertad Digital, José Carlos Rodríguez, redactor de La Gaceta, Fernando Díaz Villanueva, subdirector de Negocios.com, Antonio José Chinchetru, redactor de Periodista Digital y Manuel Llamas, redactor del diario Libertad Digital.]

En la famosa Gala anual del Instituto, llamada Cena de la Libertad, se entregan los reputados premios Juan de Mariana. Hasta ahora han sido las siguientes personalidades:

 

En el año 2014 el galadornado es el profesor Pedro Schwartz.

En los últimos tiempos cabe reseñar la importancia de la noticia de que el grupo político español de U P y D, liderado por Rosa Díez, entrara en conversaciones para formar parte del grupo parlamentario europeo liberal. Al parecer, las presiones de Convergencia y Unión y del PNV, grupos cada vez más independentistas y que forman parte del mencionado grupo liberal, han conseguido que no sea posible esa entrada.

 

Bibliografía

 

* SCHWARTZ, P., “El liberalismo en la tradición política española”, en Nuevos Ensayos Liberales. Madrid, 1998. Artículo que amplía otro publicado con el nombre de “Liberalismo”, en ARTOLA, M., Enciclopedia de la Historia de España, Vol. 5, Madrid, 1995.

Breve pero sustancioso repaso a la historia del liberalismo español, con claras referencias al pensamiento liberal de la segunda mitad del siglo XX.

* HUERTA DE SOTO, J., “Lucas Beltrán Flores: semblanza de un economista”, en Nuevos Estudios de Economía Política. Madrid, 2002.

Como la vida de Lucas Beltrán está íntimamente relacionada con el devenir del liberalismo de la segunda mitad del siglo XX, este capítulo constituye una buena fuente para el estudio del mismo.

* ID., “Ignacio Villalonga: semblanza de un político, banquero y liberal” en Nuevos Estudios…op. cit.

En la última parte de este capítulo XV, Jesús Huerta hace un repaso de los movimientos de los principales liberales de los años 60 y principios de los 70. Antes Huerta de Soto hace un recorrido por la Fundación Ignacio Villalonga, cuya Biblioteca de Estudios Económicos tuvo especial relevancia en unos años de censura e intervencionismo franquista, y de verdadera sequía liberal. También hay referencias a Unión Editorial (1973), el proyecto editorial que dio continuidad al de Villalonga, la única editorial española que ha venido publicando incansablemente durante los últimos 30 años las principales obras que han aparecido en el mundo dedicadas al impulso del mercado, del control del gobierno y de la libertad individual, y que en gran parte ha sido responsable del paulatino cambio de opinión que se está dando en la clase intelectual y política española.

* PASCUAL Y VICENTE, J., “Los Nuevos economistas españoles y el día en que perdí la inocencia”. El País, 17 de enero de 1980.

Un artículo que repasa el cambio de opinión de algunos de los principales intelectuales, políticos y economistas españoles respecto al paradigma Keynesiano.

* DE DIEGO VILLAGRAN, E., Pretorianos: De donde vienen y adonde van los fontaneros de la Moncloa. Madrid, 2003.

Estudio minucioso de cada una de las personalidades y grupos que fueron conformando primero la Unión de Centro Democrático, más tarde Alianza Popular y Coalición Popular, y finalmente el Partido Popular. Muy útil para conocer los entresijos de la vida política del centro derecha del último cuarto del siglo XX, así como el origen y la trayectoria de cada una de las personalidades que conformaron el liberalismo, las alianzas y desavenencias de los grupos liberales, tanto entre ellos, como con el resto del centro derecha.

* GONZALEZ CUEVAS, P.C., Historia de las derechas españolas. Madrid, 2000. También FUSI, J.P., La derecha en España. Madrid, 1996. PECES BARBA, G., El paso del franquismo a la democracia. Madrid, 1991. TUSSELL J., et al., (edito) Las derechas en la España contemporánea. Barcelona, 1997. ID., Historia Política y Social, Moderna y contemporánea. Tomo II, Madrid, UNED 1997.

Todos estos trabajos estudian el centro derecha español posterior al franquismo haciendo hincapié en que no se debe identificar la historia del centro derecha español con el franquismo; a la derecha, con la extrema derecha.

* YANKE, G., Ser de derechas. Madrid, 2004 y VIDAL, C., “La derecha española: de Cánovas a Aznar”, El Mundo, 26 de enero de 2002.

El primero como libro y el segundo como artículo de prensa, dan un paso adelanto respecto a los trabajos anteriores, al considerar la historia de la derecha española no ya como independiente del extremismo totalitario, sino como decididamente positiva, incluso de mayor contribución y más responsabilidad que la de la izquierda.

* MONTANER, C.A., “Liberalismo y neoliberalismo en una sola lección”, La Ilustración Liberal. Nº 10, diciembre, 2001.

Un repaso a los conceptos fundamentales de la doctrina liberal de ayer y de hoy, así como un breve paseo por la historia del liberalismo español, y en particular el del siglo XX.

* ARRANZ, L., Genealogía del liberalismo español. Madrid, Fundación para el análisis y los Estudios sociales, 1998.

Una mirada por la evolución del liberalismo español anterior a la cincuentena estudiada, la Ilustración, el pensamiento de Jovellanos, el liberalismo integrador posterior al Sexenio, la Restauración el Regeneracionismo conservador, hasta la decadencia y desaparición del orden liberal (1902-1931). Útil para conocer los antecedentes de la época que estudiamos.

* BELTRAN, L. Ensayos de economía política, Madrid, 1996. DIEZ DEL CORRAL, l., El liberalismo doctrinario. Madrid, 1984. TERMES, R., El libro blanco sobre el papel del Estado en la economía española. Madrid, Instituto Superior de Estudios Empresariales, 1996.

Tres autores claves para la comprensión de la filosofía (económica y política) de la libertad durante el siglo XX. Tanto Beltrán como Díez del Corral son las dos figuras más representativas del liberalismo español de la época franquista. Aquí exponemos las dos obras más significativas de ambos autores. Termes, también defensor de la libre empresa durante el franquismo, escribe sin embargo el grueso de su obra a finales del pasado siglo. Aquí destacamos una de las más significativas.

* RODRIGUEZ GUERRA, R., Liberalismo y política: un estudio de la concepción de la política del liberalismo conservador contemporáneo. Tesis sin publicar. La Laguna, 1994.

Este trabajo se refiere más bien a la historia del pensamiento. Se trata de un estudio crítico de la concepción de la política del liberalismo conservador contemporáneo.

* INIDO FERNANDEZ, L.E., Republicanos de orden liberales-demócratas y conservadores durante la segunda República española. Tesis sin publicar, UNED, 1998.

Se analizan las raíces, trayectoria y destino final de lo que se denomina republicanismo conservador, tendencia que se considera integrada por los partidos Liberal Demócrata, Progresista y Conservador, en apariencia heterogéneos en sus trayectorias, pero similares en todo. Útil para conocer el republicanismo liberal anterior a la guerra civil, como antecedente del liberalismo de la posguerra.

* SUAREZ CORTINA, M., Las Máscaras de la libertad. El liberalismo español (1808-1950). Madrid, 2003.

Una aproximación a las diversas manifestaciones que el pensamiento liberal ha ido consolidando a lo largo de la España contemporánea. A partir de un primer momento revolucionario, el liberalismo va adquiriendo un plural registro de movimientos y formas de pensamiento hasta llegar a 1950. * NEGRO, D., El liberalismo en España, Madrid, 1988 y “Perfiles del liberalismo en España”, en Cuadernos del pensamiento liberal, nº 3, junio de 1986.

Tanto en el libro como en el artículo del cuaderno, Dalmacio Negro nos hace un retrato de la evolución del liberalismo español a lo largo de la historia hasta la II Républica, incluida una semblanza de los principales liberales españoles exiliados y del interior. Acompañan a ambos trabajos una selección de textos de las principales figuras históricas.

* VVAA, El pensamiento liberal en el fin de siglo. Madrid, 1997.

Inicia esta obra José Mª Michavila afirmando que el bienestar debe estar al servicio de la sociedad, no del estado. Dalmacio Negro dice que el liberalismo es la “izquierda del siglo XXI”. Enrique de Diego analiza los rasgos psicológicos de los liberales españoles ante los nuevos tiempos. Guillermo Cortázar analiza la nueva economía global y Francisco Sanabria estudia el centrismo como propuesta política.

* VELARDE FUERTES, J., “Olariaga y el Banco de España”, FUENTES QUINTANA, E., “Joan Sardá y la necesaria liberalización y estabilización de la economía española en 1959”, GARCIA DELGADO, J. L., “Luis Angel Rojo y la integración de España en el euro: la labor rectora del banco de España”. En Papeles y Memorias, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Vol. XI.

Exposición de las aportaciones de estos tres economistas liberales en torno a los pasos más importantes de la economía española en el siglo XX, como el plan de estabilización de 1959 y la labor del Banco de España en la integración de España al euro.

(2006) (Congreso de Carnaval) CARNAVAL DE CÁDIZ Y RÉGIMEN POLÍTICO: UNA APROXIMACIÓN AL SIGLO XX

 

Introducción

 

Este artículo está basado en una ponencia que presenté en el IV Congreso del Carnaval de Cádiz, en diciembre de 2006 Ya por entonces advertí que se trataba más bien de una aportación sobre el Carnaval del siglo XX de enfoque, de interpretación sobre lo ya investigado hasta entonces, más que una recopilación de hechos y datos nuevos, más que una investigación propiamente dicha.

El soporte en el que me basé para esa aproximación fue sobre todo bibliográfico, los libros que se habían publicado hasta entonces, y en menor medida, la prensa. Desde entonces, han aparecido nuevos trabajos al respecto que consecuentemente he utilizado para actualizar este análisis.

Por consiguiente, quiero avisar, que si bien he respetado la columna vertebral de aquella intervención, y no he variado mucho las conclusiones que allí se exponían, sí que hay algunas novedades y revisiones que lo hacen algo diferente.

 

UNA CUESTIÓN PREVIA: LA INTERPRETACIÓN HISTORIOGRÁFICA DEL CARNAVAL GADITANO HASTA LA FECHA DE CREACIÓN DE ESTE TRABAJO (2006).

 

Hasta esa fecha, la mayoría de los trabajos sobre el Carnaval del siglo XX que traté, no solo  los referidos a Cádiz, presentaban una interpretación de clase, según la cual, el carnaval de la calle, el Carnaval llamado de las clases populares seria el autentico, el libre, el critico. En contraste con él estaría el carnaval de los bailes, de las reuniones particulares, de los desfiles de carruajes y en general de la clase burguesa, que a través del estado intenta “reprimir” al carnaval callejero y verdaderamente critico. Esto se vería muy claro, según estas tesis, durante el periodo de la Restauración, considerada por estos historiadores, no como un sistema de Monarquía liberal parlamentaria moderado, al estilo de Gran Bretaña, sino un sistema burgués reaccionario (téngase en cuenta que esta historiografía es partidaria de la quiebra del Antiguo Régimen a través de la Revolución de modelo francés).

Frente a ese carnaval de la Restauración y de la dictadura de Primo, según esta interpretación “progresista”, surge el Carnaval de la República, un carnaval ya distinto y que refleja el sentir popular.

El hecho de estar ya escaldado con estos enfoques de clase que yo mismo practiqué en mi juventud  -y que presentan a la Historia como un conflicto entre los opresores y los oprimidos, los malos y los buenos- me incitó en su momento a revisar esta visión en el tema del Carnaval. Y efectivamente, en mi opinión, el análisis clasista chocaba de lleno con la realidad.

Tengo que advertir por último, que otros trabajos que he consultado, surgidos después de 2006 ya no presentan tanto este enfoque maniqueísta, o incluso lo superan.

 

 

 

 

 

RELACIÓN ENTRE CARNAVAL Y SISTEMA POLÍTICO.

 

Antes que nada debemos recordar cuales han sido los regímenes políticos que han tenido lugar en España a lo largo del siglo XX: 1) Desde finales del siglo XIX y hasta 1923 tuvo lugar la llamada Restauración (se denomina así a la Restauración de la Monarquía borbónica tras el breve y disparatado episodio de la I República española). Se trata de un régimen de Monarquía liberal conservador, constitucional y moderado. 2) Una Dictadura militar sostenida por el propio Rey, en realidad llamada “dictablanda”, hasta 1929, con la que colaboran incluso los socialistas. 3) Un régimen republicano que va derivando en un sistema de liberalismo radical y revolucionarismo marxista, hasta 1936 4) la guerra civil entre 1936 y 1939 5) Una Dictadura militar que deriva en un sistema autoritario. 6) Y una Monarquía parlamentaria, democrática y consensuada desde 1977 hasta nuestros días.

La pregunta que obviamente plantea el asunto que nos ocupa es ¿Hay relación entre Carnaval y sistema político?

Para empezar debemos aseverar que el Carnaval de Cádiz tiene su propia Historia, sus propios códigos interpretativos y sus propias pautas de comportamiento independientes de los avatares políticos, aunque obviamente, no haya permanecido al margen de la influencia de éstos, al contrario.

Claro que cada sistema político deja su impronta en el Carnaval de Cádiz, pero no hay una correspondencia absoluta entre modelo de Carnaval y régimen político. En realidad el modelo de Carnaval es el mismo, con variantes, desde la institucionalización del mismo a partir del año 1861 por parte del alcalde Juan Valverde[1]: Agrupaciones, concurso de agrupaciones, bailes, verbenas, mascaradas, carruajes, cabalgatas, batallas de confetti y programa de fiestas para atraer al turismo serían las características del modelo que se repiten prácticamente hasta la guerra civil, y que en parte se reproducirá en la democracia moderna. Y la censura permanente de las letras y los tipos de las agrupaciones en todos los sistemas, incluído en el idealizado de la República, ya que el poder político, hasta 1978, censura siempre, y en el caso mas extremo, prohíbe, como sucede a partir del año 1937 y a lo largo del franquismo, salvo breves y controlados períodos.

 

LA RESTAURACIÓN.

 

Desde los años 30, y a lo largo del siglo XIX, España vive un conflicto entre el liberalismo moderado y el exaltado. Tras un periodo muy convulso y delirante, el de la I República, protagonizado por el liberalismo radical, en el que España acaba dividida en cantones federales en pugna unos con otros, se conforma un régimen restaurador de la Monarquía liberal borbónica que dura nada menos que 50 años, desde 1873 a 1923. La Restauración organiza la convivencia en base a principios de libertad, derechos políticos y libre iniciativa privada, eso sí, en un régimen de orden, equilibro, propiedad y estabilidad. A pesar de que la Restauración se estudia en todos los libros exclusivamente como un periodo lleno de defectos -como el caciquismo, el fraude electoral, la politiquería, etc. lo cierto es que, sin  negar sus carencias, cada vez más la historiografía actual lo presenta como un régimen cuyo haber está muy por encima del debe: se trata de un periodo muy estable que consigue encerrar a los militares en sus cuarteles durante 50 años (los pronunciamientos militares son una constante del progresismo en el siglo XIX), que se muestra respetuoso de la libertad religiosa, y en el que los derechos civiles se van ampliando, como por ejemplo el del sufragio universal masculino; también,  y como consecuencia de la estabilidad y el orden, durante la Restauración se produce un crecimiento económico, si bien no espectacular, sí de ritmo creciente, continuo y desconocido hasta entonces.

Precisamente esas virtudes, permitían suponer que, como otros regímenes monárquicos europeos de similares características, como el anglosajón o el nórdico, la Restauración podría haber evolucionado hacia un régimen de libertades como el actual. Sin necesidad de que el continente, o en este caso España, pasase por unas revoluciones sangrientas a la luz del modelo francés (convulsiones que se intentaron en España, y en el continente, en varios procesos, con resultados trágicos; de ahí se derivó el modelo a Iberoamérica, que sigue con esa vía en algunos países). Sin embargo, el sistema restaurador se vio abocado al fracaso.

Además de la flaqueza y mediocridad de los políticos de la Monarquía, de sus corruptelas y apaños, y de la poca ayuda de los propios intelectuales liberales (algunos autores como José María Marco le llaman directamente traición[2]), una de las principales causas del fracaso de la Restauración monárquica estuvo en la acción concertada o no, de los grupos políticos antisistema, republicanos, nacionalistas periféricos, socialistas y anarquistas. A pesar de los empeños del sistema restaurador por incluirlos, su carácter mesiánico y su empeño separatista y revolucionario hizo imposible tal inclusión. Sucesos como la Semana Trágica de 1909, la huelga de “La Canadiense”, la huelga insurreccional revolucionaria de 1917, el “Trienio bolchevique”, etc., así lo demuestran.  También, los asesinatos de los políticos más capaces y reformistas del régimen por parte de los anarquistas, -como Cánovas, Sagasta y Eduardo Dato-, que también lo intentaron contra Maura y contra el propio Alfonso XIII.

Muchos intelectuales “progresistas” y algunos políticos del propio sistema prestaron a estas acciones terroristas (y a la agitación callejera imperante) cobertura moral, en un paralelismo dramático con lo ocurrido durante muchos años con los asesinatos de ETA en la España juancarlista. Esa cobertura de estos intelectuales, siempre proclives a “escuchar”, pactar y a considerar los “argumentos políticos” del terrorismo, -sólo si se tratan de acciones revolucionarias y/o separatistas, y jamás si se refiere a la violencia de extrema derecha- ayudó decisivamente al desplome del mismo.

 

 

 

EL CARNAVAL Y LA RESTAURACIÓN.

 

La visión negativa que se tenía de la Restauración como periodo histórico negativo, en ocasiones se ha trasplantado al Carnaval. Y sin embargo son los hombres de la Restauración, liberales y conservadores del siglo XIX, en su mayoría comerciantes, profesionales liberales, prensa y empresarios los que consiguen un salto de calidad para el Carnaval de Cádiz. Si bien la fecha clave del comienzo de este realce, como se ha dicho, es anterior al régimen restaurador -1862 con el alcalde Valverde- será la Restauración la que le dé el impulso definitivo hasta llevar al Carnaval a ser una fiesta de fama nacional como de alguna forma reconoce incluso la historiografía crítica al respecto: Se potencian no solo los bailes, que son organizados por la Administración pero también por sociedades particulares, sino la calle, con la organización de bailes, verbenas, mascaradas callejeras (en los alrededores de la actual Plaza de Abastos, calle Ancha y plaza del Palillero), desfiles de carruajes, etc.[3]. En ocasiones son los propios bailes de carnaval los que quitan gente de la calle, como dice la prensa en reiteradas ocasiones (lo que niega la supuesta contradicción entre bailes elitistas y burgueses, y calle popular y crítica). Una prueba evidente del auge del Carnval de la época restauradora es el auge de las agrupaciones carnavalescas tanto en número como en calidad[4]

No es sólo que estos hombres gaditanos de la Restauración se impliquen al máximo, a través de las instituciones o de su propio compromiso financiero y organizativo (financian agrupaciones, proveen a las agrupaciones del “avituallamiento” debido, pagan los exornos, etc.) sino que defienden su Carnaval cuando se ve amenazado, como cuando en 1919 y 1921 se intenta prohibir el Carnaval a causa de la violencia política.

Pero, ¿tiene la Restauración limitaciones y censuras para con el Carnaval?

En efecto. Uno tras otro año se proclaman los mismos bandos de limitaciones y censuras, lo que por otra parte da una idea de su falta de cumplimiento, como corrobora la propia prensa. Sin embargo estas limitaciones tienen una naturaleza distinta: no es lo mismo los bandos que tratan de controlar lo que hoy denominaríamos el gamberrismo, los bandos que son celosos de la “moral y costumbres” de la época, o los que propician la censura o las prohibiciones políticas. Analicemos cada caso.

 

  1. Las limitaciones en contra del salvajismo, la gamberrada, el atropello o el desorden público.

 

Si bien la Restauración es un sistema constitucional, de reconocimiento de derechos y libertades, que antecede a la democracia, éste es también un régimen de orden, inmerso en una sociedad preocupada por lo moral, no relativista, y si se quiere paternalista. Piénsese que se trata de una sociedad predemocrática y predesarrollada, con altas dosis de analfabetismo e indigencia. Y de poca intervención estatal, a no ser precisamente en el orden público y las buenas costumbres. En ese sentido pues hay una primera preocupación de los poderes públicos: el desorden, el atropello, la gamberrada y el salvajismo. Y de esa preocupación vienen las limitaciones y los bandos contra los desmanes, que hoy veríamos excesivamente puntillosos e intervencionistas. La historiografía hasta la fecha nos da muestras de mayor preocupación por estos casos que por los políticos.

¿Contra qué van las prohibiciones de la Restauración, en realidad una continuación de periodos anteriores? Contra los “saquillos”, los pelotazos, el arrojar líquidos, y hasta contra las comparsas mamarrachos y patosas que prácticamente asaltan a los viandantes con el animo de pedir,  tal como se hace en 1905 con esas “falsas” comparsas que molestan a los viandantes en la calle, para distinguirlas de las auténticas.

Durante años hay quejas de que la calle Ancha es el escenario donde grupos de mozalbetes se dedican al encontronazo y al atropello, lo que provoca no pocas disputas. En 1903 por ejemplo, la prensa cuenta que el confetti de Ancha se convierte en una batalla campal de los pelotazos de desarrapados contra los sombreros de las señoras y los maridos a bastonazos.

No todo es prohibir. A veces se piensa en algo positivo para evitar los desmanes, como lo que se hizo al año siguiente de esta trifulca: promocionar las batallas de flores, lo que parece que momentáneamente da resultado. Pero en 1914 siguen las trifulcas por los encontronazos de los mozalbetes, y siguen las críticas en la prensa que se muestra preocupada por aclarar que  no quiere criticar por sistema el Carnaval, sino sus desmanes (la derecha siempre con su complejo de no parecer no progresista). A veces se prohíben máscaras por razones de que la ropa usada podía provocar infección, o los papelillos por ser portador de gripe, o se desecha el carnaval en verano por razones higienistas…

Los autores consultados hasta 2006 sostienen casi por unanimidad que todos estos bandos son un intento de ir contra el Carnaval en la calle. Pero más parece un intento de atajar sus desmanes que otra cosa. Lo curioso es que hoy en día, esos mismos que sostienen esas teorías de que aquellos Carnavales iban contra lo popular y callejero, lanzan diatribas prohibicionistas contra otras manifestaciones populares actuales (que a mi no me gustan, pero no por ello prohibiría) denominadas de mal gusto y “ordinarias”, como las barbacoas del Carranza o los “botellones”. También contra las Comparsas, afectadas agrupaciones de auténtica extracción popular frente a las pequeñoburguesas agrupaciones “ilegales”, por emplear el propio lenguaje “progresista”. Eso sí, nunca se les ha oído una palabra de crítica cada vez que hoy, cierta “clase obrera” correligionaria, parte el puente Carranza (y ya son veces).

 

  1. Una segunda fuente de limitaciones y prohibiciones viene de lo que hoy denominamos moral de la costumbres.

 

Unas limitaciones que durarán e incluirán a la propia II República, a pesar del mito de su supuesta libertad y de su “avanzado pensamiento”. La prohibición y censura más típica en el sentido de preservar las costumbres “morales”, -aparte de las de evitar la grosería, la expresión soez, o como diríamos hoy el “bastinazo”-, es la de prohibir  que los hombres se vistan de mujer. Las chirigotas que lo intentaban eran sistemáticamente censuradas, por cierto, con el consentimiento del público. Por ejemplo, en 1917, en las sesiones que se celebraban en el patio del Ayuntamiento para autorizar  las salidas de las chirigotas, se prohíbe una chirigota de hombres vestidos de mujer, lo que fue muy aplaudido por la concurrencia que en número de miles acudían a escuchar allí los repertorios de las agrupaciones.

 

  1. La censura política.

 

Es verdad que estamos ante una sociedad de orden, pero también lo es que es constitucional; la crítica política libre se da tanto en la prensa como en las coplas, como demuestra las críticas fuertes a Dato por la acotación del Carnaval a principios de los años 20, la guasa de las letras contra el alcalde Gómez Aramburu, que le pide 5 pesetas a cada agrupación por salir,  -algo que se hacía con los romanceros de ciegos- con el objetivo de subir el nivel y que no salieran gente sin preparar. Por cierto, curiosamente la República cobrará a las agrupaciones que no van al concurso, puesto que éstas sí eran negocio para el Ayuntamiento.

Una prueba de libertad es que se alaba a figuras revolucionarias, como es el caso de Femín Salvochea, para quien se pide un monumento en 1923.

Lo que no hay es propaganda política directa, partidista, como ocurrirá en la II Republica, a no ser las canciones patrióticas, defensoras no de un partido sino de la nación.

A pesar todo esto, a lo largo del periodo todos los autores coinciden en la presencia de censura, también política. Hasta el momento no hemos visto criterios y clasificación del tipo de censura política. A veces se dejan pasar cosas fuertes y otras se censura cosas sin importancia; por lo que posiblemente ésta fue difusa y arbitraria, dependiendo del censor y de los intereses inmediatos del poder en cada momento.

 

  4.Prohibiciones políticas.

 

Hay un caso especial de prohibición y limitación del carnaval por razones políticas aunque éstas tienen que ver más con el orden público. Se da ante la ofensiva, concertada o no de situaciones revolucionarias o de desestabilización, aunque al final el carnaval, de una u otra forma acaba imponiéndose. Esto  es lo que va a ocurrir entre el año 1918 y 1922. La huelga general de febrero de 1919 produce tiros, con el balance de un muerto y varios heridos. El carnaval se prohíbe. Hay atisbos de actuaciones de chirigotas por la plaza y batallas de confetti, pero la fuerza publica los disuelve. Al final el alcalde solicita la celebración del Domingo de Piñata que se concede y se celebra con todo esplendor.

En 1921, tras la desarticulación de un grupo terrorista que había causado varios heridos en diciembre, se limita la celebración del Carnaval al Parque Genovés, pero la presión de los comerciantes y de la gente, con el alcalde al frente, lo hace celebrar. Se puede pensar que los comerciantes sólo pensaban en sus intereses, pero en realidad quieren sus Carnavales. La prueba en contrario es que cuando el Corpus de la Republica se prohíbe, y se pretende obligar que sea un día normal con comercios abiertos, ellos van a cerrar sus puertas, en contra de sus intereses; quieren también su fiesta, su Corpus.

 

LA DICTADURA (DICTABLANDA) DE PRIMO DE RIVERA.

 

El primer resultado del fracaso de la Restauración fue pues la dictadura de Primo de Rivera, una dictadura muy suave, que curó algunos de los tumores de la Restauración: el de Marruecos, el del pistolerismo anarquista y el de los separatismos. Facilitó de paso un progreso económico sin precedentes, que por primera vez empezó a cerrar la brecha económica entre España y la Europa rica. Es una dictadura que en realidad es dictablanda, con la que colabora el mismo Partido Socialista.

 

EL CARNAVAL Y PRIMO DE RIVERA.

 

 

Según todos los testimonios, la Dictadura no merma el auge del Carnaval sino todo lo contrario:  Según Marchena el Carnaval tiene su esplendor precisamente en los años 20, donde hay más Agrupaciones que nunca.

De todas formas, hay detalles que sí denotan un periodo de mayor autoritarismo. Elegimos tres: 1) Por ejemplo, en 1925 los gaditanos, comerciantes, piden prorrogar el carnaval por la lluvia, pero es denegado.  2) La censura es más activa. 3) En 1927 se celebra en el Falla un baile para festejar la botadura del Juan Sebastián Elcano: Asistió la hija del dictador, Carmen Primo de Rivera a la que se homenajea. El periodo franquista copiará este modelo de agasajo a la nomenclatura local y nacional del régimen dictatorial, la cual será protagonista de los principales actos del Carnaval.

Sin embargo otros detalles de la evolución de la sociedad y del Carnaval, permitidos por el carácter blando de la dictadura, denotan una evolución contraria, más libre: En 1928, en plena dictadura, se oyen tangos de voces femeninas: se presenta un coro de mujeres, las Trovadoras Modernistas,  que acuden al Ayuntamiento a cantar sus tangos para recoger su autorización.

Finalmente, y como cuestión anecdótica, la pugna entre los Carnavales de Cádiz y San Fernando: el alcalde Carranza llega a decir que en la Isla sólo hay cangrejos moros y bocas. Nada nuevo. Ya Fernando Quiñones dijo en nuestros días que la Universidad de Cádiz no debía ir a Puerto Real (algo que se demostró luego acertado): Un sitio donde sólo había “coñetas”.

 

LA REPÚBLICA.

 

Tras el fracaso de la Restauración y de la Dictadura, que había sido amparada por la Monarquía, ésta se ve arrastrada y surge otra forma de organizar la convivencia: la República. En un principio se trataba de un sistema teóricamente más moderno y democrático: separación de poderes, separación Iglesia Estado, libertades, derechos, más enseñanza, etc. Pero la historiografía actual, más objetiva, ha evaluado los hechos y no la propaganda dominante, y ha revisado la idealización de la República.

En la práctica se convierte desde sus comienzos en un sistema sectario en contra del centro-derecha, el cual no participa en la elaboración de la Constitución republicana, un sistema anticlerical, y de falta de libertad religiosa (se dificulta su práctica, se prohíbe su enseñanza y se expulsa a los Jesuitas), y también de falta de libertad política (se prohíbe la defensa de la Monarquía, por ejemplo), según una ley, la de Defensa de la República, que en la practica niega la Constitución y otorga al Gobierno poderes más dictatoriales que en otras épocas anteriores. Piénsese por ejemplo, que la censura la ejerce directamente el Gobernador sin pasar por los Tribunales. Para hacernos una idea más gráfica: Justo Sinova[5] demuestra que el Gobierno que mas periódicos cierra de toda la Historia de España es el de Azaña de 1932, con 120 periódicos, casi todos de centro derecha.

En Cádiz nos podemos hacer una idea del clima existente si decimos que se hacen repetir las elecciones municipales del 31, donde ganan los monárquicos, por otras donde, con una fuerte abstención, sorprendentemente ganan los republicanos; o no se celebra la Semana santa y el Corpus por el temor a desordenes antirreligiosos. Al mes de proclamarse la República se queman en Cádiz iglesias y conventos. En ese clima contra una parte de la población –los católicos, las personas de orden, se arrugan- se celebran los nuevos Carnavales republicanos.

La quiebra de la República comienza tras la derrota electoral de la izquierda en 1933 y la insurrección socialista de octubre de 1934, que produce más de 1300 muertos en toda España. Aunque antes ya se había producido la militarización de las Juventudes Socialistas. La propaganda y agitación izquierdista le da la vuelta al asalto violento contra la República y lo convierte en la “feroz represión sobre el proletariado”. A partir de ahí el acoso de jacobinos y revolucionarios contra el sistema (campaña de la “represión de Asturias” en vez de arrepentimiento, elecciones irregulares del 36, destitución ilegal de Alcalá Zamora, primavera trágica, asesinato parapolicial de Calvo Sotelo) no cesará hasta el estallido de la guerra civil.

 

CARNAVAL EN LA REPÚBLICA.

 

Analicemos algunos de sus rasgos más destacables.

1) Mas que libertad lo que hay son letras de mayor contenido directamente político. Algunos autores lo llaman “conciencia reivindicativa” y lo justifican por la pobreza que hay. Pero más que reflejar la pobreza (en 1900 hay mucha más pobreza que entonces y no hay esa “conciencia”) reflejan la propaganda política izquierdista dominante, especialmente instalada en los barrios más humildes. Una propaganda en serio, que se olvida del objetivo de divertir y divertirse usando el ingenio, propio del Carnaval. Esta es pues la novedad: propaganda política izquierdista y falta de humor. Por eso, en 1932 no se critica en el Diario de Cádiz que se traten temas sociales y políticos libremente, sino que éstos se traten en serio, porque no casa con el Carnaval, proclive a la ironía y a la guasa.

2) Que no hay libertad lo demuestra la existencia de la censura. Tras no ser autorizado el Carnaval de 1931 vuelve por fin el Carnaval en 1932, pero con los bandos y prohibiciones de etapas anteriores, entre las que se encuentran las de cantar coplas censuradas[6]. También las de usar vestimentas de Instituciones, disfrazarse del otro sexo y salir en agrupaciones sin licencia.

 

Miguel Villanueva también nos muestra en su libro[7] ejemplos de prohibiciones de algunas agrupaciones que no cumplidoras de los bandos continuistas, así como disposiciones del Teniente Alcalde

Eva Lopez Lobato fotocopia varias letras tachadas en su trabajo todas ellas políticas, sobre Asturias, Casas Viejas, etc. Ella afirma haber visto censurada letras que critican incluso suavemente al gobierno, pero veamos lo que nos dice sobre eso y sobre la quema de conventos en cadiz. pag 28:

“El tema de la quema de conventos es tratado por el Carnaval gaditano de forma despectiva y burlesca. Todas las letras referentes a este tema hacen un tratamiento similar de este suceso: ninguna de ellas hace por reprender o criticar la acción de los incendiarios, decantándose más bien por ridiculizar al estamento eclesiástico. Algo curioso que debo comentar es el hecho de que en ninguna de la documentación consultada he encontrado coplas que por tratar este tema hayan sido censuradas, existiendo junto a ellas otras que, por tan sólo insinuantes críticas al gobierno, han sido anuladas por algún censor”.

Ella no se lo explica pero las conclusiones no pueden ser sino: a) no se censura la mofa del clero, a pesar de que ha sido victima de un atentado no solo contra su libertad, sino contra su propia integridad física. b) hay censura por la crítica al Gobierno. 3) Conclusión:  El asunto concuerda con el clima que hemos dibujado. Imposición de la izquierda más anticlerical y revolucionaria o complicidad con la misma desde el Gobierno en contra de la libertad religiosa y contra el centro derecha conservador.

3) A pesar de lo que pudiera pensarse acerca de la libertad de las costumbres, la censura moral continúa. El Diario de Cádiz publica que en 1935 no se permitió que los hombres pudieran disfrazarse de mujer o viceversa.

4) Como demostración de que la posición historiográfica local que asigna a los bailes su condición de elitista, para contraponerlo al Carnaval de la calle, La República no solo no los anula sino que los extiende Que los bailes no están reñidos con una ideología crítica o libre aunque esta fuera republicana y de izquierdas lo demuestra el baile organizada por la mismísimo Circulo de Izquierda Republicana de Azaña en el año 1935.

 

Faltan fragmentos del trabajo que abarca la Guerra Civil, la posguerra, la época franquista, y la democracia y que prometo afrontar en el futuro. De todas formas,

 

Hitos de esas etapas son:

 

En 1937 decreto de suspensión del Carnaval. Los gaditanos siguen celebrando la fiesta a escondidas.

 

Tras la terrible Explosión de Cádiz, el gobernador Valcarcel, enamorado de la Fiesta, autoriza de nuevo las agrupaciones en 1948. Las Fiestas La plaza se llena de coros y chirigotas, como en los viejos tiempos, pero ahora con la denominación de Fiestas Típicas. Se despolitiza bastante la fiesta, aunque siguen las críticas más mesuradas.

 

En 1967 se trasladan las fiestas a Mayo, y aparecen unas Casetas que desvirtúan el Carnaval, aunque hay que reconocer que las Fiestas Típicas consiguieron mantener las Agrupaciones y los bailes de disfraces del Falla, y por tanto la esencia del Carnaval.

 

En 1976 fueron las últimas Fiestas Típicas, y tras el clamor popular, el Carnaval vuelve a Febrero en 1977, y vuelven los disfraces en las calles.

 

En 1981 llega la tv al concurso. A partir de ahí se va ampliando las retransmisiones y el interés por el Carnaval adquiere dimensión nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ubaldo CUADRADO, El Carnaval de Cádiz en el siglo XX, Publicaciones del Sur, Cádiz, 2006.

[2] José María MARCO, La libertad traicionada, Gota a Gota, Madrid, 2007

[3] José MARCHENA DOMINGUEZ, El Carnaval de Cádiz en los años 20, Actas del Segundo Seminario del Carnaval, Ayuntamiento de Cádiz. p. 42.

[4] Ibidem p. 47

[5] Justo SINOVA, La Prensa en la Segunda República española. Historia de una libertad frustrada,

Barcelona, Debate, 2006.

[6] Ubaldo CUADRADO, El Carnaval de Cádiz en el siglo XX, Cádiz, Publicaciones del Sur, 2006, p.25-26

[7] Miguel VILLANUEVA, El Carnaval de Cádiz durante la 2ª República española, Fundación VIPREN, Cádiz, 2007, p. 39-42

(2017) Triste final

 

 

En lo que concierne a sus gobernantes, la España contemporánea muestra una pulsión destructora que reverdece de vez en cuando, aunque hoy ya, por fortuna, no con los caracteres de tragedia de antaño.

En tiempo de paz, la España contemporánea ha sido implacable con los jefes de Gobierno y/o de Estado, en especial con los  considerados en la órbita del mundo liberal conservador. O han sido asesinados, o han sufrido atentados y/o exilio, o han terminado desacreditados y ninguneados.

En efecto, no pocos de esos presidentes o jefes de Estado fueron asesinados, la mayoría por parte del terrorismo anarquista predominante durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Quizás el único mandatario asesinado (en 1870) no conservador fue Prim, que además tampoco lo fue a manos del terrorismo sino de una facción política enemiga. Aún hoy no se tiene claro quién fue el autor intelectual del ataque, aunque la historiografía más solvente se inclina por el duque de Montpensier.

En 1897, un anarquista mató a uno de nuestros grandes estadistas de todos los tiempos, Cánovas del Castillo, artífice de un sistema que devolvió a los militares (en general progresistas) a sus cuarteles, restauró un sistema monárquico estable, de libertad de prensa y elecciones, que duró 50 años, y que en cierta forma posee analogía con el periodo que vivimos ahora desde la Transición, aunque éste plenamente democrático de acuerdo a las circunstancias de nuestra época.

Quince años después (en 1912), un nuevo magnicidio anarquista tuvo lugar en Madrid contra el liberal Canalejas, cuando miraba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol, y al poco tiempo, el anarcosindicalismo catalán, estuvo detrás del crimen contra otro gran presidente del Gobierno, Eduardo Dato, en 1921.

En julio de 1936, un grupo parapolicial, afín al socialista Prieto, sacó de su casa al líder derechista Calvo Sotelo para matarlo, después de no haber encontrado al dirigente de la CEDA, Gil Robles. Los asesinos fueron protegidos por dirigentes socialistas, con lo que muchos de los militares rebeldes que dudaban de lo adecuado del levantamiento, se convencieron de que llegados a ese punto, era más seguro para ellos la rebelión que la pasividad.

El último magnicidio, el del presidente Carrero Blanco, tuvo lugar muchos años después, en 1973, en las postrimerías del franquismo, a manos de terroristas de ETA.

Pero decíamos que otros jefes de Gobierno  o de Estado sufrieron atentados, aunque sin el resultado de muerte. Es el caso de Antonio Maura, otro ejemplo de estadista formado, solvente, como eran los políticos de entonces, en nada parecidos al prototipo de político insustancial de moda hoy en día. Sufrió dos intentonas criminales, pero mucho peor para él tuvo que ser la campaña de rechazo que en 1909 sufrió bajo el lema ¡Maura, no! que desató la izquierda española e internacional tras la insurrecta Semana Trágica de Barcelona contra la guerra de Marruecos (resultado: 78 muertos y 80 edificios religiosos quemados), y que le hizo perder, injustamente, el apoyo del propio rey. ¿No nos recuerdan todos estos hechos históricos al “No a la guerra” reciente, y al “No es no” aún más reciente todavía? Una año más tarde, en 1910, el verdadero Pablo Iglesias, líder del PSOE originario, llegó a amenazar a Maura de muerte si éste llegaba de nuevo al poder en una de las más ingnominiosas sesiones parlamentarias de la Historia.

Un atentado sonado fue el que tuvo lugar en 1906, en la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia. El anarquista Matero Morral, desde un tercer piso de la calle Mayor, lanzó una bomba camuflada en un ramo de flores, que mató a 25 personas, pero no a los reyes, que lograron salir ilesos de la carroza donde iban. Lo insólito es que en 1937, el Ayuntamiento frentepopulista de Madrid, cambió el nombre de la calle Mayor, por el de Mateo Morral: este detalle dice ya mucho sobre un régimen llamada republicano, pero en realidad revolucionario.

El propio Alfonso XIII, abuelo del rey Juan Carlos, tuvo que marcharse a la carrera al exilio, a pesar de que en las elecciones municipales de abril de 1931 ganaran los ediles monárquicos, excepto en las grandes ciudades, lo que motivó que las izquierdas salieran a la calle a proclamar la República. El rey Alfonso fue desposeído de sus bienes y declarado traidor por la propia II República española, y viviría ya en el exilio hasta su muerte. Un año antes, Primo de Rivera hubo de dimitir ante la soledad en que se encontraba (murió meses después), tras presidir un régimen de dictablanda que había solucionado el problema del separatismo, del pistolerismo anarquista y de la guerra africana, y con el que colaboró el PSOE. El hijo de Alfonso XIII, Don Juan, nunca pudo acceder al trono en beneficio de Juan Carlos.

Otro atentado que no tuvo consecuencias fue el que ETA cometió en 1995 contra el entonces jefe de la oposición, José María Aznar, por medio de un coche bomba. Más doloroso tuvo que ser para el propio Aznar la manera como terminó su mandato, durante los días posteriores al espantoso atentado de Atocha que costó 192 vidas y que catapultó a Zapatero a la Moncloa. Aznar fue gravemente insultado en aquellas elecciones, al tiempo que las sedes del PP fueron asaltadas en muchos puntos de España. Ocurrió porque se hizo creer a una parte de la opinión pública española que las bombas terroristas fueron activadas  como venganza por el apoyo del gobierno de Aznar a la intervención en Irak (jamás estuvimos en la guerra de Irak, como se decía).

Uno de los grandes artífices de nuestra Transición democrática, el presidente Suárez, también hubo de marcharse dolorosamente del gobierno en enero de 1981, después de soportar una cruel moción de censura socialista, la desafección en masa de una gran parte de su propia organización política, y sobre todo la amenaza de algunos militares, posteriormente convertida en un intento grave de golpe de estado.

Felipe González, presidente del gobierno entre 1982 y 1996, fue otro gran estadista que se marchó en medio de una ola de escándalos políticos y económicos, una salida que no hacía justicia a una gestión moderada, brillante, que modernizó a España y la incluyó en la escena internacional.

En estos días hemos vivido el último capítulo del afán destructivo con que España trata a sus mejores gobernantes. El rey padre Juan Carlos, el gran artífice de nuestra Transición democrática, tras haberse visto obligado a abdicar por cuestiones menores ajenas a su brillante liderazgo institucional, fue tristemente postergado (no por el rey Felipe, como se ha pretendido) en la conmemoración del 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas de 1977.

La cuestión ahora está en no caer en los errores históricos de siempre. Es necesario que empecemos a dar a conocer a los jóvenes, y a los no tan jóvenes pero sí desmemoriados, cómo Juan Carlos fue el líder principal de la Transición a la democracia y cómo la defendió en unos momentos muy graves para España. Toda esa pedagogía debe servir a un objetivo final: el gran homenaje que su figura se merece. Pero un gran homenaje que debe recibir en vida, y no después de que no pueda percibir el cariño popular, como lamentablemente ocurrió con Suárez en la reciente Historia de España.

 

Miembro del Grupo Historia Actual de la UCA

( 2017) Lo que escondían sus ojos

La miniserie que Telecinco está emitiendo en estos días, “Lo que escondían sus ojos”, ha enrabietado a los habituales antifranquistas retrospectivos. Sin ir más lejos Cristina Almeida, declaraba el otro día en “la secta” que no se puede tolerar que se emita una serie que “idealiza” a Ramón Serrano Súñer (mano derecha de Franco), así como a la vida social y cultural de aquellos años 40. Hay incluso una plataforma que pide la retirada de la serie.

Sin entrar en el afán de censura y  en la hemiplejía moral de esta casta, la misma que estos días ha lloriqueado a Fidel Castro, y que nunca ha protestado por la legión de películas que sí idealizan al totalitario Frente Popular, llama la atención la ignorancia que muestra esta gente sobre los años 40, concebidos sólo como una época de “militares y curas”, cuya vida cultural es desértica y limitada sólo a los exiliados. Pero la verdad es otra.

Antes que nada, repasemos los hechos que ponen marco histórico al guión televisivo. El cuñado de la mujer de Franco, casado con Zita Polo, el cosmopolita y culto Ramón Serrano Súñer, mano derecha del dictador desde 1938 a 1942, conoce a la bellísima esposa del marqués de Llanzol, 25 años menor que su marido, Sonsoles de Icaza. Se enamoran y tienen una hija, que es acogida por el marqués como suya propia, guardando el secreto (a voces) ambas familias. Esa hija fue la estilosa Carmen Díez de Rivera, la llamada musa de la Transición. Carmen, se enamora sin saberlo de su hermanastro Ramón, también hijo de Serrano, y cuando es advertida de la realidad, se derrumba y se marcha de misionera a África. Como amiga de Juan Carlos y Suárez, a su vuelta, jugará un papel en la Transición, a favor de la legalización del PC. Su belleza e inteligencia asombran al Congreso. Con el tiempo, se afilia al PSP. Murió joven, a los 57, de cáncer. Como ven, la historia no puede ser más cinematográfica.

Pero no pretendo aquí centrarme en las cualidades de la serie, o su fidelidad a la Historia, ambas discutibles, sino responder a los falsos tópicos que como reacción a su emisión, han repetido estos días la carraca progre, referidos sobre todo a la política germanófila del régimen, y a la supuesta aridez cultural de los años 40.

Hay que recordar que Ramón Serrano Súñer, el brillante ministro de asuntos exteriores de Franco, encabezó a un equipo de intelectuales y políticos falangistas, germánofilos, entre los que se encontraban Dionisio Ridruejo y Antonio Tovar, que ante la presión alemana, consiguieron dar largas a la entrada de España en la Guerra Mundial. Sólo tras el ataque de Hitler a Rusia, y para compensar su negativa, enviaron allí a los voluntarios de la “División Azul”. Muchos de estos falangistas, en el transcurso de pocos años, se opondrían a Franco, y algunos se acercarían a la izquierda.

Cabe rememorar, que el primitivo falangismo fue un movimiento revolucionario, vanguardista, socializante, y vivido con tanto romanticismo como la izquierda vivió su utopía. No entramos aquí  en lo que luego fue la violencia falangista, posterior a la violencia revolucionaria, en especial de las JJSS. En aquellos años 30 no se conocía en qué iba a desembocar el fascismo luego, cosa que sí se sabía ya del comunismo por ejemplo, en vigor desde el año 1917 en Rusia. Desde luego, hay que hacer constar que la Falange fue un movimiento antidemocrático, (que terminó sosteniendo a la dictadura), pero de la misma forma que lo fue la izquierda socialista y comunista. Como se está viendo estos días en los documentos de ABC, y como dice Salvador Sostres en el mismo, el único intento de derrocar al caudillo con fines democráticos que existió fue el de Don Juan.

Pero volvamos a los aspectos culturales de esa época. Como decía, en estos días se ha vuelto a repetir lo del desierto cultural español antes del año 55. Falso. Es verdad que la guerra arrasó las instituciones en la España franquista (y en la otra). Y el estado franquista arrasó la disidencia. Pero la libertad y la creatividad empezaron a germinar desde muy pronto, eso sí, en medio de grandes dificultades. Ya en el mismo año 40 se publica la revista “Escorial”, con la dirección de Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo, que supuso un esfuerzo por reanudar la convivencia.

La propia Falange concitó a una gran pléyade de intelectuales y escritores. Entre otros, además de Ridruejo y Tovar, se encuentran, Rafael Sánchez Mazas (padre de los Sánchez Ferlosio), Agustín de Foxá, Michelena, Miquelarena, José María Alfaro (estos cinco compusieron la letra del “Cara al sol” junto a José Antonio), Vivanco, Luis Rosales, Torrente Ballester, Samuel Ros, Victor de la Serna, García Serrano, Álvaro Cunqueiro, Edgar Neville, etc. El propio José Antonio tuvo veleidades literarias, presidió la tertulia La Ballena Alegre, y se rodeó de su famosa corte literaria. Según Trapiello, en su imprescindible Las armas y las letras, fue amigo de Federico García Lorca, a pesar de que esto irrite a Ian Gibson.

El supuesto “páramo cultural” español habido antes del 55 fue rebatido muy especialmente por Julián Marías (nada sospechoso de franquismo) en el año 76, en un artículo denominado La vegetación del páramo, donde se da cuenta de la frondosidad cultural de la España de entonces. Veinte años más tarde, y ante la persistencia del falso mito de la aridez cultural, vuelve a escribir otro al respecto, titulado de forma significativa, ¿Por qué mienten?

Julián Marías demuestra que ya desde el final de la Guerra Mundial, en España se habla de los intelectuales ausentes, y expone una lista de autores irrepetibles que continúan con la rica tradición cultural española. Por ejemplo, los de la generación del 98, y las siguientes: Menéndez Pidal, Azorín, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Zubiri, Morente, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Miguel Mihura y Marañón.

Sin entrar en otros terrenos artísticos o científicos, también muy productivos, Marías menciona a los poetas que empiezan a escribir sus libros tras la Guerra Civil, como Gabriel Celaya, Leopoldo Panero, Carlos Buosoño y Blas de Otero. También en esos años se inician nada menos que Camilo José Cela, Ignacio Agustí, Carmen Laforet, Gironella, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, José Luís Sampedro, Buero Vallejo, Pedro Laín Entralgo, Menéndez Pelayo, Fernando Chueca, Luis Diez del Corral, José Antonio Maravall, Lapesa, Díaz Plaja, y el propio Julián Marías. Yo añadiría nombres como los de Manuel Machado, José María Pemán, Eugenio D´Ors, Julio Camba y el mejor prosista catalán del siglo XX, Josep Plá, que por cierto escribía en español.

En Cádiz también tuvimos la revista “Platero”, de nuestro añorado Quiñones, y “Postismo”, del genial Carlos Edmundo de Ory. ¿Hay un panorama cultural remotamente parecido a esto, tanto en España como en Cádiz en la actualidad? ¿Cuál es la época del “páramo” entonces?

En España, por fortuna, hace tiempo que hemos recuperado la libertad, pero la verdad histórica brilla por su ausencia. A partir de los años 60, los perdedores de la Guerra Civil ganaron la guerra de la cultura y la propaganda e hicieron desaparecer a muchos de estos autores de los medios de comunicación y de los manuales de literatura, al margen de su calidad literaria. En otras palabras, se fue sustituyendo el relato franquista por otra verdad histórica igual de deformada y tendenciosa. Y desgraciadamente, en ésas seguimos.

 

 

(2012) LOS INTELECTUALES ESPAÑOLES Y LA GUERRA CIVIL: LA TERCERA ESPAÑA.

INTRODUCCION.

 

Este trabajo tiene como objetivo hacer una clasificación resumida de carácter didáctico de las actitudes políticas de los intelectuales españoles durante la guerra civil, así como ofrecer unas breves pinceladas  sobre sus respectivas evoluciones vitales a lo largo de la contienda.

Hay muchas obras dedicadas al asunto de los intelectuales y la guerra civil. Ninguna en maestría, objetividad y clarividencia como la que Andrés Trapiello ha ido perfeccionando edición tras edición, Las armas y las letras. Este trabajo es deudor de ella: no sólo se extraen de ahí no pocos de los datos que aquí se dan, sino que comparte algunos juicios (no otros de fundamento, relativos a la interpretación de las claves de la guerra civil). Dicho esto debo insistir en la vocación de clasificación política, de resumen, de divulgación y de algunas conclusiones personales, que este artículo persigue. Y no tanto la de repetir esos datos que están ya muy bien descubiertos y muy bien publicados. Apelo pues al lector para que se juzgue este trabajo (bien o mal) bajo esos presupuestos.

 

  1. Los intelectuales españoles antes de la guerra

 

Hasta bien entrada la República, los escritores e intelectuales españoles mantuvieron una razonable convivencia, como corresponde a quienes aún se sentían pertenecientes a un país común. A pesar de la imagen fija que la guerra civil nos ha dejado de una intelectualidad dividida en dos bandos, antes del 18 de julio de 1936 se dieron entre ellos múltiples relaciones sociales y personales (también con el poder político), algunas tan extrañas a nuestros ojos de hoy como los encuentros que mantuvieron Jose Antonio y Lorca, la amistad del comunista Bergamín con el falangista Sánchez Mazas, el viaje del poeta derechista Hinojosa (asesinado en la guerra) con Bergamín a la URSS, y las buenas relaciones de los Machado con el dictador Primo de Rivera, cuya influencia hizo ingresar a Antonio Machado en la Real Academia de la Lengua.

La revista la Gaceta de Occidente fue el (último) punto de encuentro de aquellos intelectuales de antes de la guerra. Dirigida por el entonces aún no fascista Giménez Caballero, fue un periódico quincenal que duró desde 1927 hasta 1932 y donde escribieron intelectuales pertenecientes a lo que vamos a llamar las tres Españas: Ortega, Baroja, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Corpus Barga, Unamuno, Machado, Alberti, Bergamín, Salinas, Lorca, Montes, Dalí, Espina, Américo Castro, Menéndez Pidal….

La llegada de la República no quebró la convivencia de los intelectuales españoles. Al contrario, en un principio, como la gran mayoría de la sociedad española, también ellos acogieron con euforia el nuevo sistema republicano. Pero poco a poco fueron apareciendo divergencias. El primer desertor del nuevo régimen fue precisamente uno de los llamados padres de la República que tanto habían ayudado a traerla, José Ortega y Gasset que con su famoso “No es esto, no es esto” inauguró ya en 1931 la existencia de una corriente de pensadores que se van apartando del creciente sectarismo republicano imperante.

El embate de la izquierda revolucionaria, especialmente tras 1934, fue el detonante que abrió una brecha en una parte importante de la intelectualidad española. Tras la sublevación de Franco, el gobierno republicano decidió entregar las armas a las organizaciones sindicales, lo que terminó por convertir a la República en un sistema revolucionario sin garantías jurídicas (si bien ya subvertido desde la revolución socialista del 34, las irregulares elecciones del 36, la “primavera trágica”, la destitución ilegal del Presidente Alcalá Zamora y el asesinato para-policial de Calvo Sotelo). Las posiciones totalitarias habían desbordado a las moderadas. El resultado fue que en los primeros días de la guerra aparentemente nadie defendía ya una España parlamentaria. Había que elegir entre los nacionales o los revolucionarios.

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  1. Las dos Españas

 

El estallido del conflicto hizo que no pocos intelectuales y científicos se alinearan de forma clara por el bando azul o el rojo. Fueron sobre todo los jóvenes los que tomaron partido de forma apasionada en uno u otro sentido. No es el caso, como veremos, de la intelectualidad madura y consagrada, que optará en la mayoría de los casos por el exilio.

 

2.1. El bando marcadamente frentepopulista.

 

En general, por el lado frentepopulista, los escritores y artistas fluctuaron sobre todo alrededor del Partido Comunista y sus organizaciones satélites, así como en menor escala junto a socialistas y republicanos jacobinos.

De entre todos ello los más claramente comprometidos fueron los militantes comunistas, especialmente Alberti, María Teresa León, Bergamín, y Miguel Hernández. Aunque en principio llevaron la voz cantante de la propaganda frentepopulista, hubo entre ellos diferencias de proceder: los Alberti se instalaron en el palacio de los Spínola de Madrid, en cuya habitación de la marquesa dormía María Teresa León. Organizaron fiestas y fueron comúnmente acusados de usar la guerra en beneficio de sus carreras literarias, entonces incipientes. El exilio o el traslado de los intelectuales consagrados y maduros fuera de Madrid contribuyó al estrellato de estos jóvenes radicales y apasionados, los cuales supieron “aprovechar” el momento. Precisamente Miguel Hernández -también comunista, pero de origen modesto y disposición cabal- recién llegado del frente al palacio madrileño, les recriminó su frívola actitud, lo que determinó la enemistad futura entre ellos. Trapiello se basa en algunos testimonios que sugieren que Miguel Hernández no fue asistido suficientemente al final de la guerra por sus camaradas. Por su parte, Bergamín, poeta hondo, presidió la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de inspiración estalinista, protagonizando los momentos más siniestros del comunismo hispano. Su comportamiento, algo más que sectario, fue muy criticado incluso por sus propios correligionarios.

Pero también los afines al Partido Comunista y organizaciones satélites tuvieron un protagonismo considerable en este bando. Como María Zambrano, que aunque vinculada al grupo, tuvo que salir de España por consejo de Bergamín, ya que fue acusada en la Alianza de Intelectuales de tener amigos “fascistas”. Lo curioso es que el suceso tuvo lugar días después de que Zambrano acudiera a la Residencia de Estudiantes, donde estaba refugiado Ortega, para “pedirle” su firma de apoyo a la “República”, apoyo que el propio Ortega dijo posteriormente desde el extranjero, que había dado por coacción (¿portaba Zambrano pistolas al cinto?).

Otros intelectuales afectos comprometidos hasta el final  fueron Alvarez del Vayo, Altolaguirre, Corpus Barga y Emilio Prados. El primero, periodista y jurista, fue un político socialista relevante aunque acusado por Largo de ser afín a los comunistas (a muchos de ellos los había nombrado comisarios). Altolaguirre y Corpus Barga también apoyaron al PC, sobre todo en los tiempos inmediatamente posteriores a la guerra.  Emilio Prados formó parte del Comité Directivo de la revista Hora de España (editada por Altolaguirre), un Comité también dominado por los comunistas.

Finalmente el caso un tanto especial de  Antonio Machado. Machado fue evolucionando políticamente a lo largo de la guerra. Machado siempre fue un republicano de corte anticlerical, aunque en principio no muy político y desde luego alejado de las posiciones extremistas. De hecho, en los días siguientes a la rebelión militar, a Machado le ofrecieron la presidencia de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de inspiración estalinista, y Machado la rechazó. Pero a lo largo de la guerra va evolucionando hacia posiciones comunistas más o menos auténticas. ¿Quizás manipulado? Ya en Valencia, Gil Albert, dice que Machado le parecía un “vejestorio anacrónicamente manipulado”. No es el único testimonio que considera a Machado un hombre prematuramente mayor, sin recursos y responsable de su familia, que se verá obligado a utilizar una parte de su escritura al servicio de una propaganda que muy posiblemente no sentía. En cierta forma, como su hermano Manuel en la otra zona. No de otra forma se explica que al mismo tiempo que siga siendo el poeta intimista de siempre, aparezca en la guerra un Machado con loas a Lister o a Negrín (éste último aliado comunista, cuyo gobierno por cierto lo abandonó  al final de la guerra, pues tuvo que cruzar la frontera por sus propios medios).

De los no españoles que apoyaron a la España “roja” destacaron Neruda y Malraux, también criticados por servirse de la guerra, más que por servirla (los más fotografiados de la guerra son siempre ellos dos, más Alberti) El primero de ellos fue acusado repetidamente por el diplomático chileno Carlos Morla de no haber colaborado en la recepción de refugiados para la Embajada de Chile y de haber abandonado a su mujer y a su hija hidrocefálica. Tanto Neruda como Picasso se declararon simpatizantes del Partido Comunista, aunque no tomaron el carnet hasta después de la guerra, como dice Trapiello, cuando el PC era ya caballo ganador.

 

2.2. El bando comprometido con la rebelión franquista.

 

Del lado de la España franquista la intelectualidad se aglutinó sobre todo en torno a la Falange y a los periódicos de la prensa conservadora. De entre los comprometidos con esa España destaca la figura de Dionisio Ridruejo. Nombrado Director General de Propaganda, se rodeó de intelectuales y escritores, entonces jóvenes promesas, pero que pronto se forjarían un nombre: Montes, Vivanco, Rosales, Foxá, Torrente, Laín, Tovar, Luis Escobar… Ridruejo será también la primera de las no pocas deserciones franquistas posteriores del grupo y la persona más respetada por todos. De entre ellos, algunos, entonces ubicuos, como Montes, quedaron metabolizados por el tiempo. Otros, por pertenecer al bando de los ganadores, perdieron el lugar que por méritos les correspondían en la Historia de la Literatura, pasando a ser hasta hoy ignorados por los medios de masas. Destacan en ese sentido Sánchez Mazas (padre de los Sánchez Ferlosio actuales); Agustín de Foxá, (excelente escritor, autor de la novela “Madrid de corte a checa”), cuyo homenaje en 2009 fue prohibido en Sevilla por una concejala izquierdista; César González Ruano, de comportamiento tan dudoso como magistral articulista; Wenceslao Fernández Flores, que pasó el primer año de guerra refugiado en una embajada en Madrid; Alvaro Cunqueiro, Jardiel Poncela y dos grandísimos poetas y amigos, Luis Rosales y Leopoldo Panero, el primero de los cuales arrastró toda su vida el peso de las explicaciones que tuvo que dar sobre el asesinato de Lorca, y el segundo cuyo paso por la izquierda en la República, casi le cuesta la vida.

Otro gran escritor y poeta cuya integración en la España franquista le costó el olvido literario y una injusta e innecesaria comparación con su hermano, fue Manuel Machado. (Borges dijo esta boutade, en referencia a su importancia: “No sabía que Manuel Machado tuviese un hermano…”). En realidad el golpe franquista le cogió coyunturalmente en Burgos (había perdido el tren de vuelta a Madrid el 17 de julio). Sin preveer la trascendencia del 18 de julio hizo allí unas declaraciones diciendo que se trataba de una “carlistada”, lo que le costó la cárcel y casi la vida. Posiblemente, tuvo que exagerar sus loas al franquismo para sobrevivir.

Los escritores ya consagrados de la España franquista fueron la excepción, y casi todos pertenecieron al periódico ABC: Eugenio d¨Ors, Giménez Caballero, Marquina, Julio Camba y José María Pemán, éste último quizá no tan importante como parecía en aquella España pero ni mucho menos tan insignificante como aparece hoy (en realidad, ni aparece), sobre todo en su faceta de orador y articulista.

Finalmente, y aunque incluyamos como franquista al más importante prosista de la lengua catalana del siglo XX por su muy activa toma de partido durante la guerra civil, Joseph Pla, en realidad nunca fue bien visto por el bando llamado nacional, dada su naturaleza independiente y su adhesión al liberal Cambó. Tras la guerra, se retiró al Ampurdán donde vivió aislado frente a todos, caso parecido al de Pío Baroja.

 

  1. El exilio interior

 

En los dos bandos hubo escritores desubicados que ante la imposibilidad de salir de sus respectivas zonas, o tras permanecer en la España de la posguerra, acabaron aislados o adaptados discretamente a las circunstancias que los rodeaban. Son los intelectuales que se mantuvieron en el llamado “exilio interior.

 

3.1 Territorio “Nacional”. Ya hemos hablado del caso de Manuel Machado, posiblemente obligado a adular a los jerarcas de la zona franquista para salvar la vida: De hecho, ni él ni su hermano Antonio, con quien había colaborado Manuel desde siempre, habían escrito nunca de política, al margen de la simpatía que ambos sentían por la República (Manuel había escrito la letra del himno republicano y Antonio había colgado la bandera republicana en abril de 1931 en el Ayuntamiento de Segovia).

En tierras nacionalistas, en Sevilla, quedó Jorge Guillén. Como era amigo de los intelectuales republicanos de Madrid, quedó en una posición delicada. En esa ciudad se le organizó un homenaje que exageró su importancia, seguramente para evitar lo que le había pasado a Lorca. Guillén, en las cartas privadas (hoy publicadas) que le envía a su amigo Salinas, critica a fascistas y comunistas, por lo que podemos considerarlo también como uno de los pioneros de la tercera España. Igual que a Josep Pla, que como se ha dicho, tras terminar la guerra se retiró a su tierra del Ampurdán donde vivió su propio exilio interior, y más tarde, se mantuvo en una especie de huida permanente, viajando por todo el mundo como periodista de la revista Destino.

 

3.2.Territorio “Republicano”.

 

Ya en territorio “republicano”, en Madrid, Vicente Aleixandre vivió un episodio traumático al ser acusado de fascista. Tras ser liberado y bajo la excusa de estar enfermo, se retiró silenciosamente a la sierra madrileña, desde donde bajaba a Madrid de vez en cuando. Pasó la posguerra en el ostracismo interior, pero su situación mejoró pronto, sobre todo cuando recibió el Premio Nóbel. De espíritu bondadoso, ayudó en lo que pudo a Miguel Hernández.

A Jacinto Benavente, el Nóbel le sirvió como parapeto frente a unos y otros. La guerra le sorprende en Barcelona donde estuvo detenido. Más tarde lo enviaron a Valencia desde donde quiso marcharse pero no pudo. En la posguerra vivió la censura y el ostracismo, pero a finales de los 40 el franquismo lo redimió. También Dámaso Alonso pasó la guerra en Valencia, después de haber pasado varias semanas refugiado en la Residencia de Estudiantes, junto a Ortega y José María Cossío, entre otros. En 1939 regresó a Madrid donde permaneció durante un tiempo en el “exilio interior”, aunque sin demasiada dificultad. Cossío por su parte hizo una guerra sin irritar a nadie. Fue autor de la monumental obra sobre la Tauromaquia, en la que empleó, para ayudarle, a Miguel Hernández.

Quién vivió la guerra civil en Madrid “cautivo en su casa”, en expresión propia, fue Rafael Cansinos Assens. Escribió durante el conflicto unos diarios en varios idiomas -para protegerse políticamente- por los que, a pesar de sus simpatías republicanas, sabemos de su “militancia” en la tercera España. En la posguerra se le retiró el carnet de prensa por lo que para sobrevivir tuvo que dedicarse a la traducción de las grandes obras de la literatura universal durante toda su vida.

A Concha Espina, conservadora, la guerra le sorprendió en su tierra santanderina donde vivió aislada hasta su “reconquista”. Allí escribió el diario Esclavitud y libertad. El diario de una prisionera.

 

  1. La gran emigración de la España frentepopulista: la tercera España

 

La mayor parte de los escritores y científicos que pudieron se marcharon de España a lo largo de la contienda. Sobre todos los de mayor edad y los más consagrados. Fue una emigración que tuvo lugar especialmente  en los primeros meses de la guerra y desde la España en manos del Frente Popular. Lo cual contradice el mito de que el grueso de los intelectuales españoles se quedó en España a defender la “República” y se marchó al final de la guerra como consecuencia de la victoria de Franco. Lo dice acertadamente Julian Marías en sus Memorias: “la gran mayoría de la emigración intelectual no se produjo en 1939, al  final de la guerra, sino en 1936, a su comienzo”.

Los que se marcharon masivamente de la España frentepopulista, si exceptuamos la huida lógica de los que simpatizaban con el bando rebelde, lo hacen entre otras razones por el repudio a los crímenes que se estaban cometiendo, la desconfianza que sentían respecto a los poderes revolucionarios imperantes, o simplemente el miedo razonable a perder la vida,  en ocasiones en manos de milicianos a los que el gobierno había entregado las armas. En todo caso, la gran mayoría de estos escritores exiliados desde le España frentepopulista fueron republicanos o habían acogido con euforia la llegada de la República, lo que muestra la deriva que había sufrido ésta.

En realidad, la mayor parte de la intelectualidad que se marchó, y muchos de los que se quedaron, pertenecían a una tercera España democrática y liberal, ajena a los extremismos, aunque ya inviable tras el estallido de la guerra civil. Lo que no fue obstáculo para que muchos de ellos acabaran decantándose por uno de los dos bandos en guerra, más por razones de detalle o de mal menor, que de identificación con el extremismo totalitario que dominaba cada bando (por ejemplo, razones como la preferencia por el orden, las creencias religiosas, el anticomunismo, o las ideas conservadoras, del lado franquista; y en la otra parte, la fidelidad a lo que quedaba de República y el antifascismo).

Por cierto, y dicho sea de paso, si hiciéramos finalmente las sumas y las restas de las simpatías intelectuales por uno u otro bando, el resultado sería el de una sorprendente equidad, tanto cuantitativa como cualitativa. Eso de que la gran mayoría de los escritores y científicos se pusieron del lado del gobierno del Frente Popular es otro de los mitos, que junto a otros ya mencionados, han venido funcionando desde entonces. Trapiello, una vez más, lo demuestra, haciendo un recuento casi al milímetro. La razón de esa creencia estriba en que si bien Franco ganó la guerra militar, perdió la batalla de la propaganda casi desde los primeros días de la guerra. Y la perdió porque la mayor parte de la prensa internacional estaba en manos del progresismo. Y porque los intelectuales izquierdistas se emplearon a fondo en esa propaganda: ejemplo el Guernica de Picasso (por el que cobró 150000 francos del Gobierno republicano) que contribuyó a exagerar un bombardeo de un centenar de muertos, y no miles como se ha dicho. Obsérvese si no, como el bombardeo de Cabra, tremendamente parecido al de Guernica, pero en zona “nacional”, pasó desapercibido, y es absolutamente desconocido incluso en nuestros días.

En todo caso, y aún reiterando la complejidad de las motivaciones de los que optaron por marcharse o por permanecer en el interior pero al margen, podemos concluir en algo que les unió: su lejanía e independencia de los focos mas beligerantes y antidemocráticos, que en el caso de las derechas fueron la Falange, y en el de las izquierdas el Partido Comunista y sus organizaciones satélites. Lo cual les hace pertenecer a un espacio imposible, el de la tercera España, del que fueron desalojados por los jerarcas e intelectuales de las otras dos.

Podemos aseverar que este grupo tercerista que se marchó de la España del gobierno frentepopulista fue el más numeroso. Pero desde luego no fue un grupo homogéneo. Dejando al margen a los que se escaparon por su adhesión a la España franquista, a efectos puramente didácticos, podemos entrever cuatro grupos que presentan (ligeras) diferencias, si bien advirtiendo que en muchos casos podemos encontrar algunas circunstancias intercambiables entre ellos: 1) los que siendo republicanos liberales o conservadores, y criticando a las dos Españas, acabaron prefiriendo como mal menor a la España nacionalista frente a la roja. 2) los que siendo republicanos se manifiestan en sus escritos más claramente neutrales y precozmente defensores de una tercera España democrática y liberal 3) los que repudiando los extremos fascista y revolucionario, continuaron defendiendo con más o menos claridad a la República 3) los que aún simpatizando con la izquierda revolucionaria, acabaron saliendo por inseguridad y por la desconfianza que inspiraba su independencia en los jerarcas filocomunistas. Analicemos cada grupo.

 

4.1. Los intelectuales republicanos conservadores-liberales más críticos con la deriva republicana.

 

Los más sonados desertores de la República fueron los intelectuales liberales y conservadores, que habiendo sido republicanos, comenzaron a condenar la deriva sectaria del sistema. Deplorarán más de la España roja que de la fascista, aunque no comulguen con ninguna de las dos. Cuando acabó la guerra, la gran mayoría menudeó sus visitas a la España de Franco o se incorporó más pronto que tarde a ella. El acomodo dependió de cada caso, si bien  la mayor parte de ellos no fueron aceptados plenamente por el régimen, al menos en un principio.

La mayoría se va de Madrid en las primeras semanas de la guerra: Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Azorín, Gregorio Marañón, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset, éstos tres últimos los llamados “padres de la República”.

De todos ellos, Ortega y Gasset era en principio el intelectual de más prestigio internacional. El gobierno frentepopulista consiguió obtener su apoyo para la “República”, (aunque con coacción, como vimos). Al poco tiempo, Besteiro puso al corriente a Ortega de que querían asesinarle y éste marchó al exilio.  Gregorio Marañón llegó a París a los pocos días que Ortega. Había llevado una doble vida en la capital valiéndose de su prestigio y su pasado republicano, donde salvó muchas vidas, lo que le fue recompensado por el régimen. Finalmente salió de Madrid junto a Menéndez Pidal en las Navidades de 1936.

La tercera figura unida a Ortega y Marañón es Pérez de Ayala. Como ellos, había sido también diputado durante la República. Consiguió salir milagrosamente de Madrid en septiembre de 1936, y también se instaló a final de año en París. Como Ortega, Marañón y Eugenio d´Ors,  Pérez de Ayala tenía a sus hijos luchando a favor de Franco. Y se convirtió en el más “franquista” de los tres, aunque sin ser aceptado por el régimen. Al final se marchó a Londres y no regresó a España hasta muchos años después. Como dice Trapiello, se quedó, sin victoria, sin patria y sin lectores.

En París, como se ve, se asentaron una gran parte de estas figuras, Azorín entre ellos. Salió de Madrid en los primeros días de octubre de 1936. En la capital francesa llevó una vida discreta y tras la guerra volvió a Madrid de la mano de Serrano Suñer, pero nadie lo visitaba y estuvo un tiempo aislado. Poco a poco se incorporó a la prensa española.

Otro de los escritores que salió de Madrid, en este caso en agosto de 1936, fue Ramón Gómez de la Serna, aunque se instaló en Buenos Aires, de donde era su mujer. Allí se adaptó a la vida bonaerense, si bien escribió para la prensa española.

Aunque el grueso de la emigración se va de Madrid, también hay algunos que salen desde provincias, como Pío Baroja desde Vera de Navarra y Gaziel desde Barcelona.

A Pío Baroja lo detuvieron el 18 de julio un grupo de carlistas. Por suerte fue liberado y al día siguiente partió de España y se instaló también en París. Se mostró en contra de “la dictadura blanca y de la negra” aunque en última instancia prefirió el “orden militar” a lo que calificó del caos de “dictadura negra”. Volvió a la Salamanca franquista en 1938 para su integración en el Instituto de España, pero regresó inmediatamente a Francia de la que no volvió hasta 1940. Su escritura del momento, de gran independencia y precoz posición en pos de una tercera España, lo convierte en uno de los autores de mayor actualidad. Y lo ubica también en el grupo más neutralista. Lo mismo que le ocurre a Gaziel, un excelente periodista catalán, que siendo director de la Vanguardia hasta 1936, se convirtió en el líder de opinión de la burguesía liberal y democrática. La FAI lo buscó pero se exilió en París hasta el final de la guerra, desde donde volvió. Fue acusado y absuelto por las autoridades franquistas. Es uno de los más claros exponentes de la llamada tercera España.

Finalmente, a otros liberal-conservadores la guerra les coge fuera de España, como a Gerardo Diego en Francia, de donde no vuelve hasta que las tropas de Franco retoman Santander.

 

4.2. Los republicanos liberales más neutrales: la militancia por la tercera España.

 

Comencemos con un caso singular, el de Unamuno. Considerado internacionalmente como una de las principales figuras del pensamiento hispano de entonces, es el primero de todos ellos que se manifiesta a favor de la sublevación franquista, si bien no tardará mucho tiempo en gritar, ante las propias barbas de la jerarquía nacionalista, el “venceréis pero no convenceréis”, lo que estuvo a punto de costarle la vida. Finalmente, el vasco irreductible morirá a las pocas semanas en Salamanca, aislado y prácticamente olvidado de los unos y los otros.

Hay un puñado de escritores, todos republicanos, que ya desde los primeros días de la guerra van a dar testimonio escrito en pro de una tercera España neutral frente a la dictadura militar y a la revolución. El que tuvo más repercusión internacional en un principio fue Salvador de Madariaga. Si bien había tenido cargos de representación republicana en el extranjero y llegó a ser Ministro de la República, aseveró que tras el nombramiento de Azaña, “…había entrado el país en una fase francamente revolucionaria…». Cuando estalló la guerra se encontraba en España pero se exilió de los dos bandos fijando su residencia en Inglaterra donde fue profesor de Literatura en la Universidad de Oxford. Sobre la guerra aseveró que “la revolución circulaba por el extranjero con disfraz republicano”. Se le considera el “inventor” de la tercera España, aunque en realidad fue el más conocido de sus divulgadores.

Otra de las figuras que defiende en sus escritos una tercera España liberal y democrática fue Clara Campoamor. Su carácter independiente frente a izquierdas o derechas se manifestó ya cuando hizo la defensa del voto femenino en la República en contra de una parte importante de la izquierda que le atribuyó por eso la derrota en las elecciones del 33. La derecha por su parte no le perdonó que asentara el divorcio. Tras el estallido de la guerra Clara Campoamor condenó los desmanes revolucionarios y aseveró que la distinción que hacía el gobierno frentepopulista “entre fascistas y demócratas no se correspondía con la verdad”. Ante la absoluta falta de seguridad personal en el Madrid revolucionario, Clara se marcha al exilio del que no volvería ya más. Escribió La Revolución española vista por una republicana” en donde denuncia que el “bando republicano” caminaba hacia una dictadura del proletariado. Murió sola y olvidada de todos.

El excelente escritor sevillano Chaves Nogales dirigía el periódico Ahora cuando estalló la guerra. Partidario de Azaña, continuó en la capital hasta que el gobierno frentepopulista “abandonó su puesto” en Madrid y se trasladó a Valencia, como él mismo cuenta. Se exilió primero a Francia y luego a Londres donde murió pronto. Chaves Nogales escribió uno de los libros más hermosos y lúcidos sobre la guerra civil: “A Sangre y fuego”. Para él toda la crueldad y estupidez que asola a España se debe “a la peste del comunismo y del fascismo” a partes iguales.

 

4.3. Los que aún en contra de la revolución, permanecieron fieles a una República imposible.

 

Son también partidarios de una España democrática que creyeron ver más en la continuidad de una República que comprendían ya en extinción, como algunos ponen de manifiesto en sus escritos. Su mayor implicación pro republicana hizo que en general tardaran más en volver a España. Algunos no vuelven hasta la Transición democrática y otros no lo harán nunca. La excepción estará en aquellos que se queden hasta el final de la guerra.

La figura de mayor importancia fue el poeta Juan Ramón Jiménez que se marchó de Madrid a América al comienzo de la guerra dejando todas sus pertenencias en Madrid (su piso fue asaltado; recuperó algunos documentos gracias a la gestión de Pemán). Juan Ramón defendió y ayudó siempre en lo que pudo a la República; su comportamiento político y humano fue desprendido y digno.

La mayoría son profesores universitarios y algunos además poetas, como Pedro Salinas y Jorge Guilén. A Salinas el estallido de la guerra lo cogió en Santander desde donde emigró a América para dedicarse a su labor como profesor. Su contundente republicanismo le costó que su exilio se prolongara en el tiempo. Ya hemos dicho que su amigo Jorge Guillén vivió los dos primeros años de guerra en Sevilla, pero finalmente también sale de España y se instala en Norteamérica como profesor. Visitó España a partir de los años cuarenta y se instaló definitivamente en los setenta.

Otros de estos profesores universitarios ostentaron además cargos en la República, lo que por coherencia, seguramente impulsaría su fidelidad a la misma. Américo Castro tuvo cargos de representaciones de la República en el exterior. Al estallar la guerra sale para San Sebastián, donde es detenido, pero puede seguir a Francia y es nombrado cónsul de Hendaya. Al poco tiempo renunció pues no estaba de acuerdo con los excesos que se estaban cometiendo, y se fue a París, de allí a Argentina y en 1938 se fue de profesor a Estados Unidos donde estuvo 30 años. Aunque no tuvo trabas, tampoco fueron amables con él a su regreso, en 1969. Tres años después falleció.

Claudio Sánchez Albornoz, diputado y ministro, fue desposeído de sus cátedras por el Frente Popular al estallar la guerra, salvándose de la represión revolucionaria porque se encontraba de embajador de la República en Lisboa, de donde salió tras el reconocimiento del gobierno portugués a Franco, el cual también le desposeyó de sus logros universitarios. Fue un sincero demócrata, manteniéndose alejado tanto del franquismo como del comunismo. Volvió a España en 1976. Poco antes declaró en una entrevista a Carmen Sarmiento: “…no podía estar con los rebeldes porque era liberal y republicano, ni podía estar con las gentes republicanas porque ya no lo eran; eran socialistas, comunistas, anarquistas…”

Hubo algunos republicanos excepcionales que se quedaron defendiendo una República imposible hasta el final de la guerra, como Jose Moreno Villa, pintor, historiador y escritor que pasó 20 años en la Residencia de Estudiantes donde se encontraba cuando estalló la guerra. Lo incluimos entre los pro republicanos y no entre los revolucionarios, pues en su excelentes Memorias, Vida en claro, ofrezca un diagnóstico cercano a la Tercera España y alejado del tópico de la lucha del “pueblo” contra el fascismo. Condena Moreno Villa no sólo los bombardeos franquistas sino alas partidas de milicianos que durante los primeros meses de la guerra asesinaron en Madrid a mansalva.

 

4.4. Otros son auténticamente de izquierdas pero también se van  debido a su independencia frente a la presión de las corrientes comunistas dominantes.

 

Luis Cernuda es el caso más emblemático dada la trascendencia de su obra literaria, hoy considerada cumbre. Comenzó su actividad política favorable a las izquierdas durante la República, firmando junto a Alberti, Altolaguirre, Lorca, etc. diversos manifiestos muy en boga durante el periodo. Su primer contratiempo lo tiene en la revista Hora de España, donde se le censuró un poema dedicado a García Lorca con una nota añadida humillante para Cernuda. La detención de un amigo acusado de homosexualidad pudo ser la gota que colmó el vaso, y Cernuda se marchó tan pronto como pudo, en 1938. Mientras tanto, en esos últimos meses de permanencia en España se automarginó del Congreso de Escritores Antifascistas que se celebraba en Valencia (se le excluyó de la ponencia de los jóvenes, acusado de trotskista). A pesar de todo eso nunca renunció a sus ideas.

Caso similar al de Cernuda es el de Rosa Chacel. En realidad fue la primera deserción revolucionaria pública, pues se marcha a París con su hija ya en marzo de 1937 (aunque no deserta de sus ideas, desde luego). Chacel es consciente desde el principio de la guerra, y así lo manifiesta, que sus escritos son considerados contrarrevolucionarios por las jerarquías comunistas, dado su espíritu anarquista.

Octavio Paz nos cuenta que todos los escritores de Hora de España vivían bajo la “mirada” de los comunistas. De hecho, no sólo Cernuda es llamado al orden por su poema a Lorca, también León Felipe llegará a ser interrogado. De ideología vagamente ácrata y cierta actitud frívola (criticada por Juan Ramón, entre otros), había participado en las famosas fiestas de los Alberti en el palacio de los Heredia Spínola. Su poema “la Insignia”, en el que denunciaba los saqueos de los milicianos en los primeros meses de la guerra, fue severamente censurado. Probablemente salvó su vida porque se marchó a finales de 1938. El poema “La Insignia” no consigue ser publicado en su totalidad sino ya en Méjico.

Ramón J Sender es un novelista que ya empezaba a tener un nombre antes de la guerra. Fue alférez en la guerra de Marruecos y desde el principio dedicó su literatura a la divulgación de ideas revolucionarias. Tras su paso por el anarquismo se posicionó como “compañero de viaje” comunista hasta que fue desposeído de sus cargos, al parecer  por razones políticas. Finalmente se exilió de la España de los suyos, pero también de la de los otros.

Alejandro Casona participó en las Misiones Pedagógicas durante la República y produjo obras de carácter radicalmente social. Al estallar la guerra se marchó a Hispanopamérica, donde estuvo hasta el año 62, que regresó a España para instalarse hasta su muerte, en 1965. No fue su independencia, ni su aversión al comunismo (colaboró un tiempo tras la guerra con él) lo que le llevó en este caso al exilio, sino posiblemente su preocupación por su seguridad personal.

 

  1. Los que murieron o fueron asesinados.

 

La guerra se cobró muchas víctimas mortales también entre los intelectuales. Y no solamente a causa de la violencia física. ¿Quién puede dudar de que las muertes de Manuel Azaña, Antonio Machado, o Miguel de Unamuno se debieron al dolor profundo producido por la contienda civil?

Casos desconocidos, no menos tristes, es el de los escritores veteranos, de espíritu conservador, que faltos de recursos, murieron en Madrid olvidados y en la indigencia, tras ser buscados por los milicianos para ser paseados. Los casos más relevantes y casi escandalosamente desconocidos fueron los de los escritores Armando Palacio Valdés y Serafín Alvarez Quintero.

 

5.1. Los intelectuales liberales-conservadores, cristianos, directamente proclives a Franco o incluso pertenecientes al propio Frente Popular, asesinados por el bando “republicano”.

 

El primer intelectual muerto a causa de la violencia de la guerra fue una víctima derechista. Es también el de un gran desconocido, quizás por ser precisamente un conservador: Hinojosa. Sólo el dominio abrumador de los aparatos de reproducción cultural por parte de la izquierda durante estos últimos 35 años pueden explicar una y otra vez estos ocultamientos históricos.

Hinojosa fue un poeta de corte surrealista que empezó en Málaga junto a Prados o Altolaguirre. Fue asimismo amigo de los poetas de la generación del 27. En 1925 hizo un viaje nada menos que con Bergamín, y a la URSS. Pero todas estas circunstancias no impidieron su muerte, pues a causa de su militancia en el Partido Agrario fue llevado al paredón de la tapia del cementerio, en Málaga, junto a su padre y hermano.

Pedro Muñoz Seca, dramaturgo de éxito, fue asimismo asesinado en el otoño de 1936 en Paracuellos del Jarama junto a miles de correligionarios, en la que se considera la matanza más sistemática y atroz de la guerra civil. Había gritado un imprudente “Viva España” tras la rebelión militar en un estreno de una obra suya en Barcelona.

Durante un tiempo, el bando llamado nacional quiso utilizar de forma propagandística el asesinato de la figura de Maeztu como contraposición al de Lorca. Maeztu fue llevado a prisión en julio de 1936 y lo mataron en octubre del mismo año. Durante su juventud había sido un radical izquierdista. Hacía los 30 años se centró en el republicanismo pero ya en la Dictadura de Primo de Rivera fue evolucionando a posiciones extremas de derechismo. Fue la primera muerte de un intelectual que tuvo gran relevancia mediática y política.

Otra de las figuras asesinadas, esta vez republicana de carácter conservador, fue Melquíades Alvarez, fundador del Partido Reformista. Su muerte hizo patente la inseguridad de los que a pesar de ser republicanos, no  comulgaban con los  postulados izquierdistas.

Por lo demás, dejando aparte el asesinato de figuras más claramente comprometidos con la rebelión de julio del 36, como José Antonio o Ledesma Ramos, la lista de víctimas mortales de intelectuales, artistas y escritores del campo conservador es muy amplia, aunque de nombres menos conocidos. Citemos aquí a dos que sí lo son, Manuel Bueno, escritor y periodista, famoso por la reyerta que tuvo  con Valle Inclán, cuyas secuelas le hicieron perder el brazo; y Víctor Pradera, intelectual conservador navarro, abuelo del que fuera importante periodista de El País, Javier Pradera.

Por último, y teniendo en cuenta la “guerra civil” que existió en determinados momentos entre las propias utopías revolucionarias del bando “republicano”, es obligado mencionar aquí a Andreu Nin, fundador del POUM, asesinado por los comunistas, hecho que tuvo una repercusión internacional.

 

  1. 2. Los intelectuales republicanos, izquierdistas o afines, muertos por el bando “nacional”.

 

No menos numerosa es la lista de científicos, escritores e intelectuales asesinados por el bando franquista. Para empezar y aunque no fuese producto directamente de la violencia, la de Miguel Hernández, muerto de enfermedad y hambre en la cárcel franquista, puede considerarse consecuencia de la represión del bando “nacional”.

Pero sin duda el asesinato que desde entonces ha calado más hondo en la opinión pública internacional de toda la guerra civil fue el de Federico García Lorca. Básicamente por la talla universal del artista, pero también, porque ya se ha dicho que la propaganda “republicana” tuvo mucho más repercusión internacional que la “nacional”, teniendo en cuenta la mayor presencia “progresista” en la prensa desde siempre. Se ha escrito tanto sobre el asesinato de Federico que aquí sólo vamos a resumir brevemente algunas de las explicaciones que se le han dado: según algunos Lorca fue la víctima inocente de las rivalidades entre caciques locales (su padre lo era), otros dicen que fue víctima de su homosexualidad, otros que de la envidia, y otros que de sus (tenues) implicaciones políticas. Quizás la explicación estriba en un compendio de todas esas razones.

Una de las víctimas del franquismo más conocidas hasta hoy por ser considerado el “padre de la patria andaluza” fue el notario de Coria, Blas Infante. De ideología nacionalista (visitó en la cárcel de El Puerto al insurrecto contra la República, Companys) y proclive al islamismo, fue apresado por un grupo de falangistas, que lo fusilaron a principios de la guerra civil.

Aunque no directamente violenta, la lamentable muerte de Besteiro es debida a la represión franquista. Julián Besteiro hizo siempre gala, dentro del Partido Socialista, de sentido común, moderación, bondad y coherencia. Fue un aplaudido y neutral Presidente de las Cortes durante la República. Se mostró en contra, frente a Largo y Prieto, de la insurrección socialista violenta contra la República de Octubre de 1934, por lo que quedó marginado del PSOE. Durante la guerra, se quedó en Madrid mientras el Gobierno de la República huyó a Valencia. Partidario de la negociación con Franco, fue la única figura política que permaneció en Madrid para recibir a las tropas de Franco. El gobierno de Franco no tuvo piedad (aunque no lo penó a muerte) y fue condenado a 30 años. Murió en prisión víctima de la enfermedad y de las malas condiciones carcelarias.

Una de las figuras legendarias del anarquismo español es la de gaditano Vicente Ballester, fusilado en septiembre de 1936.

Finalmente una aclaración, en este caso en relación al mito de la represión de la guerra, en general. Suelen sumarse a ella, bandidos, que si bien fueron sometidos a juicios sin garantías, no pueden considerarse inocentes. Elegimos aquí a uno que simboliza esa situación: el “socialista” Agapito García Atadell. Director de una checa madrileña, formó la terrorífica “Brigada del Amanecer” que buscaba a miembros derechistas escondidos en Madrid. Asaltaba sus casas, violaba a sus mujeres y robaba. Fue detenido  y fusilado por el bando franquista, al parecer por un chivatazo del cineasta Buñuel, cuando en 1937 trataba de huir con el botín.

(2011) LOS TESTIMONIOS DE LA TERCERA ESPAÑA: 70 AÑOS DE SILENCIO.

Contrariamente a lo que se cree, durante la guerra civil una gran parte de los escritores e intelectuales españoles se marcharon del país. Fue una emigración que tuvo lugar sobre todo en los primeros meses de la guerra y desde la España en manos del Frente Popular, lo cual contradice tres extendidos mitos: uno, el de considerar que el exilio mayoritario de intelectuales tuvo lugar desde la España franquista; dos, la creencia de que los intelectuales se quedaron masivamente a defender una República que en realidad había dejado de existir; y el último, el de considerar que el exilio importante se produce tras la victoria de Franco, y no como fue, en los primeros meses de la guerra. Lo dice Julián Marías en sus Memorias: “la gran mayoría de la emigración intelectual no se produjo en 1939, al  final de la guerra, sino en 1936, a su comienzo” [1].

El hecho de que la mayor parte de los escritores e intelectuales huidos de la España en manos del gobierno del Frente Popular fueran precisamente republicanos se explica porque la República había quedado en manos de organizaciones revolucionarias que habían subvertido la naturaleza del sistema. De hecho, la inmensa mayoría de estos republicanos sufrieron en uno u otro momento, sobre todo en el Madrid revolucionario, detenciones arbitrarias, persecución y hasta la propia muerte (Melquíades Álvarez  por ejemplo, del partido Radical republicano).

La mayor parte de los intelectuales que se marcharon y muchos de los que se quedaron, hubiesen preferido una tercera España liberal, imposible después del 18 de julio. Lo que no fue óbice para que muchos de ellos, según se desarrollaron los acontecimientos, acabaran prefiriendo a alguno de los bandos en liza, aunque siempre como mal menor y por razones diferentes a su identificación con el programa totalitario que dominaba en ambos.

Pero de entre todos esos intelectuales, hoy vamos a centrarnos en algunos de ellos que ya desde las primeras semanas de la guerra tuvieron la lucidez, el compromiso, y la independencia de criterio de hacer un diagnóstico de condena a los extremismos dominantes en cada bando y de defensa de un país democrático y liberal, lo que en aquella España les podría haber supuesto la muerte por cualquiera de ambos bandos. Nos estamos refiriendo a un puñado de intelectuales que dieron testimonio de su militancia a favor de una tercera España imposible. Curiosamente, todos ellos son autores de libros que reúnen una serie de características comunes: son libros que han permanecido desconocidos o poco conocidos pues fueron escritos durante la guerra o en tiempos próximos a ella, pero no han sido publicados en España hasta los alrededores de los años 2000; todos ellos son de lectura obligada para los que quieran introducirse en la Guerra Civil española; todos están escritos por republicanos, en algunos casos conservadores, en otros progresistas; en todo caso están vistos desde una posición liberal y democrática, que condena tanto a fascistas como a revolucionarios; y son imprescindibles para conocer la auténtica actuación de la izquierda revolucionaria en la República y la Guerra Civil.

No en vano, estos libros fueron silenciados durante más de 70 años, primero por la dictadura de Franco, y más tarde, por los aparatos culturales de la España democrática, mayoritariamente en manos de la izquierda, molesta con que prestigiosos republicanos dieran testimonio del pasado totalitario de la misma.

Empezaremos con alguien que fue una de las figuras claves de la República, Clara Campoamor. Recordemos que fue la auténtica campeona del voto femenino, en contra de una buena parte de la izquierda, que le atribuyó por ello la derrota del 33.

A principios de la guerra, Clara Campoamor, ante la falta de seguridad personal, huyó del Madrid revolucionario, permaneciendo en el exilio hasta su muerte. En 1937 publicó en francés La revolución española vista por una republicana[2], título suficientemente explícito que no se publicó en España hasta la década del 2000. En él no sólo contó el terror del Madrid del 36 (como ella mismo explicó, miles de ejecuciones hechas con ayuda de unas listas preparadas ya desde el movimiento revolucionario de 1934) sino que hizo un análisis de lo que ocurrió en la guerra.  Dice Clara que “desde el principio de la lucha los republicanos ya no contaban. Si les han conservado una mínima representación en el gobierno revolucionario de Largo… es para salvar las apariencias, para poder negar en el extranjero que España se encontraba bajo un gobierno rojo”[3].

Clara desmonta la propaganda montada por el gobierno nominalmente republicano:  “la división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la verdad” “…hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental…”[4].

Su posición de republicana liberal, beligerante tanto con el bando franquista como con la revolución explican el por qué sus libros han permanecido sin publicar en España estos 70 años.  “Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo. Soy liberal”[5].

En la semblanza que le hace su editor, éste dice que “la derechota nunca absolvió a Clara Campoamor de ser republicana….la izquierdota jamás le perdonó el haber traído el voto de la mujer ni el haber condenado las salvajadas en la zona republicana durante la guerra civil”[6].

Al gran escritor sevillano Manuel Chaves Nogales no se le ha empezado a hacer justicia hasta tiempos muy recientes. Fue el autor de uno de los relatos literarios más bellos y lúcidos sobre el conflicto, A sangre y fuego[7], de 1937, aunque no fue publicado en España hasta fechas muy recientes. En los años 30 era el director del periódico Ahora en Madrid en el que como él mismo dice iba “sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una República democrática y parlamentaria”[8].

Cuando estalló la guerra. permaneció en la capital por fidelidad al periódico (tomado por una Consejo Obrero) y a la idea de República, hasta que el gobierno que teóricamente la representaba “abandonó su puesto” en Madrid y se trasladó a Valencia. A continuación, él mismo se marchó también: “En mi  deserción  pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como las que vertían los aviones de Franco…[9]

Se exilió primero en París y luego en Londres, donde moriría muy pronto (1944). Bajo la óptica de ese liberalismo al que no renunció en ningún momento, realizó uno de los más precoces y actuales juicios acerca de la guerra civil española y de su posible desenlace: “…la peste llegó en distintas dosis de los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín…”[10]  o  “El resultado de esta lucha no me preocupa. No me interesa saber que el dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras”[11].

El propio Chaves Nogales entendió mejor que nadie su condición de proscrito por parte de ambos bandos: “(yo)…había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”[12].

Como dirá su prologuista, Ana R. Cañil: “una vez estallada la guerra Chaves intenta pertenecer a una tercera España imposible…”[13]. Y tanto. Su neutralidad lo ha apartado de los manuales de Literatura durante demasiados años.

A Pío Baroja, nuestro tercer escritor, lo detuvieron los carlistas el mismo 18 de julio. Por circunstancias afortunadas fue liberado y al día siguiente partió de España y, salvo alguna esporádica visita, se marchó a París donde se instaló hasta su vuelta, en 1940. Durante su exilio francés  escribió una serie de ensayos y artículos sobre la guerra recogidos en un libro bajo el título de “Ayer y hoy”[14], publicado en Chile en 1939, aunque a España no llega sino hasta muy a finales de los años 90.

Desde los primeros días de la guerra Baroja mantuvo un discurso en pos de una tercera España liberal, lamentándose de los malos momentos que el liberalismo atravesaba: “Ya, según opinión general, no se puede ser mas que fascista o comunista. El liberalismo según esa opinión ha muerto…”[15].  Aunque dice que eso pasaba en todas partes, no ocurría con los intelectuales españoles: “yo no pretendo ser la voz de los intelectuales españoles pero la mayoría de ellos están dentro del liberalismo y fuera de los tendencias totalitarias, sobre todo del comunismo”[16].

Pío Baroja entiende que la guerra se produce cuando la España no frentepopulista responde al acoso revolucionario. Tras señalar que el puño del Frente Popular se torna amenazante: “no era saludo sino intimidación”, se refiere a la respuesta de los amenazados: “Los ofendidos… pensaron que para ellos ya no había tregua y se prepararon para la lucha”[17].

Hay un pasaje en el que reconoce que no hay alternativa a las dos Españas dictatoriales en liza: “En este momento en que blancos y rojos luchan con una rabia desesperada en España, no parece que pueda haber solución intermedia. Esto es lo peor. O dictadura roja o dictadura blanca. No hay otra alternativa. Yo no soy un reaccionario, ni un conservador. Tampoco tengo intereses prácticos en uno o en otro bando….A pesar de todo, creo que una dictadura blanca no siendo clerical es hoy por hoy, preferible para España. Una dictadura de militares se puede suponer lo que va a ser: Consignas más o menos severas, pero con sentido. Una dictadura roja en todos los países es lo mismo, un poder lleno de equívocos, de intenciones obscuras y de confusiones”[18].

Pero su auténtica posición es: “Yo, parodiándole (a kierkegaard), podría decir que íntimamente, en esta cuestión de la política española, si mi opinión valiera, sería ésta: Ni lo uno, ni lo otro… pero esto no decide nada”[19].

Uno de los primeros intelectuales en acuñar la idea de la Tercera España, y desde luego el primero en darla a conocer internacionalmente fue Salvador de Madariaga. Diputado, embajador y ministro de la República, al estallar la guerra se encontraba en España pero se exilió de los dos bandos en lucha, fijando su residencia en Inglaterra (se definió como «neutral, igualmente distante de ambos bandos»), donde nuevamente dio clases de español en Oxford.

Madariaga publicó el libro “España. Ensayo de Historia Contemporánea” en 1929 en Londres y desde entonces iba publicando cada cierto tiempo nuevas ediciones en las que incorporaba el relato de los acontecimientos que habían sucedido desde la edición anterior. A partir de la Guerra Civil todas las ediciones fueron publicadas fuera de España hasta 1978. Sin embargo la campaña que sufrió en la Transición por parte de una izquierda ubicua en los medios (recordemos el chotis de Ana Belen: “hay tres mendas preocupados por España, Solzhenitsyn, Albornoz y Madariaga”) hizo que su memoria quedase desacreditada ante las nuevas generaciones de entonces y silenciada posteriormente. Máxime cuando entre otras cosas Madariaga sentenció «Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936»[20].

Respecto al supuesto apoyo de los intelectuales a la llamada República Madariaga señaló: «En esta atmósfera de violencia la vida del espíritu era imposible. Al comienzo de la guerra se obligó a los intelectuales del país a firmar un manifiesto en favor de la República, es decir de la revolución que por el extranjero circulaba con disfraz republicano. Los tres escritores que habían fundado la Asociación al Servicio de la República en 1931, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, repudiaron este manifiesto en cuanto se vieron libres en la emigración»[21].

El clima social en la República tras el triunfo del Frente Popular lo describió Madariaga así: «…Aumentaron, en proporción aterradora, los desórdenes y las violencias, volviendo a elevarse llamaradas y humaredas de iglesias y de conventos hacia el cielo azul, lo único que permanecía sereno en el paisaje español. Continuaron los tumultos en el campo, las invasiones de granjas y heredades, la destrucción del ganado, los incendios de cosechas. …En el país pululaban agentes revolucionarios a quienes interesaba mucho menos la reforma agraria que la revolución. Huelgas por doquier, asesinatos de personajes políticos de importancia local. …Había entrado el país en una fase francamente revolucionaria»[22].

José Moreno Villa fue un pintor, historiador y escritor algo mayor que el resto de la generación del 27, que pasó 20 años en la Residencia de Estudiantes, donde se encontraba cuando estalló la guerra. En 1944 publicó en Méjico su importante autobiografía Vida en claro reeditada en 1976, y hoy recuperada en 2006 por Visor[23], uno de los testimonios más hermosos sobre la guerra civil. En él nos cuenta cómo la Residencia de Estudiantes de Madrid fue despoblándose casi por completo y cómo la servidumbre comenzó a mirar a sus moradores como enemigos burgueses a los que se les podía coaccionar con la amenaza del “paseo”, lo que provocó que el propio director y su familia se marcharan de ella, y aún de España.  De fidelidad a una República que en realidad ya no existía, aunque “no rojo” (“…Y no se me tome por un rojo…”[24])  y partidario del orden, vino anunciando la guerra entre unos y otros desde 1935.  Pocos dan un diagnóstico tan alejado de la ortodoxia dominante:  ”La cosa no era, pues, tan simple como se decía: no era la lucha del pueblo contra tales o cuales poderes tradicionales, sino del pueblo con el pueblo además. La clase baja estaba tan dividida como la burguesa, y como la militar y como la eclesiástica. Estábamos pues en guerra civil”[25]. Cuenta Moreno Villa que habiendo miedo ante la posibilidad del bombardeo o de la toma militar de Madrid, no lo había tanto como ante “el hombre fiera, que sin saber leer ni entender las explicaciones exigía papeles de identificación”[26], refiriéndose a las partidas de milicianos incontrolados que recorrían Madrid.

Uno de los libros de reflexión sobre nuestra guerra menos conocidos fue el escrito por Agustí Calvet (Gaziel) en la posguerra “Meditaciones en el desierto”[27]. Gaziel fue un gran periodista que pasó la guerra al servicio de Cambó. Admirador de la obra de Cánovas fue un implacable crítico de la sublevación del 18 de julio y del papel que las clases dirigentes españolas tuvieron en los años 30 en España. También critica la pasiva posición de los intelectuales ante la evolución de los acontecimientos Dice que la España del 36 “no era un todo, sino que estaba partida en tres trozos, en tres Españas perfectamente diferenciadas, dos pequeñas y una grande. Las dos pequeñas eran la España propiamente fascista y la España propiamente comunistoide: dos facciones rabiosas integradas por fanáticos enloquecidos y equivalentes, empeñadas en arremeter una contra otra y en asesinarse mutuamente, aunque para ello hiciera falta hundir el país en una guerra civil pavorosa. La tercera España, la mas grande con diferencia, estaba formada por la mayoría de los ciudadanos que captaba mas o menos claramente el peligro…las dos pequeñas facciones de locos consiguieron meter a todos los españoles dentro de la hoguera encendida por ellos”[28].

Entre las figuras literarias no españolas que dieron testimonio valiente de su neutralidad ante el extremismo dominante en ambos bandos destacan Carlos Morla Lynch  y José María Chacón y Calvo.

Carlos Morla era un diplomático chileno, destinado en Madrid en aquellos años. Amigo íntimo de Lorca, desde su llegada a Madrid en 1928 convirtió los salones de su casa, como antes había hecho en París, en un centro literario por donde pasaron todos los escritores de todas las Españas. La guerra le sorprende en la embajada chilena de Madrid donde albergará a miles de refugiados sospechosos de derechismo, a los que salvará la vida. Lo mismo que hará con los republicanos madrileños al final de la guerra. Como Schindler (el de la lista de Spielberg), el dandy Morla esta pidiendo a gritos una película española acerca de su historia y de su importantísima acción humanitaria.

En la embajada de Chile en Madrid, entre 1936 y 1939 sigue escribiendo sus diarios de siempre, que no serán publicados hasta 2008, bajo el título España sufre[29], con prólogo de Andrés Trapiello, su auténtico descubridor y valedor (y el autor del libro de referencia por antonomasia de las vicisitudes de los intelectuales españoles durante la guerra civil[30])).

El propio Morla se daba cuenta del valor testimonial de sus diarios: Trapiello dice que constituyen “acaso el más importante documento del Madrid en guerra”[31]. Sabe que si cayeran en manos de los “hunos y los otros”, como él dice,  su vida correría peligro. No en vano, si bien en un principio se muestra inclinado a favor del gobierno en consonancia con su posición de liberal de izquierdas, termina sosteniendo: “yo considero el triunfo de cualquiera de los dos bandos como un desastre”[32].

El caso de José maría Chacón y Calvo, es muy parecido al de Morla: diplomático cubano del Madrid de 1936 dedicado por entero a la labor humanitaria de salvar cientos de vidas, y también autor de unos diarios ajenos al rojo y azul de aquella España, Diario íntimo de la Revolución española (Verbum)[33], escrito entre julio y noviembre de 1936 y publicado en España en 2009.  Chacón no está con la sublevación militar, pero finalmente tampoco con los otros, pues “los que dicen sostener a este régimen de libertad, asaltan las cárceles, las incendian, ponen libres a los presos comunes y fusilan a los políticos….” (como a Melquíades Alvarez).

…¿Contra quién debe luchar entonces esta España? Contra la sublevación militar, desde luego, pero también contra esa barbarie desatada, contra esa corriente anárquica, disociadora, suicida.”[34]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Julian MARÍAS, Una Vida presente I  (1914-1951), Mdrid, 1988. p. 200; cfr., Burnet BOLLOTTEN,  La Guerra…p. 290-

[2] Clara CAMPOAMOR, La Révolution espagnole vue par une republicaine, Paris, 1937.

[3] Clara CAMPOAMOR, La Revolución española vista por una republicana, Madrid, 2009. p.124.

[4] Ibid., p. 149.

[5] Ibid., ps. 177-178.

[6] Ibid., p. 17.

[7] Manuel CHAVES NOGALES, A sangre y fuego, Madrid, 2010.

[8]

[9] Ibid., p.28.

[10] Ibid., p.26.

[11] Ibid., p. 29.

[12] Ibid., p. 27.

[13] Ibid., p. 12.

[14] Pío BAROJA, Ayer y hoy (Memorias). Madrid, 1998.

[15]

[16] Ibid., p. 64.

[17] Ibid., p. 75.

[18] Ibid., ps 137-138.

[19] Ibid., p. 138.

[20] Salvador de MADARIAGA, España. Ensayo de Historia Contemporánea, Madrid, 1978. p. 363.

[21] Ibid., ps 421-422.

[22] Ibid., ps 376-377.

[23] Jose MORENO VILLA, Vida en claro, Madrid, 20056

[24] Ibid, p. 22.

[25] Ibid., p. 151.

[26] Ibid., p. 153.

[27] Agustí CALVET “GAZIEL”, Meditaciones en el desierto (1946(1953), Barcelona, 2005.

[28] Ibid., pp 233-234.

[29] Carlos MORLA LYNCH, España sufre (diario de guerra), Salamanca, 2008.

[30] Andrés TRAPIELLO, Las armas y las letras,. Barcelona, 2010.

[31] Ibid., p. 114.

[32] Carlos MORLA LYNCH, España…, Op. Cit., p. 171.

[33] José María CHACÓN Y CALVO, Diario íntimo de la revolución española, Madrid, 2009.

 

[34]  Ibid., pp 87-88.

(2011) Recensión del libro de Carlos Morla Lynch, España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, 1936-1939. Salamanca, Editorial Renacimiento, 2008, 830 pp.1)

La versión de la guerra civil que la historiografía progresista ha logrado hacer prevalecer en todos estos años de democracia se ha fundamentado en la legitimidad de una supuesta República liberal frente al carácter dictatorial del franquismo.

En realidad, la legitimidad democrática de la República comenzó a tambalearse tras los embates revolucionarios de la izquierda a partir de octubre de 1934: la insurrección llamada de “Asturias”, aunque en realidad nacional; las irregulares y coactivas elecciones del 36, la ausencia de garantías durante la llamada “primavera trágica”, el cese anticonstitucional del Presidente de la República y el asesinato de uno de los jefes de la oposición bajo el amparo del gobierno frentepopulista, entre otros sucesos. Y dejó de ser definitivamente un Estado de Derecho con la decisión gubernamental de dar armas a organizaciones particulares. Por eso, lo que la historiografía progresista y la izquierda española han estado defendiendo en realidad estos últimos 35 años, no ha sido esa República liberal y democrática soñada e inexistente (en gran parte por la propia responsabilidad izquierdista), sino el comportamiento de uno de los dos bandos que llevaron a la mayoritaria tercera España liberal a la guerra: el bando frentepopulista, un conglomerado de fuerzas jacobinas y revolucionarias bajo la coordinación de Stalin.

No será hasta la década de los 2000 cuando la ninguneada versión de la tercera España -esa mayoría liberal sometida forzosamente al encontronazo entre fascistas y revolucionarios- comience a tener cierta presencia intelectual y mediática. Y es entonces cuando se pone de manifiesto que no sólo hubo manipulación histórica durante el franquismo: En los últimos 35 años hemos asistido a no pocos manejos para preservar la imagen “democrática” que la izquierda española había conseguido para la causa frentepopulista. Como por ejemplo el del ocultamiento sistemático de los testimonios que hablasen a las claras del intento de imposición violenta de las utopías izquierdistas, especialmente si provenían de intelectuales auténticamente republicanos.

Es el caso del libro España sufre, de Carlos Morla Lynch, relegado al olvido durante casi 70 años: Escrito en Madrid entre 1936 y 1939, los años del sitio, no ha sido publicado hasta el año 2008, con prólogo de Andrés Trapiello, su valedor y el que lo ha dado a conocer (lo que dice mucho de la honestidad y del rigor intelectual de un hombre de izquierdas como él).

Carlos Morla era un diplomático chileno, destinado en Madrid en aquellos años. Personaje de vida mundana, culto y de porte dandy, aunque liberal y dado a mezclarse en garitos y conversar con gentes de todo tipo, dado su carácter expansivo. Casado con María Manuela Vicuña, Bebé en el diario, se separó de ella tras la muerte de sus dos hijas (tenían tres hijos y sólo sobrevivió el niño, Carlitos), aunque permanecieron viviendo bajo el mismo techo de una manera civilizada e incluso afectuosa, pues en no pocas ocasiones Morla habla en el libro de su admiración por aquella mujer guapa y de fuerte carácter.

Amigo íntimo de Lorca, desde su llegada a Madrid en 1928 convirtió los salones de su casa, como antes había hecho en París, en un centro literario por donde pasaron todos los escritores de todas las Españas: Desde Alberti y Neruda, pasando por Cernuda, Salinas o Guillén, hasta Gerardo Diego y d´Ors.

La guerra sorprende a Morla en Madrid, en la embajada de Chile, donde sigue haciendo sus anotaciones diarias en medio de una ciudad en manos de partidas de milicianos que peinan barrios y saquean pisos a la búsqueda de “fascistas”, en la que sus calles, tapias, y cunetas aparecen sembrados de cadáveres y donde rige la ley de los tribunales populares y las checas. En fin, una ciudad donde ocurren toda clase de atrocidades toleradas o alentadas por organizaciones de izquierdas e incluso por cierta prensa, como ocurre con el célebre El Mono Azul, periódico de la Alianza  Antifascista de Intelectuales, dirigida por Alberti y Bergamín, donde había una sección titulada  “A paseo”, claramente incitadora a la persecución de escritores enemigos.

Uno de ellos, el escritor falangista amigo de José Antonio, Sánchez Mazas, precisamente será acogido como uno de los más de 2000 refugiados que Morla llegó a amparar a lo largo de la guerra en los edificios de la embajada chilena. El día a día en la embajada y en su casa, donde llega también a albergar a más de 50 refugiados, será el leitmotiv de España sufre, así como las intensas actividades que Morla desarrolla fuera para salvar vidas: hablar con los principales autoridades republicanas, parlamentar con los milicianos que rodean la embajada, siempre en peligro de ser asaltada, buscar comida, negociar el canje de prisioneros, acudir a las diferentes reuniones diplomáticas, viajar, planificar evacuaciones y hasta organizar una peligrosa mudanza con sus refugiados, tras un bombardeo. Además, a ratos, Morla toca el piano, juega al póker, bebe una copa o acude a garitos y rincones de Madrid, donde saluda a sus innumerables amigos populares, lo que le permite trasladarnos la vida cotidiana de las gentes de la ciudad, aumentando así el interés testimonial de sus anotaciones de hombre neutral dispuesto siempre a preservar la vida de los perseguidos que huían de los paseos y las checas. Lo mismo que hará por cierto con los republicanos que se lo pidan en 1939, tras la entrada de Franco en Madrid.

Morla se da cuenta del valor testimonial de sus diarios (Trapiello dice que constituyen “acaso el más importante documento del Madrid en guerra”). Sabe que si cayeran en manos de los “hunos y los otros”, como él dice,  su vida correría peligro. No en vano, si bien en un principio se muestra inclinado a favor del Frente Popular, termina sosteniendo: “yo considero el triunfo de cualquiera de los dos bandos como un desastre”. Lo cual lo convierte en uno de los primeros representantes intelectuales de una tercera España liberal y democrática. Pero, como se ha dicho, no el único. Otros han ido saliendo a la luz o han tomado relevancia en los últimos años. Todos ellos han escrito libros que participan de las mismas características de España sufre: Fueron escritos en los años 30 0 40, pero o han sido olvidados, o no se han publicado hasta los alrededores de los años 2000 (como se verá más ampliamente en el artículo siguiente): Chacón, Campoamor, Pío Baroja, Chaves Nogales, Otros muchos autores se pronuncian en uno u otro momento en contra de los extremos tanto de la derecha como de la izquierda, aunque en muchos casos, por razones diversas, decidan permanecer más cerca de unos que de otros o viceversa: Moreno Villa, Gómez de la Serna, Cansinos Assens, Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala, Rosa Chacel, Cernuda, Guillén, Madariaga, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Corpus Barga, Juan Ramón Jiménez, Ramon J. Sender y otros. La mayor parte de ellos se marcha de la España “republicana”, y no de la “nacional”, como una y otra vez se repite (la idea es que el exilio tuvo lugar tras la victoria de Franco; idea falsa de toda falsedad).

(2010) OCTUBRE DE 1934: EL ENVÉS DE LA MEMORIA

El pasado octubre, en su sección «Efemérides», el Diario de Cádiz recordaba el telegrama que los socialistas gaditanos enviaban en 1935 a Largo Caballero para darle el pésame por la muerte de su esposa y expresarle su solidaridad, pues se encontraba en prisión preventiva a causa, decía el cronista, de «su responsabilidad en los sucesos revolucionarios de Asturias«.

¿En qué consistieron aquellos sucesos, y qué consecuencias tuvieron? Estamos hablando de la insurrección armada que protagonizó la izquierda española en octubre de 1934 contra la II República. Conocida eufemísticamente como «la revolución de Asturias», o simplemente como «la huelga de Asturias», su carácter de asalto al estado republicano ha sido rebajado o silenciado debido a la influencia de la historiografía progresista, dominante desde finales del franquismo.

En efecto, durante todos estos años se ha presentado los hechos de octubre del 34 como una especie de rebelión cuasi espontánea de los mineros asturianos, que habrían empujado a los líderes izquierdistas a encabezarla (eso dice, por ejemplo, el historiador Preston); un incidente sonado, si se quiere, pero menor, aislado y sin relación con la guerra civil.

En realidad, la insurrección tuvo lugar en 26 provincias, aunque los sucesos más graves se produjeran en Asturias, Cataluña, País Vasco y Madrid. El historiador Stanley Payne, apoyándose en los mejores estudios, estima que murieron unos 1.300 rebeldes (1.100 en Asturias, 107 en Cataluña, 80 en Vizcaya y Guipúzcoa, 34 en Madrid, 15 en Santander; el resto, en las demás zonas afectadas). Las muertes entre soldados y policías rondaron las 450. Asimismo, fueron asesinados decenas de curas. Al decir de Payne, fue la mejor armada de las revoluciones izquierdistas registradas en la Europa de entreguerras.

Hoy en día se conocen muy bien los hechos y sus fatales consecuencias: diversos historiadores de nota, entre los que destaca Pío Moa, han explicado cómo los líderes socialistas (y de la Esquerra) planificaron la sublevación; cómo instruyeron, desde su comité técnico revolucionario, para que tuviese «todos los caracteres de una guerra civil»; cómo organizaron la huelga revolucionaria, acumularon importantes cantidades de armas y prepararon el secuestro o exterminio de enemigos políticos; cómo se infiltraron en el ejército; cómo Companys declaró el estado catalán; cómo Besteiro, el único líder socialista opuesto a la sublevación, fue apartado de la dirección de la UGT (su domicilio fue tiroteado), y cómo los republicanos de izquierdas se echaron pronto atrás, al ver que las cosas no salían. Todos estos hechos, y otros, están hoy debidamente documentados.

La trascendencia de la sublevación radica en que no fue organizada por grupos periféricos, sino nada menos que por el principal partido de la oposición, el socialista (en compañía de otros), que pretextó argumentos probadamente falsos: por un lado, un supuesto riesgo de fascistización del país debido a la entrada en el gobierno de tres ministros de una CEDA que en 1933 había ganado las elecciones más limpias de la República, pero que sin embargo no quiso entrar en el ejecutivo hasta, precisamente, octubre de 1934, por ver de apaciguar a una izquierda enfurecida. Los propios Araquistain y Largo Caballero negaron en uno u otro momento tal peligro de fascistización. Por el otro, los supuestos abusos que sobre los trabajadores habría perpetrado el «gobierno de la oligarquía», apelativo en clave marxista que el historiador Tuñón de Lara utilizaba para designar al gabinete de centro-derecha que había salido de las urnas. En realidad, 1933 había sido un año más duro que 1934 en cuanto a condiciones de vida, y los mineros no eran precisamente el sector en peor situación…

No. Como bien apunta Pío Moa una y otra vez, la insurrección socialista buscaba implantar un régimen revolucionario. La documentación en ese sentido es concluyente: basta leer, entre otras, las instrucciones secretas del comité, la prensa y la propaganda del PSOE y los escritos de Besteiro.

Los propios revolucionarios planearon blanquear los hechos en caso de que la operación se saldara con un fracaso, que fue lo que finalmente sucedió. Así, negaron con descaro su participación en la intentona y recurrieron como explicación de la misma a la reacción espontánea de la clase obrera y al «peligro fascista». Con posterioridad, historiadores afines, de gran influencia académica y mediática, han venido insistiendo en ello.

Payne señala que nunca hubo arrepentimiento socialista (aún hoy no hay crítica oficial, aunque sí alguna particular, como la de Prieto y, creo recordar, la de Leguina). Al contrario, a lo largo del 35, numerosos libros, reportajes y folletos exaltaron la sublevación. Es más: lo que hicieron las izquierdas fue lanzar una campaña virulenta sobre las «atrocidades» cometidas en el marco de la represión de la intentona; campaña que tuvo el efecto de hacer olvidar la responsabilidad de aquéllas en los hechos y poner de su lado a gran parte de la opinión pública, incluso en el extranjero.

La campaña de marras olvidaba las salvajadas de los insurrectos, y en muchos casos exageraba o mentía sobre las cometidas por el gobierno. Como dice Payne, la realidad es que no tenemos estadísticas fiables al respecto, pues si bien las izquierdas anunciaron que realizarían una investigación a fondo cuando llegaran al poder, tras la victoria del Frente Popular dieron largas al asunto, a pesar de la insistencia del centro-derecha para que, de una vez por todas, se llevara a cabo.

La campaña caló a modo en unas bases que en 1936 se comportaron de manera muy distinta a como lo hicieron en 1934, cuando dejaron a sus líderes en la estacada. Nada más producirse la victoria frentepopulista –en un contexto de graves desórdenes públicos, con quemas de conventos y de sedes de partidos como el Republicano Radical–, grupos de incontrolados hicieron incursiones violentas en las cárceles para liberar a los izquierdistas insurrectos, y el 21 de febrero se concedió a toda prisa la amnistía largamente anunciada. Por otro lado, un decreto del 1 de marzo obligaba a los empresarios a contratar de nuevo a los trabajadores que hubieran despedido de 1934 en adelante por razones políticas, así como a pagarles un determinado número de jornales, con independencia de si esos trabajadores habían cometido actos violentos o no, incluso contra sus propios patronos.

Historiadores tan diversos como Gerald Brenan, Salvador de Madariaga, Gabriel Jackson, Richard Robinson, Carlos M. Rama o Carlos Seco Serrano han descrito la insurrección revolucionaria como el preludio de la guerra civil. Sir Raymond Carr, historiador respetadísimo en todos los ámbitos, dice que la revolución de octubre fue «el origen inmediato» de aquélla. Pío Moa, por su parte, habla de «la primera batalla de la guerra civil».

Una vez sofocada la insurrección, la CEDA tuvo en sus manos la oportunidad de demostrar el carácter «fascista» que le atribuían sus enemigos y acabar con una oposición levantada en armas y, de paso, con la República. Pero, lejos de eso, se mostró, como durante todo el periodo republicano, estrictamente respetuosa con la legalidad.

El pasado octubre se cumplían 76 años de aquellos trágicos sucesos, que tanto tuvieron que ver con la guerra. El conocimiento de los hechos, de todos los hechos, así lo atestigua. Es necesario ser consciente de ello, no sólo en honor a la verdad histórica, sino para que todos por igual evoquemos aquel «Paz, piedad y perdón» de Azaña.

(2009) CAMPOAMOR Y EL VOTO FEMENINO: LA OTRA MEMORIA

El día 1 de octubre de 1931 tuvo lugar la aprobación en el Parlamento, por primera vez en la Historia de España, del derecho de la mujer al voto. Un importantísimo avance democrático tantas veces anotado en estos últimos años en el haber de la izquierda. Pero las cosas no fueron exactamente así.

En realidad, los únicos enemigos del apoyo al voto femenino estuvieron en el centro republicano y en las izquierdas: diputados radicales, azañistas, radicales socialistas, una parte de los socialistas y significativos líderes del PSOE. Mientras que la derecha en pleno votó a favor.

Azaña se ausentó para no votar la moción; el líder del PSOE, Indalecio Prieto maniobró para que su grupo evitara su aprobación; la exaltada socialista y feminista, Margarita Nelken, -vinculada al terror del 36- se pronunció en contra. Pero fue Victoria Kent, radical socialista, y también feminista, la que tuvo el dudoso honor de enfrentarse a la auténtica valedora de los derechos femeninos, Clara Campoamor, la otra única mujer de la Cámara que además actuó en contra de la mayoría de su grupo, los radicales republicanos.

Pero, ¿Por qué los progresistas adoptaron estas posiciones? Se dijo que el voto femenino haría peligrar el régimen republicano (para Prieto fue una puñalada trapera contra la República aunque el PSOE no dudaría en asaltarla en 1934, con 1.400 muertos como resultado). En la práctica las izquierdas temían el supuesto voto conservador femenino. Voto femenino sí pero cuando voten izquierdas, se venía a decir. Esa fue la base de las intervenciones de Victoria Kent, quien llegó a apelar a la escasa preparación de la mujer, olvidando el alto porcentaje de analfabetismo masculino. O la de Alvarez Buylla, el que sería ministro del Frente Popular, quien afirmó que la mujer era retardataria y retrógrada.

Menos presentable si cabe fueron las intervenciones fundamentadas en supuestas taras de la mujer. Es el caso de Novoa Santos, eminente médico patólogo de izquierdas quien llegó a proferir que “las mujeres son histéricas por naturaleza”. O la de Ossorio Gallardo, -el que fuera abogado de Azaña en relación a la revolución de 1934-, sobre la curiosa base de que el sufragio femenino para las casadas  podía ser una fuente de discordia doméstica.

Al final, la equiparación de derechos electorales para los ciudadanos de uno y otro sexo, fue aprobada por 161 votos a favor y 121 en contra. Aunque no todo acabó ahí. En diciembre, aprovechando la marcha de la derecha de las Cortes en protesta por la ley de Congregaciones, los azañistas presentaron una enmienda para privar a las mujeres del voto en las elecciones nacionales. Clara Campoamor vuelve a la batalla y consigue ganar contra todo pronóstico, con el apoyo de buena parte del PSOE y de los republicanos de derecha, por tan solo cuatro votos

Tras la sesión de octubre los principales intelectuales liberales criticaron la impostura de la izquierda anti-sufragista, entre ellos Marañón, Unamuno y Ortega y Gasset. Éstos, junto a Perez de Ayala, Menéndez Pidal,  Salvador de Madariaga, Pío Baroja y la propia Clara Campoamor tuvieron una evolución parecida: republicanos de primerísima hora, terminaron contrarios al devenir totalitario del sistema. Todos ellos huyeron ante la deriva que iba tomando España. La mayoría desde la España frentepopulista ante el temor a ser “paseados”. Clara, en concreto, fue testigo en Madrid del terror miliciano del verano-otoño de 1936. Escribió al respecto un libro titulado La revolución española vista por una republicana, del que no me resisto a reproducir una de sus reflexiones que aclara resumidamente su posición: () la división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas (,,,) no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos (…) demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental.

La inquina de la izquierda contra Clara Campoamor duró hasta su exilio. La acusaban de la derrota de 1933. Ella, se defendió por medio de un libro cuyo título lo dice todo: Mi pecado mortal: el voto femenino y yo.  publicado en junio de 1936.

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