(2017) Triste final

 

 

En lo que concierne a sus gobernantes, la España contemporánea muestra una pulsión destructora que reverdece de vez en cuando, aunque hoy ya, por fortuna, no con los caracteres de tragedia de antaño.

En tiempo de paz, la España contemporánea ha sido implacable con los jefes de Gobierno y/o de Estado, en especial con los  considerados en la órbita del mundo liberal conservador. O han sido asesinados, o han sufrido atentados y/o exilio, o han terminado desacreditados y ninguneados.

En efecto, no pocos de esos presidentes o jefes de Estado fueron asesinados, la mayoría por parte del terrorismo anarquista predominante durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Quizás el único mandatario asesinado (en 1870) no conservador fue Prim, que además tampoco lo fue a manos del terrorismo sino de una facción política enemiga. Aún hoy no se tiene claro quién fue el autor intelectual del ataque, aunque la historiografía más solvente se inclina por el duque de Montpensier.

En 1897, un anarquista mató a uno de nuestros grandes estadistas de todos los tiempos, Cánovas del Castillo, artífice de un sistema que devolvió a los militares (en general progresistas) a sus cuarteles, restauró un sistema monárquico estable, de libertad de prensa y elecciones, que duró 50 años, y que en cierta forma posee analogía con el periodo que vivimos ahora desde la Transición, aunque éste plenamente democrático de acuerdo a las circunstancias de nuestra época.

Quince años después (en 1912), un nuevo magnicidio anarquista tuvo lugar en Madrid contra el liberal Canalejas, cuando miraba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol, y al poco tiempo, el anarcosindicalismo catalán, estuvo detrás del crimen contra otro gran presidente del Gobierno, Eduardo Dato, en 1921.

En julio de 1936, un grupo parapolicial, afín al socialista Prieto, sacó de su casa al líder derechista Calvo Sotelo para matarlo, después de no haber encontrado al dirigente de la CEDA, Gil Robles. Los asesinos fueron protegidos por dirigentes socialistas, con lo que muchos de los militares rebeldes que dudaban de lo adecuado del levantamiento, se convencieron de que llegados a ese punto, era más seguro para ellos la rebelión que la pasividad.

El último magnicidio, el del presidente Carrero Blanco, tuvo lugar muchos años después, en 1973, en las postrimerías del franquismo, a manos de terroristas de ETA.

Pero decíamos que otros jefes de Gobierno  o de Estado sufrieron atentados, aunque sin el resultado de muerte. Es el caso de Antonio Maura, otro ejemplo de estadista formado, solvente, como eran los políticos de entonces, en nada parecidos al prototipo de político insustancial de moda hoy en día. Sufrió dos intentonas criminales, pero mucho peor para él tuvo que ser la campaña de rechazo que en 1909 sufrió bajo el lema ¡Maura, no! que desató la izquierda española e internacional tras la insurrecta Semana Trágica de Barcelona contra la guerra de Marruecos (resultado: 78 muertos y 80 edificios religiosos quemados), y que le hizo perder, injustamente, el apoyo del propio rey. ¿No nos recuerdan todos estos hechos históricos al “No a la guerra” reciente, y al “No es no” aún más reciente todavía? Una año más tarde, en 1910, el verdadero Pablo Iglesias, líder del PSOE originario, llegó a amenazar a Maura de muerte si éste llegaba de nuevo al poder en una de las más ingnominiosas sesiones parlamentarias de la Historia.

Un atentado sonado fue el que tuvo lugar en 1906, en la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia. El anarquista Matero Morral, desde un tercer piso de la calle Mayor, lanzó una bomba camuflada en un ramo de flores, que mató a 25 personas, pero no a los reyes, que lograron salir ilesos de la carroza donde iban. Lo insólito es que en 1937, el Ayuntamiento frentepopulista de Madrid, cambió el nombre de la calle Mayor, por el de Mateo Morral: este detalle dice ya mucho sobre un régimen llamada republicano, pero en realidad revolucionario.

El propio Alfonso XIII, abuelo del rey Juan Carlos, tuvo que marcharse a la carrera al exilio, a pesar de que en las elecciones municipales de abril de 1931 ganaran los ediles monárquicos, excepto en las grandes ciudades, lo que motivó que las izquierdas salieran a la calle a proclamar la República. El rey Alfonso fue desposeído de sus bienes y declarado traidor por la propia II República española, y viviría ya en el exilio hasta su muerte. Un año antes, Primo de Rivera hubo de dimitir ante la soledad en que se encontraba (murió meses después), tras presidir un régimen de dictablanda que había solucionado el problema del separatismo, del pistolerismo anarquista y de la guerra africana, y con el que colaboró el PSOE. El hijo de Alfonso XIII, Don Juan, nunca pudo acceder al trono en beneficio de Juan Carlos.

Otro atentado que no tuvo consecuencias fue el que ETA cometió en 1995 contra el entonces jefe de la oposición, José María Aznar, por medio de un coche bomba. Más doloroso tuvo que ser para el propio Aznar la manera como terminó su mandato, durante los días posteriores al espantoso atentado de Atocha que costó 192 vidas y que catapultó a Zapatero a la Moncloa. Aznar fue gravemente insultado en aquellas elecciones, al tiempo que las sedes del PP fueron asaltadas en muchos puntos de España. Ocurrió porque se hizo creer a una parte de la opinión pública española que las bombas terroristas fueron activadas  como venganza por el apoyo del gobierno de Aznar a la intervención en Irak (jamás estuvimos en la guerra de Irak, como se decía).

Uno de los grandes artífices de nuestra Transición democrática, el presidente Suárez, también hubo de marcharse dolorosamente del gobierno en enero de 1981, después de soportar una cruel moción de censura socialista, la desafección en masa de una gran parte de su propia organización política, y sobre todo la amenaza de algunos militares, posteriormente convertida en un intento grave de golpe de estado.

Felipe González, presidente del gobierno entre 1982 y 1996, fue otro gran estadista que se marchó en medio de una ola de escándalos políticos y económicos, una salida que no hacía justicia a una gestión moderada, brillante, que modernizó a España y la incluyó en la escena internacional.

En estos días hemos vivido el último capítulo del afán destructivo con que España trata a sus mejores gobernantes. El rey padre Juan Carlos, el gran artífice de nuestra Transición democrática, tras haberse visto obligado a abdicar por cuestiones menores ajenas a su brillante liderazgo institucional, fue tristemente postergado (no por el rey Felipe, como se ha pretendido) en la conmemoración del 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas de 1977.

La cuestión ahora está en no caer en los errores históricos de siempre. Es necesario que empecemos a dar a conocer a los jóvenes, y a los no tan jóvenes pero sí desmemoriados, cómo Juan Carlos fue el líder principal de la Transición a la democracia y cómo la defendió en unos momentos muy graves para España. Toda esa pedagogía debe servir a un objetivo final: el gran homenaje que su figura se merece. Pero un gran homenaje que debe recibir en vida, y no después de que no pueda percibir el cariño popular, como lamentablemente ocurrió con Suárez en la reciente Historia de España.

 

Miembro del Grupo Historia Actual de la UCA

( 2017) Lo que escondían sus ojos

La miniserie que Telecinco está emitiendo en estos días, “Lo que escondían sus ojos”, ha enrabietado a los habituales antifranquistas retrospectivos. Sin ir más lejos Cristina Almeida, declaraba el otro día en “la secta” que no se puede tolerar que se emita una serie que “idealiza” a Ramón Serrano Súñer (mano derecha de Franco), así como a la vida social y cultural de aquellos años 40. Hay incluso una plataforma que pide la retirada de la serie.

Sin entrar en el afán de censura y  en la hemiplejía moral de esta casta, la misma que estos días ha lloriqueado a Fidel Castro, y que nunca ha protestado por la legión de películas que sí idealizan al totalitario Frente Popular, llama la atención la ignorancia que muestra esta gente sobre los años 40, concebidos sólo como una época de “militares y curas”, cuya vida cultural es desértica y limitada sólo a los exiliados. Pero la verdad es otra.

Antes que nada, repasemos los hechos que ponen marco histórico al guión televisivo. El cuñado de la mujer de Franco, casado con Zita Polo, el cosmopolita y culto Ramón Serrano Súñer, mano derecha del dictador desde 1938 a 1942, conoce a la bellísima esposa del marqués de Llanzol, 25 años menor que su marido, Sonsoles de Icaza. Se enamoran y tienen una hija, que es acogida por el marqués como suya propia, guardando el secreto (a voces) ambas familias. Esa hija fue la estilosa Carmen Díez de Rivera, la llamada musa de la Transición. Carmen, se enamora sin saberlo de su hermanastro Ramón, también hijo de Serrano, y cuando es advertida de la realidad, se derrumba y se marcha de misionera a África. Como amiga de Juan Carlos y Suárez, a su vuelta, jugará un papel en la Transición, a favor de la legalización del PC. Su belleza e inteligencia asombran al Congreso. Con el tiempo, se afilia al PSP. Murió joven, a los 57, de cáncer. Como ven, la historia no puede ser más cinematográfica.

Pero no pretendo aquí centrarme en las cualidades de la serie, o su fidelidad a la Historia, ambas discutibles, sino responder a los falsos tópicos que como reacción a su emisión, han repetido estos días la carraca progre, referidos sobre todo a la política germanófila del régimen, y a la supuesta aridez cultural de los años 40.

Hay que recordar que Ramón Serrano Súñer, el brillante ministro de asuntos exteriores de Franco, encabezó a un equipo de intelectuales y políticos falangistas, germánofilos, entre los que se encontraban Dionisio Ridruejo y Antonio Tovar, que ante la presión alemana, consiguieron dar largas a la entrada de España en la Guerra Mundial. Sólo tras el ataque de Hitler a Rusia, y para compensar su negativa, enviaron allí a los voluntarios de la “División Azul”. Muchos de estos falangistas, en el transcurso de pocos años, se opondrían a Franco, y algunos se acercarían a la izquierda.

Cabe rememorar, que el primitivo falangismo fue un movimiento revolucionario, vanguardista, socializante, y vivido con tanto romanticismo como la izquierda vivió su utopía. No entramos aquí  en lo que luego fue la violencia falangista, posterior a la violencia revolucionaria, en especial de las JJSS. En aquellos años 30 no se conocía en qué iba a desembocar el fascismo luego, cosa que sí se sabía ya del comunismo por ejemplo, en vigor desde el año 1917 en Rusia. Desde luego, hay que hacer constar que la Falange fue un movimiento antidemocrático, (que terminó sosteniendo a la dictadura), pero de la misma forma que lo fue la izquierda socialista y comunista. Como se está viendo estos días en los documentos de ABC, y como dice Salvador Sostres en el mismo, el único intento de derrocar al caudillo con fines democráticos que existió fue el de Don Juan.

Pero volvamos a los aspectos culturales de esa época. Como decía, en estos días se ha vuelto a repetir lo del desierto cultural español antes del año 55. Falso. Es verdad que la guerra arrasó las instituciones en la España franquista (y en la otra). Y el estado franquista arrasó la disidencia. Pero la libertad y la creatividad empezaron a germinar desde muy pronto, eso sí, en medio de grandes dificultades. Ya en el mismo año 40 se publica la revista “Escorial”, con la dirección de Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo, que supuso un esfuerzo por reanudar la convivencia.

La propia Falange concitó a una gran pléyade de intelectuales y escritores. Entre otros, además de Ridruejo y Tovar, se encuentran, Rafael Sánchez Mazas (padre de los Sánchez Ferlosio), Agustín de Foxá, Michelena, Miquelarena, José María Alfaro (estos cinco compusieron la letra del “Cara al sol” junto a José Antonio), Vivanco, Luis Rosales, Torrente Ballester, Samuel Ros, Victor de la Serna, García Serrano, Álvaro Cunqueiro, Edgar Neville, etc. El propio José Antonio tuvo veleidades literarias, presidió la tertulia La Ballena Alegre, y se rodeó de su famosa corte literaria. Según Trapiello, en su imprescindible Las armas y las letras, fue amigo de Federico García Lorca, a pesar de que esto irrite a Ian Gibson.

El supuesto “páramo cultural” español habido antes del 55 fue rebatido muy especialmente por Julián Marías (nada sospechoso de franquismo) en el año 76, en un artículo denominado La vegetación del páramo, donde se da cuenta de la frondosidad cultural de la España de entonces. Veinte años más tarde, y ante la persistencia del falso mito de la aridez cultural, vuelve a escribir otro al respecto, titulado de forma significativa, ¿Por qué mienten?

Julián Marías demuestra que ya desde el final de la Guerra Mundial, en España se habla de los intelectuales ausentes, y expone una lista de autores irrepetibles que continúan con la rica tradición cultural española. Por ejemplo, los de la generación del 98, y las siguientes: Menéndez Pidal, Azorín, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Zubiri, Morente, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Miguel Mihura y Marañón.

Sin entrar en otros terrenos artísticos o científicos, también muy productivos, Marías menciona a los poetas que empiezan a escribir sus libros tras la Guerra Civil, como Gabriel Celaya, Leopoldo Panero, Carlos Buosoño y Blas de Otero. También en esos años se inician nada menos que Camilo José Cela, Ignacio Agustí, Carmen Laforet, Gironella, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, José Luís Sampedro, Buero Vallejo, Pedro Laín Entralgo, Menéndez Pelayo, Fernando Chueca, Luis Diez del Corral, José Antonio Maravall, Lapesa, Díaz Plaja, y el propio Julián Marías. Yo añadiría nombres como los de Manuel Machado, José María Pemán, Eugenio D´Ors, Julio Camba y el mejor prosista catalán del siglo XX, Josep Plá, que por cierto escribía en español.

En Cádiz también tuvimos la revista “Platero”, de nuestro añorado Quiñones, y “Postismo”, del genial Carlos Edmundo de Ory. ¿Hay un panorama cultural remotamente parecido a esto, tanto en España como en Cádiz en la actualidad? ¿Cuál es la época del “páramo” entonces?

En España, por fortuna, hace tiempo que hemos recuperado la libertad, pero la verdad histórica brilla por su ausencia. A partir de los años 60, los perdedores de la Guerra Civil ganaron la guerra de la cultura y la propaganda e hicieron desaparecer a muchos de estos autores de los medios de comunicación y de los manuales de literatura, al margen de su calidad literaria. En otras palabras, se fue sustituyendo el relato franquista por otra verdad histórica igual de deformada y tendenciosa. Y desgraciadamente, en ésas seguimos.

 

 

(2012) LOS INTELECTUALES ESPAÑOLES Y LA GUERRA CIVIL: LA TERCERA ESPAÑA.

INTRODUCCION.

 

Este trabajo tiene como objetivo hacer una clasificación resumida de carácter didáctico de las actitudes políticas de los intelectuales españoles durante la guerra civil, así como ofrecer unas breves pinceladas  sobre sus respectivas evoluciones vitales a lo largo de la contienda.

Hay muchas obras dedicadas al asunto de los intelectuales y la guerra civil. Ninguna en maestría, objetividad y clarividencia como la que Andrés Trapiello ha ido perfeccionando edición tras edición, Las armas y las letras. Este trabajo es deudor de ella: no sólo se extraen de ahí no pocos de los datos que aquí se dan, sino que comparte algunos juicios (no otros de fundamento, relativos a la interpretación de las claves de la guerra civil). Dicho esto debo insistir en la vocación de clasificación política, de resumen, de divulgación y de algunas conclusiones personales, que este artículo persigue. Y no tanto la de repetir esos datos que están ya muy bien descubiertos y muy bien publicados. Apelo pues al lector para que se juzgue este trabajo (bien o mal) bajo esos presupuestos.

 

  1. Los intelectuales españoles antes de la guerra

 

Hasta bien entrada la República, los escritores e intelectuales españoles mantuvieron una razonable convivencia, como corresponde a quienes aún se sentían pertenecientes a un país común. A pesar de la imagen fija que la guerra civil nos ha dejado de una intelectualidad dividida en dos bandos, antes del 18 de julio de 1936 se dieron entre ellos múltiples relaciones sociales y personales (también con el poder político), algunas tan extrañas a nuestros ojos de hoy como los encuentros que mantuvieron Jose Antonio y Lorca, la amistad del comunista Bergamín con el falangista Sánchez Mazas, el viaje del poeta derechista Hinojosa (asesinado en la guerra) con Bergamín a la URSS, y las buenas relaciones de los Machado con el dictador Primo de Rivera, cuya influencia hizo ingresar a Antonio Machado en la Real Academia de la Lengua.

La revista la Gaceta de Occidente fue el (último) punto de encuentro de aquellos intelectuales de antes de la guerra. Dirigida por el entonces aún no fascista Giménez Caballero, fue un periódico quincenal que duró desde 1927 hasta 1932 y donde escribieron intelectuales pertenecientes a lo que vamos a llamar las tres Españas: Ortega, Baroja, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Corpus Barga, Unamuno, Machado, Alberti, Bergamín, Salinas, Lorca, Montes, Dalí, Espina, Américo Castro, Menéndez Pidal….

La llegada de la República no quebró la convivencia de los intelectuales españoles. Al contrario, en un principio, como la gran mayoría de la sociedad española, también ellos acogieron con euforia el nuevo sistema republicano. Pero poco a poco fueron apareciendo divergencias. El primer desertor del nuevo régimen fue precisamente uno de los llamados padres de la República que tanto habían ayudado a traerla, José Ortega y Gasset que con su famoso “No es esto, no es esto” inauguró ya en 1931 la existencia de una corriente de pensadores que se van apartando del creciente sectarismo republicano imperante.

El embate de la izquierda revolucionaria, especialmente tras 1934, fue el detonante que abrió una brecha en una parte importante de la intelectualidad española. Tras la sublevación de Franco, el gobierno republicano decidió entregar las armas a las organizaciones sindicales, lo que terminó por convertir a la República en un sistema revolucionario sin garantías jurídicas (si bien ya subvertido desde la revolución socialista del 34, las irregulares elecciones del 36, la “primavera trágica”, la destitución ilegal del Presidente Alcalá Zamora y el asesinato para-policial de Calvo Sotelo). Las posiciones totalitarias habían desbordado a las moderadas. El resultado fue que en los primeros días de la guerra aparentemente nadie defendía ya una España parlamentaria. Había que elegir entre los nacionales o los revolucionarios.

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  1. Las dos Españas

 

El estallido del conflicto hizo que no pocos intelectuales y científicos se alinearan de forma clara por el bando azul o el rojo. Fueron sobre todo los jóvenes los que tomaron partido de forma apasionada en uno u otro sentido. No es el caso, como veremos, de la intelectualidad madura y consagrada, que optará en la mayoría de los casos por el exilio.

 

2.1. El bando marcadamente frentepopulista.

 

En general, por el lado frentepopulista, los escritores y artistas fluctuaron sobre todo alrededor del Partido Comunista y sus organizaciones satélites, así como en menor escala junto a socialistas y republicanos jacobinos.

De entre todos ello los más claramente comprometidos fueron los militantes comunistas, especialmente Alberti, María Teresa León, Bergamín, y Miguel Hernández. Aunque en principio llevaron la voz cantante de la propaganda frentepopulista, hubo entre ellos diferencias de proceder: los Alberti se instalaron en el palacio de los Spínola de Madrid, en cuya habitación de la marquesa dormía María Teresa León. Organizaron fiestas y fueron comúnmente acusados de usar la guerra en beneficio de sus carreras literarias, entonces incipientes. El exilio o el traslado de los intelectuales consagrados y maduros fuera de Madrid contribuyó al estrellato de estos jóvenes radicales y apasionados, los cuales supieron “aprovechar” el momento. Precisamente Miguel Hernández -también comunista, pero de origen modesto y disposición cabal- recién llegado del frente al palacio madrileño, les recriminó su frívola actitud, lo que determinó la enemistad futura entre ellos. Trapiello se basa en algunos testimonios que sugieren que Miguel Hernández no fue asistido suficientemente al final de la guerra por sus camaradas. Por su parte, Bergamín, poeta hondo, presidió la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de inspiración estalinista, protagonizando los momentos más siniestros del comunismo hispano. Su comportamiento, algo más que sectario, fue muy criticado incluso por sus propios correligionarios.

Pero también los afines al Partido Comunista y organizaciones satélites tuvieron un protagonismo considerable en este bando. Como María Zambrano, que aunque vinculada al grupo, tuvo que salir de España por consejo de Bergamín, ya que fue acusada en la Alianza de Intelectuales de tener amigos “fascistas”. Lo curioso es que el suceso tuvo lugar días después de que Zambrano acudiera a la Residencia de Estudiantes, donde estaba refugiado Ortega, para “pedirle” su firma de apoyo a la “República”, apoyo que el propio Ortega dijo posteriormente desde el extranjero, que había dado por coacción (¿portaba Zambrano pistolas al cinto?).

Otros intelectuales afectos comprometidos hasta el final  fueron Alvarez del Vayo, Altolaguirre, Corpus Barga y Emilio Prados. El primero, periodista y jurista, fue un político socialista relevante aunque acusado por Largo de ser afín a los comunistas (a muchos de ellos los había nombrado comisarios). Altolaguirre y Corpus Barga también apoyaron al PC, sobre todo en los tiempos inmediatamente posteriores a la guerra.  Emilio Prados formó parte del Comité Directivo de la revista Hora de España (editada por Altolaguirre), un Comité también dominado por los comunistas.

Finalmente el caso un tanto especial de  Antonio Machado. Machado fue evolucionando políticamente a lo largo de la guerra. Machado siempre fue un republicano de corte anticlerical, aunque en principio no muy político y desde luego alejado de las posiciones extremistas. De hecho, en los días siguientes a la rebelión militar, a Machado le ofrecieron la presidencia de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de inspiración estalinista, y Machado la rechazó. Pero a lo largo de la guerra va evolucionando hacia posiciones comunistas más o menos auténticas. ¿Quizás manipulado? Ya en Valencia, Gil Albert, dice que Machado le parecía un “vejestorio anacrónicamente manipulado”. No es el único testimonio que considera a Machado un hombre prematuramente mayor, sin recursos y responsable de su familia, que se verá obligado a utilizar una parte de su escritura al servicio de una propaganda que muy posiblemente no sentía. En cierta forma, como su hermano Manuel en la otra zona. No de otra forma se explica que al mismo tiempo que siga siendo el poeta intimista de siempre, aparezca en la guerra un Machado con loas a Lister o a Negrín (éste último aliado comunista, cuyo gobierno por cierto lo abandonó  al final de la guerra, pues tuvo que cruzar la frontera por sus propios medios).

De los no españoles que apoyaron a la España “roja” destacaron Neruda y Malraux, también criticados por servirse de la guerra, más que por servirla (los más fotografiados de la guerra son siempre ellos dos, más Alberti) El primero de ellos fue acusado repetidamente por el diplomático chileno Carlos Morla de no haber colaborado en la recepción de refugiados para la Embajada de Chile y de haber abandonado a su mujer y a su hija hidrocefálica. Tanto Neruda como Picasso se declararon simpatizantes del Partido Comunista, aunque no tomaron el carnet hasta después de la guerra, como dice Trapiello, cuando el PC era ya caballo ganador.

 

2.2. El bando comprometido con la rebelión franquista.

 

Del lado de la España franquista la intelectualidad se aglutinó sobre todo en torno a la Falange y a los periódicos de la prensa conservadora. De entre los comprometidos con esa España destaca la figura de Dionisio Ridruejo. Nombrado Director General de Propaganda, se rodeó de intelectuales y escritores, entonces jóvenes promesas, pero que pronto se forjarían un nombre: Montes, Vivanco, Rosales, Foxá, Torrente, Laín, Tovar, Luis Escobar… Ridruejo será también la primera de las no pocas deserciones franquistas posteriores del grupo y la persona más respetada por todos. De entre ellos, algunos, entonces ubicuos, como Montes, quedaron metabolizados por el tiempo. Otros, por pertenecer al bando de los ganadores, perdieron el lugar que por méritos les correspondían en la Historia de la Literatura, pasando a ser hasta hoy ignorados por los medios de masas. Destacan en ese sentido Sánchez Mazas (padre de los Sánchez Ferlosio actuales); Agustín de Foxá, (excelente escritor, autor de la novela “Madrid de corte a checa”), cuyo homenaje en 2009 fue prohibido en Sevilla por una concejala izquierdista; César González Ruano, de comportamiento tan dudoso como magistral articulista; Wenceslao Fernández Flores, que pasó el primer año de guerra refugiado en una embajada en Madrid; Alvaro Cunqueiro, Jardiel Poncela y dos grandísimos poetas y amigos, Luis Rosales y Leopoldo Panero, el primero de los cuales arrastró toda su vida el peso de las explicaciones que tuvo que dar sobre el asesinato de Lorca, y el segundo cuyo paso por la izquierda en la República, casi le cuesta la vida.

Otro gran escritor y poeta cuya integración en la España franquista le costó el olvido literario y una injusta e innecesaria comparación con su hermano, fue Manuel Machado. (Borges dijo esta boutade, en referencia a su importancia: “No sabía que Manuel Machado tuviese un hermano…”). En realidad el golpe franquista le cogió coyunturalmente en Burgos (había perdido el tren de vuelta a Madrid el 17 de julio). Sin preveer la trascendencia del 18 de julio hizo allí unas declaraciones diciendo que se trataba de una “carlistada”, lo que le costó la cárcel y casi la vida. Posiblemente, tuvo que exagerar sus loas al franquismo para sobrevivir.

Los escritores ya consagrados de la España franquista fueron la excepción, y casi todos pertenecieron al periódico ABC: Eugenio d¨Ors, Giménez Caballero, Marquina, Julio Camba y José María Pemán, éste último quizá no tan importante como parecía en aquella España pero ni mucho menos tan insignificante como aparece hoy (en realidad, ni aparece), sobre todo en su faceta de orador y articulista.

Finalmente, y aunque incluyamos como franquista al más importante prosista de la lengua catalana del siglo XX por su muy activa toma de partido durante la guerra civil, Joseph Pla, en realidad nunca fue bien visto por el bando llamado nacional, dada su naturaleza independiente y su adhesión al liberal Cambó. Tras la guerra, se retiró al Ampurdán donde vivió aislado frente a todos, caso parecido al de Pío Baroja.

 

  1. El exilio interior

 

En los dos bandos hubo escritores desubicados que ante la imposibilidad de salir de sus respectivas zonas, o tras permanecer en la España de la posguerra, acabaron aislados o adaptados discretamente a las circunstancias que los rodeaban. Son los intelectuales que se mantuvieron en el llamado “exilio interior.

 

3.1 Territorio “Nacional”. Ya hemos hablado del caso de Manuel Machado, posiblemente obligado a adular a los jerarcas de la zona franquista para salvar la vida: De hecho, ni él ni su hermano Antonio, con quien había colaborado Manuel desde siempre, habían escrito nunca de política, al margen de la simpatía que ambos sentían por la República (Manuel había escrito la letra del himno republicano y Antonio había colgado la bandera republicana en abril de 1931 en el Ayuntamiento de Segovia).

En tierras nacionalistas, en Sevilla, quedó Jorge Guillén. Como era amigo de los intelectuales republicanos de Madrid, quedó en una posición delicada. En esa ciudad se le organizó un homenaje que exageró su importancia, seguramente para evitar lo que le había pasado a Lorca. Guillén, en las cartas privadas (hoy publicadas) que le envía a su amigo Salinas, critica a fascistas y comunistas, por lo que podemos considerarlo también como uno de los pioneros de la tercera España. Igual que a Josep Pla, que como se ha dicho, tras terminar la guerra se retiró a su tierra del Ampurdán donde vivió su propio exilio interior, y más tarde, se mantuvo en una especie de huida permanente, viajando por todo el mundo como periodista de la revista Destino.

 

3.2.Territorio “Republicano”.

 

Ya en territorio “republicano”, en Madrid, Vicente Aleixandre vivió un episodio traumático al ser acusado de fascista. Tras ser liberado y bajo la excusa de estar enfermo, se retiró silenciosamente a la sierra madrileña, desde donde bajaba a Madrid de vez en cuando. Pasó la posguerra en el ostracismo interior, pero su situación mejoró pronto, sobre todo cuando recibió el Premio Nóbel. De espíritu bondadoso, ayudó en lo que pudo a Miguel Hernández.

A Jacinto Benavente, el Nóbel le sirvió como parapeto frente a unos y otros. La guerra le sorprende en Barcelona donde estuvo detenido. Más tarde lo enviaron a Valencia desde donde quiso marcharse pero no pudo. En la posguerra vivió la censura y el ostracismo, pero a finales de los 40 el franquismo lo redimió. También Dámaso Alonso pasó la guerra en Valencia, después de haber pasado varias semanas refugiado en la Residencia de Estudiantes, junto a Ortega y José María Cossío, entre otros. En 1939 regresó a Madrid donde permaneció durante un tiempo en el “exilio interior”, aunque sin demasiada dificultad. Cossío por su parte hizo una guerra sin irritar a nadie. Fue autor de la monumental obra sobre la Tauromaquia, en la que empleó, para ayudarle, a Miguel Hernández.

Quién vivió la guerra civil en Madrid “cautivo en su casa”, en expresión propia, fue Rafael Cansinos Assens. Escribió durante el conflicto unos diarios en varios idiomas -para protegerse políticamente- por los que, a pesar de sus simpatías republicanas, sabemos de su “militancia” en la tercera España. En la posguerra se le retiró el carnet de prensa por lo que para sobrevivir tuvo que dedicarse a la traducción de las grandes obras de la literatura universal durante toda su vida.

A Concha Espina, conservadora, la guerra le sorprendió en su tierra santanderina donde vivió aislada hasta su “reconquista”. Allí escribió el diario Esclavitud y libertad. El diario de una prisionera.

 

  1. La gran emigración de la España frentepopulista: la tercera España

 

La mayor parte de los escritores y científicos que pudieron se marcharon de España a lo largo de la contienda. Sobre todos los de mayor edad y los más consagrados. Fue una emigración que tuvo lugar especialmente  en los primeros meses de la guerra y desde la España en manos del Frente Popular. Lo cual contradice el mito de que el grueso de los intelectuales españoles se quedó en España a defender la “República” y se marchó al final de la guerra como consecuencia de la victoria de Franco. Lo dice acertadamente Julian Marías en sus Memorias: “la gran mayoría de la emigración intelectual no se produjo en 1939, al  final de la guerra, sino en 1936, a su comienzo”.

Los que se marcharon masivamente de la España frentepopulista, si exceptuamos la huida lógica de los que simpatizaban con el bando rebelde, lo hacen entre otras razones por el repudio a los crímenes que se estaban cometiendo, la desconfianza que sentían respecto a los poderes revolucionarios imperantes, o simplemente el miedo razonable a perder la vida,  en ocasiones en manos de milicianos a los que el gobierno había entregado las armas. En todo caso, la gran mayoría de estos escritores exiliados desde le España frentepopulista fueron republicanos o habían acogido con euforia la llegada de la República, lo que muestra la deriva que había sufrido ésta.

En realidad, la mayor parte de la intelectualidad que se marchó, y muchos de los que se quedaron, pertenecían a una tercera España democrática y liberal, ajena a los extremismos, aunque ya inviable tras el estallido de la guerra civil. Lo que no fue obstáculo para que muchos de ellos acabaran decantándose por uno de los dos bandos en guerra, más por razones de detalle o de mal menor, que de identificación con el extremismo totalitario que dominaba cada bando (por ejemplo, razones como la preferencia por el orden, las creencias religiosas, el anticomunismo, o las ideas conservadoras, del lado franquista; y en la otra parte, la fidelidad a lo que quedaba de República y el antifascismo).

Por cierto, y dicho sea de paso, si hiciéramos finalmente las sumas y las restas de las simpatías intelectuales por uno u otro bando, el resultado sería el de una sorprendente equidad, tanto cuantitativa como cualitativa. Eso de que la gran mayoría de los escritores y científicos se pusieron del lado del gobierno del Frente Popular es otro de los mitos, que junto a otros ya mencionados, han venido funcionando desde entonces. Trapiello, una vez más, lo demuestra, haciendo un recuento casi al milímetro. La razón de esa creencia estriba en que si bien Franco ganó la guerra militar, perdió la batalla de la propaganda casi desde los primeros días de la guerra. Y la perdió porque la mayor parte de la prensa internacional estaba en manos del progresismo. Y porque los intelectuales izquierdistas se emplearon a fondo en esa propaganda: ejemplo el Guernica de Picasso (por el que cobró 150000 francos del Gobierno republicano) que contribuyó a exagerar un bombardeo de un centenar de muertos, y no miles como se ha dicho. Obsérvese si no, como el bombardeo de Cabra, tremendamente parecido al de Guernica, pero en zona “nacional”, pasó desapercibido, y es absolutamente desconocido incluso en nuestros días.

En todo caso, y aún reiterando la complejidad de las motivaciones de los que optaron por marcharse o por permanecer en el interior pero al margen, podemos concluir en algo que les unió: su lejanía e independencia de los focos mas beligerantes y antidemocráticos, que en el caso de las derechas fueron la Falange, y en el de las izquierdas el Partido Comunista y sus organizaciones satélites. Lo cual les hace pertenecer a un espacio imposible, el de la tercera España, del que fueron desalojados por los jerarcas e intelectuales de las otras dos.

Podemos aseverar que este grupo tercerista que se marchó de la España del gobierno frentepopulista fue el más numeroso. Pero desde luego no fue un grupo homogéneo. Dejando al margen a los que se escaparon por su adhesión a la España franquista, a efectos puramente didácticos, podemos entrever cuatro grupos que presentan (ligeras) diferencias, si bien advirtiendo que en muchos casos podemos encontrar algunas circunstancias intercambiables entre ellos: 1) los que siendo republicanos liberales o conservadores, y criticando a las dos Españas, acabaron prefiriendo como mal menor a la España nacionalista frente a la roja. 2) los que siendo republicanos se manifiestan en sus escritos más claramente neutrales y precozmente defensores de una tercera España democrática y liberal 3) los que repudiando los extremos fascista y revolucionario, continuaron defendiendo con más o menos claridad a la República 3) los que aún simpatizando con la izquierda revolucionaria, acabaron saliendo por inseguridad y por la desconfianza que inspiraba su independencia en los jerarcas filocomunistas. Analicemos cada grupo.

 

4.1. Los intelectuales republicanos conservadores-liberales más críticos con la deriva republicana.

 

Los más sonados desertores de la República fueron los intelectuales liberales y conservadores, que habiendo sido republicanos, comenzaron a condenar la deriva sectaria del sistema. Deplorarán más de la España roja que de la fascista, aunque no comulguen con ninguna de las dos. Cuando acabó la guerra, la gran mayoría menudeó sus visitas a la España de Franco o se incorporó más pronto que tarde a ella. El acomodo dependió de cada caso, si bien  la mayor parte de ellos no fueron aceptados plenamente por el régimen, al menos en un principio.

La mayoría se va de Madrid en las primeras semanas de la guerra: Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Azorín, Gregorio Marañón, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset, éstos tres últimos los llamados “padres de la República”.

De todos ellos, Ortega y Gasset era en principio el intelectual de más prestigio internacional. El gobierno frentepopulista consiguió obtener su apoyo para la “República”, (aunque con coacción, como vimos). Al poco tiempo, Besteiro puso al corriente a Ortega de que querían asesinarle y éste marchó al exilio.  Gregorio Marañón llegó a París a los pocos días que Ortega. Había llevado una doble vida en la capital valiéndose de su prestigio y su pasado republicano, donde salvó muchas vidas, lo que le fue recompensado por el régimen. Finalmente salió de Madrid junto a Menéndez Pidal en las Navidades de 1936.

La tercera figura unida a Ortega y Marañón es Pérez de Ayala. Como ellos, había sido también diputado durante la República. Consiguió salir milagrosamente de Madrid en septiembre de 1936, y también se instaló a final de año en París. Como Ortega, Marañón y Eugenio d´Ors,  Pérez de Ayala tenía a sus hijos luchando a favor de Franco. Y se convirtió en el más “franquista” de los tres, aunque sin ser aceptado por el régimen. Al final se marchó a Londres y no regresó a España hasta muchos años después. Como dice Trapiello, se quedó, sin victoria, sin patria y sin lectores.

En París, como se ve, se asentaron una gran parte de estas figuras, Azorín entre ellos. Salió de Madrid en los primeros días de octubre de 1936. En la capital francesa llevó una vida discreta y tras la guerra volvió a Madrid de la mano de Serrano Suñer, pero nadie lo visitaba y estuvo un tiempo aislado. Poco a poco se incorporó a la prensa española.

Otro de los escritores que salió de Madrid, en este caso en agosto de 1936, fue Ramón Gómez de la Serna, aunque se instaló en Buenos Aires, de donde era su mujer. Allí se adaptó a la vida bonaerense, si bien escribió para la prensa española.

Aunque el grueso de la emigración se va de Madrid, también hay algunos que salen desde provincias, como Pío Baroja desde Vera de Navarra y Gaziel desde Barcelona.

A Pío Baroja lo detuvieron el 18 de julio un grupo de carlistas. Por suerte fue liberado y al día siguiente partió de España y se instaló también en París. Se mostró en contra de “la dictadura blanca y de la negra” aunque en última instancia prefirió el “orden militar” a lo que calificó del caos de “dictadura negra”. Volvió a la Salamanca franquista en 1938 para su integración en el Instituto de España, pero regresó inmediatamente a Francia de la que no volvió hasta 1940. Su escritura del momento, de gran independencia y precoz posición en pos de una tercera España, lo convierte en uno de los autores de mayor actualidad. Y lo ubica también en el grupo más neutralista. Lo mismo que le ocurre a Gaziel, un excelente periodista catalán, que siendo director de la Vanguardia hasta 1936, se convirtió en el líder de opinión de la burguesía liberal y democrática. La FAI lo buscó pero se exilió en París hasta el final de la guerra, desde donde volvió. Fue acusado y absuelto por las autoridades franquistas. Es uno de los más claros exponentes de la llamada tercera España.

Finalmente, a otros liberal-conservadores la guerra les coge fuera de España, como a Gerardo Diego en Francia, de donde no vuelve hasta que las tropas de Franco retoman Santander.

 

4.2. Los republicanos liberales más neutrales: la militancia por la tercera España.

 

Comencemos con un caso singular, el de Unamuno. Considerado internacionalmente como una de las principales figuras del pensamiento hispano de entonces, es el primero de todos ellos que se manifiesta a favor de la sublevación franquista, si bien no tardará mucho tiempo en gritar, ante las propias barbas de la jerarquía nacionalista, el “venceréis pero no convenceréis”, lo que estuvo a punto de costarle la vida. Finalmente, el vasco irreductible morirá a las pocas semanas en Salamanca, aislado y prácticamente olvidado de los unos y los otros.

Hay un puñado de escritores, todos republicanos, que ya desde los primeros días de la guerra van a dar testimonio escrito en pro de una tercera España neutral frente a la dictadura militar y a la revolución. El que tuvo más repercusión internacional en un principio fue Salvador de Madariaga. Si bien había tenido cargos de representación republicana en el extranjero y llegó a ser Ministro de la República, aseveró que tras el nombramiento de Azaña, “…había entrado el país en una fase francamente revolucionaria…”. Cuando estalló la guerra se encontraba en España pero se exilió de los dos bandos fijando su residencia en Inglaterra donde fue profesor de Literatura en la Universidad de Oxford. Sobre la guerra aseveró que “la revolución circulaba por el extranjero con disfraz republicano”. Se le considera el “inventor” de la tercera España, aunque en realidad fue el más conocido de sus divulgadores.

Otra de las figuras que defiende en sus escritos una tercera España liberal y democrática fue Clara Campoamor. Su carácter independiente frente a izquierdas o derechas se manifestó ya cuando hizo la defensa del voto femenino en la República en contra de una parte importante de la izquierda que le atribuyó por eso la derrota en las elecciones del 33. La derecha por su parte no le perdonó que asentara el divorcio. Tras el estallido de la guerra Clara Campoamor condenó los desmanes revolucionarios y aseveró que la distinción que hacía el gobierno frentepopulista “entre fascistas y demócratas no se correspondía con la verdad”. Ante la absoluta falta de seguridad personal en el Madrid revolucionario, Clara se marcha al exilio del que no volvería ya más. Escribió La Revolución española vista por una republicana” en donde denuncia que el “bando republicano” caminaba hacia una dictadura del proletariado. Murió sola y olvidada de todos.

El excelente escritor sevillano Chaves Nogales dirigía el periódico Ahora cuando estalló la guerra. Partidario de Azaña, continuó en la capital hasta que el gobierno frentepopulista “abandonó su puesto” en Madrid y se trasladó a Valencia, como él mismo cuenta. Se exilió primero a Francia y luego a Londres donde murió pronto. Chaves Nogales escribió uno de los libros más hermosos y lúcidos sobre la guerra civil: “A Sangre y fuego”. Para él toda la crueldad y estupidez que asola a España se debe “a la peste del comunismo y del fascismo” a partes iguales.

 

4.3. Los que aún en contra de la revolución, permanecieron fieles a una República imposible.

 

Son también partidarios de una España democrática que creyeron ver más en la continuidad de una República que comprendían ya en extinción, como algunos ponen de manifiesto en sus escritos. Su mayor implicación pro republicana hizo que en general tardaran más en volver a España. Algunos no vuelven hasta la Transición democrática y otros no lo harán nunca. La excepción estará en aquellos que se queden hasta el final de la guerra.

La figura de mayor importancia fue el poeta Juan Ramón Jiménez que se marchó de Madrid a América al comienzo de la guerra dejando todas sus pertenencias en Madrid (su piso fue asaltado; recuperó algunos documentos gracias a la gestión de Pemán). Juan Ramón defendió y ayudó siempre en lo que pudo a la República; su comportamiento político y humano fue desprendido y digno.

La mayoría son profesores universitarios y algunos además poetas, como Pedro Salinas y Jorge Guilén. A Salinas el estallido de la guerra lo cogió en Santander desde donde emigró a América para dedicarse a su labor como profesor. Su contundente republicanismo le costó que su exilio se prolongara en el tiempo. Ya hemos dicho que su amigo Jorge Guillén vivió los dos primeros años de guerra en Sevilla, pero finalmente también sale de España y se instala en Norteamérica como profesor. Visitó España a partir de los años cuarenta y se instaló definitivamente en los setenta.

Otros de estos profesores universitarios ostentaron además cargos en la República, lo que por coherencia, seguramente impulsaría su fidelidad a la misma. Américo Castro tuvo cargos de representaciones de la República en el exterior. Al estallar la guerra sale para San Sebastián, donde es detenido, pero puede seguir a Francia y es nombrado cónsul de Hendaya. Al poco tiempo renunció pues no estaba de acuerdo con los excesos que se estaban cometiendo, y se fue a París, de allí a Argentina y en 1938 se fue de profesor a Estados Unidos donde estuvo 30 años. Aunque no tuvo trabas, tampoco fueron amables con él a su regreso, en 1969. Tres años después falleció.

Claudio Sánchez Albornoz, diputado y ministro, fue desposeído de sus cátedras por el Frente Popular al estallar la guerra, salvándose de la represión revolucionaria porque se encontraba de embajador de la República en Lisboa, de donde salió tras el reconocimiento del gobierno portugués a Franco, el cual también le desposeyó de sus logros universitarios. Fue un sincero demócrata, manteniéndose alejado tanto del franquismo como del comunismo. Volvió a España en 1976. Poco antes declaró en una entrevista a Carmen Sarmiento: “…no podía estar con los rebeldes porque era liberal y republicano, ni podía estar con las gentes republicanas porque ya no lo eran; eran socialistas, comunistas, anarquistas…”

Hubo algunos republicanos excepcionales que se quedaron defendiendo una República imposible hasta el final de la guerra, como Jose Moreno Villa, pintor, historiador y escritor que pasó 20 años en la Residencia de Estudiantes donde se encontraba cuando estalló la guerra. Lo incluimos entre los pro republicanos y no entre los revolucionarios, pues en su excelentes Memorias, Vida en claro, ofrezca un diagnóstico cercano a la Tercera España y alejado del tópico de la lucha del “pueblo” contra el fascismo. Condena Moreno Villa no sólo los bombardeos franquistas sino alas partidas de milicianos que durante los primeros meses de la guerra asesinaron en Madrid a mansalva.

 

4.4. Otros son auténticamente de izquierdas pero también se van  debido a su independencia frente a la presión de las corrientes comunistas dominantes.

 

Luis Cernuda es el caso más emblemático dada la trascendencia de su obra literaria, hoy considerada cumbre. Comenzó su actividad política favorable a las izquierdas durante la República, firmando junto a Alberti, Altolaguirre, Lorca, etc. diversos manifiestos muy en boga durante el periodo. Su primer contratiempo lo tiene en la revista Hora de España, donde se le censuró un poema dedicado a García Lorca con una nota añadida humillante para Cernuda. La detención de un amigo acusado de homosexualidad pudo ser la gota que colmó el vaso, y Cernuda se marchó tan pronto como pudo, en 1938. Mientras tanto, en esos últimos meses de permanencia en España se automarginó del Congreso de Escritores Antifascistas que se celebraba en Valencia (se le excluyó de la ponencia de los jóvenes, acusado de trotskista). A pesar de todo eso nunca renunció a sus ideas.

Caso similar al de Cernuda es el de Rosa Chacel. En realidad fue la primera deserción revolucionaria pública, pues se marcha a París con su hija ya en marzo de 1937 (aunque no deserta de sus ideas, desde luego). Chacel es consciente desde el principio de la guerra, y así lo manifiesta, que sus escritos son considerados contrarrevolucionarios por las jerarquías comunistas, dado su espíritu anarquista.

Octavio Paz nos cuenta que todos los escritores de Hora de España vivían bajo la “mirada” de los comunistas. De hecho, no sólo Cernuda es llamado al orden por su poema a Lorca, también León Felipe llegará a ser interrogado. De ideología vagamente ácrata y cierta actitud frívola (criticada por Juan Ramón, entre otros), había participado en las famosas fiestas de los Alberti en el palacio de los Heredia Spínola. Su poema “la Insignia”, en el que denunciaba los saqueos de los milicianos en los primeros meses de la guerra, fue severamente censurado. Probablemente salvó su vida porque se marchó a finales de 1938. El poema “La Insignia” no consigue ser publicado en su totalidad sino ya en Méjico.

Ramón J Sender es un novelista que ya empezaba a tener un nombre antes de la guerra. Fue alférez en la guerra de Marruecos y desde el principio dedicó su literatura a la divulgación de ideas revolucionarias. Tras su paso por el anarquismo se posicionó como “compañero de viaje” comunista hasta que fue desposeído de sus cargos, al parecer  por razones políticas. Finalmente se exilió de la España de los suyos, pero también de la de los otros.

Alejandro Casona participó en las Misiones Pedagógicas durante la República y produjo obras de carácter radicalmente social. Al estallar la guerra se marchó a Hispanopamérica, donde estuvo hasta el año 62, que regresó a España para instalarse hasta su muerte, en 1965. No fue su independencia, ni su aversión al comunismo (colaboró un tiempo tras la guerra con él) lo que le llevó en este caso al exilio, sino posiblemente su preocupación por su seguridad personal.

 

  1. Los que murieron o fueron asesinados.

 

La guerra se cobró muchas víctimas mortales también entre los intelectuales. Y no solamente a causa de la violencia física. ¿Quién puede dudar de que las muertes de Manuel Azaña, Antonio Machado, o Miguel de Unamuno se debieron al dolor profundo producido por la contienda civil?

Casos desconocidos, no menos tristes, es el de los escritores veteranos, de espíritu conservador, que faltos de recursos, murieron en Madrid olvidados y en la indigencia, tras ser buscados por los milicianos para ser paseados. Los casos más relevantes y casi escandalosamente desconocidos fueron los de los escritores Armando Palacio Valdés y Serafín Alvarez Quintero.

 

5.1. Los intelectuales liberales-conservadores, cristianos, directamente proclives a Franco o incluso pertenecientes al propio Frente Popular, asesinados por el bando “republicano”.

 

El primer intelectual muerto a causa de la violencia de la guerra fue una víctima derechista. Es también el de un gran desconocido, quizás por ser precisamente un conservador: Hinojosa. Sólo el dominio abrumador de los aparatos de reproducción cultural por parte de la izquierda durante estos últimos 35 años pueden explicar una y otra vez estos ocultamientos históricos.

Hinojosa fue un poeta de corte surrealista que empezó en Málaga junto a Prados o Altolaguirre. Fue asimismo amigo de los poetas de la generación del 27. En 1925 hizo un viaje nada menos que con Bergamín, y a la URSS. Pero todas estas circunstancias no impidieron su muerte, pues a causa de su militancia en el Partido Agrario fue llevado al paredón de la tapia del cementerio, en Málaga, junto a su padre y hermano.

Pedro Muñoz Seca, dramaturgo de éxito, fue asimismo asesinado en el otoño de 1936 en Paracuellos del Jarama junto a miles de correligionarios, en la que se considera la matanza más sistemática y atroz de la guerra civil. Había gritado un imprudente “Viva España” tras la rebelión militar en un estreno de una obra suya en Barcelona.

Durante un tiempo, el bando llamado nacional quiso utilizar de forma propagandística el asesinato de la figura de Maeztu como contraposición al de Lorca. Maeztu fue llevado a prisión en julio de 1936 y lo mataron en octubre del mismo año. Durante su juventud había sido un radical izquierdista. Hacía los 30 años se centró en el republicanismo pero ya en la Dictadura de Primo de Rivera fue evolucionando a posiciones extremas de derechismo. Fue la primera muerte de un intelectual que tuvo gran relevancia mediática y política.

Otra de las figuras asesinadas, esta vez republicana de carácter conservador, fue Melquíades Alvarez, fundador del Partido Reformista. Su muerte hizo patente la inseguridad de los que a pesar de ser republicanos, no  comulgaban con los  postulados izquierdistas.

Por lo demás, dejando aparte el asesinato de figuras más claramente comprometidos con la rebelión de julio del 36, como José Antonio o Ledesma Ramos, la lista de víctimas mortales de intelectuales, artistas y escritores del campo conservador es muy amplia, aunque de nombres menos conocidos. Citemos aquí a dos que sí lo son, Manuel Bueno, escritor y periodista, famoso por la reyerta que tuvo  con Valle Inclán, cuyas secuelas le hicieron perder el brazo; y Víctor Pradera, intelectual conservador navarro, abuelo del que fuera importante periodista de El País, Javier Pradera.

Por último, y teniendo en cuenta la “guerra civil” que existió en determinados momentos entre las propias utopías revolucionarias del bando “republicano”, es obligado mencionar aquí a Andreu Nin, fundador del POUM, asesinado por los comunistas, hecho que tuvo una repercusión internacional.

 

  1. 2. Los intelectuales republicanos, izquierdistas o afines, muertos por el bando “nacional”.

 

No menos numerosa es la lista de científicos, escritores e intelectuales asesinados por el bando franquista. Para empezar y aunque no fuese producto directamente de la violencia, la de Miguel Hernández, muerto de enfermedad y hambre en la cárcel franquista, puede considerarse consecuencia de la represión del bando “nacional”.

Pero sin duda el asesinato que desde entonces ha calado más hondo en la opinión pública internacional de toda la guerra civil fue el de Federico García Lorca. Básicamente por la talla universal del artista, pero también, porque ya se ha dicho que la propaganda “republicana” tuvo mucho más repercusión internacional que la “nacional”, teniendo en cuenta la mayor presencia “progresista” en la prensa desde siempre. Se ha escrito tanto sobre el asesinato de Federico que aquí sólo vamos a resumir brevemente algunas de las explicaciones que se le han dado: según algunos Lorca fue la víctima inocente de las rivalidades entre caciques locales (su padre lo era), otros dicen que fue víctima de su homosexualidad, otros que de la envidia, y otros que de sus (tenues) implicaciones políticas. Quizás la explicación estriba en un compendio de todas esas razones.

Una de las víctimas del franquismo más conocidas hasta hoy por ser considerado el “padre de la patria andaluza” fue el notario de Coria, Blas Infante. De ideología nacionalista (visitó en la cárcel de El Puerto al insurrecto contra la República, Companys) y proclive al islamismo, fue apresado por un grupo de falangistas, que lo fusilaron a principios de la guerra civil.

Aunque no directamente violenta, la lamentable muerte de Besteiro es debida a la represión franquista. Julián Besteiro hizo siempre gala, dentro del Partido Socialista, de sentido común, moderación, bondad y coherencia. Fue un aplaudido y neutral Presidente de las Cortes durante la República. Se mostró en contra, frente a Largo y Prieto, de la insurrección socialista violenta contra la República de Octubre de 1934, por lo que quedó marginado del PSOE. Durante la guerra, se quedó en Madrid mientras el Gobierno de la República huyó a Valencia. Partidario de la negociación con Franco, fue la única figura política que permaneció en Madrid para recibir a las tropas de Franco. El gobierno de Franco no tuvo piedad (aunque no lo penó a muerte) y fue condenado a 30 años. Murió en prisión víctima de la enfermedad y de las malas condiciones carcelarias.

Una de las figuras legendarias del anarquismo español es la de gaditano Vicente Ballester, fusilado en septiembre de 1936.

Finalmente una aclaración, en este caso en relación al mito de la represión de la guerra, en general. Suelen sumarse a ella, bandidos, que si bien fueron sometidos a juicios sin garantías, no pueden considerarse inocentes. Elegimos aquí a uno que simboliza esa situación: el “socialista” Agapito García Atadell. Director de una checa madrileña, formó la terrorífica “Brigada del Amanecer” que buscaba a miembros derechistas escondidos en Madrid. Asaltaba sus casas, violaba a sus mujeres y robaba. Fue detenido  y fusilado por el bando franquista, al parecer por un chivatazo del cineasta Buñuel, cuando en 1937 trataba de huir con el botín.

(2011) LOS TESTIMONIOS DE LA TERCERA ESPAÑA: 70 AÑOS DE SILENCIO.

Contrariamente a lo que se cree, durante la guerra civil una gran parte de los escritores e intelectuales españoles se marcharon del país. Fue una emigración que tuvo lugar sobre todo en los primeros meses de la guerra y desde la España en manos del Frente Popular, lo cual contradice tres extendidos mitos: uno, el de considerar que el exilio mayoritario de intelectuales tuvo lugar desde la España franquista; dos, la creencia de que los intelectuales se quedaron masivamente a defender una República que en realidad había dejado de existir; y el último, el de considerar que el exilio importante se produce tras la victoria de Franco, y no como fue, en los primeros meses de la guerra. Lo dice Julián Marías en sus Memorias: “la gran mayoría de la emigración intelectual no se produjo en 1939, al  final de la guerra, sino en 1936, a su comienzo” [1].

El hecho de que la mayor parte de los escritores e intelectuales huidos de la España en manos del gobierno del Frente Popular fueran precisamente republicanos se explica porque la República había quedado en manos de organizaciones revolucionarias que habían subvertido la naturaleza del sistema. De hecho, la inmensa mayoría de estos republicanos sufrieron en uno u otro momento, sobre todo en el Madrid revolucionario, detenciones arbitrarias, persecución y hasta la propia muerte (Melquíades Álvarez  por ejemplo, del partido Radical republicano).

La mayor parte de los intelectuales que se marcharon y muchos de los que se quedaron, hubiesen preferido una tercera España liberal, imposible después del 18 de julio. Lo que no fue óbice para que muchos de ellos, según se desarrollaron los acontecimientos, acabaran prefiriendo a alguno de los bandos en liza, aunque siempre como mal menor y por razones diferentes a su identificación con el programa totalitario que dominaba en ambos.

Pero de entre todos esos intelectuales, hoy vamos a centrarnos en algunos de ellos que ya desde las primeras semanas de la guerra tuvieron la lucidez, el compromiso, y la independencia de criterio de hacer un diagnóstico de condena a los extremismos dominantes en cada bando y de defensa de un país democrático y liberal, lo que en aquella España les podría haber supuesto la muerte por cualquiera de ambos bandos. Nos estamos refiriendo a un puñado de intelectuales que dieron testimonio de su militancia a favor de una tercera España imposible. Curiosamente, todos ellos son autores de libros que reúnen una serie de características comunes: son libros que han permanecido desconocidos o poco conocidos pues fueron escritos durante la guerra o en tiempos próximos a ella, pero no han sido publicados en España hasta los alrededores de los años 2000; todos ellos son de lectura obligada para los que quieran introducirse en la Guerra Civil española; todos están escritos por republicanos, en algunos casos conservadores, en otros progresistas; en todo caso están vistos desde una posición liberal y democrática, que condena tanto a fascistas como a revolucionarios; y son imprescindibles para conocer la auténtica actuación de la izquierda revolucionaria en la República y la Guerra Civil.

No en vano, estos libros fueron silenciados durante más de 70 años, primero por la dictadura de Franco, y más tarde, por los aparatos culturales de la España democrática, mayoritariamente en manos de la izquierda, molesta con que prestigiosos republicanos dieran testimonio del pasado totalitario de la misma.

Empezaremos con alguien que fue una de las figuras claves de la República, Clara Campoamor. Recordemos que fue la auténtica campeona del voto femenino, en contra de una buena parte de la izquierda, que le atribuyó por ello la derrota del 33.

A principios de la guerra, Clara Campoamor, ante la falta de seguridad personal, huyó del Madrid revolucionario, permaneciendo en el exilio hasta su muerte. En 1937 publicó en francés La revolución española vista por una republicana[2], título suficientemente explícito que no se publicó en España hasta la década del 2000. En él no sólo contó el terror del Madrid del 36 (como ella mismo explicó, miles de ejecuciones hechas con ayuda de unas listas preparadas ya desde el movimiento revolucionario de 1934) sino que hizo un análisis de lo que ocurrió en la guerra.  Dice Clara que “desde el principio de la lucha los republicanos ya no contaban. Si les han conservado una mínima representación en el gobierno revolucionario de Largo… es para salvar las apariencias, para poder negar en el extranjero que España se encontraba bajo un gobierno rojo”[3].

Clara desmonta la propaganda montada por el gobierno nominalmente republicano:  “la división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la verdad” “…hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental…”[4].

Su posición de republicana liberal, beligerante tanto con el bando franquista como con la revolución explican el por qué sus libros han permanecido sin publicar en España estos 70 años.  “Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo. Soy liberal”[5].

En la semblanza que le hace su editor, éste dice que “la derechota nunca absolvió a Clara Campoamor de ser republicana….la izquierdota jamás le perdonó el haber traído el voto de la mujer ni el haber condenado las salvajadas en la zona republicana durante la guerra civil”[6].

Al gran escritor sevillano Manuel Chaves Nogales no se le ha empezado a hacer justicia hasta tiempos muy recientes. Fue el autor de uno de los relatos literarios más bellos y lúcidos sobre el conflicto, A sangre y fuego[7], de 1937, aunque no fue publicado en España hasta fechas muy recientes. En los años 30 era el director del periódico Ahora en Madrid en el que como él mismo dice iba “sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una República democrática y parlamentaria”[8].

Cuando estalló la guerra. permaneció en la capital por fidelidad al periódico (tomado por una Consejo Obrero) y a la idea de República, hasta que el gobierno que teóricamente la representaba “abandonó su puesto” en Madrid y se trasladó a Valencia. A continuación, él mismo se marchó también: “En mi  deserción  pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como las que vertían los aviones de Franco…[9]

Se exilió primero en París y luego en Londres, donde moriría muy pronto (1944). Bajo la óptica de ese liberalismo al que no renunció en ningún momento, realizó uno de los más precoces y actuales juicios acerca de la guerra civil española y de su posible desenlace: “…la peste llegó en distintas dosis de los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín…”[10]  o  “El resultado de esta lucha no me preocupa. No me interesa saber que el dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras”[11].

El propio Chaves Nogales entendió mejor que nadie su condición de proscrito por parte de ambos bandos: “(yo)…había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”[12].

Como dirá su prologuista, Ana R. Cañil: “una vez estallada la guerra Chaves intenta pertenecer a una tercera España imposible…”[13]. Y tanto. Su neutralidad lo ha apartado de los manuales de Literatura durante demasiados años.

A Pío Baroja, nuestro tercer escritor, lo detuvieron los carlistas el mismo 18 de julio. Por circunstancias afortunadas fue liberado y al día siguiente partió de España y, salvo alguna esporádica visita, se marchó a París donde se instaló hasta su vuelta, en 1940. Durante su exilio francés  escribió una serie de ensayos y artículos sobre la guerra recogidos en un libro bajo el título de “Ayer y hoy”[14], publicado en Chile en 1939, aunque a España no llega sino hasta muy a finales de los años 90.

Desde los primeros días de la guerra Baroja mantuvo un discurso en pos de una tercera España liberal, lamentándose de los malos momentos que el liberalismo atravesaba: “Ya, según opinión general, no se puede ser mas que fascista o comunista. El liberalismo según esa opinión ha muerto…”[15].  Aunque dice que eso pasaba en todas partes, no ocurría con los intelectuales españoles: “yo no pretendo ser la voz de los intelectuales españoles pero la mayoría de ellos están dentro del liberalismo y fuera de los tendencias totalitarias, sobre todo del comunismo”[16].

Pío Baroja entiende que la guerra se produce cuando la España no frentepopulista responde al acoso revolucionario. Tras señalar que el puño del Frente Popular se torna amenazante: “no era saludo sino intimidación”, se refiere a la respuesta de los amenazados: “Los ofendidos… pensaron que para ellos ya no había tregua y se prepararon para la lucha”[17].

Hay un pasaje en el que reconoce que no hay alternativa a las dos Españas dictatoriales en liza: “En este momento en que blancos y rojos luchan con una rabia desesperada en España, no parece que pueda haber solución intermedia. Esto es lo peor. O dictadura roja o dictadura blanca. No hay otra alternativa. Yo no soy un reaccionario, ni un conservador. Tampoco tengo intereses prácticos en uno o en otro bando….A pesar de todo, creo que una dictadura blanca no siendo clerical es hoy por hoy, preferible para España. Una dictadura de militares se puede suponer lo que va a ser: Consignas más o menos severas, pero con sentido. Una dictadura roja en todos los países es lo mismo, un poder lleno de equívocos, de intenciones obscuras y de confusiones”[18].

Pero su auténtica posición es: “Yo, parodiándole (a kierkegaard), podría decir que íntimamente, en esta cuestión de la política española, si mi opinión valiera, sería ésta: Ni lo uno, ni lo otro… pero esto no decide nada”[19].

Uno de los primeros intelectuales en acuñar la idea de la Tercera España, y desde luego el primero en darla a conocer internacionalmente fue Salvador de Madariaga. Diputado, embajador y ministro de la República, al estallar la guerra se encontraba en España pero se exilió de los dos bandos en lucha, fijando su residencia en Inglaterra (se definió como “neutral, igualmente distante de ambos bandos”), donde nuevamente dio clases de español en Oxford.

Madariaga publicó el libro “España. Ensayo de Historia Contemporánea” en 1929 en Londres y desde entonces iba publicando cada cierto tiempo nuevas ediciones en las que incorporaba el relato de los acontecimientos que habían sucedido desde la edición anterior. A partir de la Guerra Civil todas las ediciones fueron publicadas fuera de España hasta 1978. Sin embargo la campaña que sufrió en la Transición por parte de una izquierda ubicua en los medios (recordemos el chotis de Ana Belen: “hay tres mendas preocupados por España, Solzhenitsyn, Albornoz y Madariaga”) hizo que su memoria quedase desacreditada ante las nuevas generaciones de entonces y silenciada posteriormente. Máxime cuando entre otras cosas Madariaga sentenció “Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936”[20].

Respecto al supuesto apoyo de los intelectuales a la llamada República Madariaga señaló: “En esta atmósfera de violencia la vida del espíritu era imposible. Al comienzo de la guerra se obligó a los intelectuales del país a firmar un manifiesto en favor de la República, es decir de la revolución que por el extranjero circulaba con disfraz republicano. Los tres escritores que habían fundado la Asociación al Servicio de la República en 1931, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, repudiaron este manifiesto en cuanto se vieron libres en la emigración”[21].

El clima social en la República tras el triunfo del Frente Popular lo describió Madariaga así: “…Aumentaron, en proporción aterradora, los desórdenes y las violencias, volviendo a elevarse llamaradas y humaredas de iglesias y de conventos hacia el cielo azul, lo único que permanecía sereno en el paisaje español. Continuaron los tumultos en el campo, las invasiones de granjas y heredades, la destrucción del ganado, los incendios de cosechas. …En el país pululaban agentes revolucionarios a quienes interesaba mucho menos la reforma agraria que la revolución. Huelgas por doquier, asesinatos de personajes políticos de importancia local. …Había entrado el país en una fase francamente revolucionaria”[22].

José Moreno Villa fue un pintor, historiador y escritor algo mayor que el resto de la generación del 27, que pasó 20 años en la Residencia de Estudiantes, donde se encontraba cuando estalló la guerra. En 1944 publicó en Méjico su importante autobiografía Vida en claro reeditada en 1976, y hoy recuperada en 2006 por Visor[23], uno de los testimonios más hermosos sobre la guerra civil. En él nos cuenta cómo la Residencia de Estudiantes de Madrid fue despoblándose casi por completo y cómo la servidumbre comenzó a mirar a sus moradores como enemigos burgueses a los que se les podía coaccionar con la amenaza del “paseo”, lo que provocó que el propio director y su familia se marcharan de ella, y aún de España.  De fidelidad a una República que en realidad ya no existía, aunque “no rojo” (“…Y no se me tome por un rojo…”[24])  y partidario del orden, vino anunciando la guerra entre unos y otros desde 1935.  Pocos dan un diagnóstico tan alejado de la ortodoxia dominante:  ”La cosa no era, pues, tan simple como se decía: no era la lucha del pueblo contra tales o cuales poderes tradicionales, sino del pueblo con el pueblo además. La clase baja estaba tan dividida como la burguesa, y como la militar y como la eclesiástica. Estábamos pues en guerra civil”[25]. Cuenta Moreno Villa que habiendo miedo ante la posibilidad del bombardeo o de la toma militar de Madrid, no lo había tanto como ante “el hombre fiera, que sin saber leer ni entender las explicaciones exigía papeles de identificación”[26], refiriéndose a las partidas de milicianos incontrolados que recorrían Madrid.

Uno de los libros de reflexión sobre nuestra guerra menos conocidos fue el escrito por Agustí Calvet (Gaziel) en la posguerra “Meditaciones en el desierto”[27]. Gaziel fue un gran periodista que pasó la guerra al servicio de Cambó. Admirador de la obra de Cánovas fue un implacable crítico de la sublevación del 18 de julio y del papel que las clases dirigentes españolas tuvieron en los años 30 en España. También critica la pasiva posición de los intelectuales ante la evolución de los acontecimientos Dice que la España del 36 “no era un todo, sino que estaba partida en tres trozos, en tres Españas perfectamente diferenciadas, dos pequeñas y una grande. Las dos pequeñas eran la España propiamente fascista y la España propiamente comunistoide: dos facciones rabiosas integradas por fanáticos enloquecidos y equivalentes, empeñadas en arremeter una contra otra y en asesinarse mutuamente, aunque para ello hiciera falta hundir el país en una guerra civil pavorosa. La tercera España, la mas grande con diferencia, estaba formada por la mayoría de los ciudadanos que captaba mas o menos claramente el peligro…las dos pequeñas facciones de locos consiguieron meter a todos los españoles dentro de la hoguera encendida por ellos”[28].

Entre las figuras literarias no españolas que dieron testimonio valiente de su neutralidad ante el extremismo dominante en ambos bandos destacan Carlos Morla Lynch  y José María Chacón y Calvo.

Carlos Morla era un diplomático chileno, destinado en Madrid en aquellos años. Amigo íntimo de Lorca, desde su llegada a Madrid en 1928 convirtió los salones de su casa, como antes había hecho en París, en un centro literario por donde pasaron todos los escritores de todas las Españas. La guerra le sorprende en la embajada chilena de Madrid donde albergará a miles de refugiados sospechosos de derechismo, a los que salvará la vida. Lo mismo que hará con los republicanos madrileños al final de la guerra. Como Schindler (el de la lista de Spielberg), el dandy Morla esta pidiendo a gritos una película española acerca de su historia y de su importantísima acción humanitaria.

En la embajada de Chile en Madrid, entre 1936 y 1939 sigue escribiendo sus diarios de siempre, que no serán publicados hasta 2008, bajo el título España sufre[29], con prólogo de Andrés Trapiello, su auténtico descubridor y valedor (y el autor del libro de referencia por antonomasia de las vicisitudes de los intelectuales españoles durante la guerra civil[30])).

El propio Morla se daba cuenta del valor testimonial de sus diarios: Trapiello dice que constituyen “acaso el más importante documento del Madrid en guerra”[31]. Sabe que si cayeran en manos de los “hunos y los otros”, como él dice,  su vida correría peligro. No en vano, si bien en un principio se muestra inclinado a favor del gobierno en consonancia con su posición de liberal de izquierdas, termina sosteniendo: “yo considero el triunfo de cualquiera de los dos bandos como un desastre”[32].

El caso de José maría Chacón y Calvo, es muy parecido al de Morla: diplomático cubano del Madrid de 1936 dedicado por entero a la labor humanitaria de salvar cientos de vidas, y también autor de unos diarios ajenos al rojo y azul de aquella España, Diario íntimo de la Revolución española (Verbum)[33], escrito entre julio y noviembre de 1936 y publicado en España en 2009.  Chacón no está con la sublevación militar, pero finalmente tampoco con los otros, pues “los que dicen sostener a este régimen de libertad, asaltan las cárceles, las incendian, ponen libres a los presos comunes y fusilan a los políticos….” (como a Melquíades Alvarez).

…¿Contra quién debe luchar entonces esta España? Contra la sublevación militar, desde luego, pero también contra esa barbarie desatada, contra esa corriente anárquica, disociadora, suicida.”[34]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Julian MARÍAS, Una Vida presente I  (1914-1951), Mdrid, 1988. p. 200; cfr., Burnet BOLLOTTEN,  La Guerra…p. 290-

[2] Clara CAMPOAMOR, La Révolution espagnole vue par une republicaine, Paris, 1937.

[3] Clara CAMPOAMOR, La Revolución española vista por una republicana, Madrid, 2009. p.124.

[4] Ibid., p. 149.

[5] Ibid., ps. 177-178.

[6] Ibid., p. 17.

[7] Manuel CHAVES NOGALES, A sangre y fuego, Madrid, 2010.

[8]

[9] Ibid., p.28.

[10] Ibid., p.26.

[11] Ibid., p. 29.

[12] Ibid., p. 27.

[13] Ibid., p. 12.

[14] Pío BAROJA, Ayer y hoy (Memorias). Madrid, 1998.

[15]

[16] Ibid., p. 64.

[17] Ibid., p. 75.

[18] Ibid., ps 137-138.

[19] Ibid., p. 138.

[20] Salvador de MADARIAGA, España. Ensayo de Historia Contemporánea, Madrid, 1978. p. 363.

[21] Ibid., ps 421-422.

[22] Ibid., ps 376-377.

[23] Jose MORENO VILLA, Vida en claro, Madrid, 20056

[24] Ibid, p. 22.

[25] Ibid., p. 151.

[26] Ibid., p. 153.

[27] Agustí CALVET “GAZIEL”, Meditaciones en el desierto (1946(1953), Barcelona, 2005.

[28] Ibid., pp 233-234.

[29] Carlos MORLA LYNCH, España sufre (diario de guerra), Salamanca, 2008.

[30] Andrés TRAPIELLO, Las armas y las letras,. Barcelona, 2010.

[31] Ibid., p. 114.

[32] Carlos MORLA LYNCH, España…, Op. Cit., p. 171.

[33] José María CHACÓN Y CALVO, Diario íntimo de la revolución española, Madrid, 2009.

 

[34]  Ibid., pp 87-88.

(2011) Recensión del libro de Carlos Morla Lynch, España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, 1936-1939. Salamanca, Editorial Renacimiento, 2008, 830 pp.1)

La versión de la guerra civil que la historiografía progresista ha logrado hacer prevalecer en todos estos años de democracia se ha fundamentado en la legitimidad de una supuesta República liberal frente al carácter dictatorial del franquismo.

En realidad, la legitimidad democrática de la República comenzó a tambalearse tras los embates revolucionarios de la izquierda a partir de octubre de 1934: la insurrección llamada de “Asturias”, aunque en realidad nacional; las irregulares y coactivas elecciones del 36, la ausencia de garantías durante la llamada “primavera trágica”, el cese anticonstitucional del Presidente de la República y el asesinato de uno de los jefes de la oposición bajo el amparo del gobierno frentepopulista, entre otros sucesos. Y dejó de ser definitivamente un Estado de Derecho con la decisión gubernamental de dar armas a organizaciones particulares. Por eso, lo que la historiografía progresista y la izquierda española han estado defendiendo en realidad estos últimos 35 años, no ha sido esa República liberal y democrática soñada e inexistente (en gran parte por la propia responsabilidad izquierdista), sino el comportamiento de uno de los dos bandos que llevaron a la mayoritaria tercera España liberal a la guerra: el bando frentepopulista, un conglomerado de fuerzas jacobinas y revolucionarias bajo la coordinación de Stalin.

No será hasta la década de los 2000 cuando la ninguneada versión de la tercera España -esa mayoría liberal sometida forzosamente al encontronazo entre fascistas y revolucionarios- comience a tener cierta presencia intelectual y mediática. Y es entonces cuando se pone de manifiesto que no sólo hubo manipulación histórica durante el franquismo: En los últimos 35 años hemos asistido a no pocos manejos para preservar la imagen “democrática” que la izquierda española había conseguido para la causa frentepopulista. Como por ejemplo el del ocultamiento sistemático de los testimonios que hablasen a las claras del intento de imposición violenta de las utopías izquierdistas, especialmente si provenían de intelectuales auténticamente republicanos.

Es el caso del libro España sufre, de Carlos Morla Lynch, relegado al olvido durante casi 70 años: Escrito en Madrid entre 1936 y 1939, los años del sitio, no ha sido publicado hasta el año 2008, con prólogo de Andrés Trapiello, su valedor y el que lo ha dado a conocer (lo que dice mucho de la honestidad y del rigor intelectual de un hombre de izquierdas como él).

Carlos Morla era un diplomático chileno, destinado en Madrid en aquellos años. Personaje de vida mundana, culto y de porte dandy, aunque liberal y dado a mezclarse en garitos y conversar con gentes de todo tipo, dado su carácter expansivo. Casado con María Manuela Vicuña, Bebé en el diario, se separó de ella tras la muerte de sus dos hijas (tenían tres hijos y sólo sobrevivió el niño, Carlitos), aunque permanecieron viviendo bajo el mismo techo de una manera civilizada e incluso afectuosa, pues en no pocas ocasiones Morla habla en el libro de su admiración por aquella mujer guapa y de fuerte carácter.

Amigo íntimo de Lorca, desde su llegada a Madrid en 1928 convirtió los salones de su casa, como antes había hecho en París, en un centro literario por donde pasaron todos los escritores de todas las Españas: Desde Alberti y Neruda, pasando por Cernuda, Salinas o Guillén, hasta Gerardo Diego y d´Ors.

La guerra sorprende a Morla en Madrid, en la embajada de Chile, donde sigue haciendo sus anotaciones diarias en medio de una ciudad en manos de partidas de milicianos que peinan barrios y saquean pisos a la búsqueda de “fascistas”, en la que sus calles, tapias, y cunetas aparecen sembrados de cadáveres y donde rige la ley de los tribunales populares y las checas. En fin, una ciudad donde ocurren toda clase de atrocidades toleradas o alentadas por organizaciones de izquierdas e incluso por cierta prensa, como ocurre con el célebre El Mono Azul, periódico de la Alianza  Antifascista de Intelectuales, dirigida por Alberti y Bergamín, donde había una sección titulada  “A paseo”, claramente incitadora a la persecución de escritores enemigos.

Uno de ellos, el escritor falangista amigo de José Antonio, Sánchez Mazas, precisamente será acogido como uno de los más de 2000 refugiados que Morla llegó a amparar a lo largo de la guerra en los edificios de la embajada chilena. El día a día en la embajada y en su casa, donde llega también a albergar a más de 50 refugiados, será el leitmotiv de España sufre, así como las intensas actividades que Morla desarrolla fuera para salvar vidas: hablar con los principales autoridades republicanas, parlamentar con los milicianos que rodean la embajada, siempre en peligro de ser asaltada, buscar comida, negociar el canje de prisioneros, acudir a las diferentes reuniones diplomáticas, viajar, planificar evacuaciones y hasta organizar una peligrosa mudanza con sus refugiados, tras un bombardeo. Además, a ratos, Morla toca el piano, juega al póker, bebe una copa o acude a garitos y rincones de Madrid, donde saluda a sus innumerables amigos populares, lo que le permite trasladarnos la vida cotidiana de las gentes de la ciudad, aumentando así el interés testimonial de sus anotaciones de hombre neutral dispuesto siempre a preservar la vida de los perseguidos que huían de los paseos y las checas. Lo mismo que hará por cierto con los republicanos que se lo pidan en 1939, tras la entrada de Franco en Madrid.

Morla se da cuenta del valor testimonial de sus diarios (Trapiello dice que constituyen “acaso el más importante documento del Madrid en guerra”). Sabe que si cayeran en manos de los “hunos y los otros”, como él dice,  su vida correría peligro. No en vano, si bien en un principio se muestra inclinado a favor del Frente Popular, termina sosteniendo: “yo considero el triunfo de cualquiera de los dos bandos como un desastre”. Lo cual lo convierte en uno de los primeros representantes intelectuales de una tercera España liberal y democrática. Pero, como se ha dicho, no el único. Otros han ido saliendo a la luz o han tomado relevancia en los últimos años. Todos ellos han escrito libros que participan de las mismas características de España sufre: Fueron escritos en los años 30 0 40, pero o han sido olvidados, o no se han publicado hasta los alrededores de los años 2000 (como se verá más ampliamente en el artículo siguiente): Chacón, Campoamor, Pío Baroja, Chaves Nogales, Otros muchos autores se pronuncian en uno u otro momento en contra de los extremos tanto de la derecha como de la izquierda, aunque en muchos casos, por razones diversas, decidan permanecer más cerca de unos que de otros o viceversa: Moreno Villa, Gómez de la Serna, Cansinos Assens, Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala, Rosa Chacel, Cernuda, Guillén, Madariaga, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Corpus Barga, Juan Ramón Jiménez, Ramon J. Sender y otros. La mayor parte de ellos se marcha de la España “republicana”, y no de la “nacional”, como una y otra vez se repite (la idea es que el exilio tuvo lugar tras la victoria de Franco; idea falsa de toda falsedad).

(2010) OCTUBRE DE 1934: EL ENVÉS DE LA MEMORIA

El pasado octubre, en su sección “Efemérides”, el Diario de Cádiz recordaba el telegrama que los socialistas gaditanos enviaban en 1935 a Largo Caballero para darle el pésame por la muerte de su esposa y expresarle su solidaridad, pues se encontraba en prisión preventiva a causa, decía el cronista, de “su responsabilidad en los sucesos revolucionarios de Asturias“.

¿En qué consistieron aquellos sucesos, y qué consecuencias tuvieron? Estamos hablando de la insurrección armada que protagonizó la izquierda española en octubre de 1934 contra la II República. Conocida eufemísticamente como “la revolución de Asturias”, o simplemente como “la huelga de Asturias”, su carácter de asalto al estado republicano ha sido rebajado o silenciado debido a la influencia de la historiografía progresista, dominante desde finales del franquismo.

En efecto, durante todos estos años se ha presentado los hechos de octubre del 34 como una especie de rebelión cuasi espontánea de los mineros asturianos, que habrían empujado a los líderes izquierdistas a encabezarla (eso dice, por ejemplo, el historiador Preston); un incidente sonado, si se quiere, pero menor, aislado y sin relación con la guerra civil.

En realidad, la insurrección tuvo lugar en 26 provincias, aunque los sucesos más graves se produjeran en Asturias, Cataluña, País Vasco y Madrid. El historiador Stanley Payne, apoyándose en los mejores estudios, estima que murieron unos 1.300 rebeldes (1.100 en Asturias, 107 en Cataluña, 80 en Vizcaya y Guipúzcoa, 34 en Madrid, 15 en Santander; el resto, en las demás zonas afectadas). Las muertes entre soldados y policías rondaron las 450. Asimismo, fueron asesinados decenas de curas. Al decir de Payne, fue la mejor armada de las revoluciones izquierdistas registradas en la Europa de entreguerras.

Hoy en día se conocen muy bien los hechos y sus fatales consecuencias: diversos historiadores de nota, entre los que destaca Pío Moa, han explicado cómo los líderes socialistas (y de la Esquerra) planificaron la sublevación; cómo instruyeron, desde su comité técnico revolucionario, para que tuviese “todos los caracteres de una guerra civil”; cómo organizaron la huelga revolucionaria, acumularon importantes cantidades de armas y prepararon el secuestro o exterminio de enemigos políticos; cómo se infiltraron en el ejército; cómo Companys declaró el estado catalán; cómo Besteiro, el único líder socialista opuesto a la sublevación, fue apartado de la dirección de la UGT (su domicilio fue tiroteado), y cómo los republicanos de izquierdas se echaron pronto atrás, al ver que las cosas no salían. Todos estos hechos, y otros, están hoy debidamente documentados.

La trascendencia de la sublevación radica en que no fue organizada por grupos periféricos, sino nada menos que por el principal partido de la oposición, el socialista (en compañía de otros), que pretextó argumentos probadamente falsos: por un lado, un supuesto riesgo de fascistización del país debido a la entrada en el gobierno de tres ministros de una CEDA que en 1933 había ganado las elecciones más limpias de la República, pero que sin embargo no quiso entrar en el ejecutivo hasta, precisamente, octubre de 1934, por ver de apaciguar a una izquierda enfurecida. Los propios Araquistain y Largo Caballero negaron en uno u otro momento tal peligro de fascistización. Por el otro, los supuestos abusos que sobre los trabajadores habría perpetrado el “gobierno de la oligarquía”, apelativo en clave marxista que el historiador Tuñón de Lara utilizaba para designar al gabinete de centro-derecha que había salido de las urnas. En realidad, 1933 había sido un año más duro que 1934 en cuanto a condiciones de vida, y los mineros no eran precisamente el sector en peor situación…

No. Como bien apunta Pío Moa una y otra vez, la insurrección socialista buscaba implantar un régimen revolucionario. La documentación en ese sentido es concluyente: basta leer, entre otras, las instrucciones secretas del comité, la prensa y la propaganda del PSOE y los escritos de Besteiro.

Los propios revolucionarios planearon blanquear los hechos en caso de que la operación se saldara con un fracaso, que fue lo que finalmente sucedió. Así, negaron con descaro su participación en la intentona y recurrieron como explicación de la misma a la reacción espontánea de la clase obrera y al “peligro fascista”. Con posterioridad, historiadores afines, de gran influencia académica y mediática, han venido insistiendo en ello.

Payne señala que nunca hubo arrepentimiento socialista (aún hoy no hay crítica oficial, aunque sí alguna particular, como la de Prieto y, creo recordar, la de Leguina). Al contrario, a lo largo del 35, numerosos libros, reportajes y folletos exaltaron la sublevación. Es más: lo que hicieron las izquierdas fue lanzar una campaña virulenta sobre las “atrocidades” cometidas en el marco de la represión de la intentona; campaña que tuvo el efecto de hacer olvidar la responsabilidad de aquéllas en los hechos y poner de su lado a gran parte de la opinión pública, incluso en el extranjero.

La campaña de marras olvidaba las salvajadas de los insurrectos, y en muchos casos exageraba o mentía sobre las cometidas por el gobierno. Como dice Payne, la realidad es que no tenemos estadísticas fiables al respecto, pues si bien las izquierdas anunciaron que realizarían una investigación a fondo cuando llegaran al poder, tras la victoria del Frente Popular dieron largas al asunto, a pesar de la insistencia del centro-derecha para que, de una vez por todas, se llevara a cabo.

La campaña caló a modo en unas bases que en 1936 se comportaron de manera muy distinta a como lo hicieron en 1934, cuando dejaron a sus líderes en la estacada. Nada más producirse la victoria frentepopulista –en un contexto de graves desórdenes públicos, con quemas de conventos y de sedes de partidos como el Republicano Radical–, grupos de incontrolados hicieron incursiones violentas en las cárceles para liberar a los izquierdistas insurrectos, y el 21 de febrero se concedió a toda prisa la amnistía largamente anunciada. Por otro lado, un decreto del 1 de marzo obligaba a los empresarios a contratar de nuevo a los trabajadores que hubieran despedido de 1934 en adelante por razones políticas, así como a pagarles un determinado número de jornales, con independencia de si esos trabajadores habían cometido actos violentos o no, incluso contra sus propios patronos.

Historiadores tan diversos como Gerald Brenan, Salvador de Madariaga, Gabriel Jackson, Richard Robinson, Carlos M. Rama o Carlos Seco Serrano han descrito la insurrección revolucionaria como el preludio de la guerra civil. Sir Raymond Carr, historiador respetadísimo en todos los ámbitos, dice que la revolución de octubre fue “el origen inmediato” de aquélla. Pío Moa, por su parte, habla de “la primera batalla de la guerra civil”.

Una vez sofocada la insurrección, la CEDA tuvo en sus manos la oportunidad de demostrar el carácter “fascista” que le atribuían sus enemigos y acabar con una oposición levantada en armas y, de paso, con la República. Pero, lejos de eso, se mostró, como durante todo el periodo republicano, estrictamente respetuosa con la legalidad.

El pasado octubre se cumplían 76 años de aquellos trágicos sucesos, que tanto tuvieron que ver con la guerra. El conocimiento de los hechos, de todos los hechos, así lo atestigua. Es necesario ser consciente de ello, no sólo en honor a la verdad histórica, sino para que todos por igual evoquemos aquel “Paz, piedad y perdón” de Azaña.

(2009) CAMPOAMOR Y EL VOTO FEMENINO: LA OTRA MEMORIA

El día 1 de octubre de 1931 tuvo lugar la aprobación en el Parlamento, por primera vez en la Historia de España, del derecho de la mujer al voto. Un importantísimo avance democrático tantas veces anotado en estos últimos años en el haber de la izquierda. Pero las cosas no fueron exactamente así.

En realidad, los únicos enemigos del apoyo al voto femenino estuvieron en el centro republicano y en las izquierdas: diputados radicales, azañistas, radicales socialistas, una parte de los socialistas y significativos líderes del PSOE. Mientras que la derecha en pleno votó a favor.

Azaña se ausentó para no votar la moción; el líder del PSOE, Indalecio Prieto maniobró para que su grupo evitara su aprobación; la exaltada socialista y feminista, Margarita Nelken, -vinculada al terror del 36- se pronunció en contra. Pero fue Victoria Kent, radical socialista, y también feminista, la que tuvo el dudoso honor de enfrentarse a la auténtica valedora de los derechos femeninos, Clara Campoamor, la otra única mujer de la Cámara que además actuó en contra de la mayoría de su grupo, los radicales republicanos.

Pero, ¿Por qué los progresistas adoptaron estas posiciones? Se dijo que el voto femenino haría peligrar el régimen republicano (para Prieto fue una puñalada trapera contra la República aunque el PSOE no dudaría en asaltarla en 1934, con 1.400 muertos como resultado). En la práctica las izquierdas temían el supuesto voto conservador femenino. Voto femenino sí pero cuando voten izquierdas, se venía a decir. Esa fue la base de las intervenciones de Victoria Kent, quien llegó a apelar a la escasa preparación de la mujer, olvidando el alto porcentaje de analfabetismo masculino. O la de Alvarez Buylla, el que sería ministro del Frente Popular, quien afirmó que la mujer era retardataria y retrógrada.

Menos presentable si cabe fueron las intervenciones fundamentadas en supuestas taras de la mujer. Es el caso de Novoa Santos, eminente médico patólogo de izquierdas quien llegó a proferir que “las mujeres son histéricas por naturaleza”. O la de Ossorio Gallardo, -el que fuera abogado de Azaña en relación a la revolución de 1934-, sobre la curiosa base de que el sufragio femenino para las casadas  podía ser una fuente de discordia doméstica.

Al final, la equiparación de derechos electorales para los ciudadanos de uno y otro sexo, fue aprobada por 161 votos a favor y 121 en contra. Aunque no todo acabó ahí. En diciembre, aprovechando la marcha de la derecha de las Cortes en protesta por la ley de Congregaciones, los azañistas presentaron una enmienda para privar a las mujeres del voto en las elecciones nacionales. Clara Campoamor vuelve a la batalla y consigue ganar contra todo pronóstico, con el apoyo de buena parte del PSOE y de los republicanos de derecha, por tan solo cuatro votos

Tras la sesión de octubre los principales intelectuales liberales criticaron la impostura de la izquierda anti-sufragista, entre ellos Marañón, Unamuno y Ortega y Gasset. Éstos, junto a Perez de Ayala, Menéndez Pidal,  Salvador de Madariaga, Pío Baroja y la propia Clara Campoamor tuvieron una evolución parecida: republicanos de primerísima hora, terminaron contrarios al devenir totalitario del sistema. Todos ellos huyeron ante la deriva que iba tomando España. La mayoría desde la España frentepopulista ante el temor a ser “paseados”. Clara, en concreto, fue testigo en Madrid del terror miliciano del verano-otoño de 1936. Escribió al respecto un libro titulado La revolución española vista por una republicana, del que no me resisto a reproducir una de sus reflexiones que aclara resumidamente su posición: () la división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas (,,,) no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos (…) demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental.

La inquina de la izquierda contra Clara Campoamor duró hasta su exilio. La acusaban de la derrota de 1933. Ella, se defendió por medio de un libro cuyo título lo dice todo: Mi pecado mortal: el voto femenino y yo.  publicado en junio de 1936.

(2007) LAS CAUSAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA DESDE LA PERSPECTIVA ACTUAL: APROXIMACIÓN A LOS DIVERSOS ENFOQUES HISTÓRICOS

Introducción.

 

Este trabajo no es más que una parte resumida de un trabajo mucho más amplio que se refiere a la percepción de la guerra civil en la prensa escrita progresista española a lo largo de la democracia juancarlista. Precisamente para averiguar si había una tendencia dominante en la interpretación de las causas de la guerra había que presentar previamente el estado de la cuestión en cuanto a los enfoques existentes al respecto. Aquí se trató del intento de resumir una clasificación de esos enfoques en torno a las causas de la guerra que necesariamente deberá ser mucho más ampliada y matizada de lo que ahora lo está pues fue presentada como una comunicación a un Congreso universitario.

Dada la amplitud de los objetivos y lo limitado del espacio que una comunicación requería, si queríamos introducir el máximo de contenido al respecto, debíamos condensar todo lo que queríamos decir en pocas frases, por lo que en ocasiones hemos recurrido intencionadamente a un estilo casi de telegrama o de ficha.  Para apoyar la clasificación de los enfoques hemos elegido textos de al menos cada uno de los autores que consideramos más emblemáticos de cada corriente de pensamiento interpretativo, los cuales aparecen a pié de página.

 

La evolución de los grandes enfoques sobre el origen de la guerra civil.

 

Tras la victoria del bando franquista, y hasta bien entrado los años 60, la versión sobre la guerra civil que monopolizó la vida mediática e intelectual española, en manos de un solo grupo político, fue la del sector más extremista e ideologizado del bando vencedor. Pero al mismo tiempo que esa versión cuasi delirante se imponía en todos los ámbitos de la vida social y política se fue produciendo una historiografía conservadora -incluso de confesión franquista en la mayoría de los casos- de carácter científico y profesional, aunque reducida a los ámbitos académicos y de especialistas. Esa historiografía, que podríamos denominar de la derecha, supuso el primer gran enfoque serio sobre  el origen de la guerra cuya influencia ha continuado hasta nuestros días. Según esa primera interpretación, y muy resumidamente, fue la destrucción de la legalidad constitucional por parte de quienes la habían impuesto unilateralmente -la conjunción jacobina y revolucionaria- ejercida tanto desde el gobierno como desde la calle contra una masa de católicos y gente “de orden”, lo que originó la guerra, y no la guerra la que destruyó la legalidad democrática republicana.

A fines de los años sesenta y más acusadamente a partir de la mitad de los setenta, sobre todo tras la muerte de Franco, se va imponiendo una interpretación que va a prevalecer durante más de treinta años en los medios de comunicación, en la universidad y en general en la sociedad, y que puede resumirse así: un grupo de militares, instrumento de las capas más poderosas y reaccionarias del país (la oligarquía), se alza contra un régimen democrático legítimo y avanzado que es defendido por las organizaciones populares, provocando una guerra civil que al final ganan gracias a la ayuda nazi y fascista. La fuerza de este enfoque, llamémosle por seguir la costumbre, progresista, ha sido durante todos esto años tal, que ha conseguido borrar la presencia de los historiadores conservadores, los cuales han permanecido ignorados y despreciados por la mayor parte de los lectores, especialmente por los estudiantes y jóvenes historiadores.

Uno de los últimos fenómenos que ha hecho convulsionar la Historia de la guerra civil es la aparición de la corriente revisionista, llamada así desde el entorno progresista por cuanto revisa sus posiciones, pero cuya acepción usaremos aquí sin connotaciones despectivas. Su enfoque en sí no es nuevo, pues enlaza con la historiografía tradicional de la derecha, aunque sí su metodología, basada en la apertura de nuevos archivos y sobre todo en  las propias fuentes de la izquierda, utilizadas para sostener que fue ésta la que principalmente buscó con ahínco la guerra como medio para llegar a la utopía. La novedad respecto a este reciente revisionismo estriba en el hecho de que algunos de sus máximos exponentes provienen de medios izquierdistas, y aun de la izquierda extrema, lo que les hace tratar sobre un sistema de pensamiento que conocen muy bien y sobre el que utilizan un aparato crítico potente[1] Su aportación, muy denostada en los medios universitarios, dinamiza un discurso demasiado anquilosado y previsible, aunque sorprendentemente no ha dado lugar a un debate científico debido, creemos ser justos, a la posición anatemizadora del entorno progresista.

Hoy en día va ganando terreno en la mayor parte de las Historias sobre la guerra una especie de tercera vía que presenta a ambos bandos como antidemocráticos por igual, o en todo caso a uno más antidemocrático que al otro según el caso, aunque con unas diferencias entre ambos contendientes no tan pronunciadas como se había dicho. Dicho de otra manera, se considera la guerra como el resultado del encontronazo de dos extremos, el autoritario de la derecha y el revolucionario, y no de la democracia contra el fascismo, como ha sido lo habitual en todos estos años. En este último enfoque, como en un cajón de sastre, se mezclan distintos matices interpretativos, con tesis entremezcladas y visiones que vamos a llamar moralistas, neutralistas y sentimentales.

 

 

El modelo explicativo del marxismo.

 

Vamos a empezar primero por el enfoque que hemos llamado progresista, pues es el que presenta un sistema de análisis más definido. En general, los autores que sostienen este enfoque suelen conciliar los acontecimientos históricos y el modelo explicativo marxista, eso sí, algo diluido y ecléctico. Resumimos el modelo.

La Historia no es más que el resultado de la lucha de clases. Como consecuencia del lugar que ocupan en el proceso de producción, cada clase posee unos intereses comunes. Según esto, la burguesía, definida como propietaria de los medios de producción, está interesada en romper el modelo del Antiguo Régimen[2]. En España la revolución burguesa nunca había llegado a desarrollarse hasta sus últimas consecuencias. La debilidad de su burguesía es causa y efecto de su pacto con la oligarquía latifundista, lo que a finales del siglo XIX se traduce en el triunfo de la Restauración, que no es más que la forma de dominación política que adoptan esas clases oligárquicas[3]. La fortaleza de la reacción y su victoria permanente sobre la modernidad produce, entre otros, una incapacidad del sistema para integrar los nuevos movimientos sociales surgidos a fines del siglo XIX. La II República supone una nueva oportunidad de culminar la revolución burguesa hasta el final (entendida ésta no al modo anglosajón, sino francés) y construir un auténtico régimen democrático que sea capaz de integrar al movimiento obrero; pero de nuevo, y esta vez gracias al auge del fascismo internacional, la reacción vuelve a triunfar en España.

La Historia es la historia de la lucha de clases, y los partidos políticos en las sociedades modernas, sus instrumentos. En la República, los partidos de la derecha representan los intereses de las clases dominantes y de unas clases medias ideologizadas por aquella. Los de la izquierda, los intereses de las clases oprimidas.

Los factores sociales y económicos son los determinantes –en última instancia- de los sucesos históricos. Para los hispanistas y para los marxistas españoles, las causas profundas del conflicto histórico español radican en las condiciones económicas del momento, es decir, en la situación precaria del proletariado industrial, y sobre todo en la pobreza de amplias masas de campesinos[4]. La frustración que produce el fracaso de una reforma agraria planificada para solucionar el problema del agro será una de las causas profundas de la guerra.

El ansia de redención de estos grupos oprimidos les lleva a la necesidad histórica de cambiar el modelo capitalista por un modelo igualitario que redimirá a todo el  conjunto social. Pero el aparato coercitivo del Estado, incluso del democrático, está en manos de la burguesía y de la clase terrateniente, y por tanto sigue siendo un instrumento de las clases opresoras[5]; además, estas clases no sólo disponen del instrumento estatal como medio de dominación, sino que su forma de pensar, su ideología, logra ser extendida por toda la sociedad principalmente a través de la religión –el “opio del pueblo”- lo que consigue la conformidad y la sumisión de los oprimidos. De ahí las medidas republicanas contra una Iglesia a la que se la cree responsable del atraso intelectual español y agente de la aceptación de la situación de opresión. Cuando las clases trabajadoras toman conciencia de su situación y se organizan para conseguir posiciones más ventajosas, la burguesía responderá violentamente. En efecto, La Republica va adoptando medidas que atentan contra algunas de las estructuras de dominación de esas clases opresoras, las cuales como reacción, a través de la desestabilización primero, y de la conspiración militar mas tarde, van a liquidar de forma cruenta este régimen avanzado y progresista[6]. El fascismo internacional, surgido también como reacción a las conquistas obreras, jugará un papel muy importante en la derrota de esta democracia avanzada[7]. Como consecuencia de ese auge fascista, cuyo pretexto es la salvación de la patria,[8] el Frente Popular no busca la revolución de forma inmediata –aunque es posible que la republica trajese un clima revolucionario- sino de manera gradual. El auténtico objetivo del Frente Popular no es sino defender a la República del fascismo. Por tanto, la guerra se da entre el fascismo rebelde, representante de los sectores mas reaccionarios de la sociedad y la legalidad democrática republicana defendida por las organizaciones populares y progresistas.

 

 

Los hispanistas. Los marxistas españoles.

 

Dentro de la interpretación sobre las causas de la guerra que hemos denominado progresista destaca la corriente de los hispanistas extranjeros, franceses, americanos y muy especialmente ingleses. Los hispanistas son los auténticos pioneros de esta versión dominante de la guerra, más directamente marxista en el caso francés, aunque orientada toda ella a la interpretación de clase. Autores como Brenan, Jackson, Carr, Thomas, Pierre Vilar, Malefakis, Preston y Beevor serían, entre otros, los más representativos.

La historiografía marxista española ha sido muy prolífica a lo largo de estos años. Nombres significativos son los de Tuñón de Lara, Santos Juliá, y Viñas. Su aportación -muy señalada en cantidad y calidad- se identifica con la visión y los argumentos del grueso del bando perdedor de la guerra, y  su predominio ha sido tan intenso a lo largo de todos estos años, que en parte, ha penetrado en el marco del pensamiento de la derecha y de la propia Iglesia. Critican el modelo conservador del que dicen que no sabe o no quiere ver las causas profundas de los fenómenos históricos, basados en los intereses objetivos de clase.

 

 

Resumen del enfoque de la historiografía marxista.

 

La República, votada mayoritariamente en las grandes ciudades llega pacíficamente bajo la ilusión de una gran masa de españoles que ven en ella la solución a una España caciquil, atrasada y antidemocrática. Se trata de la revolución burguesa pendiente[9]. La quema de conventos del mes de mayo de 1931 se explica por el desahogo de siglos de complicidad entre la Iglesia y los poderes oligárquicos para el mantenimiento de la ignorancia y la explotación de las clases trabajadoras[10]. Estos hechos contra la Iglesia son enjuiciados como un error perjudicial para la Republica y favorecedor de la derecha[11] más que como atentado a la libertad religiosa y a la legalidad constitucional. Por primera vez se promulga una Constitución radicalmente democrática, que busca la separación de la Iglesia y el Estado e integra a las fuerzas políticas del movimiento obrero. Las reformas emprendidas por el primer bienio republicano-socialista son las encaminadas a construir un estado laico y moderno, y un reparto más equilibrado de la estructura de la propiedad rural a la que se hace responsable de la pobreza[12]. La reforma agraria no se desarrollará no sólo por problemas técnicos y de división entre republicanos y socialistas sino  también por el boicot de algunos propietarios y por las trabas burocráticas y legalistas. Desde muy pronto aparece la sedición antirrepublicana de sectores monárquicos, oligárquicos y militares, con el levantamiento del general Sanjurjo en agosto de 1932. Uno de los aspectos más unánimemente resaltados es la acción de la República en pos de la enseñanza. La victoria de la derecha en las elecciones de 1933 se debe a: el fracaso de algunas de las reformas planteadas, en especial la agraria, por la resistencia de la derecha, los desordenes sociales, la reacción católica,  la abstención de los anarquistas y la campaña de la derecha contra Azaña tras los sucesos de Casasviejas. El bienio negro emprende el camino de la destrucción de las reformas republicano socialistas[13]. Las medidas reaccionarias de la derecha en 1933 en contra de los trabajadores contribuyen a polarizar la sociedad y a producir una violencia que estallará tras las elecciones de 1936[14].

Hay frustración en el campo, se vuelve a antiguas situaciones, y el líder de la CEDA recuerda a Dolfuss en Austria, sobre todo a partir de algunos mítines y actos de masas. Ante esto, el partido socialista se radicaliza y adopta formas revolucionarias. La agitación anarquista, que no ha dejado de producirse desde los comienzos, continúa. El miedo a la posibilidad de que la entrada en el gobierno de tres cedistas lleve a la republica a una dictadura fascista hace que se convoque una huelga general revolucionaria, impulsada por la presión de la bases obreras y campesinas. Al mismo tiempo, el gobierno de Cataluña declara el Estado catalán. El gobierno hace traer a las tropas de regulares y marroquíes para acabar con el movimiento insurreccional. Se produce una represión desmedida que tiene un eco internacional. La posición inflexible de la derecha respecto a la represión de Asturias enerva los ánimos de la izquierda y de los nacionalistas. La derecha usa el desorden público en contra de la república. Las clases medias tienen miedo al desorden, la desestabilización de la falange crece[15]. Las elecciones de febrero de 1936 dan la victoria al Frente Popular. Tras una primavera desestabilizadora y conspirativa, el ejército se rebela contra la democracia que es defendida por las organizaciones populares. La victoria será para los rebeldes gracias a la ayuda internacional fascista y nazi[16].

 

 

La Historiografía conservadora revisionista.

 

Los primeros historiadores de la derecha no tienen un modelo definido de análisis; su método consiste sobre todo en rastrear los hechos muy pegados a la realidad, y buscar una explicación adecuada a su desarrollo. Son, eso sí, historiadores minuciosos, investigadores que contrastan la veracidad de los hechos, los cuales investigan acudiendo a fuentes primarias. Sus obras se caracterizan por la profusión de datos y como consecuencia sus libros son muy extensos. Autores significativos en esta línea son Arrarás, Martínez Bande, los hermanos Salas Larrazabal y Ricardo de la Cierva. Como autor no español podríamos incluir a Burnett Bolloten.

Los que hemos llamado revisionistas tampoco tienen un modelo explicativo de la Historia, al estilo marxista, pero sí un punto de vista de fondo liberal-democrático. En ellos está presente un enfoque más moderno y más de confrontar los hechos a la luz del modelo constitucionalista que el de los conservadores. Critican sobre todo al enfoque marxista al que acusan de ajustar las causas de la guerra al modelo de explicación de la lucha de clases. Son significativos César Vidal, Pío Moa, y Martín Rubio entre otros. En los últimos tiempos podríamos incluir también a Stanley Payne. Algunas de las ideas que respaldan el revisionismo las resumimos a continuación.

 

La metodología de la historiografía conservadora liberal[17].-

 

El conflicto de la España contemporánea no es tanto el del liberalismo contra la reacción, como el del encontronazo entre el liberalismo moderado y el liberalismo exaltado. Aunque ambos quieren llegar al mismo sitio, la sociedad democrática liberal, el primero es básicamente evolutivo, legalista, se muestra respetuoso con la tradición, la monarquía (aunque hay republicanos moderados también) y la religión, utiliza el consenso para el establecimiento de las reglas de juego político, menos ideológico que sensato, y tiene un alto sentido patriótico y del Estado. El modelo que siguen es el anglosajón. El segundo es revolucionario, aventurero, impositivo, convulso, mesiánico, cargado de hiperlegitimidad moral, y anticlerical. No tiene sentido de nación por lo tiende a la alianza con el separatismo. El modelo que siguen es el revolucionario francés, modelo que exporta a Iberoamérica. A fines del siglo XIX se suma al jacobinismo un nuevo movimiento revolucionario, de corte obrerista, inspirado en la revolución rusa (también en el anarquismo). Ambos procesos revolucionarios (el francés y el ruso) tienen una dinámica común que desemboca en el terror.

La Restauración, con todos sus defectos -los mismos que afectaban a la monarquía anglosajona y nórdica- podría haber continuado un camino evolutivo hacia la democracia como pasó en esos países. Fue sobre todo la acción de los grupos jacobinos y revolucionarios, cuyos únicos puntos en común eran la destrucción de la monarquía y de la religión católica, lo que ocasionó el desplome del sistema restaurador (ayudado por los errores del propio liberalismo moderado). ¿Cómo podía integrar la Restauración a unos grupos mesiánicos que buscaban explícitamente su liquidación y que defienden la revolución?

La economía condiciona el marco histórico pero no lo define. Más bien es al contrario, la política suele influir directamente sobre la economía, bien frenándola, bien estimulándola. Había más pobreza en la España de principios de siglo o en el sur-este europeo de esos años treinta que en la España de la República. Es pues el mensaje revolucionario el factor que impulsa a la insurrección incluso allá donde no hay pobreza. No son los problemas (el problema agrario) los que determinan las catástrofes, sino las soluciones que se les dan. En la España republicana fueron soluciones en la línea de sustituir la iniciativa privada por la gestión burocrática, es decir soluciones empobrecedoras y totalitarias, lo que hizo que fuese peor el remedio que la enfermedad. En muchos casos además, se aplican estas recetas por las bravas y de forma ilegal, como en el caso de las ocupaciones de tierra. Fue la propaganda revolucionaria sobre la pobreza, vista como producto de la culpabilidad de la derecha, lo que atizó el odio.

Para la historiografía de la derecha liberal no hay intereses de clase homogéneos; lo demuestra la pluralidad de partidos que dicen defender al proletariado, por ejemplo. Las diferencias entre ellos son tales, que llegan al intento de exterminio en la Republica. La clase obrera no está interesada objetivamente en el socialismo –la caída del muro demostró lo contrario-. Sí está interesada, como lo está todo el mundo, en la democracia liberal, porque es el único sistema que ofrece reglas de juego para todos, libertades y derechos individuales (los únicos que existen, no hay derechos colectivos), poderes independientes y gobiernos limitados.  No hay tampoco lucha de clases: el conflicto esporádico de intereses antagónicos entre trabajadores y empresarios en el seno de cada empresa se coloca en segundo lugar ante un interés mayor, el de la buena marcha y supervivencia de la misma.

Los partidos son todos interclasistas y no representan esencialmente a los pobres o a los ricos sino a sí mismos, a las soluciones que proponen y a los que en cada momento les dan su confianza.

Aunque hubo una corriente democrático-liberal representada por Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Alacalá Zamora y Miguel Maura que ayudó a la traída de la república, ésta se desengañó en seguida debido al sectarismo, la radicalidad y las imposiciones de la conjunción jacobina y obrerista. Una constitución sectaria y anticlerical, y la quiebra de la legalidad por parte del republicanismo despótico y del revolucionarismo, desde la calle, a través de la revolución, y desde el gobierno, quebrando la legalidad constitucional que ellos mismo han establecido, todo ello en contra de la mitad del país, provocan la guerra. No hay un conflicto entre fascismo y democracia, pues la democracia no puede ser defendida por una alianza de separatistas, jacobinos, socialistas revolucionarios, comunistas y anarquistas, todos ellos liderados y manejados por Stalin. Las democracias no ayudan a ninguno de los bandos. Ayudan la URSS a la República, y Alemania e Italia a Franco.

 

El enfoque de la historiografía de la derecha.

 

La llegada de la republica a través de unas elecciones municipales ganadas por los monárquicos (que se repitieron en aquellos lugares donde no habían ganado los republicanos) produjo una Constitución sectaria[18]  que choca de lleno, entre otros, con una masa de católicos españoles. Los liberales exaltados y los revolucionarios se imponen casi desde el principio a los republicanos liberales moderados,  los cuales van a mostrar pronto su desengaño; en efecto, los moderados se verán pronto desbordados cuando un mes después de proclamada la republica arden iglesias y conventos en varias capitales españoles sin que las autoridades hagan lo suficiente por restablecer el orden[19]. Los gobiernos de centro izquierda emprenden una serie de reformas inspiradas en el modelo jacobino francés, algunas de ellas auténticos ataques a la libertad religiosa[20]. Se exagera la acción de la República en pos de la enseñanza, entre otras cosas porque se promulgan leyes que cierran colegios (religiosos) que acogen a más de la mitad esbordados,ación mutua superior a la que Rusia otorga a los republicanos Cf. , con narradores objetivos y neutros”la población escolar española. Por otra parte, la ley de Defensa de la Republica, anterior a la propia constitución, y que la contradice, es en la práctica un instrumento partidista y de censura empleada sobre todo contra la derecha. La República permanece la mayor parte del tiempo bajo estados de alarma o de guerra, lo que le permite la censura, las prohibiciones, la limitación de los derechos, el cierre de periódicos y las deportaciones políticas, casi siempre contra el grueso de la derecha y en ocasiones contra los anarquistas. Tras el fracaso entre otros de la reforma agraria y la extensión de los conflictos sociales, a menudo violentos, las elecciones del 33 dan el triunfo a la derecha, pero ésta no puede formar gobierno ante la oposición de la izquierda y del propio Presidente de la República. Tras su derrota electoral, el PSOE comienza un proceso de bolchevización que será determinante en el origen de la guerra civil.

Tras el desgaste del centro, la derecha demanda y obtiene tres carteras ministeriales lo que sirve de pretexto al partido socialista (ante el supuesto carácter fascista de la CEDA) para organizar una insurrección armada revolucionaria que tuvo un resultado de más de 1400 muertos en 26 provincias españolas. La derecha, lejos de aprovechar el momento para implantar una dictadura (anunciada por la izquierda) hace cumplir la legalidad, pero sufre  una campaña internacional al estilo izquierdista  -de las habidas antes y después del 34- en el que se acusa al gobierno de graves responsabilidades en la represión de los culpables. El presidente Alcalá Zamora impide que la derecha gobierne[21] y termina convocando nuevas elecciones que gana el Frente Popular, formado por republicanos jacobinos y la izquierda marxista (Besteiro, socialista moderado, había sido apartado de la dirección del partido). Desde febrero de 1936 hasta julio se quiebra la legalidad tanto desde el gobierno formado por republicanos (se revisaron actas de elecciones[22] de forma ilegal y se destituyó a Alcalá Zamora de la presidencia) como desde la calle (hubo 300 muertos en esos meses a causa sobre todo del proceso revolucionario abierto) por parte de las fuerzas revolucionarias. El no va más llega con el asesinato de uno de los dos jefes de la oposición (al otro, Gil Robles, no lo encontraron en su casa) por parte de un grupo policial al servicio del partido socialista, y no del estado de derecho. Gil Robles pronuncia en las Cortes su famosa frase “media España no se va a dejar matar por la otra media”. A partir del 18 de julio se descompone del todo el régimen republicano en la zona antifranquista, dándose rienda suelta a la revolución social. La situación revolucionaria es disimulada a niveles internacionales[23].

 

El enfoque neutralista, moralista y sentimental.

 

El enfoque que pretende tratar a ambos bandos como malvados, o a unos mas malvados que otros, pero no con la intensidad que se había dicho, suele venir acompañado de declaraciones de imparcialidad. Pero también de apreciaciones morales y sentimentales. Sus pretensiones de imparcialidad no impiden que algunos terminen alineándose con más o menos claridad, a uno de los dos grandes enfoques, generalmente al progresista. Lucha fratricida, apelaciones a nuestra condición cainita, referencias al infierno hispánico, debates sobre si fue posible la paz, etc. conforman el meollo de los enfoques sentimentales, los cuales, lejos de poner sobre la mesa cuestiones de objeto científico, distraen acerca de las explicaciones del origen del conflicto. García Cortazar sería el prototipo de historiador proclive a estas apreciaciones sentimentales, como demuestra en la Introducción de la reciente colección sobre la guerra publicada por el periódico El Mundo, con frases del estilo de “los españoles de 1936 cumplían un destino funesto, como los héroes de una tragedia griega (…)”[24]. Al final Cortazar está muy influido por el enfoque progresista a pesar de su posición de derechas pues coincide con éste en cuestiones tan importantes como la de dar crédito a las izquierdas cuando hablan de salvar a la República frente a Gil Robles (en realidad buscan la Comuna), llamar insurrección popular a la en realidad organizada por el PSOE en 1934, y otorgar más importancia a la represión que a la insurrección armada de Asturias. A Cortazar lo incluimos en el apartado neutralista porque llega a la conclusión de que los dos extremos de cada bando arrastraron a una mayoría de moderados hacia la guerra civil[25].

Beevor se encaminaría más por una interpretación moralista, la cual tampoco ayuda a aclarar las causas del conflicto. Su declaración de que no pretende ser complaciente con nadie –declaración común a este grupo heterogéneo, pero de intenciones neutralistas- pronto se ve contradicha por su análisis de clase. Un análisis cargado de descalificaciones morales contra las derechas y la Iglesia, y de justificaciones para los peores atropellos de la izquierda.[26]

Un autor que muestra gran celo por la equidistancia a la par que expone importantes dosis moralista es Bennassar[27]. Ya el propio titulo del libro dice mucho de su enfoque. En la misma línea neutralista se halla el libro de Eslava Galán[28], cuyo autor gusta de un moralismo plasmado en multitud de anécdotas.

Y por ultimo citaremos la reciente serie del periódico El Mundo sobre la guerra civil que pretende ser nada menos que la primera obra escrita en España con el propósito de ser objetiva y alejada de los maniqueísmos, ya que “el acontecimiento decisivo de nuestro pasado reciente no ha contado, salvo excepciones, con narradores objetivos y neutros”. La posición de la obra queda expuesta por su presentador, el impulsor de la serie Pedro J. Ramírez, cuando se refiere a que miles de hombres fueron arrastrados a la guerra por los dos bandos fanatizados en conflicto[29].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] El movimiento ha adquirido proporciones mas allá del campo de la disciplina histórica (donde los casos de Pio Moa, César Vidal y Jon Juaristi son los mas conocidos) que lo sitúan en todos los ámbitos del  mundo intelectual español (los casos de Gustavo Bueno, Cesar Alonso de los Ríos, Albert Boadella, etc. ). No es novedoso por el contrario el caso de historiadores conservadores que tras años de inmersión en el entorno progresista acaban asumiendo sus tesis, como es el caso de Tussell o Cortazar.

 

 

[2] Toda la síntesis que aquí se expone puede consultarse en un pequeño manual ya clásico HARNECKER, M., Los conceptos elementales del materialismo histórico. Madrid, 1973.

 

[3]  “un sistema liberal oligárquico” lo define Santos Juliá. JULIÁ, S., “Edad Contemporánea” en Historia de España. VALDEÓN, J., et al. Madrid, 2003, p. 434.

 

[4] “el problema más grave se hallaba, lo mismo que antes, en el sur rural” CARR, R., Historia de España., Barcelona, 2001, p. 259

 

[5] La puesta en marcha de la guerra fue obra de “la oligarquía que se había visto desposeída de muchos de los centros del poder político y que temía verse desposeída definitivamente del poder económico” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado: dictadura, republica, guerra (1923-1939). Madrid, 1983, p. 22

 

 

[6] “(…) Ahora los antiguos dueños del poder económico, dirigidos por el ejercito y apoyados por la Iglesia, vieron que estaban a punto de ser desbordados. Frente a ellos se encontraban `los profesores´ -la clase media instruida- y prácticamente todas las fuerzas obreras del país, enloquecidas por años de insultos (…)”. THOMAS, H., La guerra civil española (1936-1939), París, 1976.

 

[7] El fascismo internacional y su influencia en la CEDA fue uno de los dos grandes problemas de la República. Cf. JACKSON, G. Breve Historia de la Guerra Civil española, Barcelona, 1974, p. 23

 

[8] Tuñón dice que “se confunden la salvación de la patria con los intereses de clase” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado… op. cit., p. 224.

 

[9] Los republicanos estaban llamados “a una revolución de tipo jacobino, largo tiempo esperada y debida” BRENAN, G., El laberinto español, Barcelona, 1984, p. 249.

 

[10] Cf. Ibid., p. 254-255.

[11]  Dice Tuñón que si bien no hay pruebas de quien pudo ser, “el motín favoreció a la derecha” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado… op. cit., p. 126.

[12] El problema agrario fue precisamente uno de los dos problemas graves de la República. Cf. JACKSON, G. Breve Historia… op. cit., p. 23

[13] Según Malefakis la derecha, desde octubre de 1934 hasta febrero de 1936, usará el poder para “destruir los sindicatos campesinos, reducir los salarios rurales, desahuciar arrendatarios y yunteros” MALEFAKIS, E., Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX.  Madrid, 2001, p. 567.

[14]  Cf. Ibid., p. 569

[15] Como dirá Preston  “Jose Antonio Primo de Rivera representaba para las clases dominantes la garantía de que el fascismo español no escaparía a su control” como sucedió en Alemania e Italia. PRESTON, P., La guerra civil española. Barcelona, 1987, p. 60

 

[16] La ayuda italiano alemana a Franco es superior a la que Rusia otorga a los republicanos Cf. VILAR P., Historia de España. París, 1963, pp. 144-145.

[17] Este resumen de las ideas que están en el fondo del pensamiento conservador liberal es un compedio extraído a lo largo de estos años principalmente de autores como Cesar Vidal, y sobre todo Pío Moa; no hablamos sólo de sus libros, sino también de sus textos históricos escritos en prensa, principalmente en el periófico on line Libertad Digital, disponible en Internet, www.libertaddigital.com.

[18] No se hizo pensando en todos los partidos, como hizo Cánovas en 1876, ni menos fue elaborada con la participación de todos, como hicieron las Cortes de 1978. Cf. DE LA CIERVA, R., Historia de España. Guía imprescindible ara jóvenes. Madrid, 2001, p. 515.

[19] “La alegría por el nuevo régimen pronto decayó. Antes de un mes…ardían un centenar de iglesias, con libros y obras de arte, y eran asaltados locales y periódicos conservadores. El gobierno, con su pasividad, alentó, de hecho, la quema” MOA, P., Los orígenes de la guerra civil. Madrid, 1999, p.159.

[20] Vid. CÁRCEL ORTÍ, Vicente La persecución religiosa en España durante la segunda república.Madrid, 1990

[21]La recusación a que Gil Robles forme gobierno hace afirmar a los hermanos Salas que “la esencia del Estado liberal, basada en el principio de la legitimidad democrática había quedado desmedulada. La Segunda República se revelaba como un régimen imposible. Cf. SALAS LARRAZABAL, R. Y J., Historia general de la guerra de España. Madrid, 1986, p. 20.

[22] Cf. VIDAL C., “¿Ganó el Frente Popular las elecciones de febrero de 1936? 1 y 2.”, Libertaddigital, 2 y 9 de abril de 2004, http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276219754.

 

[23] Burnett Bolloten señala que la revolución social en la zona antifranquista fue en muchos aspectos mas intensa que la bolchevique en sus primeras fases; pero no sólo fue ocultada su magnitud, sino su propia existencia, algo insólito en la historia. BOLLOTEN, B., La guerra civil española. Madrid, 1989, 45.

[24] GARCIA DE CORTAZAR, F., “Historia de dos odios” en  La guerra civil mes a mes, Tomo 1, p. 7

[25]  Ibid., pp. 7-13

[26] Vid. BEEVOR, A., La guerra civil española. Barcelona, 2005.

[27] Vid. BENNASSAR, B., El infierno fuimos nosotros: la guerra civil española (1936-1942…). Madrid, 2005

[28]Vid. ESLAVA GALÁN, J., Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. Barcelona, 2005.

Ce travail a également l’intention de prouver que El País a défendu pendant la Transition de ne pas utiliser la guerre civile dans le débat parlementaire pour faciliter la coexistence démocratique. Le contraire de ce qui est maintenant supporté.

 

[29] RAMIREZ, P. J., La guerra civi…op. cit., TOMO 1, solapa de presentación.

(2006) EL REFORMISMO DE LA TRANSICIÓN (Y DE LA RESTAURACIÓN) FRENTE AL RUPTURISMO HISTÓRICO DE LA IZQUIERDA: INFLUENCIA EN EL TIEMPO PRESENTE

Introducción.

 

La izquierda, al aceptar el consenso de las reglas de juego ofrecido por el postranquismo en la Transición, rompió una tradición de algarada, agitación e imposición unilateral que la había caracterizado durante dos siglos. ¿Reverdece esa tradición en el camino emprendido por el gobierno de Zapatero en el sentido de cambiar las normas de 1978 en contra de la mitad del electorado español?

 

A partir de la Reforma de 1976 y tras un siglo de convulsiones a menudo violentas, los españoles, representados por todo el arco político democrático, acordaron unas reglas de convivencia en libertad. La reconciliación, el olvido y el consenso marcaron el tránsito y el devenir de estos últimos 30 años, caracterizados unánimemente como un periodo de estabilidad, libertad y prosperidad.

Fueron fuerzas provenientes del franquismo, unidas a las del centro-derecha de los gobiernos de Suárez, las que organizadas por el rey, diseñaron, lideraron y organizaron una Transición a la democracia caracterizada por ir desde la Ley hasta la Ley. El nombramiento de Suárez como presidente del gobierno, a instancias del preceptor del rey Torcuato Fernández Miranda fue decisivo en ese sentido, pues logró hacer aprobar el proyecto de Reforma tanto en el Consejo Nacional como en las Cortes franquistas, para posteriormente ser aprobado en un referéndum. El postfranquismo había producido su propia autoliquidación desde la legalidad para dar paso a las elecciones generales.

Para llegar a la reconciliación y el consenso entre derechas e izquierdas hubo una evolución histórica lenta de todas las partes. Del lado del Régimen, hubo desde los primeros tiempos disidencias que fueron socavando su posición. La guerra había obligado a polarizar al centro-derecha español hacia el bando nacional, en especial a los monárquicos y a la inmensa masa de católicos españoles, e incluso a parte de los republicanos (Lerroux), todos ellos en su gran mayoría “gente de orden”, contrarios al proceso revolucionario emprendido. Como dice Juaristi, <<la diferencia histórica fundamental entre la derecha francesa y la española radica en que la primera nunca afrontó abiertamente el riesgo de una revolución comunista (ni siquiera en 1871, y mucho menos en 1968)>>.[1]

Pero tras la guerra, estos sectores se disolvieron en el magma del régimen (lo que pesará sobre la identificación entre derecha y franquismo). Sin embargo, en el seno del llamado Movimiento, además de los sectores autoritarios dominantes, había grupos que sólo deseaban parar a la izquierda revolucionaria, para en un segundo momento, acoger a una Monarquía parlamentaria abierta a las tendencias dominantes en la Europa ganadora de la II Guerra (muy presumiblemente con la ausencia en un principio del socialismo revolucionario y del anarquismo).

Hitos de esta posición son, entre otros: el llamado Manifiesto de Lausana de Don Juan, de 1945, prohibido por el propio general Franco; la publicación en ABC en 1947 del segundo manifiesto, el de Estoril, junto al primero de Lausana, permitidos por Franco, pero como señala López de Naturana, <<…no precisamente por respeto a la figura de Don Juan, sino para mostrar su hostilidad hacia él>>.[2]; y tres meses después de que Fraga eliminara la censura previa, la publicación en ABC del artículo “La Monarquía de todos”, de Luís María de Ansón, que originó el secuestro del periódico y el exilio del periodista durante un año.

En la Universidad de los 50, señalados intelectuales fueron evolucionando desde dentro hasta situarse en contra del Régimen., como Laín Entralgo[3], Antonio Tovar, Ruiz-Giménez o Dionisio Ridruejo, entre otros. Franco sabía que había surgido una oposición distinta a la de los vencidos, y procedió a reprimirla[4]. Pero la Universidad ya no volvió a ser controlada por la dictadura.

A partir de la segunda mitad de los años cincuenta, los tecnócratas de López Rodó  contribuyeron con su desideologización, y sobre todo con su programa de economía abierta, a que España se convirtiera en un país materialmente parecido a la Europa moderna. La Iglesia por su parte, uno de los principales pilares de la formación del Régimen, fue cambiando hasta situarse también en las antípodas, en parte por el hermanamiento de los movimientos cristianos de base (HOAC y JOC)[5] con la oposición, a la que servía de protección, pero también a través de la evolución de sus jerarquías, como se puso de manifiesto en la condena de los sindicatos verticales realizada por la Conferencia de Obispos del 24 de julio de 1968. Y aunque la Iglesia se va a mantener dividida, a partir del nombramiento como primado de Vicente Enrique y Tarancón[6], comprometido con el espíritu del Vaticano II, la jerarquía eclesiástica abandonó al Régimen entre 1969 y 1975, lo que contribuyó no poco al descrédito del mismo.

Pero no fue hasta la desaparición del dictador, y sobre todo bajo el liderazgo del rey, cuando el grueso del postfranquismo, y en general el centro derecha, adoptan la determinación de asegurar un cambio democrático para España.

Por su parte, la oposición antifranquista, reducida en la práctica al partido comunista, abandonaba ya a mitad de los años 50 el objetivo de la victoria militar al proclamar la política de Reconciliación Nacional[7]. La idea de organizar un gran pacto entre la izquierda y lo que se llamaba entonces la “burguesía progresista” para traer la democracia fue ya publicada en 1969[8] en la minoritaria revista de la izquierda culta, Cuadernos de Ruedo Ibérico, por lo que fue poco conocida. Se da la paradoja de que su autor, Fernando Claudín, había sido expulsado del PC en 1964 a causa de esas ideas por Santiago Carrillo, la persona que finalmente las asumió y puso en práctica.

A pesar de esto, el PC, y la izquierda en general, seguían defendiendo “la acción de masas” como medio para arrancar la formación de un gobierno provisional formado por representantes de los principales partidos de la oposición organizados bajo la llamada Platajunta Democrática, una estrategia que no hacía más que repetir el modelo rupturista que llevaba practicando desde su nacimiento, como veremos más adelante (la izquierda no abandona los principios revolucionarios hasta bien entrada la Transición).

Aunque más radicales de retórica, a finales de 1976 y <<en su XXVII Congreso, los socialistas decidieron participar en las elecciones aunque no se hubiesen legalizado todavía todos los partidos>> .[9] El PSOE abandonaba la ruptura y aceptaba en la práctica la Reforma. Esta actitud, que dejaba fuera de juego al PC, obligó a los comunistas a buscar su propia legalización mediante su presencia pública. Tras la impresionante serenidad demostrada en los funerales por los asesinatos de los abogados comunistas de Atocha, el PC fue legalizado. No es pues hasta el final del proceso cuando Carrillo, como consecuencia de la difícil legalización de su partido, cambia también la ruptura por la Reforma en contra de la gran mayoría de su militancia (aunque aceptada  a regañadientes por el aparato, debido a la tradición autoritaria del mismo).

El consenso de la Transición propuesto por la Reforma suarista se llevó a cabo gracias a la colaboración de todos, pues todos hubieron de renunciar a algo importante. El grueso del franquismo renunció a su poder omnímodo, concedió una Ley electoral que beneficiaba a los nacionalistas, y abandonó el espacio de la cultura y de los medios en manos de la izquierda, lo que entre otras cosas produjo que ésta ganara la batalla de la “legitimidad” histórica y de la propaganda.[10] La izquierda por su parte, renunció a la República y a la bandera tricolor, así como a la ruptura política unilateral, que le hubiese traído un periodo de procesos judiciales contra los autores de una larga represión sobre sus militantes.

La gran novedad respecto a los dos últimos siglos radica precisamente en que la izquierda acepta la Reforma propuesta por el centro derecha, y renuncia por primera vez a conseguir unilateralmente mediante la presión de la calle el régimen que la había caracterizado: un sistema liberal extremo de carácter jacobino y anticlerical en lo ideológico, aunque federal en lo territorial, emulado en gran parte del modelo de la Revolución francesa, y visto por el marxismo y el anarquismo, como un instrumento, como un medio para hacer la revolución. Un modelo definido por la algarada callejera, las durísimas campañas de agitación, la imposición unilateral de los rupturistas sobre el resto de la ciudadanía (en nombre de una hiperlegitimidad moral cuasi religiosa), el anticlericalismo, la toma de todos los aparatos de poder estatal, la agitación mediática, la ausencia de celo por la identidad nacional, y en el exterior, la alianza con regímenes totalitarios.

En efecto, si bien hasta bien entrado el siglo XX, izquierdas y derechas españolas han tenido una conducta poco democrática respecto a lo que hoy se entiende por tal (como muestra la tradición caciquil de la derecha o los pronunciamientos y golpes de unos y otros a lo largo del XIX y XX), la búsqueda de románticas utopías revolucionarias ajenas a los principios de separación de poderes y libertades individuales (se buscaban “libertades” colectivas, de clase o de territorio) ha estado más incrustada en la naturaleza de las propuestas jacobinas, izquierdistas y nacionalistas, en las que la religión intentó ser suprimida y sustituida por el Estado, el nuevo ente todopoderoso en las manos redentoras del “progresismo” (de ahí el carácter más místico que político de estas propuestas).

Los antecedentes de ese modelo pueden rastrearse ya desde el siglo XIX con la insurrección de Riego en el año 1820, cuyo himno “trágala perro”, refleja claramente su carácter; aunque fue durante el sexenio revolucionario de 1868-1873, y sobre todo con La I República – cuyo episodio cantonalista retrata a la perfección su delirante espíritu – cuando llegó a su cénit. Fracasada aquella breve y exótica experiencia, la huelga, la agitación, las campañas mediáticas y la subversión de una parte del ejército será la constante en la respuesta del republicanismo, el nacionalismo y el socialismo a la Restauración monárquica, un sistema parlamentario emulado del británico y contado por la historiografía al uso sólo por sus vicios.

Ya en el siglo XX,  el programa reformista de aperturismo librecambista y anticaciquil  de Maura, contó con una dura oposición. Como dice Raymond Carr, esas <<…reformas chocaron con la hostilidad intransigente de los partidos Liberal y Republicano, que constituyeron el “Bloque de izquierdas”.[11] La intensísima campaña contra Maura, el famoso “Maura no”, fue organizada tras el castigo judicial sin interferencia del gobierno[12] ejercido contra las fuerzas antisistema que habían organizado la Semana Trágica de Barcelona, una experiencia revolucionaria, en la que se había desatado un ataque feroz contra iglesias y tumbas religiosas[13]. Fue en el contexto de aquellos años cuando se produjo la famosa amenaza del socialista Pablo Iglesias de recurrir al “atentado personal”[14] si Maura llegaba al gobierno.

Tras la implantación del soviet ruso en 1917, el bolchevismo se va abriendo paso, y la amenaza de su establecimiento se hace más creíble. La izquierda aspira seriamente a la revolución. Como dice González Cuevas, en adelante, la derecha lo que hará es defenderse de <<…los intentos revolucionarios de la izquierda, que arrancan del triunfo bolchevique en Rusia en 1917, que desencadenó lo que el historiador Ernst Nolte ha llamado la “guerra civil europea”>>.[15]

Un primer momento de esta nueva etapa tendrá lugar precisamente en la llamada “revolución de 1917”. La alianza de los sindicatos socialistas y anarquistas, con el apoyo de las llamadas Juntas Militares de Defensa, se hizo con la intención de rebasar el orden monárquico constitucional y liquidar la influencia del catolicismo en nuestro país, dos de  los objetivos omnipresentes en este modelo rupturista. El nacionalismo catalán se unió también, aunque al final se echó para atrás ante el temor de que la conjura se convirtiera en una revolución de carácter obrerista. De nuevo el sistema monárquico parlamentario trató a los fracasados rebeldes con la misma benevolencia con que la Restauración había tratado a los antisistema.

Hasta 1923, republicanos, socialistas, anarquistas y nacionalistas, continuaron en su labor de socavar el sistema monárquico parlamentario. Curiosa y paradójicamente, con la dictadura de Primo de Rivera, los socialistas se integraron en el sistema, cuya represión se dirigió exclusivamente contra los anarquistas.

Para implantar la II República, el comité revolucionario, en el que participaban representantes de las fuerzas republicanas, comenzó induciendo un golpe militar que terminó fracasando. El gobierno de la Monarquía por su parte, acudió a la cárcel a ofrecer carteras ministeriales a los rebeldes, las cuales fueron rechazadas.

Tras las elecciones municipales de abril de 1931, que los republicanos perdieron de forma clara, aunque ganasen en las grandes ciudades, la presión de la calle, y en este caso sobre todo la debilidad del entorno del rey condujeron a un cambio de régimen[16], la República, cuyo origen unilateral marcó el devenir de un proceso que fue impuesto y dominado básicamente por la alianza de dos proyectos distintos: el de los republicanos exaltados de inspiración jacobina y el de los revolucionarios obreristas mesiánicos. El cambio de régimen en Madrid, hizo proclamar a Maciá en Barcelona la República catalana, independiente de la de Madrid, aunque tres días más tarde, tras arduas presiones de sus amigos republicanos de conspiración, depusiese su actitud.

Tras la victoria electoral de la derecha, el partido socialista se radicalizó a lo largo de 1933 bajo la batuta de Largo Caballero, el llamado Lenin español (previo aislamiento del moderado Besteiro), quien propagó la idea de la guerra civil como forma de alcanzar el socialismo[17].  En 1934,  los socialistas, comunistas y anarquistas se levantaron en armas contra la República[18], produciendo 1.400 muertos en 26 provincias. Al mismo tiempo, los nacionalistas catalanes, comandados por Companys, líder de la Ezquerra Republicana, proclamaron el Estado catalán, fracasado una vez más por la falta de apoyo popular. Tanto el centro republicano como la derecha defendieron una legalidad que a ésta última disgustaba, pero que acataba. El gobierno sufrió una de las tradicionales durísimas campañas de agitación por parte de las izquierdas respecto a “la represión” que ejercieron sobre los insurrectos (de gran paralelismo con la campaña por la “represión” de la Semana Trágica), unos supuestos abusos que las izquierdas rehusaron extrañamente comprobar tras su victoria [19], a partir de febrero de 1936.

En medio de un clima de inseguridad, violencia y todo tipo de desafíos a la legalidad se desarrollaron las elecciones de febrero de 1936. Si bien ganó en número de votos el Frente Popular, antes de la proclamación oficial de los resultados se desencadenó en la calle una ofensiva que le dio la mayoría, y conseguida ésta, las izquierdas consiguieron la mayoría absoluta a través del fraude en el recuento de los sufragios.[20] Una vez en el gobierno, la Conjunción republicano-socialista, llevó a la presidencia de la República a Azaña, previa destitución del presidente legítimo, Alcalá Zamora, lo que según Fusi y Palafox, <<fue un grave golpe a la legitimidad del régimen>>[21]. A partir del gobierno del Frente Popular se entra en un periodo de descomposición social y política,  donde se rompió con la legalidad democrática desde el Gobierno y desde la calle.

Pues bien, frente a este modelo histórico rupturista de origen revolucionario francés, al que se le superpone el bolchevique, se encuentra el anglosajón y nórdico de liberalismo moderado, de turnismo ordenado, evolutivo, reformista, pactado institucionalmente, de monarquía parlamentaria, respetuoso de la legalidad y la religión, celoso de las libertades individuales y contrario a las colectivas de clase o territorio, en el que jamás se ha dado la dictadura de la derecha o de la izquierda. En España también se puede rastrear el ansia por este modelo, cuyo primer precedente podemos situarlo en la Constitución de Cádiz de 1812, que aunque liderada por jacobinos revolucionarios españoles, se hace conociendo ya las terribles secuelas de terror y dictadura de la Revolución en Francia, y en contra precisamente del francés, de ahí su carácter pactista, legalista, celoso de la identidad nacional (se habla de “las Españas” sólo para contentar a los americanistas), e integradora de la monarquía y el catolicismo.

Pero el intento más serio y duradero por implantar este modelo se alcanza, a pesar de sus defectos, con la Restauración. Se puede establecer una analogía entre aquel periodo alfonsino y éste último de monarquía parlamentaria juancarlista, salvando las distancias históricas, ambos liderados en su tránsito por el liberalismo moderado. Sus afanes legalistas, su estabilidad y longevidad de casi 50 años, su crecimiento (moderado pero constante en el caso alfonsino), y su evolución hacia la conquista de derechos civiles equiparable a la de los países de la Europa de entonces (se aprobó el sufragio universal masculino), así lo constata. Para la historiografía dominante de los últimos 30 años proveniente del marxismo, sin embargo, la Restauración del siglo XIX aparecía como un periodo falsamente liberal frente a la alternativa de “progreso” representada por republicanos y socialistas (una historiografía que incluía como el prototipo de modelo democrático a la II República, cuya analizada intolerancia es reconocida en las memorias de sus protagonistas). En los últimos tiempos esta interpretación ha sido revisada de forma radical en el seno de la historiografía más crítica representada por Raymond Carr, Juan Pablo Fusi o Joan Juaristi[22], de la intelectualidad de la talla de Francisco Ayala y del socialista José Prat, así como de especialistas tan reconocidos como Miguel Martínez Cuadrado, ninguno de ellos por cierto, sospechoso de conservadurismo político. La retirada del ejército a los cuarteles, y la apertura a la incorporación de todas las fuerzas hasta entonces antisistema fueron dos características de la Restauración, a pesar de lo cual la conjunción “progresista”, pese a sus diferencias internas, permaneció unida en su afán por obstaculizar los fines de estabilidad, turnismo, independencia de poderes y parlamentarismo que caracterizó este periodo.

Muy posiblemente, la quiebra de la Restauración nos apartó de la evolución pacífica y sin convulsiones hacia la democracia avanzada de la tradición anglosajona y nórdica, y nos acercó a la epilepsia de la trayectoria francesa, heredada luego por las republicas sudamericanas. Una evolución sin convulsiones, aparentemente reencontrada tras el consenso de 1978.

Tras todo lo dicho, queda sólo preguntarse si se puede establecer algún paralelismo entre el rupturismo tradicional y la situación política actual de España. Aunque con métodos diferentes, desde luego, el camino unilateral emprendido por el gobierno del PSOE tras su victoria electoral de 2004 para cambiar algunos de los acuerdos consensuados en 1978, parece una vuelta al comportamiento tradicional del “progresismo” español, toda vez que se emprende en parecida alianza a los minoritarios comunistas, radicales y “soberanistas”, y en contra del partido de centro-derecha que representa a la mitad del electorado español. Un camino que viene precedido por las durísimas campañas de agitación en torno a la guerra de Irak, al hundimiento del Prestige, y a la jornada de reflexión electoral posterior a los atentados de marzo, de gran analogía con aquellas otras históricas campañas de agitación descritas.

[1] Jon JUARISTI, “Alternativas”, ABC, 9 de octubre de 2005.

[2] Virginia LOPEZ DE NATURANA, “ABC ante la cuestión vasca en la Transición y la Democracia (1975-2001)”, El Argonauta Español, nº 2, 2005, p. 2.

[3] La cuestión viene desde 1949, con la publicación de España como problema de Laín. Ruiz-Gimenez se alineó con él. Miguel A., Cf. RUIZ CARNICER, El Sindicato Español Universitario (SEU) 1939-1965, Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 1996, p. 284.

[4] Se detuvo a Tamames, Elorriaga, Ridruejo, Ruiz Gallardón, Pradera, Múgica, y Sánchez Maza, todos ellos de familias vinculadas al régimen. Arriba, 11 de febrero de 1956. Cf. Pablo LIZCANO, La Generación del 56: la Universidad contra Franco. Barcelona, Grijalbo, pp. 143-153.

[5] Hermandad Obrera de Acción Católica y Juventud Obrera Cristiana, respectivamente.

[6] El nombramiento fue hecho intencionadamente por el Papa Pablo VI en detrimento del obispo Morcillo, comprometido con el régimen de Franco. Cf. Emilio ROMERO, Papeles Reservados. Barcelona, Plaza y Janés, 1986, pp. 203-204.

[7] Cf. Santiago CARRILLO, Memoria de la Transición, Barcelona, Grijalbo, 1983, pp. 25-30.

[8] Cf. Paul PRESTON, “La crisis del franquismo”, en la colección “Historia de España”, de Historia 16, volumen 13 (febrero 1983), p. 89.

[9] Paul PRESTON, “La crisis del franquismo”…op.cit.,  pp. 89-129.

[10] <<La memoria depende de la hegemonía cultural y ésta la tiene la izquierda desde finales de los sesentaen estas últimas cuatro décadas la lectura de la Historia se ha sesgado a favor de la izquierda…>>…. <<Mi testimonio en este punto es el de alguien que en los años sesenta y setenta consideró necesario rescatar el pasado de manos del oficialismo franquista>>….lo cual  <<era tan imprescindible como salvar a la Historia, ahora, de los sesgos impuestos por la izquierda>>. César ALONSO DE LOS RIOS,  “Las ruinas de la memoria”. ABC, 22 de agosto de 2004.

[11] Raymond CARR, Historia de España, Barcelona, Península, 2001, p. 237.

[12] Ricardo DE LA CIERVA, Historia de España, Guía imprescindible para jóvenes. Getafe (Madrid), Fénix, 2001, p. 470.

[13] <<…ardieron sesenta iglesias y conventos y fueron profanadas numerosas tumbas de religiosas…>>. Cf., Ibid., p. 470.

[14] Cf., Id.,  Historia total de España, Del hombre de Altamira al Rey Juan Carlos. Getafe, (Madrid), Fénix, 1997, p.737.

[15] Entrevista a Pedro Carlos GONZALEZ CUEVAS, profesor de la UNED y autor de El pensamiento político de la derecha española del siglo XX . http://www.minutodigital.com/noticias/cuevas.htm.

[16] Cf. César VIDAL, “¿Eran demócratas los republicanos en 1930? (y II)”, LibertadDigital, 22 de abril de 2005, disponible de internet, http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276230004

[17] Vid. Pío MOA, Los orígenes de la guerra civil española, Madrid, Encuentro, 1999.

[18] Para Stanley Payne, 1934 es el punto de inflexión que marca lo que él llama el colapso de la República.

Vid. Stanley PAYNE, El colapso de la República. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

[19] Cf. Pío MOA, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil. Madrid, Encuentro, 2001, p. 76.

[20] Cf. César VIDAL, “¿Ganó el Frente Popular las elecciones de febrero de 1936? 1 y 2.”, Libertaddigital, 2 y 9 de abril de 2004, http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276219754.

[21] Juan Pablo FUSI y Jordi PALAFOX, España: 1808-1996. El desafío de la modernidad. Madrid, Espasa Calpe, 1997,  p. 268.

[22] Cf. Luis ARRANZ NOTARIO, “Optimismo y pesimismo en la Historia de España”, La Ilustración Liberal, nº 4, octubre-noviembre, 1999.

Las calles de Cádiz (II)

Como despedida, antes de las vacaciones hoy trataremos por fin un tema agradable: la hermosura de algunos nombres de las calles de Cádiz.

Antes que nada me referiré a la calle Libertad, mi preferida, título que da nombre a esta columna quizás porque resume el espíritu libertario de Cádiz, y por filosofía: creo en la superioridad moral de la libertad frente al igualitarismo. Soy de Cádiz, de la calle Libertad y liberal. Lo mío sí que es una conjunción planetaria.

En un antiguo artículo mío, “Mi gente de la Plaza”, hablaba de gaditanos que nacimos o hicimos vida en esa calle, y lo siento, olvidé a algunos. Por ejemplo, Paco Gómez de Barreda y su mujer Ángeles Barquín, propietarios del “almacén de Paco”, ambos de La Montaña: casualmente Ángeles, del pueblo de mi propia madre, Abionzo; Fernando Suárez, que fue vicepresidente de la Diputación; y los hermanos Scapacini, uno de ellos el famoso cuartetero, y el otro, Felipe, un flamenco cabal como lo fueron o lo son otros vecinos de la calle: Manolo Vargas, el Cojo Peroche, el Niño de los Rizos y David Palomar.

Ahora ya sí, repasemos de memoria otros nombres de calles hermosos. No podían faltar motivos marineros: Goleta, Barquilla de Lope, en recuerdo al famoso poema de Lope de Vega, Mojarra, Mirador, Nereidas, Neptuno y Enrique de las Marinas. Tampoco los relativos al flamenco: Gitanillos de Cádiz, Soleá, Flamenco y la antigua Flamencos Borrachos.

Abundantes y bellos son los nombres referidos a profesiones y actividades desarrolladas en ellas, como Bajada de Escribanos, Pelota -donde se practicó tal juego-, Botica, Plaza de las Canastas, Corralón de los Carros, Mentidero -donde se hablaba de negocios y por tanto se mentía-, Hospital de Mujeres (en cuyo Hospitalito barroco que alberga un Greco, nací), Cuesta de las Calesas, el Palillero -donde se practicaba el palique-, el Tinte y Jabonería, calle de la impresionante bajada del “Greñuo” en Semana Santa.

Tienen un especial sabor histórico El Callejón de los Negros, el de los Piratas, alrededor de la catedral, y la plaza de la Oca, antigua “Horca del Francés”. Curiosamente, hay pocos nombres de Carnaval, a excepción de carnavaleros insignes.

Y por último los nombres literarios: Soledad, Silencio, Desamparados, Viento, y Viudas. Y el más bello, Cuna Vieja.

Feliz vacaciones.

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