(2010) OCTUBRE DE 1934: EL ENVÉS DE LA MEMORIA

El pasado octubre, en su sección “Efemérides”, el Diario de Cádiz recordaba el telegrama que los socialistas gaditanos enviaban en 1935 a Largo Caballero para darle el pésame por la muerte de su esposa y expresarle su solidaridad, pues se encontraba en prisión preventiva a causa, decía el cronista, de “su responsabilidad en los sucesos revolucionarios de Asturias“.

¿En qué consistieron aquellos sucesos, y qué consecuencias tuvieron? Estamos hablando de la insurrección armada que protagonizó la izquierda española en octubre de 1934 contra la II República. Conocida eufemísticamente como “la revolución de Asturias”, o simplemente como “la huelga de Asturias”, su carácter de asalto al estado republicano ha sido rebajado o silenciado debido a la influencia de la historiografía progresista, dominante desde finales del franquismo.

En efecto, durante todos estos años se ha presentado los hechos de octubre del 34 como una especie de rebelión cuasi espontánea de los mineros asturianos, que habrían empujado a los líderes izquierdistas a encabezarla (eso dice, por ejemplo, el historiador Preston); un incidente sonado, si se quiere, pero menor, aislado y sin relación con la guerra civil.

En realidad, la insurrección tuvo lugar en 26 provincias, aunque los sucesos más graves se produjeran en Asturias, Cataluña, País Vasco y Madrid. El historiador Stanley Payne, apoyándose en los mejores estudios, estima que murieron unos 1.300 rebeldes (1.100 en Asturias, 107 en Cataluña, 80 en Vizcaya y Guipúzcoa, 34 en Madrid, 15 en Santander; el resto, en las demás zonas afectadas). Las muertes entre soldados y policías rondaron las 450. Asimismo, fueron asesinados decenas de curas. Al decir de Payne, fue la mejor armada de las revoluciones izquierdistas registradas en la Europa de entreguerras.

Hoy en día se conocen muy bien los hechos y sus fatales consecuencias: diversos historiadores de nota, entre los que destaca Pío Moa, han explicado cómo los líderes socialistas (y de la Esquerra) planificaron la sublevación; cómo instruyeron, desde su comité técnico revolucionario, para que tuviese “todos los caracteres de una guerra civil”; cómo organizaron la huelga revolucionaria, acumularon importantes cantidades de armas y prepararon el secuestro o exterminio de enemigos políticos; cómo se infiltraron en el ejército; cómo Companys declaró el estado catalán; cómo Besteiro, el único líder socialista opuesto a la sublevación, fue apartado de la dirección de la UGT (su domicilio fue tiroteado), y cómo los republicanos de izquierdas se echaron pronto atrás, al ver que las cosas no salían. Todos estos hechos, y otros, están hoy debidamente documentados.

La trascendencia de la sublevación radica en que no fue organizada por grupos periféricos, sino nada menos que por el principal partido de la oposición, el socialista (en compañía de otros), que pretextó argumentos probadamente falsos: por un lado, un supuesto riesgo de fascistización del país debido a la entrada en el gobierno de tres ministros de una CEDA que en 1933 había ganado las elecciones más limpias de la República, pero que sin embargo no quiso entrar en el ejecutivo hasta, precisamente, octubre de 1934, por ver de apaciguar a una izquierda enfurecida. Los propios Araquistain y Largo Caballero negaron en uno u otro momento tal peligro de fascistización. Por el otro, los supuestos abusos que sobre los trabajadores habría perpetrado el “gobierno de la oligarquía”, apelativo en clave marxista que el historiador Tuñón de Lara utilizaba para designar al gabinete de centro-derecha que había salido de las urnas. En realidad, 1933 había sido un año más duro que 1934 en cuanto a condiciones de vida, y los mineros no eran precisamente el sector en peor situación…

No. Como bien apunta Pío Moa una y otra vez, la insurrección socialista buscaba implantar un régimen revolucionario. La documentación en ese sentido es concluyente: basta leer, entre otras, las instrucciones secretas del comité, la prensa y la propaganda del PSOE y los escritos de Besteiro.

Los propios revolucionarios planearon blanquear los hechos en caso de que la operación se saldara con un fracaso, que fue lo que finalmente sucedió. Así, negaron con descaro su participación en la intentona y recurrieron como explicación de la misma a la reacción espontánea de la clase obrera y al “peligro fascista”. Con posterioridad, historiadores afines, de gran influencia académica y mediática, han venido insistiendo en ello.

Payne señala que nunca hubo arrepentimiento socialista (aún hoy no hay crítica oficial, aunque sí alguna particular, como la de Prieto y, creo recordar, la de Leguina). Al contrario, a lo largo del 35, numerosos libros, reportajes y folletos exaltaron la sublevación. Es más: lo que hicieron las izquierdas fue lanzar una campaña virulenta sobre las “atrocidades” cometidas en el marco de la represión de la intentona; campaña que tuvo el efecto de hacer olvidar la responsabilidad de aquéllas en los hechos y poner de su lado a gran parte de la opinión pública, incluso en el extranjero.

La campaña de marras olvidaba las salvajadas de los insurrectos, y en muchos casos exageraba o mentía sobre las cometidas por el gobierno. Como dice Payne, la realidad es que no tenemos estadísticas fiables al respecto, pues si bien las izquierdas anunciaron que realizarían una investigación a fondo cuando llegaran al poder, tras la victoria del Frente Popular dieron largas al asunto, a pesar de la insistencia del centro-derecha para que, de una vez por todas, se llevara a cabo.

La campaña caló a modo en unas bases que en 1936 se comportaron de manera muy distinta a como lo hicieron en 1934, cuando dejaron a sus líderes en la estacada. Nada más producirse la victoria frentepopulista –en un contexto de graves desórdenes públicos, con quemas de conventos y de sedes de partidos como el Republicano Radical–, grupos de incontrolados hicieron incursiones violentas en las cárceles para liberar a los izquierdistas insurrectos, y el 21 de febrero se concedió a toda prisa la amnistía largamente anunciada. Por otro lado, un decreto del 1 de marzo obligaba a los empresarios a contratar de nuevo a los trabajadores que hubieran despedido de 1934 en adelante por razones políticas, así como a pagarles un determinado número de jornales, con independencia de si esos trabajadores habían cometido actos violentos o no, incluso contra sus propios patronos.

Historiadores tan diversos como Gerald Brenan, Salvador de Madariaga, Gabriel Jackson, Richard Robinson, Carlos M. Rama o Carlos Seco Serrano han descrito la insurrección revolucionaria como el preludio de la guerra civil. Sir Raymond Carr, historiador respetadísimo en todos los ámbitos, dice que la revolución de octubre fue “el origen inmediato” de aquélla. Pío Moa, por su parte, habla de “la primera batalla de la guerra civil”.

Una vez sofocada la insurrección, la CEDA tuvo en sus manos la oportunidad de demostrar el carácter “fascista” que le atribuían sus enemigos y acabar con una oposición levantada en armas y, de paso, con la República. Pero, lejos de eso, se mostró, como durante todo el periodo republicano, estrictamente respetuosa con la legalidad.

El pasado octubre se cumplían 76 años de aquellos trágicos sucesos, que tanto tuvieron que ver con la guerra. El conocimiento de los hechos, de todos los hechos, así lo atestigua. Es necesario ser consciente de ello, no sólo en honor a la verdad histórica, sino para que todos por igual evoquemos aquel “Paz, piedad y perdón” de Azaña.

(2009) CAMPOAMOR Y EL VOTO FEMENINO: LA OTRA MEMORIA

El día 1 de octubre de 1931 tuvo lugar la aprobación en el Parlamento, por primera vez en la Historia de España, del derecho de la mujer al voto. Un importantísimo avance democrático tantas veces anotado en estos últimos años en el haber de la izquierda. Pero las cosas no fueron exactamente así.

En realidad, los únicos enemigos del apoyo al voto femenino estuvieron en el centro republicano y en las izquierdas: diputados radicales, azañistas, radicales socialistas, una parte de los socialistas y significativos líderes del PSOE. Mientras que la derecha en pleno votó a favor.

Azaña se ausentó para no votar la moción; el líder del PSOE, Indalecio Prieto maniobró para que su grupo evitara su aprobación; la exaltada socialista y feminista, Margarita Nelken, -vinculada al terror del 36- se pronunció en contra. Pero fue Victoria Kent, radical socialista, y también feminista, la que tuvo el dudoso honor de enfrentarse a la auténtica valedora de los derechos femeninos, Clara Campoamor, la otra única mujer de la Cámara que además actuó en contra de la mayoría de su grupo, los radicales republicanos.

Pero, ¿Por qué los progresistas adoptaron estas posiciones? Se dijo que el voto femenino haría peligrar el régimen republicano (para Prieto fue una puñalada trapera contra la República aunque el PSOE no dudaría en asaltarla en 1934, con 1.400 muertos como resultado). En la práctica las izquierdas temían el supuesto voto conservador femenino. Voto femenino sí pero cuando voten izquierdas, se venía a decir. Esa fue la base de las intervenciones de Victoria Kent, quien llegó a apelar a la escasa preparación de la mujer, olvidando el alto porcentaje de analfabetismo masculino. O la de Alvarez Buylla, el que sería ministro del Frente Popular, quien afirmó que la mujer era retardataria y retrógrada.

Menos presentable si cabe fueron las intervenciones fundamentadas en supuestas taras de la mujer. Es el caso de Novoa Santos, eminente médico patólogo de izquierdas quien llegó a proferir que “las mujeres son histéricas por naturaleza”. O la de Ossorio Gallardo, -el que fuera abogado de Azaña en relación a la revolución de 1934-, sobre la curiosa base de que el sufragio femenino para las casadas  podía ser una fuente de discordia doméstica.

Al final, la equiparación de derechos electorales para los ciudadanos de uno y otro sexo, fue aprobada por 161 votos a favor y 121 en contra. Aunque no todo acabó ahí. En diciembre, aprovechando la marcha de la derecha de las Cortes en protesta por la ley de Congregaciones, los azañistas presentaron una enmienda para privar a las mujeres del voto en las elecciones nacionales. Clara Campoamor vuelve a la batalla y consigue ganar contra todo pronóstico, con el apoyo de buena parte del PSOE y de los republicanos de derecha, por tan solo cuatro votos

Tras la sesión de octubre los principales intelectuales liberales criticaron la impostura de la izquierda anti-sufragista, entre ellos Marañón, Unamuno y Ortega y Gasset. Éstos, junto a Perez de Ayala, Menéndez Pidal,  Salvador de Madariaga, Pío Baroja y la propia Clara Campoamor tuvieron una evolución parecida: republicanos de primerísima hora, terminaron contrarios al devenir totalitario del sistema. Todos ellos huyeron ante la deriva que iba tomando España. La mayoría desde la España frentepopulista ante el temor a ser “paseados”. Clara, en concreto, fue testigo en Madrid del terror miliciano del verano-otoño de 1936. Escribió al respecto un libro titulado La revolución española vista por una republicana, del que no me resisto a reproducir una de sus reflexiones que aclara resumidamente su posición: () la división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas (,,,) no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos (…) demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental.

La inquina de la izquierda contra Clara Campoamor duró hasta su exilio. La acusaban de la derrota de 1933. Ella, se defendió por medio de un libro cuyo título lo dice todo: Mi pecado mortal: el voto femenino y yo.  publicado en junio de 1936.

(2007) LAS CAUSAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA DESDE LA PERSPECTIVA ACTUAL: APROXIMACIÓN A LOS DIVERSOS ENFOQUES HISTÓRICOS

Introducción.

 

Este trabajo no es más que una parte resumida de un trabajo mucho más amplio que se refiere a la percepción de la guerra civil en la prensa escrita progresista española a lo largo de la democracia juancarlista. Precisamente para averiguar si había una tendencia dominante en la interpretación de las causas de la guerra había que presentar previamente el estado de la cuestión en cuanto a los enfoques existentes al respecto. Aquí se trató del intento de resumir una clasificación de esos enfoques en torno a las causas de la guerra que necesariamente deberá ser mucho más ampliada y matizada de lo que ahora lo está pues fue presentada como una comunicación a un Congreso universitario.

Dada la amplitud de los objetivos y lo limitado del espacio que una comunicación requería, si queríamos introducir el máximo de contenido al respecto, debíamos condensar todo lo que queríamos decir en pocas frases, por lo que en ocasiones hemos recurrido intencionadamente a un estilo casi de telegrama o de ficha.  Para apoyar la clasificación de los enfoques hemos elegido textos de al menos cada uno de los autores que consideramos más emblemáticos de cada corriente de pensamiento interpretativo, los cuales aparecen a pié de página.

 

La evolución de los grandes enfoques sobre el origen de la guerra civil.

 

Tras la victoria del bando franquista, y hasta bien entrado los años 60, la versión sobre la guerra civil que monopolizó la vida mediática e intelectual española, en manos de un solo grupo político, fue la del sector más extremista e ideologizado del bando vencedor. Pero al mismo tiempo que esa versión cuasi delirante se imponía en todos los ámbitos de la vida social y política se fue produciendo una historiografía conservadora -incluso de confesión franquista en la mayoría de los casos- de carácter científico y profesional, aunque reducida a los ámbitos académicos y de especialistas. Esa historiografía, que podríamos denominar de la derecha, supuso el primer gran enfoque serio sobre  el origen de la guerra cuya influencia ha continuado hasta nuestros días. Según esa primera interpretación, y muy resumidamente, fue la destrucción de la legalidad constitucional por parte de quienes la habían impuesto unilateralmente -la conjunción jacobina y revolucionaria- ejercida tanto desde el gobierno como desde la calle contra una masa de católicos y gente “de orden”, lo que originó la guerra, y no la guerra la que destruyó la legalidad democrática republicana.

A fines de los años sesenta y más acusadamente a partir de la mitad de los setenta, sobre todo tras la muerte de Franco, se va imponiendo una interpretación que va a prevalecer durante más de treinta años en los medios de comunicación, en la universidad y en general en la sociedad, y que puede resumirse así: un grupo de militares, instrumento de las capas más poderosas y reaccionarias del país (la oligarquía), se alza contra un régimen democrático legítimo y avanzado que es defendido por las organizaciones populares, provocando una guerra civil que al final ganan gracias a la ayuda nazi y fascista. La fuerza de este enfoque, llamémosle por seguir la costumbre, progresista, ha sido durante todos esto años tal, que ha conseguido borrar la presencia de los historiadores conservadores, los cuales han permanecido ignorados y despreciados por la mayor parte de los lectores, especialmente por los estudiantes y jóvenes historiadores.

Uno de los últimos fenómenos que ha hecho convulsionar la Historia de la guerra civil es la aparición de la corriente revisionista, llamada así desde el entorno progresista por cuanto revisa sus posiciones, pero cuya acepción usaremos aquí sin connotaciones despectivas. Su enfoque en sí no es nuevo, pues enlaza con la historiografía tradicional de la derecha, aunque sí su metodología, basada en la apertura de nuevos archivos y sobre todo en  las propias fuentes de la izquierda, utilizadas para sostener que fue ésta la que principalmente buscó con ahínco la guerra como medio para llegar a la utopía. La novedad respecto a este reciente revisionismo estriba en el hecho de que algunos de sus máximos exponentes provienen de medios izquierdistas, y aun de la izquierda extrema, lo que les hace tratar sobre un sistema de pensamiento que conocen muy bien y sobre el que utilizan un aparato crítico potente[1] Su aportación, muy denostada en los medios universitarios, dinamiza un discurso demasiado anquilosado y previsible, aunque sorprendentemente no ha dado lugar a un debate científico debido, creemos ser justos, a la posición anatemizadora del entorno progresista.

Hoy en día va ganando terreno en la mayor parte de las Historias sobre la guerra una especie de tercera vía que presenta a ambos bandos como antidemocráticos por igual, o en todo caso a uno más antidemocrático que al otro según el caso, aunque con unas diferencias entre ambos contendientes no tan pronunciadas como se había dicho. Dicho de otra manera, se considera la guerra como el resultado del encontronazo de dos extremos, el autoritario de la derecha y el revolucionario, y no de la democracia contra el fascismo, como ha sido lo habitual en todos estos años. En este último enfoque, como en un cajón de sastre, se mezclan distintos matices interpretativos, con tesis entremezcladas y visiones que vamos a llamar moralistas, neutralistas y sentimentales.

 

 

El modelo explicativo del marxismo.

 

Vamos a empezar primero por el enfoque que hemos llamado progresista, pues es el que presenta un sistema de análisis más definido. En general, los autores que sostienen este enfoque suelen conciliar los acontecimientos históricos y el modelo explicativo marxista, eso sí, algo diluido y ecléctico. Resumimos el modelo.

La Historia no es más que el resultado de la lucha de clases. Como consecuencia del lugar que ocupan en el proceso de producción, cada clase posee unos intereses comunes. Según esto, la burguesía, definida como propietaria de los medios de producción, está interesada en romper el modelo del Antiguo Régimen[2]. En España la revolución burguesa nunca había llegado a desarrollarse hasta sus últimas consecuencias. La debilidad de su burguesía es causa y efecto de su pacto con la oligarquía latifundista, lo que a finales del siglo XIX se traduce en el triunfo de la Restauración, que no es más que la forma de dominación política que adoptan esas clases oligárquicas[3]. La fortaleza de la reacción y su victoria permanente sobre la modernidad produce, entre otros, una incapacidad del sistema para integrar los nuevos movimientos sociales surgidos a fines del siglo XIX. La II República supone una nueva oportunidad de culminar la revolución burguesa hasta el final (entendida ésta no al modo anglosajón, sino francés) y construir un auténtico régimen democrático que sea capaz de integrar al movimiento obrero; pero de nuevo, y esta vez gracias al auge del fascismo internacional, la reacción vuelve a triunfar en España.

La Historia es la historia de la lucha de clases, y los partidos políticos en las sociedades modernas, sus instrumentos. En la República, los partidos de la derecha representan los intereses de las clases dominantes y de unas clases medias ideologizadas por aquella. Los de la izquierda, los intereses de las clases oprimidas.

Los factores sociales y económicos son los determinantes –en última instancia- de los sucesos históricos. Para los hispanistas y para los marxistas españoles, las causas profundas del conflicto histórico español radican en las condiciones económicas del momento, es decir, en la situación precaria del proletariado industrial, y sobre todo en la pobreza de amplias masas de campesinos[4]. La frustración que produce el fracaso de una reforma agraria planificada para solucionar el problema del agro será una de las causas profundas de la guerra.

El ansia de redención de estos grupos oprimidos les lleva a la necesidad histórica de cambiar el modelo capitalista por un modelo igualitario que redimirá a todo el  conjunto social. Pero el aparato coercitivo del Estado, incluso del democrático, está en manos de la burguesía y de la clase terrateniente, y por tanto sigue siendo un instrumento de las clases opresoras[5]; además, estas clases no sólo disponen del instrumento estatal como medio de dominación, sino que su forma de pensar, su ideología, logra ser extendida por toda la sociedad principalmente a través de la religión –el “opio del pueblo”- lo que consigue la conformidad y la sumisión de los oprimidos. De ahí las medidas republicanas contra una Iglesia a la que se la cree responsable del atraso intelectual español y agente de la aceptación de la situación de opresión. Cuando las clases trabajadoras toman conciencia de su situación y se organizan para conseguir posiciones más ventajosas, la burguesía responderá violentamente. En efecto, La Republica va adoptando medidas que atentan contra algunas de las estructuras de dominación de esas clases opresoras, las cuales como reacción, a través de la desestabilización primero, y de la conspiración militar mas tarde, van a liquidar de forma cruenta este régimen avanzado y progresista[6]. El fascismo internacional, surgido también como reacción a las conquistas obreras, jugará un papel muy importante en la derrota de esta democracia avanzada[7]. Como consecuencia de ese auge fascista, cuyo pretexto es la salvación de la patria,[8] el Frente Popular no busca la revolución de forma inmediata –aunque es posible que la republica trajese un clima revolucionario- sino de manera gradual. El auténtico objetivo del Frente Popular no es sino defender a la República del fascismo. Por tanto, la guerra se da entre el fascismo rebelde, representante de los sectores mas reaccionarios de la sociedad y la legalidad democrática republicana defendida por las organizaciones populares y progresistas.

 

 

Los hispanistas. Los marxistas españoles.

 

Dentro de la interpretación sobre las causas de la guerra que hemos denominado progresista destaca la corriente de los hispanistas extranjeros, franceses, americanos y muy especialmente ingleses. Los hispanistas son los auténticos pioneros de esta versión dominante de la guerra, más directamente marxista en el caso francés, aunque orientada toda ella a la interpretación de clase. Autores como Brenan, Jackson, Carr, Thomas, Pierre Vilar, Malefakis, Preston y Beevor serían, entre otros, los más representativos.

La historiografía marxista española ha sido muy prolífica a lo largo de estos años. Nombres significativos son los de Tuñón de Lara, Santos Juliá, y Viñas. Su aportación -muy señalada en cantidad y calidad- se identifica con la visión y los argumentos del grueso del bando perdedor de la guerra, y  su predominio ha sido tan intenso a lo largo de todos estos años, que en parte, ha penetrado en el marco del pensamiento de la derecha y de la propia Iglesia. Critican el modelo conservador del que dicen que no sabe o no quiere ver las causas profundas de los fenómenos históricos, basados en los intereses objetivos de clase.

 

 

Resumen del enfoque de la historiografía marxista.

 

La República, votada mayoritariamente en las grandes ciudades llega pacíficamente bajo la ilusión de una gran masa de españoles que ven en ella la solución a una España caciquil, atrasada y antidemocrática. Se trata de la revolución burguesa pendiente[9]. La quema de conventos del mes de mayo de 1931 se explica por el desahogo de siglos de complicidad entre la Iglesia y los poderes oligárquicos para el mantenimiento de la ignorancia y la explotación de las clases trabajadoras[10]. Estos hechos contra la Iglesia son enjuiciados como un error perjudicial para la Republica y favorecedor de la derecha[11] más que como atentado a la libertad religiosa y a la legalidad constitucional. Por primera vez se promulga una Constitución radicalmente democrática, que busca la separación de la Iglesia y el Estado e integra a las fuerzas políticas del movimiento obrero. Las reformas emprendidas por el primer bienio republicano-socialista son las encaminadas a construir un estado laico y moderno, y un reparto más equilibrado de la estructura de la propiedad rural a la que se hace responsable de la pobreza[12]. La reforma agraria no se desarrollará no sólo por problemas técnicos y de división entre republicanos y socialistas sino  también por el boicot de algunos propietarios y por las trabas burocráticas y legalistas. Desde muy pronto aparece la sedición antirrepublicana de sectores monárquicos, oligárquicos y militares, con el levantamiento del general Sanjurjo en agosto de 1932. Uno de los aspectos más unánimemente resaltados es la acción de la República en pos de la enseñanza. La victoria de la derecha en las elecciones de 1933 se debe a: el fracaso de algunas de las reformas planteadas, en especial la agraria, por la resistencia de la derecha, los desordenes sociales, la reacción católica,  la abstención de los anarquistas y la campaña de la derecha contra Azaña tras los sucesos de Casasviejas. El bienio negro emprende el camino de la destrucción de las reformas republicano socialistas[13]. Las medidas reaccionarias de la derecha en 1933 en contra de los trabajadores contribuyen a polarizar la sociedad y a producir una violencia que estallará tras las elecciones de 1936[14].

Hay frustración en el campo, se vuelve a antiguas situaciones, y el líder de la CEDA recuerda a Dolfuss en Austria, sobre todo a partir de algunos mítines y actos de masas. Ante esto, el partido socialista se radicaliza y adopta formas revolucionarias. La agitación anarquista, que no ha dejado de producirse desde los comienzos, continúa. El miedo a la posibilidad de que la entrada en el gobierno de tres cedistas lleve a la republica a una dictadura fascista hace que se convoque una huelga general revolucionaria, impulsada por la presión de la bases obreras y campesinas. Al mismo tiempo, el gobierno de Cataluña declara el Estado catalán. El gobierno hace traer a las tropas de regulares y marroquíes para acabar con el movimiento insurreccional. Se produce una represión desmedida que tiene un eco internacional. La posición inflexible de la derecha respecto a la represión de Asturias enerva los ánimos de la izquierda y de los nacionalistas. La derecha usa el desorden público en contra de la república. Las clases medias tienen miedo al desorden, la desestabilización de la falange crece[15]. Las elecciones de febrero de 1936 dan la victoria al Frente Popular. Tras una primavera desestabilizadora y conspirativa, el ejército se rebela contra la democracia que es defendida por las organizaciones populares. La victoria será para los rebeldes gracias a la ayuda internacional fascista y nazi[16].

 

 

La Historiografía conservadora revisionista.

 

Los primeros historiadores de la derecha no tienen un modelo definido de análisis; su método consiste sobre todo en rastrear los hechos muy pegados a la realidad, y buscar una explicación adecuada a su desarrollo. Son, eso sí, historiadores minuciosos, investigadores que contrastan la veracidad de los hechos, los cuales investigan acudiendo a fuentes primarias. Sus obras se caracterizan por la profusión de datos y como consecuencia sus libros son muy extensos. Autores significativos en esta línea son Arrarás, Martínez Bande, los hermanos Salas Larrazabal y Ricardo de la Cierva. Como autor no español podríamos incluir a Burnett Bolloten.

Los que hemos llamado revisionistas tampoco tienen un modelo explicativo de la Historia, al estilo marxista, pero sí un punto de vista de fondo liberal-democrático. En ellos está presente un enfoque más moderno y más de confrontar los hechos a la luz del modelo constitucionalista que el de los conservadores. Critican sobre todo al enfoque marxista al que acusan de ajustar las causas de la guerra al modelo de explicación de la lucha de clases. Son significativos César Vidal, Pío Moa, y Martín Rubio entre otros. En los últimos tiempos podríamos incluir también a Stanley Payne. Algunas de las ideas que respaldan el revisionismo las resumimos a continuación.

 

La metodología de la historiografía conservadora liberal[17].-

 

El conflicto de la España contemporánea no es tanto el del liberalismo contra la reacción, como el del encontronazo entre el liberalismo moderado y el liberalismo exaltado. Aunque ambos quieren llegar al mismo sitio, la sociedad democrática liberal, el primero es básicamente evolutivo, legalista, se muestra respetuoso con la tradición, la monarquía (aunque hay republicanos moderados también) y la religión, utiliza el consenso para el establecimiento de las reglas de juego político, menos ideológico que sensato, y tiene un alto sentido patriótico y del Estado. El modelo que siguen es el anglosajón. El segundo es revolucionario, aventurero, impositivo, convulso, mesiánico, cargado de hiperlegitimidad moral, y anticlerical. No tiene sentido de nación por lo tiende a la alianza con el separatismo. El modelo que siguen es el revolucionario francés, modelo que exporta a Iberoamérica. A fines del siglo XIX se suma al jacobinismo un nuevo movimiento revolucionario, de corte obrerista, inspirado en la revolución rusa (también en el anarquismo). Ambos procesos revolucionarios (el francés y el ruso) tienen una dinámica común que desemboca en el terror.

La Restauración, con todos sus defectos -los mismos que afectaban a la monarquía anglosajona y nórdica- podría haber continuado un camino evolutivo hacia la democracia como pasó en esos países. Fue sobre todo la acción de los grupos jacobinos y revolucionarios, cuyos únicos puntos en común eran la destrucción de la monarquía y de la religión católica, lo que ocasionó el desplome del sistema restaurador (ayudado por los errores del propio liberalismo moderado). ¿Cómo podía integrar la Restauración a unos grupos mesiánicos que buscaban explícitamente su liquidación y que defienden la revolución?

La economía condiciona el marco histórico pero no lo define. Más bien es al contrario, la política suele influir directamente sobre la economía, bien frenándola, bien estimulándola. Había más pobreza en la España de principios de siglo o en el sur-este europeo de esos años treinta que en la España de la República. Es pues el mensaje revolucionario el factor que impulsa a la insurrección incluso allá donde no hay pobreza. No son los problemas (el problema agrario) los que determinan las catástrofes, sino las soluciones que se les dan. En la España republicana fueron soluciones en la línea de sustituir la iniciativa privada por la gestión burocrática, es decir soluciones empobrecedoras y totalitarias, lo que hizo que fuese peor el remedio que la enfermedad. En muchos casos además, se aplican estas recetas por las bravas y de forma ilegal, como en el caso de las ocupaciones de tierra. Fue la propaganda revolucionaria sobre la pobreza, vista como producto de la culpabilidad de la derecha, lo que atizó el odio.

Para la historiografía de la derecha liberal no hay intereses de clase homogéneos; lo demuestra la pluralidad de partidos que dicen defender al proletariado, por ejemplo. Las diferencias entre ellos son tales, que llegan al intento de exterminio en la Republica. La clase obrera no está interesada objetivamente en el socialismo –la caída del muro demostró lo contrario-. Sí está interesada, como lo está todo el mundo, en la democracia liberal, porque es el único sistema que ofrece reglas de juego para todos, libertades y derechos individuales (los únicos que existen, no hay derechos colectivos), poderes independientes y gobiernos limitados.  No hay tampoco lucha de clases: el conflicto esporádico de intereses antagónicos entre trabajadores y empresarios en el seno de cada empresa se coloca en segundo lugar ante un interés mayor, el de la buena marcha y supervivencia de la misma.

Los partidos son todos interclasistas y no representan esencialmente a los pobres o a los ricos sino a sí mismos, a las soluciones que proponen y a los que en cada momento les dan su confianza.

Aunque hubo una corriente democrático-liberal representada por Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Alacalá Zamora y Miguel Maura que ayudó a la traída de la república, ésta se desengañó en seguida debido al sectarismo, la radicalidad y las imposiciones de la conjunción jacobina y obrerista. Una constitución sectaria y anticlerical, y la quiebra de la legalidad por parte del republicanismo despótico y del revolucionarismo, desde la calle, a través de la revolución, y desde el gobierno, quebrando la legalidad constitucional que ellos mismo han establecido, todo ello en contra de la mitad del país, provocan la guerra. No hay un conflicto entre fascismo y democracia, pues la democracia no puede ser defendida por una alianza de separatistas, jacobinos, socialistas revolucionarios, comunistas y anarquistas, todos ellos liderados y manejados por Stalin. Las democracias no ayudan a ninguno de los bandos. Ayudan la URSS a la República, y Alemania e Italia a Franco.

 

El enfoque de la historiografía de la derecha.

 

La llegada de la republica a través de unas elecciones municipales ganadas por los monárquicos (que se repitieron en aquellos lugares donde no habían ganado los republicanos) produjo una Constitución sectaria[18]  que choca de lleno, entre otros, con una masa de católicos españoles. Los liberales exaltados y los revolucionarios se imponen casi desde el principio a los republicanos liberales moderados,  los cuales van a mostrar pronto su desengaño; en efecto, los moderados se verán pronto desbordados cuando un mes después de proclamada la republica arden iglesias y conventos en varias capitales españoles sin que las autoridades hagan lo suficiente por restablecer el orden[19]. Los gobiernos de centro izquierda emprenden una serie de reformas inspiradas en el modelo jacobino francés, algunas de ellas auténticos ataques a la libertad religiosa[20]. Se exagera la acción de la República en pos de la enseñanza, entre otras cosas porque se promulgan leyes que cierran colegios (religiosos) que acogen a más de la mitad esbordados,ación mutua superior a la que Rusia otorga a los republicanos Cf. , con narradores objetivos y neutros”la población escolar española. Por otra parte, la ley de Defensa de la Republica, anterior a la propia constitución, y que la contradice, es en la práctica un instrumento partidista y de censura empleada sobre todo contra la derecha. La República permanece la mayor parte del tiempo bajo estados de alarma o de guerra, lo que le permite la censura, las prohibiciones, la limitación de los derechos, el cierre de periódicos y las deportaciones políticas, casi siempre contra el grueso de la derecha y en ocasiones contra los anarquistas. Tras el fracaso entre otros de la reforma agraria y la extensión de los conflictos sociales, a menudo violentos, las elecciones del 33 dan el triunfo a la derecha, pero ésta no puede formar gobierno ante la oposición de la izquierda y del propio Presidente de la República. Tras su derrota electoral, el PSOE comienza un proceso de bolchevización que será determinante en el origen de la guerra civil.

Tras el desgaste del centro, la derecha demanda y obtiene tres carteras ministeriales lo que sirve de pretexto al partido socialista (ante el supuesto carácter fascista de la CEDA) para organizar una insurrección armada revolucionaria que tuvo un resultado de más de 1400 muertos en 26 provincias españolas. La derecha, lejos de aprovechar el momento para implantar una dictadura (anunciada por la izquierda) hace cumplir la legalidad, pero sufre  una campaña internacional al estilo izquierdista  -de las habidas antes y después del 34- en el que se acusa al gobierno de graves responsabilidades en la represión de los culpables. El presidente Alcalá Zamora impide que la derecha gobierne[21] y termina convocando nuevas elecciones que gana el Frente Popular, formado por republicanos jacobinos y la izquierda marxista (Besteiro, socialista moderado, había sido apartado de la dirección del partido). Desde febrero de 1936 hasta julio se quiebra la legalidad tanto desde el gobierno formado por republicanos (se revisaron actas de elecciones[22] de forma ilegal y se destituyó a Alcalá Zamora de la presidencia) como desde la calle (hubo 300 muertos en esos meses a causa sobre todo del proceso revolucionario abierto) por parte de las fuerzas revolucionarias. El no va más llega con el asesinato de uno de los dos jefes de la oposición (al otro, Gil Robles, no lo encontraron en su casa) por parte de un grupo policial al servicio del partido socialista, y no del estado de derecho. Gil Robles pronuncia en las Cortes su famosa frase “media España no se va a dejar matar por la otra media”. A partir del 18 de julio se descompone del todo el régimen republicano en la zona antifranquista, dándose rienda suelta a la revolución social. La situación revolucionaria es disimulada a niveles internacionales[23].

 

El enfoque neutralista, moralista y sentimental.

 

El enfoque que pretende tratar a ambos bandos como malvados, o a unos mas malvados que otros, pero no con la intensidad que se había dicho, suele venir acompañado de declaraciones de imparcialidad. Pero también de apreciaciones morales y sentimentales. Sus pretensiones de imparcialidad no impiden que algunos terminen alineándose con más o menos claridad, a uno de los dos grandes enfoques, generalmente al progresista. Lucha fratricida, apelaciones a nuestra condición cainita, referencias al infierno hispánico, debates sobre si fue posible la paz, etc. conforman el meollo de los enfoques sentimentales, los cuales, lejos de poner sobre la mesa cuestiones de objeto científico, distraen acerca de las explicaciones del origen del conflicto. García Cortazar sería el prototipo de historiador proclive a estas apreciaciones sentimentales, como demuestra en la Introducción de la reciente colección sobre la guerra publicada por el periódico El Mundo, con frases del estilo de “los españoles de 1936 cumplían un destino funesto, como los héroes de una tragedia griega (…)”[24]. Al final Cortazar está muy influido por el enfoque progresista a pesar de su posición de derechas pues coincide con éste en cuestiones tan importantes como la de dar crédito a las izquierdas cuando hablan de salvar a la República frente a Gil Robles (en realidad buscan la Comuna), llamar insurrección popular a la en realidad organizada por el PSOE en 1934, y otorgar más importancia a la represión que a la insurrección armada de Asturias. A Cortazar lo incluimos en el apartado neutralista porque llega a la conclusión de que los dos extremos de cada bando arrastraron a una mayoría de moderados hacia la guerra civil[25].

Beevor se encaminaría más por una interpretación moralista, la cual tampoco ayuda a aclarar las causas del conflicto. Su declaración de que no pretende ser complaciente con nadie –declaración común a este grupo heterogéneo, pero de intenciones neutralistas- pronto se ve contradicha por su análisis de clase. Un análisis cargado de descalificaciones morales contra las derechas y la Iglesia, y de justificaciones para los peores atropellos de la izquierda.[26]

Un autor que muestra gran celo por la equidistancia a la par que expone importantes dosis moralista es Bennassar[27]. Ya el propio titulo del libro dice mucho de su enfoque. En la misma línea neutralista se halla el libro de Eslava Galán[28], cuyo autor gusta de un moralismo plasmado en multitud de anécdotas.

Y por ultimo citaremos la reciente serie del periódico El Mundo sobre la guerra civil que pretende ser nada menos que la primera obra escrita en España con el propósito de ser objetiva y alejada de los maniqueísmos, ya que “el acontecimiento decisivo de nuestro pasado reciente no ha contado, salvo excepciones, con narradores objetivos y neutros”. La posición de la obra queda expuesta por su presentador, el impulsor de la serie Pedro J. Ramírez, cuando se refiere a que miles de hombres fueron arrastrados a la guerra por los dos bandos fanatizados en conflicto[29].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] El movimiento ha adquirido proporciones mas allá del campo de la disciplina histórica (donde los casos de Pio Moa, César Vidal y Jon Juaristi son los mas conocidos) que lo sitúan en todos los ámbitos del  mundo intelectual español (los casos de Gustavo Bueno, Cesar Alonso de los Ríos, Albert Boadella, etc. ). No es novedoso por el contrario el caso de historiadores conservadores que tras años de inmersión en el entorno progresista acaban asumiendo sus tesis, como es el caso de Tussell o Cortazar.

 

 

[2] Toda la síntesis que aquí se expone puede consultarse en un pequeño manual ya clásico HARNECKER, M., Los conceptos elementales del materialismo histórico. Madrid, 1973.

 

[3]  “un sistema liberal oligárquico” lo define Santos Juliá. JULIÁ, S., “Edad Contemporánea” en Historia de España. VALDEÓN, J., et al. Madrid, 2003, p. 434.

 

[4] “el problema más grave se hallaba, lo mismo que antes, en el sur rural” CARR, R., Historia de España., Barcelona, 2001, p. 259

 

[5] La puesta en marcha de la guerra fue obra de “la oligarquía que se había visto desposeída de muchos de los centros del poder político y que temía verse desposeída definitivamente del poder económico” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado: dictadura, republica, guerra (1923-1939). Madrid, 1983, p. 22

 

 

[6] “(…) Ahora los antiguos dueños del poder económico, dirigidos por el ejercito y apoyados por la Iglesia, vieron que estaban a punto de ser desbordados. Frente a ellos se encontraban `los profesores´ -la clase media instruida- y prácticamente todas las fuerzas obreras del país, enloquecidas por años de insultos (…)”. THOMAS, H., La guerra civil española (1936-1939), París, 1976.

 

[7] El fascismo internacional y su influencia en la CEDA fue uno de los dos grandes problemas de la República. Cf. JACKSON, G. Breve Historia de la Guerra Civil española, Barcelona, 1974, p. 23

 

[8] Tuñón dice que “se confunden la salvación de la patria con los intereses de clase” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado… op. cit., p. 224.

 

[9] Los republicanos estaban llamados “a una revolución de tipo jacobino, largo tiempo esperada y debida” BRENAN, G., El laberinto español, Barcelona, 1984, p. 249.

 

[10] Cf. Ibid., p. 254-255.

[11]  Dice Tuñón que si bien no hay pruebas de quien pudo ser, “el motín favoreció a la derecha” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado… op. cit., p. 126.

[12] El problema agrario fue precisamente uno de los dos problemas graves de la República. Cf. JACKSON, G. Breve Historia… op. cit., p. 23

[13] Según Malefakis la derecha, desde octubre de 1934 hasta febrero de 1936, usará el poder para “destruir los sindicatos campesinos, reducir los salarios rurales, desahuciar arrendatarios y yunteros” MALEFAKIS, E., Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX.  Madrid, 2001, p. 567.

[14]  Cf. Ibid., p. 569

[15] Como dirá Preston  “Jose Antonio Primo de Rivera representaba para las clases dominantes la garantía de que el fascismo español no escaparía a su control” como sucedió en Alemania e Italia. PRESTON, P., La guerra civil española. Barcelona, 1987, p. 60

 

[16] La ayuda italiano alemana a Franco es superior a la que Rusia otorga a los republicanos Cf. VILAR P., Historia de España. París, 1963, pp. 144-145.

[17] Este resumen de las ideas que están en el fondo del pensamiento conservador liberal es un compedio extraído a lo largo de estos años principalmente de autores como Cesar Vidal, y sobre todo Pío Moa; no hablamos sólo de sus libros, sino también de sus textos históricos escritos en prensa, principalmente en el periófico on line Libertad Digital, disponible en Internet, www.libertaddigital.com.

[18] No se hizo pensando en todos los partidos, como hizo Cánovas en 1876, ni menos fue elaborada con la participación de todos, como hicieron las Cortes de 1978. Cf. DE LA CIERVA, R., Historia de España. Guía imprescindible ara jóvenes. Madrid, 2001, p. 515.

[19] “La alegría por el nuevo régimen pronto decayó. Antes de un mes…ardían un centenar de iglesias, con libros y obras de arte, y eran asaltados locales y periódicos conservadores. El gobierno, con su pasividad, alentó, de hecho, la quema” MOA, P., Los orígenes de la guerra civil. Madrid, 1999, p.159.

[20] Vid. CÁRCEL ORTÍ, Vicente La persecución religiosa en España durante la segunda república.Madrid, 1990

[21]La recusación a que Gil Robles forme gobierno hace afirmar a los hermanos Salas que “la esencia del Estado liberal, basada en el principio de la legitimidad democrática había quedado desmedulada. La Segunda República se revelaba como un régimen imposible. Cf. SALAS LARRAZABAL, R. Y J., Historia general de la guerra de España. Madrid, 1986, p. 20.

[22] Cf. VIDAL C., “¿Ganó el Frente Popular las elecciones de febrero de 1936? 1 y 2.”, Libertaddigital, 2 y 9 de abril de 2004, http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276219754.

 

[23] Burnett Bolloten señala que la revolución social en la zona antifranquista fue en muchos aspectos mas intensa que la bolchevique en sus primeras fases; pero no sólo fue ocultada su magnitud, sino su propia existencia, algo insólito en la historia. BOLLOTEN, B., La guerra civil española. Madrid, 1989, 45.

[24] GARCIA DE CORTAZAR, F., “Historia de dos odios” en  La guerra civil mes a mes, Tomo 1, p. 7

[25]  Ibid., pp. 7-13

[26] Vid. BEEVOR, A., La guerra civil española. Barcelona, 2005.

[27] Vid. BENNASSAR, B., El infierno fuimos nosotros: la guerra civil española (1936-1942…). Madrid, 2005

[28]Vid. ESLAVA GALÁN, J., Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. Barcelona, 2005.

Ce travail a également l’intention de prouver que El País a défendu pendant la Transition de ne pas utiliser la guerre civile dans le débat parlementaire pour faciliter la coexistence démocratique. Le contraire de ce qui est maintenant supporté.

 

[29] RAMIREZ, P. J., La guerra civi…op. cit., TOMO 1, solapa de presentación.

(2006) EL REFORMISMO DE LA TRANSICIÓN (Y DE LA RESTAURACIÓN) FRENTE AL RUPTURISMO HISTÓRICO DE LA IZQUIERDA: INFLUENCIA EN EL TIEMPO PRESENTE

Introducción.

 

La izquierda, al aceptar el consenso de las reglas de juego ofrecido por el postranquismo en la Transición, rompió una tradición de algarada, agitación e imposición unilateral que la había caracterizado durante dos siglos. ¿Reverdece esa tradición en el camino emprendido por el gobierno de Zapatero en el sentido de cambiar las normas de 1978 en contra de la mitad del electorado español?

 

A partir de la Reforma de 1976 y tras un siglo de convulsiones a menudo violentas, los españoles, representados por todo el arco político democrático, acordaron unas reglas de convivencia en libertad. La reconciliación, el olvido y el consenso marcaron el tránsito y el devenir de estos últimos 30 años, caracterizados unánimemente como un periodo de estabilidad, libertad y prosperidad.

Fueron fuerzas provenientes del franquismo, unidas a las del centro-derecha de los gobiernos de Suárez, las que organizadas por el rey, diseñaron, lideraron y organizaron una Transición a la democracia caracterizada por ir desde la Ley hasta la Ley. El nombramiento de Suárez como presidente del gobierno, a instancias del preceptor del rey Torcuato Fernández Miranda fue decisivo en ese sentido, pues logró hacer aprobar el proyecto de Reforma tanto en el Consejo Nacional como en las Cortes franquistas, para posteriormente ser aprobado en un referéndum. El postfranquismo había producido su propia autoliquidación desde la legalidad para dar paso a las elecciones generales.

Para llegar a la reconciliación y el consenso entre derechas e izquierdas hubo una evolución histórica lenta de todas las partes. Del lado del Régimen, hubo desde los primeros tiempos disidencias que fueron socavando su posición. La guerra había obligado a polarizar al centro-derecha español hacia el bando nacional, en especial a los monárquicos y a la inmensa masa de católicos españoles, e incluso a parte de los republicanos (Lerroux), todos ellos en su gran mayoría “gente de orden”, contrarios al proceso revolucionario emprendido. Como dice Juaristi, <<la diferencia histórica fundamental entre la derecha francesa y la española radica en que la primera nunca afrontó abiertamente el riesgo de una revolución comunista (ni siquiera en 1871, y mucho menos en 1968)>>.[1]

Pero tras la guerra, estos sectores se disolvieron en el magma del régimen (lo que pesará sobre la identificación entre derecha y franquismo). Sin embargo, en el seno del llamado Movimiento, además de los sectores autoritarios dominantes, había grupos que sólo deseaban parar a la izquierda revolucionaria, para en un segundo momento, acoger a una Monarquía parlamentaria abierta a las tendencias dominantes en la Europa ganadora de la II Guerra (muy presumiblemente con la ausencia en un principio del socialismo revolucionario y del anarquismo).

Hitos de esta posición son, entre otros: el llamado Manifiesto de Lausana de Don Juan, de 1945, prohibido por el propio general Franco; la publicación en ABC en 1947 del segundo manifiesto, el de Estoril, junto al primero de Lausana, permitidos por Franco, pero como señala López de Naturana, <<…no precisamente por respeto a la figura de Don Juan, sino para mostrar su hostilidad hacia él>>.[2]; y tres meses después de que Fraga eliminara la censura previa, la publicación en ABC del artículo “La Monarquía de todos”, de Luís María de Ansón, que originó el secuestro del periódico y el exilio del periodista durante un año.

En la Universidad de los 50, señalados intelectuales fueron evolucionando desde dentro hasta situarse en contra del Régimen., como Laín Entralgo[3], Antonio Tovar, Ruiz-Giménez o Dionisio Ridruejo, entre otros. Franco sabía que había surgido una oposición distinta a la de los vencidos, y procedió a reprimirla[4]. Pero la Universidad ya no volvió a ser controlada por la dictadura.

A partir de la segunda mitad de los años cincuenta, los tecnócratas de López Rodó  contribuyeron con su desideologización, y sobre todo con su programa de economía abierta, a que España se convirtiera en un país materialmente parecido a la Europa moderna. La Iglesia por su parte, uno de los principales pilares de la formación del Régimen, fue cambiando hasta situarse también en las antípodas, en parte por el hermanamiento de los movimientos cristianos de base (HOAC y JOC)[5] con la oposición, a la que servía de protección, pero también a través de la evolución de sus jerarquías, como se puso de manifiesto en la condena de los sindicatos verticales realizada por la Conferencia de Obispos del 24 de julio de 1968. Y aunque la Iglesia se va a mantener dividida, a partir del nombramiento como primado de Vicente Enrique y Tarancón[6], comprometido con el espíritu del Vaticano II, la jerarquía eclesiástica abandonó al Régimen entre 1969 y 1975, lo que contribuyó no poco al descrédito del mismo.

Pero no fue hasta la desaparición del dictador, y sobre todo bajo el liderazgo del rey, cuando el grueso del postfranquismo, y en general el centro derecha, adoptan la determinación de asegurar un cambio democrático para España.

Por su parte, la oposición antifranquista, reducida en la práctica al partido comunista, abandonaba ya a mitad de los años 50 el objetivo de la victoria militar al proclamar la política de Reconciliación Nacional[7]. La idea de organizar un gran pacto entre la izquierda y lo que se llamaba entonces la “burguesía progresista” para traer la democracia fue ya publicada en 1969[8] en la minoritaria revista de la izquierda culta, Cuadernos de Ruedo Ibérico, por lo que fue poco conocida. Se da la paradoja de que su autor, Fernando Claudín, había sido expulsado del PC en 1964 a causa de esas ideas por Santiago Carrillo, la persona que finalmente las asumió y puso en práctica.

A pesar de esto, el PC, y la izquierda en general, seguían defendiendo “la acción de masas” como medio para arrancar la formación de un gobierno provisional formado por representantes de los principales partidos de la oposición organizados bajo la llamada Platajunta Democrática, una estrategia que no hacía más que repetir el modelo rupturista que llevaba practicando desde su nacimiento, como veremos más adelante (la izquierda no abandona los principios revolucionarios hasta bien entrada la Transición).

Aunque más radicales de retórica, a finales de 1976 y <<en su XXVII Congreso, los socialistas decidieron participar en las elecciones aunque no se hubiesen legalizado todavía todos los partidos>> .[9] El PSOE abandonaba la ruptura y aceptaba en la práctica la Reforma. Esta actitud, que dejaba fuera de juego al PC, obligó a los comunistas a buscar su propia legalización mediante su presencia pública. Tras la impresionante serenidad demostrada en los funerales por los asesinatos de los abogados comunistas de Atocha, el PC fue legalizado. No es pues hasta el final del proceso cuando Carrillo, como consecuencia de la difícil legalización de su partido, cambia también la ruptura por la Reforma en contra de la gran mayoría de su militancia (aunque aceptada  a regañadientes por el aparato, debido a la tradición autoritaria del mismo).

El consenso de la Transición propuesto por la Reforma suarista se llevó a cabo gracias a la colaboración de todos, pues todos hubieron de renunciar a algo importante. El grueso del franquismo renunció a su poder omnímodo, concedió una Ley electoral que beneficiaba a los nacionalistas, y abandonó el espacio de la cultura y de los medios en manos de la izquierda, lo que entre otras cosas produjo que ésta ganara la batalla de la “legitimidad” histórica y de la propaganda.[10] La izquierda por su parte, renunció a la República y a la bandera tricolor, así como a la ruptura política unilateral, que le hubiese traído un periodo de procesos judiciales contra los autores de una larga represión sobre sus militantes.

La gran novedad respecto a los dos últimos siglos radica precisamente en que la izquierda acepta la Reforma propuesta por el centro derecha, y renuncia por primera vez a conseguir unilateralmente mediante la presión de la calle el régimen que la había caracterizado: un sistema liberal extremo de carácter jacobino y anticlerical en lo ideológico, aunque federal en lo territorial, emulado en gran parte del modelo de la Revolución francesa, y visto por el marxismo y el anarquismo, como un instrumento, como un medio para hacer la revolución. Un modelo definido por la algarada callejera, las durísimas campañas de agitación, la imposición unilateral de los rupturistas sobre el resto de la ciudadanía (en nombre de una hiperlegitimidad moral cuasi religiosa), el anticlericalismo, la toma de todos los aparatos de poder estatal, la agitación mediática, la ausencia de celo por la identidad nacional, y en el exterior, la alianza con regímenes totalitarios.

En efecto, si bien hasta bien entrado el siglo XX, izquierdas y derechas españolas han tenido una conducta poco democrática respecto a lo que hoy se entiende por tal (como muestra la tradición caciquil de la derecha o los pronunciamientos y golpes de unos y otros a lo largo del XIX y XX), la búsqueda de románticas utopías revolucionarias ajenas a los principios de separación de poderes y libertades individuales (se buscaban “libertades” colectivas, de clase o de territorio) ha estado más incrustada en la naturaleza de las propuestas jacobinas, izquierdistas y nacionalistas, en las que la religión intentó ser suprimida y sustituida por el Estado, el nuevo ente todopoderoso en las manos redentoras del “progresismo” (de ahí el carácter más místico que político de estas propuestas).

Los antecedentes de ese modelo pueden rastrearse ya desde el siglo XIX con la insurrección de Riego en el año 1820, cuyo himno “trágala perro”, refleja claramente su carácter; aunque fue durante el sexenio revolucionario de 1868-1873, y sobre todo con La I República – cuyo episodio cantonalista retrata a la perfección su delirante espíritu – cuando llegó a su cénit. Fracasada aquella breve y exótica experiencia, la huelga, la agitación, las campañas mediáticas y la subversión de una parte del ejército será la constante en la respuesta del republicanismo, el nacionalismo y el socialismo a la Restauración monárquica, un sistema parlamentario emulado del británico y contado por la historiografía al uso sólo por sus vicios.

Ya en el siglo XX,  el programa reformista de aperturismo librecambista y anticaciquil  de Maura, contó con una dura oposición. Como dice Raymond Carr, esas <<…reformas chocaron con la hostilidad intransigente de los partidos Liberal y Republicano, que constituyeron el “Bloque de izquierdas”.[11] La intensísima campaña contra Maura, el famoso “Maura no”, fue organizada tras el castigo judicial sin interferencia del gobierno[12] ejercido contra las fuerzas antisistema que habían organizado la Semana Trágica de Barcelona, una experiencia revolucionaria, en la que se había desatado un ataque feroz contra iglesias y tumbas religiosas[13]. Fue en el contexto de aquellos años cuando se produjo la famosa amenaza del socialista Pablo Iglesias de recurrir al “atentado personal”[14] si Maura llegaba al gobierno.

Tras la implantación del soviet ruso en 1917, el bolchevismo se va abriendo paso, y la amenaza de su establecimiento se hace más creíble. La izquierda aspira seriamente a la revolución. Como dice González Cuevas, en adelante, la derecha lo que hará es defenderse de <<…los intentos revolucionarios de la izquierda, que arrancan del triunfo bolchevique en Rusia en 1917, que desencadenó lo que el historiador Ernst Nolte ha llamado la “guerra civil europea”>>.[15]

Un primer momento de esta nueva etapa tendrá lugar precisamente en la llamada “revolución de 1917”. La alianza de los sindicatos socialistas y anarquistas, con el apoyo de las llamadas Juntas Militares de Defensa, se hizo con la intención de rebasar el orden monárquico constitucional y liquidar la influencia del catolicismo en nuestro país, dos de  los objetivos omnipresentes en este modelo rupturista. El nacionalismo catalán se unió también, aunque al final se echó para atrás ante el temor de que la conjura se convirtiera en una revolución de carácter obrerista. De nuevo el sistema monárquico parlamentario trató a los fracasados rebeldes con la misma benevolencia con que la Restauración había tratado a los antisistema.

Hasta 1923, republicanos, socialistas, anarquistas y nacionalistas, continuaron en su labor de socavar el sistema monárquico parlamentario. Curiosa y paradójicamente, con la dictadura de Primo de Rivera, los socialistas se integraron en el sistema, cuya represión se dirigió exclusivamente contra los anarquistas.

Para implantar la II República, el comité revolucionario, en el que participaban representantes de las fuerzas republicanas, comenzó induciendo un golpe militar que terminó fracasando. El gobierno de la Monarquía por su parte, acudió a la cárcel a ofrecer carteras ministeriales a los rebeldes, las cuales fueron rechazadas.

Tras las elecciones municipales de abril de 1931, que los republicanos perdieron de forma clara, aunque ganasen en las grandes ciudades, la presión de la calle, y en este caso sobre todo la debilidad del entorno del rey condujeron a un cambio de régimen[16], la República, cuyo origen unilateral marcó el devenir de un proceso que fue impuesto y dominado básicamente por la alianza de dos proyectos distintos: el de los republicanos exaltados de inspiración jacobina y el de los revolucionarios obreristas mesiánicos. El cambio de régimen en Madrid, hizo proclamar a Maciá en Barcelona la República catalana, independiente de la de Madrid, aunque tres días más tarde, tras arduas presiones de sus amigos republicanos de conspiración, depusiese su actitud.

Tras la victoria electoral de la derecha, el partido socialista se radicalizó a lo largo de 1933 bajo la batuta de Largo Caballero, el llamado Lenin español (previo aislamiento del moderado Besteiro), quien propagó la idea de la guerra civil como forma de alcanzar el socialismo[17].  En 1934,  los socialistas, comunistas y anarquistas se levantaron en armas contra la República[18], produciendo 1.400 muertos en 26 provincias. Al mismo tiempo, los nacionalistas catalanes, comandados por Companys, líder de la Ezquerra Republicana, proclamaron el Estado catalán, fracasado una vez más por la falta de apoyo popular. Tanto el centro republicano como la derecha defendieron una legalidad que a ésta última disgustaba, pero que acataba. El gobierno sufrió una de las tradicionales durísimas campañas de agitación por parte de las izquierdas respecto a “la represión” que ejercieron sobre los insurrectos (de gran paralelismo con la campaña por la “represión” de la Semana Trágica), unos supuestos abusos que las izquierdas rehusaron extrañamente comprobar tras su victoria [19], a partir de febrero de 1936.

En medio de un clima de inseguridad, violencia y todo tipo de desafíos a la legalidad se desarrollaron las elecciones de febrero de 1936. Si bien ganó en número de votos el Frente Popular, antes de la proclamación oficial de los resultados se desencadenó en la calle una ofensiva que le dio la mayoría, y conseguida ésta, las izquierdas consiguieron la mayoría absoluta a través del fraude en el recuento de los sufragios.[20] Una vez en el gobierno, la Conjunción republicano-socialista, llevó a la presidencia de la República a Azaña, previa destitución del presidente legítimo, Alcalá Zamora, lo que según Fusi y Palafox, <<fue un grave golpe a la legitimidad del régimen>>[21]. A partir del gobierno del Frente Popular se entra en un periodo de descomposición social y política,  donde se rompió con la legalidad democrática desde el Gobierno y desde la calle.

Pues bien, frente a este modelo histórico rupturista de origen revolucionario francés, al que se le superpone el bolchevique, se encuentra el anglosajón y nórdico de liberalismo moderado, de turnismo ordenado, evolutivo, reformista, pactado institucionalmente, de monarquía parlamentaria, respetuoso de la legalidad y la religión, celoso de las libertades individuales y contrario a las colectivas de clase o territorio, en el que jamás se ha dado la dictadura de la derecha o de la izquierda. En España también se puede rastrear el ansia por este modelo, cuyo primer precedente podemos situarlo en la Constitución de Cádiz de 1812, que aunque liderada por jacobinos revolucionarios españoles, se hace conociendo ya las terribles secuelas de terror y dictadura de la Revolución en Francia, y en contra precisamente del francés, de ahí su carácter pactista, legalista, celoso de la identidad nacional (se habla de “las Españas” sólo para contentar a los americanistas), e integradora de la monarquía y el catolicismo.

Pero el intento más serio y duradero por implantar este modelo se alcanza, a pesar de sus defectos, con la Restauración. Se puede establecer una analogía entre aquel periodo alfonsino y éste último de monarquía parlamentaria juancarlista, salvando las distancias históricas, ambos liderados en su tránsito por el liberalismo moderado. Sus afanes legalistas, su estabilidad y longevidad de casi 50 años, su crecimiento (moderado pero constante en el caso alfonsino), y su evolución hacia la conquista de derechos civiles equiparable a la de los países de la Europa de entonces (se aprobó el sufragio universal masculino), así lo constata. Para la historiografía dominante de los últimos 30 años proveniente del marxismo, sin embargo, la Restauración del siglo XIX aparecía como un periodo falsamente liberal frente a la alternativa de “progreso” representada por republicanos y socialistas (una historiografía que incluía como el prototipo de modelo democrático a la II República, cuya analizada intolerancia es reconocida en las memorias de sus protagonistas). En los últimos tiempos esta interpretación ha sido revisada de forma radical en el seno de la historiografía más crítica representada por Raymond Carr, Juan Pablo Fusi o Joan Juaristi[22], de la intelectualidad de la talla de Francisco Ayala y del socialista José Prat, así como de especialistas tan reconocidos como Miguel Martínez Cuadrado, ninguno de ellos por cierto, sospechoso de conservadurismo político. La retirada del ejército a los cuarteles, y la apertura a la incorporación de todas las fuerzas hasta entonces antisistema fueron dos características de la Restauración, a pesar de lo cual la conjunción “progresista”, pese a sus diferencias internas, permaneció unida en su afán por obstaculizar los fines de estabilidad, turnismo, independencia de poderes y parlamentarismo que caracterizó este periodo.

Muy posiblemente, la quiebra de la Restauración nos apartó de la evolución pacífica y sin convulsiones hacia la democracia avanzada de la tradición anglosajona y nórdica, y nos acercó a la epilepsia de la trayectoria francesa, heredada luego por las republicas sudamericanas. Una evolución sin convulsiones, aparentemente reencontrada tras el consenso de 1978.

Tras todo lo dicho, queda sólo preguntarse si se puede establecer algún paralelismo entre el rupturismo tradicional y la situación política actual de España. Aunque con métodos diferentes, desde luego, el camino unilateral emprendido por el gobierno del PSOE tras su victoria electoral de 2004 para cambiar algunos de los acuerdos consensuados en 1978, parece una vuelta al comportamiento tradicional del “progresismo” español, toda vez que se emprende en parecida alianza a los minoritarios comunistas, radicales y “soberanistas”, y en contra del partido de centro-derecha que representa a la mitad del electorado español. Un camino que viene precedido por las durísimas campañas de agitación en torno a la guerra de Irak, al hundimiento del Prestige, y a la jornada de reflexión electoral posterior a los atentados de marzo, de gran analogía con aquellas otras históricas campañas de agitación descritas.

[1] Jon JUARISTI, “Alternativas”, ABC, 9 de octubre de 2005.

[2] Virginia LOPEZ DE NATURANA, “ABC ante la cuestión vasca en la Transición y la Democracia (1975-2001)”, El Argonauta Español, nº 2, 2005, p. 2.

[3] La cuestión viene desde 1949, con la publicación de España como problema de Laín. Ruiz-Gimenez se alineó con él. Miguel A., Cf. RUIZ CARNICER, El Sindicato Español Universitario (SEU) 1939-1965, Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 1996, p. 284.

[4] Se detuvo a Tamames, Elorriaga, Ridruejo, Ruiz Gallardón, Pradera, Múgica, y Sánchez Maza, todos ellos de familias vinculadas al régimen. Arriba, 11 de febrero de 1956. Cf. Pablo LIZCANO, La Generación del 56: la Universidad contra Franco. Barcelona, Grijalbo, pp. 143-153.

[5] Hermandad Obrera de Acción Católica y Juventud Obrera Cristiana, respectivamente.

[6] El nombramiento fue hecho intencionadamente por el Papa Pablo VI en detrimento del obispo Morcillo, comprometido con el régimen de Franco. Cf. Emilio ROMERO, Papeles Reservados. Barcelona, Plaza y Janés, 1986, pp. 203-204.

[7] Cf. Santiago CARRILLO, Memoria de la Transición, Barcelona, Grijalbo, 1983, pp. 25-30.

[8] Cf. Paul PRESTON, “La crisis del franquismo”, en la colección “Historia de España”, de Historia 16, volumen 13 (febrero 1983), p. 89.

[9] Paul PRESTON, “La crisis del franquismo”…op.cit.,  pp. 89-129.

[10] <<La memoria depende de la hegemonía cultural y ésta la tiene la izquierda desde finales de los sesentaen estas últimas cuatro décadas la lectura de la Historia se ha sesgado a favor de la izquierda…>>…. <<Mi testimonio en este punto es el de alguien que en los años sesenta y setenta consideró necesario rescatar el pasado de manos del oficialismo franquista>>….lo cual  <<era tan imprescindible como salvar a la Historia, ahora, de los sesgos impuestos por la izquierda>>. César ALONSO DE LOS RIOS,  “Las ruinas de la memoria”. ABC, 22 de agosto de 2004.

[11] Raymond CARR, Historia de España, Barcelona, Península, 2001, p. 237.

[12] Ricardo DE LA CIERVA, Historia de España, Guía imprescindible para jóvenes. Getafe (Madrid), Fénix, 2001, p. 470.

[13] <<…ardieron sesenta iglesias y conventos y fueron profanadas numerosas tumbas de religiosas…>>. Cf., Ibid., p. 470.

[14] Cf., Id.,  Historia total de España, Del hombre de Altamira al Rey Juan Carlos. Getafe, (Madrid), Fénix, 1997, p.737.

[15] Entrevista a Pedro Carlos GONZALEZ CUEVAS, profesor de la UNED y autor de El pensamiento político de la derecha española del siglo XX . http://www.minutodigital.com/noticias/cuevas.htm.

[16] Cf. César VIDAL, “¿Eran demócratas los republicanos en 1930? (y II)”, LibertadDigital, 22 de abril de 2005, disponible de internet, http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276230004

[17] Vid. Pío MOA, Los orígenes de la guerra civil española, Madrid, Encuentro, 1999.

[18] Para Stanley Payne, 1934 es el punto de inflexión que marca lo que él llama el colapso de la República.

Vid. Stanley PAYNE, El colapso de la República. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

[19] Cf. Pío MOA, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil. Madrid, Encuentro, 2001, p. 76.

[20] Cf. César VIDAL, “¿Ganó el Frente Popular las elecciones de febrero de 1936? 1 y 2.”, Libertaddigital, 2 y 9 de abril de 2004, http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276219754.

[21] Juan Pablo FUSI y Jordi PALAFOX, España: 1808-1996. El desafío de la modernidad. Madrid, Espasa Calpe, 1997,  p. 268.

[22] Cf. Luis ARRANZ NOTARIO, “Optimismo y pesimismo en la Historia de España”, La Ilustración Liberal, nº 4, octubre-noviembre, 1999.

Las calles de Cádiz (II)

Como despedida, antes de las vacaciones hoy trataremos por fin un tema agradable: la hermosura de algunos nombres de las calles de Cádiz.

Antes que nada me referiré a la calle Libertad, mi preferida, título que da nombre a esta columna quizás porque resume el espíritu libertario de Cádiz, y por filosofía: creo en la superioridad moral de la libertad frente al igualitarismo. Soy de Cádiz, de la calle Libertad y liberal. Lo mío sí que es una conjunción planetaria.

En un antiguo artículo mío, “Mi gente de la Plaza”, hablaba de gaditanos que nacimos o hicimos vida en esa calle, y lo siento, olvidé a algunos. Por ejemplo, Paco Gómez de Barreda y su mujer Ángeles Barquín, propietarios del “almacén de Paco”, ambos de La Montaña: casualmente Ángeles, del pueblo de mi propia madre, Abionzo; Fernando Suárez, que fue vicepresidente de la Diputación; y los hermanos Scapacini, uno de ellos el famoso cuartetero, y el otro, Felipe, un flamenco cabal como lo fueron o lo son otros vecinos de la calle: Manolo Vargas, el Cojo Peroche, el Niño de los Rizos y David Palomar.

Ahora ya sí, repasemos de memoria otros nombres de calles hermosos. No podían faltar motivos marineros: Goleta, Barquilla de Lope, en recuerdo al famoso poema de Lope de Vega, Mojarra, Mirador, Nereidas, Neptuno y Enrique de las Marinas. Tampoco los relativos al flamenco: Gitanillos de Cádiz, Soleá, Flamenco y la antigua Flamencos Borrachos.

Abundantes y bellos son los nombres referidos a profesiones y actividades desarrolladas en ellas, como Bajada de Escribanos, Pelota -donde se practicó tal juego-, Botica, Plaza de las Canastas, Corralón de los Carros, Mentidero -donde se hablaba de negocios y por tanto se mentía-, Hospital de Mujeres (en cuyo Hospitalito barroco que alberga un Greco, nací), Cuesta de las Calesas, el Palillero -donde se practicaba el palique-, el Tinte y Jabonería, calle de la impresionante bajada del “Greñuo” en Semana Santa.

Tienen un especial sabor histórico El Callejón de los Negros, el de los Piratas, alrededor de la catedral, y la plaza de la Oca, antigua “Horca del Francés”. Curiosamente, hay pocos nombres de Carnaval, a excepción de carnavaleros insignes.

Y por último los nombres literarios: Soledad, Silencio, Desamparados, Viento, y Viudas. Y el más bello, Cuna Vieja.

Feliz vacaciones.

Triste final (La Voz de Cádiz)

En lo que concierne a sus gobernantes, la España contemporánea muestra una pulsión destructora que reverdece de vez en cuando, aunque hoy ya, por fortuna, no con los caracteres de tragedia de antaño.

 

 

En tiempo de paz, la España contemporánea ha sido implacable con los jefes de Gobierno y/o de Estado, en especial con los  considerados en la órbita del mundo liberal conservador. O han sido asesinados, o han sufrido atentados y/o exilio, o han terminado desacreditados y ninguneados.

En efecto, no pocos de esos presidentes o jefes de Estado fueron asesinados, la mayoría por parte del terrorismo anarquista predominante durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Quizás el único mandatario asesinado (en 1870) no conservador fue Prim, que además tampoco lo fue a manos del terrorismo sino de una facción política enemiga. Aún hoy no se tiene claro quién fue el autor intelectual del ataque, aunque la historiografía más solvente se inclina por el duque de Montpensier.

En 1897, un anarquista mató a uno de nuestros grandes estadistas de todos los tiempos, Cánovas del Castillo, artífice de un sistema que devolvió a los militares (en general progresistas) a sus cuarteles, restauró un sistema monárquico estable, de libertad de prensa y elecciones, que duró 50 años, y que en cierta forma posee analogía con el periodo que vivimos ahora desde la Transición, aunque éste plenamente democrático de acuerdo a las circunstancias de nuestra época.

Quince años después (en 1912), un nuevo magnicidio anarquista tuvo lugar en Madrid contra el liberal Canalejas, cuando miraba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol, y al poco tiempo, el anarcosindicalismo catalán, estuvo detrás del crimen contra otro gran presidente del Gobierno, Eduardo Dato, en 1921.

En julio de 1936, un grupo parapolicial, afín al socialista Prieto, sacó de su casa al líder derechista Calvo Sotelo para matarlo, después de no haber encontrado al dirigente de la CEDA, Gil Robles. Los asesinos fueron protegidos por dirigentes socialistas, con lo que muchos de los militares rebeldes que dudaban de lo adecuado del levantamiento, se convencieron de que llegados a ese punto, era más seguro para ellos la rebelión que la pasividad.

El último magnicidio, el del presidente Carrero Blanco, tuvo lugar muchos años después, en 1973, en las postrimerías del franquismo, a manos de terroristas de ETA.

Pero decíamos que otros jefes de Gobierno  o de Estado sufrieron atentados, aunque sin el resultado de muerte. Es el caso de Antonio Maura, otro ejemplo de estadista formado, solvente, como eran los políticos de entonces, en nada parecidos al prototipo de político insustancial de moda hoy en día. Sufrió dos intentonas criminales, pero mucho peor para él tuvo que ser la campaña de rechazo que en 1909 sufrió bajo el lema ¡Maura, no! que desató la izquierda española e internacional tras la insurrecta Semana Trágica de Barcelona contra la guerra de Marruecos (resultado: 78 muertos y 80 edificios religiosos quemados), y que le hizo perder, injustamente, el apoyo del propio rey. ¿No nos recuerdan todos estos hechos históricos al “No a la guerra” reciente, y al “No es no” aún más reciente todavía? Una año más tarde, en 1910, el verdadero Pablo Iglesias, líder del PSOE originario, llegó a amenazar a Maura de muerte si éste llegaba de nuevo al poder en una de las más ingnominiosas sesiones parlamentarias de la Historia.

Un atentado sonado fue el que tuvo lugar en 1906, en la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia. El anarquista Mateo Morral, desde un tercer piso de la calle Mayor, lanzó una bomba camuflada en un ramo de flores, que mató a 25 personas, pero no a los reyes, que lograron salir ilesos de la carroza donde iban. Lo insólito es que en 1937, el Ayuntamiento frentepopulista de Madrid, cambió el nombre de la calle Mayor, por el de Mateo Morral: este detalle dice ya mucho sobre un régimen llamada republicano, pero en realidad revolucionario.

El propio Alfonso XIII, abuelo del rey Juan Carlos, tuvo que marcharse a la carrera al exilio, a pesar de que en las elecciones municipales de abril de 1931 ganaran los ediles monárquicos, excepto en las grandes ciudades, lo que motivó que las izquierdas salieran a la calle a proclamar la República. El rey Alfonso fue desposeído de sus bienes y declarado traidor por la propia II República española, y viviría ya en el exilio hasta su muerte. Un año antes, Primo de Rivera hubo de dimitir ante la soledad en que se encontraba (murió meses después), tras presidir un régimen de dictablanda que había solucionado el problema del separatismo, del pistolerismo anarquista y de la guerra africana, y con el que colaboró el PSOE. El hijo de Alfonso XIII, Don Juan, nunca pudo acceder al trono en beneficio de Juan Carlos.

Otro atentado que no tuvo consecuencias fue el que ETA cometió en 1995 contra el entonces jefe de la oposición, José María Aznar, por medio de un coche bomba. Más doloroso tuvo que ser para el propio Aznar la manera como terminó su mandato, durante los días posteriores al espantoso atentado de Atocha que costó 192 vidas y que catapultó a Zapatero a la Moncloa. Aznar fue gravemente insultado en aquellas elecciones, al tiempo que las sedes del PP fueron asaltadas en muchos puntos de España. Ocurrió porque se hizo creer a una parte de la opinión pública española que las bombas terroristas fueron activadas  como venganza por el apoyo del gobierno de Aznar a la intervención en Irak (jamás estuvimos en la guerra de Irak, como se decía).

Uno de los grandes artífices de nuestra Transición democrática, el presidente Suárez, también hubo de marcharse dolorosamente del gobierno en enero de 1981, después de soportar una cruel moción de censura socialista, la desafección en masa de una gran parte de su propia organización política, y sobre todo la amenaza de algunos militares, posteriormente convertida en un intento grave de golpe de estado.

Felipe González, presidente del gobierno entre 1982 y 1996, fue otro gran estadista que se marchó en medio de una ola de escándalos políticos y económicos, una salida que no hacía justicia a una gestión moderada, brillante, que modernizó a España y la incluyó en la escena internacional.

En estos días hemos vivido el último capítulo del afán destructivo con que España trata a sus mejores gobernantes. El rey padre Juan Carlos, el gran artífice de nuestra Transición democrática, tras haberse visto obligado a abdicar por cuestiones menores ajenas a su brillante liderazgo institucional, fue tristemente postergado (no por el rey Felipe, como se ha pretendido) en la conmemoración del 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas de 1977.

La cuestión ahora está en no caer en los errores históricos de siempre. Es necesario que empecemos a dar a conocer a los jóvenes, y a los no tan jóvenes pero sí desmemoriados, cómo Juan Carlos fue el líder principal de la Transición a la democracia y cómo la defendió en unos momentos muy graves para España. Toda esa pedagogía debe servir a un objetivo final: el gran homenaje que su figura se merece. Pero un gran homenaje que debe recibir en vida, y no después de que no pueda percibir el cariño popular, como lamentablemente ocurrió con Suárez en la reciente Historia de España.

(2009) El País y el “silencio” de la Transición

Resumen

 

El periódico El Pais viene defendiendo la idea de que a partir de la Transición se hizo un silencio sobre la República, la Guerra Civil y el franquismo injusto para los perdedores de la Guerra Civil. De ahí que haya defendido la recuperación de la llamada Memoria Histórica impuesta por el Partido Socialista desde su llegada al poder.

Este trabajo tiene como objeto demostrar que ese silencio no se dio ni en la sociedad ni en El País. Se habló y mucho sobre ese periodo de la Historia, y desde el punto de vista de los perdedores de la Guerra Civil.

También se demuestra que el periódico defendió entonces que no se utilizara la Guerra Civil en el debate parlamentario para facilitar la nueva convivencia democrática. Lo contrario de lo que hoy apoya.

 

 

La campaña de El País sobre la recuperación de la Memoria

 

El periódico El País viene defendiendo desde hace años la idea de que a partir de la Transición se declaró una especie de silencio colectivo sobre la II República, la Guerra Civil y el franquismo (debido a la amenaza latente del aparato de estado franquista) injusto para los perdedores de la Guerra, entre otras razones porque durante cuarenta años no pudieron manifestarse ni dignificar su causa. De ahí, según el diario, se derivaría la necesidad de recuperar la llamada Memoria Histórica.

El País, periódico de centro-izquierda, ha sido el medio más importante[1] de la democracia juancarlista, tanto por su amplísima difusión como sobre todo por el hecho de ser el de mayor influencia sobre las elites españolas, si bien en los últimos años esa primacía ha ido decayendo. Debido a esa influencia el empeño tuvo eco en las terminales mediáticas afines al Partido Socialista -o al menos no opositoras-, mayoritarias en el caso de las influyentes grandes cadenas televisivas.

Pero, ¿Cómo empezó y se desarrolló esta campaña en pro de la Memoria? Ya desde mitad de los años noventa se venían sucediendo colaboraciones y artículos que “denunciaban” un olvido de nuestro pasado inmediato, aunque referido siempre a los perdedores de la Guerra Civil. En 1997 aparece un artículo firmado por Ramoneda, un asiduo colaborador de la casa, que llega a cuestionar la idoneidad del perdón mutuo habido en la Transición alegando que había favorecido en exclusiva al bando franquista: en la Transición la “suspensión de la memoria histórica tuvo un nombre: la amnistía…” lo cual “alivió a los franquistas a que se le pidieran responsabilidades”. [2]

Pero fue en 2001, a partir del libro El Futuro no es lo que era de Juan Luís Cebrián y Felipe González[3], y de otro libro de Cebrián de 2003 titulado Francomoribundia[4] cuando el proyecto del diario filo-socialista en pro de una memoria histórica supuestamente ocultada, se recrudeció. Uno de los colaboradores del diario, Vicenc Navarro, llego a afirmar que fue tal la amnesia sobre nuestro pasado inmediato que sólo a partir de 2003, fecha en la que se escribía el artículo, empezaron a aparecer libros al respecto: “…es cierto que ahora comienzan a aparecer libros, sobre todo en el ámbito académico, que documentan la naturaleza represiva de aquel régimen, pero su difusión es muy limitada…”[5].

Las dos victorias electorales de Zapatero trajeron consecuencias al respecto. El nuevo Presidente pronto se proclamó “heredero” político de los perdedores de la Guerra: afirmó que su ideario se amparaba en el testamento de su abuelo republicano fusilado, se declaró  “rojo”[6], y defendió en el Senado la necesidad de “reconocimiento” de la Segunda República[7].

Fruto de esa posición gubernamental y de la agitación acometida al unísono por el Partido Socialista, la izquierda y El País[8] fue la promulgación de  la Ley de la Memoria Histórica, una ley que sirvió también para que el periódico mantuviese el asunto en pie, de forma recurrente, todos estos últimos años.

El País dio una nueva vuelta de tuerca en favor de la Memoria al apoyar al juez Garzón en su intento por abrir una Causa General contra el franquismo. Uno de sus colaboradores, de nuevo Ramoneda[9], culpaba al Partido Popular de ser el principal interesado en mantener el supuesto silencio sobre nuestro pasado, debido a su engarce con el franquismo. Una acusación que al menos daba pistas más explícitas sobre las intenciones políticas de esta operación, cuestión sobre los que volveremos al final.

 

Algunos apuntes sobre el supuesto silencio social de la Transición

 

Pero, ¿Se produjo o no el silencio de la sociedad sobre nuestro trágico pasado reciente a partir de la muerte del general Franco? Sin ánimo de centrar la cuestión en este apartado previo, sí podemos apuntar algunas reflexiones.

Es cierto que durante la Transición hubo un acuerdo tácito de no utilizar la guerra civil como arma parlamentaria contra el adversario. Fue un silencio político, un acuerdo entre partidos no explicitado, por cierto considerado entonces por todos – también por el propio periódico tal como veremos – como algo imprescindible para poder construir una nueva convivencia democrática en paz.  No era una razón menor para proceder así el que todas las partes tuviesen mucho que olvidar. Sí, también una izquierda que surgía revestida de principios democráticos por su oposición al franquismo (en realidad muy tardía en el caso del PSOE), pero cuyos principios y comportamiento antidemocráticos tanto habían contribuido a la guerra.

Sin embargo, ese acuerdo tácito, no significó que la sociedad española se mantuviese al margen de su pasado. Al contrario. Como dice Vila-Sanjuán “Desde los últimos años del franquismo se produjo un alud de publicaciones  históricas  que, desafiando la censura, revisaban el pasado franquista, un alud que no hizo sino multiplicarse con la llegada de la democracia y sobre todo a partir de la desaparición de la censura en 1976….el resultado fue la saturación…a fines de los 70 estos libros dejaron de venderse”[10]. Un alud habría que añadir, abrumadoramente favorable al bando perdedor de la Guerra Civil.

El propio Santos Juliá, historiador muy afín al diario El País reconocía que si bien el pasado fue excluido del debate parlamentario éste no impuso “la tiranía del silencio: el mismo día que fue aprobada (la Ley de Amnistía), la revista de mayor difusión de aquellos años, Interviú, continuaba la publicación de una larga serie de reportajes sobre fosas con uno titulado “Otro Valle de los Caídos sin cruz. La Barranca, fosa común para 2.000 riojanos”[11]. ¿Quién no recuerda por otra parte películas como “¡Ay Carmela!”, “Las bicicletas son para el verano”, o “Canciones para después de una guerra”, entre otras muchas, tan decisivas en la conformación del imaginario antifranquista de los españoles, que comienza en aquellos años y perdura hasta nuestros días?

 

El objetivo del trabajo: ¿hubo silencio en El País?

 

Si la sociedad no silenció su pasado, sino todo lo contrario, El País, verdadero emblema de la entonces oposición antifranquista, tampoco lo hizo. Ése va a ser precisamente uno de los  propósitos de este trabajo, demostrarlo, para lo que haremos un recorrido por las noticias, artículos, entrevistas, y reportajes de aquellos años, desde su salida al mercado español en mayo de 1976, hasta final de 1979. Si fuese verdad que la amenaza del llamado bunker franquista en la sombra hubiese tenido como resultado la amnesia de la sociedad civil, y por ende del periódico, ningún momento más delicado como el de la segunda mitad de los años 70, recién muerto el dictador, para haber callado. De ahí la elección de este periodo para nuestro trabajo. Y sin embargo, como veremos, esto no ocurrió sino al contrario, nunca se habló tanto del periodo republicano, de nuestra guerra y de la etapa franquista como entonces.

Pero a pesar de que el propio periódico fue punto de referencia de la revisión del pasado, éste se declaró firme defensor durante el periodo de la Transición de no utilizar la Guerra Civil en el debate político en aras de la reconstrucción de una nueva convivencia democrática. Así se manifestaron sus editoriales, sus principales colaboradores y la dirección del periódico, como también veremos. En ese sentido,  la contradicción entre su posición de entonces y la actual no puede ser más flagrante.

 

LA EXTENSA E INTENSA MEMORIA HISTORICA DE EL PAIS DURANTE LA TRANSICION.

 

Noticias sobre equiparaciones y reparaciones de republicanos.

 

Lo primero que sorprende de entrada al analizar los primeros meses tras la salida del diario es el importante número de noticias sobre disposiciones que equiparan y reparan a los republicanos españoles. Repasemos algunos titulares: “Disconformidad con las pensiones de los mutilados republicanos” (22/05/1976); “Reunión de 300 aviadores republicanos en Barcelona” (29/05/1976); “Trescientos pilotos republicanos en busca de la igualdad” (30/05/1976); “Se tramitan mil pensiones de retiro para hombres que trabajaron con la República” (13/061976); se pretende crear la “Agrupación de amigos de la Republica” (15/06/1976); “Homenaje de los mutilados republicanos a Escudero Rueda” (05/10/1976); “La liga de mutilados republicanos de Cataluña presenta sus estatutos” 15/10/1976; “Reunión de excombatientes de la guerra civil española” (09/10/1976). Etc.

A partir de octubre de 1976 y durante todo 1977 y 1978, en El País se multiplican las noticias sobre la reconciliación entre los españoles, y sobre la dignificación del bando republicano de la guerra: homenajes a viudas y mutilados, vuelta de archivos republicanos, reconocimiento de los derechos profesionales de diversos colectivos depurados por su condición republicana como periodistas, policías, militares, maestros, aviadores, etc.

Todo este clima de vindicación desemboca en 1978 en un hecho crucial, al decidir el Pleno del Congreso la toma en consideración de sendas proposiciones de ley de socialistas y comunistas para otorgar pensiones a los familiares de republicanos muertos en la guerra civil, una moción que será aprobada sin ningún voto en contra y con un gran aplauso de toda la cámara, en medio de un clima de reconciliación total entre todos. El propio titular de El País para ese día fue: “El Congreso decidió acabar con las secuelas de la guerra civil”[12].

El País se hace eco al año siguiente (28/07/79) de la aprobación de una proposición de ley que reconoce pensiones, asistencia médico-farmacéutica y asistencia social a favor de las viudas, hijos y demás familiares de españoles fallecidos como consecuencia o con ocasión de la guerra civil. No obstante continúan las noticias de reivindicaciones de reconocimientos de derechos a los diversos colectivos republicanos, o a nuevos colectivos, o de ampliación de algunas de las reclamaciones obtenidas, a lo largo de 1979.

 

Noticias de Homenajes a figuras republicanas o antifranquistas.

 

Una noticia que se repite con frecuencia es el homenaje a figuras republicanas o antifranquistas ya fallecidas en aquellos momentos, como el que se le hace a Alcalá Zamora (08/07/77) en su pueblo de Priego (Córdoba) con motivo del centenario de su nacimiento. Aunque el que se le dedica a León Felipe en su pueblo se prohíbe, El País publica las cuartillas que Alberti debía haber leído en él (“A Leon Felipe en su homenaje”) (04/05/1976)). También Gabriel Celaya escribe sobre los homenajes dispensados a Lorca y rememora algunos recuerdos sobre sus encuentros (“Recordando a García Lorca”) (10/06/1976). Otros homenajes reseñados son: en Madrid, el de la Universidad a Ramón Carande, catedrático expedientado por el régimen de Franco (28/01/77); y en Galicia, el de la oposición política gallega unida, al dirigente del Partido Galeguista, Alexandre Bóveda (12/08/77), del que se dice que el franquismo persiguió con saña.

Una Tribuna de Marichal (15/07/77) pide dignificar el pasado republicano a través del homenaje de sus dos presidentes, Alcalá Zamora y Azaña. No se trata de alabar su ideología, dice, sino de legalizar la Historia.

En el 78 continúan las noticias de homenajes y reconocimiento a la República. En enero se publica la del levantamiento de Panteones para muertos del bando republicano en Aranjuez (07/01/78). En Valencia tiene lugar la exposición homenaje dedicada a Blasco Ibáñez, que si bien murió en Francia antes de proclamarse la República, fue un referente republicano, enterrado en 1933 bajo la presidencia del propio Alcalá Zamora. Durante varios días de Marzo y abril del 78 se escribe sobre el traslado a España de los restos de Largo Caballero (06/04/78) que finalmente se efectúa el 6 de abril. Sus restos son homenajeados en la sede de la UGT. Enrique del Moral (su biógrafo) y Peces Barbas escriben sobre su figura.  Éste último la revindica con vehemencia aunque para ello se salte su pasado bolchevique y se apoye sólo en una carta de los años cuarenta donde se habla de libertad  y derechos individuales (06/04/78).

En agosto del 79 (12/08/79) El País publica la noticia del entierro de los restos mortales de Niceto Alcalá Zamora en el cementerio de la Almudena. La familia evitó que el traslado del cadáver se convirtiera en un acto público por lo que los republicanos españoles muestran su desacuerdo.

 

Protagonistas del periódico: republicanos y exiliados.

 

A lo largo de la Transición toman la palabra en El País para hablar del pasado líderes e intelectuales republicanos, antifranquistas, y exiliados que habían vivido la Guerra Civil como: Gil Robles, al que se acusa en una carta al director (¡de un admirador de Franco!) de ser principal responsable de la guerra civil (30/05/76), y de quien se da un perfil en el que se le relaciona con la sublevación de Asturias por su empeño en entrar en el gobierno (13/03/77), reproduciendo así el autor del retrato la retorcida versión de los insurrectos del 34; Francisco Ayala (18/02/77), que es entrevistado tras breve visita a nuestro país; y Francisco Giral (13/08/77), presidente de la Agrupación de republicanos españoles -separado de su cátedra en 1937 y vuelto a reintegrar en el cuerpo en 1977- quien se queja de la separación forzosa que sufren los republicanos en el protagonismo de la Transición, lo que da idea de que efectivamente ésta no es heredera del periodo republicano, sino de la reconciliación entre postfranquistas y postrevolucionarios bajo el liderazgo juancarlista.

En ese sentido crítico con la Transición, pero de forma mucho más ácida, El País publica un artículo del que fuese presidente de la República en el exilio, Varela (22/02/78), acusando a la oposición de haber claudicado ante la Monarquía y de favorecer la continuidad franquista. También escribe por entonces un ex ministro de Franco que pronto pasó a formar parte del consejo de Don Juan en Portugal, donde vivió casi 30 año, Pedro Sainz Rodríguez, quien  se muestra muy crítico con Franco, al que acusa de mantener siempre el clima de guerra civil (01/04/78).

 

También los comunistas tienen su protagonismo.

 

Líderes comunistas de la guerra aún vivos en la Transición también obtienen su parte de protagonismo en el periódico durante todo ese tiempo. La primera referencia es muy temprana, tanto que se hace desde el exilio: En agosto de 1976 hay una rueda de prensa en Roma con Carrillo en la que se anuncia que los dirigentes comunistas volverán a España en Septiembre. Carrillo habla de consulta al pueblo sobre la forma de estado (el programa de la llamada ruptura) y no se corta al hablar de la supresión a largo plazo de la gran propiedad capitalista.

Antes del primer aniversario del periódico, Pasionaria (01/03/77) es entrevistada también: “En este momento no nos interesa la dictadura del proletariado”, titula el periodista la entrevista

Ya en España Sanchez Montero (19/07/77) escribe una tribuna a favor de la propuesta de un gobierno de concentración. Para argumentarla se remite a la República y dice que si el PSOE hubiese estado en el gobierno en el 36 podría haberse evitado el golpe. Carrillo interviene en el periódico (08/07/78) a propósito de la relación de la mención expresa a la Iglesia en la Constitución del 78, y afirma algo que forma parte de la versión frentepopulista del conflicto, aunque descabellado: que la quema de los conventos de mayo del 31 no se puede atribuir a la izquierda, sino a unos extraños provocadores, que él dice “probablemente” de extrema derecha. El director de Mundo Obrero, el periódico de los comunistas, Federico Melchor, tiene por su parte una intervención (13/01/78) para defender la historia del PC de las graves acusaciones que Jorge Semprún le hace en su autobiografía. Melchor pone de ejemplo a los comunistas en comparación a las acciones de poumistas,y anarquistas, evitando claro, hablar de las guerras civiles entre todos ellos.

 

Protagonistas extranjeros de la guerra.

 

Algunos de los participantes extranjeros en la guerra civil vivos también adquieren protagonismo en estos primeros años de El País. Así Jack Jones, herido en la batalla del Ebro y líder sindicalista británico, vuelve a España y es entrevistado largamente por el periódico (8/6/76). Se da cuenta asimismo: de una reunión de excombatientes internacionales en la guerra en el aniversario de la llegada de las Brigadas Internacionales (22/10/76), de las visitas de veteranos extranjeros republicanos en la guerra de España, como la que hizo la Brigada Lincoln,  y de la participación de Hemingway en la guerra española (6/7/76).

 

Historiadores marxistas, progresistas y afectos al Frente Popular.

 

En cuanto a historiadores profesionales los únicos que prácticamente tienen presencia extensa en El País son aquellos situados en la órbita del marxismo (reconocidamente o no): Joseph Fontana, Jackson, Tuñón de Lara, Santos Juliá, Pierre Vilar, y sobre todo Paul Preston. Curiosamente, sus nombres y la versión histórica que proponen han seguido predominando en la sociedad durante estos últimos 35 años, debido a la poderosa influencia de esta corriente de pensamiento en instancias administrativas, empresas editoriales, departamentos universitarios, y medios de comunicación, a pesar de ciertos éxitos editoriales recientes de carácter liberal-conservador, ajenos a los grandes medios.

Esta interpretación se dice favorable a la República. Pero aquí hay una confusión. En realidad no lo es tanto al régimen republicano como al proceso revolucionario en el que derivó (piénsese en octubre del 34, febrero del 36, y especialmente a partir de julio del mismo año). Téngase en cuenta que los auténticos partidarios de la República, como Ortega, Unamuno, Fernández Flores, Clara Campoamor, Pío Baroja, Pérez de Ayala, Azorín o Marañón, así como otros muchos, se pusieron en contra de ese proceso. La mayoría tuvo que huir de zona “republicana” ante el temor a ser “paseados”.  Incluso las memorias de los principales líderes, Azaña, Besteiro, Alcalá Zamora, Lerroux, Prieto, etc., pintan al periodo como disparatado.

Vamos a repasar los textos que publican en el diario estos historiadores para comprobar su afinidad con las tesis afectas al Frente Popular, al tiempo que reseñamos las principales críticas a las mismas por parte de la historiografía no marxista.

El primer autor localizado en este periodo es Gerald Brenan (05 y 07/05/76), que publica en el periódico un fragmento de sus memorias donde declara tomar partido contra los rebeldes. Aunque da cuenta de la represión republicana (la matanza de Ronda por ejemplo), repite el tópico de que la represión es sistemática en los franquistas y “espontánea” en los republicanos (pero piénsese en las checas, por ejemplo). En marzo de 1977 (26/03/77) El País divulga por vez primera las tesis de Tuñón de Lara sobre las causas de la guerra, debidas según el catedrático comunista de Pau, al conflicto de clase y a la cuestión agraria.

Fontana por su parte (30/3/77), en una reseña sobre un libro de Jackson, elogia la recuperación bibliográfica que desde 1975 se está produciendo sobre la República y la Guerra civil (lo que por cierto apoya nuestras tesis. En realidad él publicaba ya desde años antes sus libros). Tras alabar a Jackson por salirse de la tónica anglosajona, según la cual todo intento revolucionario es visto como locura (¿es eso una alabanza?), Fontana dice que más allá de la denuncia o de tomar partido lo difícil es explicar la guerra: ¿por qué un campesino de Castilla ataca a un obrero urbano, estando los dos explotados?, se pregunta. Está claro. Como para el historiador comunista la Historia es la lucha entre explotadores y explotados, las piezas no encajan. Reflexión obligada: ¿No será que él trata de encajar la realidad en un prejuicio teórico? Fontana dice que Jackson supera a esa parte de la historiografía franquista que ubica las causas de la guerra en el desbordamiento revolucionario de febrero a julio del 36, pues eso no fue más que “la recuperación de los procesos experimentados en los dos años en que las derechas ejercieron el Gobierno…”  Pero “la primavera trágica” en realidad fue mucho más que eso[13]. Al final recurre al tópico, hoy rebatido, de que el apoyo internacional fue decisivo para la derrota  republicana.

Jackson (1/4/77) a propósito del libro mencionado, resume diciendo que la guerra es un conflicto ideológico entre la España roja y la España negra. Desde una posición que el denomina de demócrata de izquierdas, Jackson dice que condena no el conservadurismo sino la dureza de su represión. Para Jackson la división de España viene desde el XIX y lo peor no va a ser la propia guerra sino la represión franquista. Hoy hay estudios que califican la represión frentepopulista como más intensa, si tenemos en cuenta el espacio y el tiempo[14].

Tuñón interviene de nuevo en el periódico en este mismo año (15/04/77) para exponer su análisis (leninista) de la guerra, según el cual cuando el aparato de Estado pasa a manos de las clases oprimidas, las clases dominantes se muestran reacias a abandonarlo pacíficamente. Para Tuñón (y para esta corriente), se trata de un problema de clase, y no de si se ejerce el poder de acuerdo al estado de derecho, al que se ilegitima como  “burgués”.

Paul Preston (21/04/78) publica un primer texto en el que atribuye el asalto socialista a la República en el 34 al deseo de que el “fascismo” no se impusiera pacíficamente en España, pues aunque según Preston es verdad que Largo quería la Revolución, Prieto solo quiso defender las mejoras del primer bienio. Preston pasa por alto el hecho objetivo de que el Partido Socialista organiza el asalto armado contra un gobierno de la República legítimamente constituido, con el resultado de más de 1300 muertos en toda España.

Después de febrero del 36 el ala izquierda se bolcheviza sin “caer en la cuenta”, según Preston, de la estrategia de la tensión llevada a cabo por la derecha para derribar a la República, por lo que considera un error haberse opuesto al gobierno de Azaña y Prieto. En otras palabras, Preston sólo ve un error táctico en la bolchevización izquierdista y no su naturaleza totalitaria. Sin embargo la historiografía no marxista ha puesto de relieve que la principal estrategia de la tensión vino de la quiebra de la legalidad por parte del gobierno frentepopulista (elecciones del 36, comisión de actas, destitución del presidente, persecución de las derechas, etc.) y por parte del izquierdismo callejero (asesinatos, huelgas, incautaciones de la propiedad, quema de iglesias, etc.).

Juan Cruz hace una entrevista a Preston (09/06/78) a propósito de su nuevo libro titulado “La destrucción de la democracia en España” en la que el historiador británico interpreta que los socialistas intentaron una serie de reformas “humanitarias” en el agro lo que produjo la reacción de la derecha, en unos casos legalista y en otros violenta. Para la mayoría de los economistas de que han estudiado el periodo (y para los propios líderes republicanos, como Azaña) las reformas del agro fracasaron sobre todo por la propia incapacidad del gobierno republicano en llevarlas a la práctica, dadas las irregularidades y los despropósitos de las soluciones propuestas[15]. Los problemas objetivos, la situación del campo en este caso, no determinan los acontecimientos tanto como las respuestas que se dan a estos problemas. En realidad, las izquierdas hicieron una propaganda milenarista y revolucionaria en torno a la pobreza campesina que atizó el odio. Vicent Ventura vuelve a referirse a Preston (23/07/78) para decir que en unas declaraciones recientes del historiador, éste afirma no haber tomado partido aún sobre si se tenía que haber hecho la revolución y la guerra o sólo ésta última. Difícilmente un testimonio puede aclarar mejor la posición del historiador, oscilante entre la de los anarquistas y los comunistas del 36.

En diciembre de 1978 (06/12/78) El País presenta las últimas publicaciones de George Soria, historiador al que se presenta como simpatizante de la posición comunista en la guerra.

Tuñón (27/04/79) reaparece para declarar que el Frente Popular no fue “el diablo antiespañol” que se pretende pues se hizo como defensa, “cuando los batallones pardos amenazaban a la clase obrera” y a la propia cultura occidental. Pero, ¿acosa la derecha a la izquierda en la República? ¿ó más bien es al revés? ¿tiene alguna fuerza el fascismo en la época previa a la Guerra Civil? ¿no es el PSOE, principal partido de la oposición, el que toma las armas unos meses antes, en 1934?

Jose Luis Abarca (16/05/79) escribe sobre el libro de Santos Juliá ´”Orígenes del Frente Popular” y extrae la conclusión que el Frente Popular no respondió ni a las ilusiones de la izquierda ni tampoco justificó los miedos de la derecha. Pero, ¿no justificó ese miedo de la derecha, entre otros, el comportamiento insurreccional del 34, el cierre masivo de su prensa, el acoso callejero, la incautación de propiedades, etc.?

En una reseña sobre la presentación del libro de Carlos M Rama, “Fascismo y anarquismo en la España contemporánea” (28/09/79), se afirma que la tesis de Rama es que el franquismo fue un mero ejecutor de los intereses de  la oligarquía. Una tesis de esencia revolucionaria que se repite una y otra vez en estos años, y que equipara la “democracia burguesa” a la dictadura.

Jordi Palafox por último escribe una larga tribuna (28/10/79) sobre la economía española de los años 30. Citando a autores progresistas como Pierre Villar o Fontana, defiende que los gobernantes republicanos, en medio de una fuerte depresión, se mostraron agresivos con la Iglesia y el Ejército pero tímidos ante las reformas económicas, lo que produjo el enfrentamiento social y el fracaso de la democracia. Palafox va más allá del radicalismo económico frentepopulista.

Frente a toda esta pléyade de historiadores profesionales proclives a las ideas de izquierdas aparece un solitario Ricardo de la Cierva en el lado contrario. Lo hace con algunos escritos de carácter moderado, aunque claros respecto a su posición crítica sobre la República, (29/01/77, 16/03/77) y donde pide que la Constitución nueva no sea como la republicana, de unos contra otros (17/03/78),

 

Apología de hechos, logros y figuras republicanos y blanqueo de comportamientos izquierdistas.

Son muy numerosos los textos que maquillan los excesos revolucionarios o defienden algún aspecto de lo realizado por la República, o acontecido en dicho periodo, o realizado por figuras referentes del bando frentepopulista.

La  tendencia a blanquear el comportamiento antidemocrático de la izquierda surgirá en el periódico desde muy pronto. En el aniversario de la muerte del escritor filocomunista Ernest Hemingway ((06/07/76) se dice de él, que aunque sus posiciones políticas fueron contradictorias tenía un instinto democrático que le impulsaba a defender los derechos humanos (?), como hizo, dice el autor del artículo, en su libro sobre la guerra civil Por quien doblan las campanas.

Una tribuna (07/10/76) trata de rebajar la importancia del Partido Comunista en la guerra situándolo como un derrotado más, y no el más importante. En realidad, rebajar la importancia de los objetivos revolucionarios es algo que ya el Frente Popular intentó a lo largo de la guerra, como ha demostrado Bollotten[16], para presentarse como más democrático, sobre todo ante las democracias europeas. Pero es incuestionable el control estaliniano sobre el bando frentepopulista debido a la entrega del oro republicano. Precisamente en una Tribuna (11/12/76) se defiende el trabajo de Angel Viñas – otro historiador proclive a la izquierda que sigue ahí – sobre la salida a la URSS del oro y la plata del Banco de España, aunque en resumen, el texto no clarifica la posición de subordinación a la URSS en la que quedó el gobierno frentepopulista.

Sobre las diferentes elecciones habidas durante la República hay varios trabajos. Un artículo (14/10/76) que ensalza la sinceridad de las elecciones municipales (en cuanto a su preparación) del 31 sin desde luego entrar en el falseamiento que sufrió el resultado, favorable a los monárquicos. Por cierto sus resultados no fueron publicados sino hasta mucho después de proclamarse la República, aunque no de manera oficial. Igual ocurre con una tribuna (21/08/77) que elogia las tres elecciones habidas en Madrid en relación a las que hay en la Restauración pero donde no se habla de las graves irregularidades habidas en las elecciones del 36[17] (cuyos resultados nunca fueron publicados) en relación sobre todo a la la huida de los gobernadores civiles  y la actuación de la Comisión de actas. Javier Alfaya escribe una recensión sobre dos libros en torno a la figura de Araquistain (19/12/76); el periodista mezcla los aciertos y los errores del personaje, lo que honra el comentario, aunque justifica su bolchevización por haber vivido en una España con tantas diferencias sociales. En este punto hay que recordar que otros líderes de izquierda, pese a vivir en esa misma España no se bolchevizaron, como el líder socialista Besteiro.

Una reseña de un libro sobre Casas Viejas (25/07/76) de dos hispanistas franceses defiende al mismo tiempo (?) al Gobierno represor y al anarquismo, del que se dice que no está producido por el milenarismo sino por el hambre. Una vieja justificación que no tiene en cuenta que el hambre es ancestral, no así la agitación anarquista.

Roberto Mesa escribe sobre un trabajo de Santos Juliá (28/12/77) acerca de la historia del PSOE a lo largo del 35 y el 36. Según Juliá el revolucionarismo socialista fue sólo verbal. Nuevamente puede preguntarse: ¿también lo fue el terrorismo de las Juventudes Socialistas, la quema de iglesias, o el terrorismo de estado?

Un intento claro de blanquear la cruenta insurrección socialista de octubre de 1934 se produce en una charla de Preston en la Fundación Pablo Iglesias reseñada por EL País (21/04/78) donde entre otras cosas el historiador dice que el levantamiento de octubre del 34 fue una victoria objetiva pues “…mostró claramente a la CEDA que la clase obrera no permitiría el establecimiento pacífico del fascismo…”. En realidad, está debidamente documentado que la insurrección  perseguía instaurar un sistema revolucionario[18]. Además, una vez derrotada la insurrección del PSOE, ¿no tuvo la CEDA una oportunidad única de acabar con la República y actuar según el carácter fascista que le atribuían sus enemigos? Y sin embargo la CEDA respetó la legalidad.

Ramón Cotarelo por su parte analiza el libro de Andres de Blas ((04/10/78) sobre el socialismo radical de la Segunda República. Llega a la conclusión con el autor de que el radicalismo socialista se debe al radicalismo de la clase obrera española que a su vez es debido a la crisis económica. Bien mirado, es al revés. Son los líderes socialistas los que planean la insurrección armada del 34[19], y no la “clase obrera”, la cual no está suficientemente radicalizada como para seguir a sus jefes y por eso fracasa, excepto en Asturias. Al final, en el 36, será distinto, pues la izquierda, lejos arrepentirse, emprende una campaña internacional de odio sobre Asturias que producirá la indignación de las bases.

Los elogios y la idealización de todo lo relacionado con la República se repiten a lo largo de estos años de la Transición. Así, en noviembre se anuncia por parte de un familiar la publicación de las memorias de Alcalá Zamora (19/11/76), al tiempo que se hace una apología de su figura, y en contra de todos sus críticos. La artista Maruja Mallo (30/01/77) también hace un panegírico de la República, idealizando sus propósitos y criticando al “capitalismo internacional”.

En una entrevista con Juan Marichal (22/07/77) a propósito de su biografía sobre Juan Negrín, aquél homenajea al doctor y afirma que representó ”la defensa de la España democrática” ante las dictaduras totalitarias en Europa. Una afirmación temeraria si consideramos que Negrín fue aliado, según unos, o la mano ejecutora, según la mayoría, de la Unión Soviética de Stalin.

Una tribuna (23/07/77) exalta a todos los represaliados del franquismo (se debe condenar toda represión dictatorial, claro, pero ¿se debe exaltar a los Agapito García Atadell, jefe de la Brigada Checa de Madrid?) y de paso elogia a todos los escritores exiliados del régimen, sin atender que muchos de ellos se exilian desde la España “republicana” (como el propio Juan Ramón Jiménez).

Un clásico entre los supuestos logros republicanos es el de la educación. Una tribuna libre (19/08/77) defiende la “revolución cultural” de la República. Aunque critica ampliamente sus fallos técnicos y su improvisación, admite con normalidad sus postulados pedagógicos socialistas y pro soviéticos –al uso en ese momento, se dice-. Tampoco se menciona su sectarismo anti-religioso.

Una texto elogioso sobre el Ateneo madrileño (16/11/77) considera a éste un “refugio de liberales” antes de la República y un aparato crítico del poder establecido después (de la pequeña burguesía liberal, según el autor). No se hace referencia ni a la relación del Ateneo con el golpismo de carácter jacobino ni con los sucesos de la quema de conventos de mayo del 31 en Madrid, entre otros.

En una noticia sobre un mitin de Acción Republicana Democrática Española (18/04/78), el presidente del partido, Giral, afirma que la segunda República no fracasó en España, enumerando a continuación los logros que según el presidente había obtenido este sistema mientras duró (entre ellos una “Constitución inmejorable”).

 

Noticias sobre la memoria: esclarecimiento y recordatorio de hechos de la República y la guerra, películas, memoria oral,  vuelta de archivos, cambios de calles, etc.

 

Durante estos años hay un afán desde editoriales, periódicos, cine, televisión, en definitiva desde la sociedad civil, por recuperar la memoria de los años de la República, de la Guerra y del franquismo.  El País da cuenta de ello. Así, En enero del 77 (19/01/77)  un lector señala la necesidad de que para superar la guerra los republicanos tienen que contar su “verdad”, no por revancha sino por justicia. Así también se pronuncia una Tribuna de Marichal (15/07/77) que pide dignificar el pasado republicano. Se trata de “legalizar la Historia”, afirma. Otra muy extensa de Consuelo Berges (23/07/77) abunda en esa idea de Marichal. Dice que el primer trámite ya se está dando al hablarse “con diligencia y abundancia en prensa, libros conferencias y actos públicos” de la represión franquista y de las razones republicanas (lo que contradice de nuevo a los que hoy claman contra el supuesto olvido de la Transición). Hace falta no obstante, afirma, reparar a las personas despojadas de sus derechos. Sobre los efectos represivos del franquismo, un reportaje ((04/11/77) habla de la historia de 24 “topos” humanos, personas que durante decenas de años vivieron escondidas por miedo a la dictadura.

En la línea de la recuperación de la memoria, Ludolfo Paramio escribe (22/08/79) sobre el trabajo de Ronald Fraser “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española”.Un trabajo que rememora la guerra civil a partir de 300 entrevistas y 800 páginas elaborado desde una perspectiva de izquierdas que comparte el propio Paramio, el cual hace un análisis de la guerra en clave de conflicto de clases.

Además del texto escrito, El País también se hace eco de otras fórmulas de recuperar la memoria: el cine. A través de una entrevista con Jaime Camino (13/03/79), se analiza su última película llamada precisamente “La vieja memoria” donde intervienen Pasionaria, Montseny, Abad de Santillán, Gil Robles, Tarradellas, Fernández Cuesta y Vilallonga. El titular del artículo es muy elocuente: <“La vieja memoria” pretende levantar acta testimonial de la guerra civil>.

Y finalmente, sobre la restitución de nombres de calles, aparecen varias noticias en estos años, como la de un lector que escribe a El País solicitando sea restituido el nombre tradicional de paseo del Príncipe, en Almería, en vez de avenida del Generalísimo. O la noticia (19/12/79) que da fe de una propuesta al pleno del Ayuntamiento de Madrid para cambiar algunos nombres de calles de Madrid relacionados de forma directa con la Guerra civil. Entre las calles cambiadas figuran Generalísimo, General Mola, Calvo Sotelo y García Morato.

Hay también un empeño por esclarecer hechos, averiguar acontecimientos desconocidos, devolver archivos, publicar textos inéditos…En efecto, ya en Julio del 76 se publica el inédito testamento político de Lerroux (18/07/76) que por cierto dictamina que la República dejó de existir no cuando se da el golpe del 18 de julio, sino cuando se arma a las muchedumbres… Un editorial (10/02/78) da cuenta de la vuelta de los archivos que cubren las actividades del gobierno republicano en el exilio desde 1945 hasta 1977, con lo que, afirma El País, “se cierra un capítulo dramático de la historia que se convierte….en la memoria de todos los españoles”.

Sobre el esclarecimiento de hechos El País publica varias noticias de acciones ciudadanas: por ejemplo las que efectúan la comisión organizadora del 40 aniversario del bombardeo de Guernica sobre el mismo (04/05/77). En la línea de dar a conocer hechos desconocidos se encuentra el escrito del ex ministro del gobierno de la republica en el exilio, Antonio alonso Baño (18/07/78) sobre los soldados que permanecieron fieles al gobierno republicano, pues dice que la historia la escriben los vencedores, pero sobre los vencidos poco se sabe, o poco se ha querido saber. Hay también controversia entre Alonso Baño y un ciudadano que escribe una carta (28/07/98) tratando de aclarar el comportamiento de algunos líderes de ambos bandos el mismo 18 de julio y sus responsabilidades en el desarrollo de la guerra civil.

Como zonas de la historia de la República poco exploradas aparecen otros textos, como el de Ramón Cotarelo, que analiza el libro de Andres de Blas ((04/10/78) sobre el socialismo radical de la Segunda República. También el reportaje que en Marzo de 1979 (13/03/79) se realiza sobre las elecciones municipales de 1933, titulado: “Municipales 1933, primeras elecciones en las que participó la mujer”. Y las cartas que dos protagonistas del paso del Ebro envían en abril (11 y 21/04/79) con el objeto de aclarar dudas y lagunas al respecto.

Finalmente, en mayo (29/05/79) se da cuenta de la suerte de algunos gobernadores civiles republicanos  encarcelados el 18 de julio y luego fusilados.

 

Algunas opiniones heterodoxas de republicanos y progresistas.

 

Durante este periodo, en el periódico El País aparecen una serie de críticas de algunas figuras que podríamos encuadrar en el republicanismo o incluso en la izquierda, sobre la deriva revolucionaria de la República. En realidad son textos que representan un porcentaje muy minoritario en comparación con la profusión de trabajos afectos a la leyenda idealizada del periodo republicano.

Especial relevancia tiene en ese sentido la gran figura de Julián Marías, quien a pesar de haber apoyado al bando republicano y haber padecido persecución por ello, se muestra extremadamente objetivo y crítico con ambos bandos. Recogemos aquí las opiniones que entendemos más sustanciosas: que la legitimidad republicana estaba perturbada por fuerzas antidemocráticas y al mismo tiempo que los rebeldes no tuvieron derecho a sublevarse; que ambos bandos tuvieron una responsabilidad compartida en la guerra como lo demuestra el hecho de que el 18 de julio también se festejara en el bando izquierdista como el día del comienzo de la revolución española (29/06/76), que las dos causas eran erróneas (“la guerra significaba un planteamiento absurdo por ambas partes….que en ambos casos España iba a salir perdiendo) (08/05/77), que en el 36 hubo un doble intento contra la democracia (26/06/77), que la polarización vino cuando los extremistas se hicieron con la dirección de sus respectivos bandos (comunistas y falangistas) (10/07/77), y que no hubo apenas republicanos, eran rojos, pues la bandera de la República no era del gusto de las izquierdas (07/08/77). También Sánchez Albornoz, republicano exiliado, aunque moderado, cometería hoy una incorrección política afirmando como hizo entonces en El País que la culpa del colapso republicano la tiene la revolución del 34 (mayo de 1976).

Hablando de la debacle republicana, el prestigioso escritor Juan Benet dice en el diario (20/11/76), a propósito de un libro suyo, que una de sus causas fue la ingerencia practicada por la URSS en el bando republicano, cosa que no se dio con los germanos en el franquista. En efecto, si bien las intervenciones extranjeras en ambos bandos estuvieron muy equilibradas (a pesar del mito de que Franco recibió más ayuda), el control político soviético fue determinante en la frentepopulista. Benet asímismo reconoce que hay dos revoluciones el mismo día, la franquista y la revolucionaria. De sus palabras se deduce una interpretación más cercana a las tesis no marxistas: hubo un enfrentamiento entre dos totalitarismos y no un golpe de la oligarquía contra el pueblo.

En un artículo apologético sobre Araquistain se reconoce entre líneas la pobreza intelectual de la izquierda española (19/12/76). Asimismo, un texto que defiende la pedagogía republicana (19/08/77) dice que ésta se inspira en la Institución Libre de la Enseñanza pero también en el socialismo y el bolchevismo. Es un reconocimiento hecho con la normalidad de quien considera estas influencias positivas, pero muy elocuente, porque se habla hoy mucho de la depuración de profesores por parte de Franco pero no de la ejercida en la República y especialmente en el periodo frentepopulista. También se reconoce que se ejerce cierta “violencia” política sobre la enseñanza, aunque no se menciona la prohibición de la enseñanza religiosa.

 

Aunque parezca mentira, algunas gotas de testimonios franquistas.

 

Aunque sólo fuera por este detalle, El País de la Transición era otra cosa. También la sociedad lo era. Hoy sería impensable que el periódico publicara ligeros testimonios favorables al franquismo. Aunque se hiciesen a cuentagotas, como entonces. Sin embargo a lo largo de este periodo se publican algunos: una carta a favor de Franco (30/05/76), una protesta de la Falange por la legalización del PC (13/04/77), y una carta de un lector (por lo que se ve admirador de la obra de Franco) (03/10/79) que habla a favor de los buenos socialistas de la República (Besteiro y De los Rios) pero que rechaza la actuación global del Partido, a favor del extremismo. El lector teme que esa tendencia vuelva, aunque anima a González a seguir la senda socialdemócrata y a no despreciar la obra de Franco, por patriotismo.

Sorprendente resulta el Editorial del 28 de noviembre de 1976. El País critica a la Fundación Francisco Franco por pedir al Rey que ponga fin a la campaña de descrédito, insultos y falsedades a la figura del general. Alega el diario, con toda razón, que para eso están los tribunales. Hasta ahí lo previsto. Lo verdaderamente curioso a los ojos de hoy es que al tiempo que se descalifica al régimen franquista, El País mete entrelíneas afirmaciones que hoy no pasarían el filtro de lo políticamente correcto, como la de que durante la etapa franquista “…el régimen pudo anotar en su haber realizaciones que están a la vista…”.

 

Numerosas reseñas sobre el carácter represivo del régimen franquista.

 

Hemos recogido en estos años casi 200 reseñas (artículos, editoriales, etc) donde se pone de relieve el carácter dictatorial y represivo del régimen franquista. Veamos un pequeño resumen.

Como reseñas de libros, tenemos una sobre la represión sobre el PNV (21/03/79), en el que el autor dice entre otras cosas: “…uno de los aspectos mas siniestro del régimen franquista fue, sin duda, la represión y persecución indiscriminada a sus adversarios políticos….”.

El historiador Nourry, biógrafo de Franco, dice (21/04/77) que la guerra hubiera sucedido con o sin Franco, pero duda de que sin él “la represión posterior hubiera sido tan dura…”. Tampoco la dictadura hubiese sido tan longeva, dice.

Juana Doña escribe el libro “Desde la noche y la niebla”. El autor de la reseña (08/08/79) la titula “Hubiera necesitado más de dos mil años para contar todo el horror de las cárceles”. La autora cuenta, tras 18 años de cárcel, historias de torturas a manos de policías y funcionarios públicos franquistas.

Los propios responsables del periódico se refieren en varias ocasiones al carácter represivo de la dictadura. Javier Pradera (20/01/77) en una tribuna habla de “la feroz represión institucionalizada del franquismo durante la guerra y la posguerra…”. También el propio Cebrián en un editorial (12/06/77) a favor de la prensa democrática y de su periódico dice, “…¿qué había hecho este periódico? Denunciar la dictadura de Franco como un régimen represivo y brutal..”.

En ocasiones el periódico desentraña el pasado represivo de un personaje político proveniente del régimen.  Así del fichaje de Arias por Alianza Popular se dice (10/06/77): que fue “el presidente del gobierno que dio el “enterado” a los últimos cinco fusilamientos del franquismo, en un lúgubre recordatorio de la represión de posguerra a la que contribuyó personalmente como fiscal en Málaga, gobernador en León y director general de Seguridad….”.

En una reseña sobre un programa de la tv valenciana titulada “No perder la memoria histórica” (08/08/79), el autor habla de los fusilamientos tras la guerra. Y dice: “…había acabado la guerra, pero quedaba pendiente la represión, que con su signo franquista duró hasta 1976 por lo menos…”. Por último constatamos un extenso reportaje (02/01/77) sobre los diversos Tribunales represivos encargados a lo largo de la dictadura de juzgar los “delitos” políticos.

 

 

La posición del periódico sobre la Memoria, en la Transición.

 

Como ya exponíamos en líneas superiores, llama poderosamente la atención el cambio de posición sobre este asunto del propio periódico El País y de su director de entonces y consejero-delegado durante todos estos años, Juan Luis Cebrián, uno de los principales ideólogos actuales de la Memoria.  En la época de la Transición, El País, lejos de defender como ahora la necesidad de “recuperar” la Memoria Histórica a través de la acción del Estado (la exhumación de fosas, las causas judiciales contra los franquistas, el cambio de nombres y símbolos que recuerden el régimen de Franco, etc.) va a defender el perdón mutuo, el reconocimiento de las víctimas de ambos bandos, el entierro de las diferencias, y la reconciliación. De esa forma se manifestarán una y otra vez prestigiosas tribunas libres, como la que escribe el Conde de Montarco ya en 1976 (04/08/76), en la que propone la superación de la guerra civil entre franquistas y republicanos a través de la Monarquía de Juan Carlos.

No menos clara se manifiesta la línea editorial del periódico de entonces. Una muestra de ello tiene lugar en fecha tan significativa como la del 14 de abril de 1977. Tras la legalización del Partido Comunista se produce malestar en el llamado “bunker” ultraderechista. El País hace una defensa cerrada  de la Monarquía y de la Bandera, que lo son de todos los españoles, y una condena de la extrema derecha, aunque también de la extrema izquierda. El editorial afirma que la derecha debe repudiar la involución de estas fuerzas nostálgicas del franquismo más extremo. El final del editorial sería hoy políticamente incorrecto: “La democracia es posible en España porque la derecha es también democrática…la derecha no es la que se ve vociferar pidiendo sangre o recordando la sangre”.

Otro editorial de 1978 (24/11/78), con el significativo título de “El sello de la reconciliación” constata el reencuentro entre la “España peregrina y la sociedad civil y política nacida dentro de nuestras fronteras después del sangriento conflicto civil”, a través de la entrevista en Méjico del rey Juan Carlos con Doña Dolores Rivas Cherif, viuda de Manuel Azaña. Un encuentro mediante el cual  “aquella atroz tragedia de hace cuarenta años queda simbólicamente superada. Todo ello mientras que  algunos “desentierran las mas tristes y estremecedoras recuerdos de la guerra civil”

Pero especialmente significativa y contundente se muestra la opinión de la dirección del periódico. Como muestra, la tribuna que en enero de 1977 escribe Juan Luís Cebrián[20], el principal ideólogo hoy, de la Memoria. Estos son algunos párrafos ilustrativos:

“…yo no voy a terciar en esa polémica cruel sobre quien asesinó más en aquellos años. Se asesinó y basta. Y no nos duelen a los españoles de hoy más los crímenes de un bando que de otro”.

“…Sólo con un total olvido objetivo de los temas que nos dividieron sangrientamente podrán los españoles construir su nueva paz civil. No se trata de reparar hipotéticos errores de la justicia, sino de ejercitar el mutuo perdón humano”.

“…Las víctimas en las guerras civiles no se deben exaltar por ninguno de los dos bandos, ni mucho menos por el victorioso, en menosprecio de quienes fueron derrotados. Lo contrario equivale a perpetuar el espíritu del fratricidio”.

“…Es imposible construir una democracia pacífica basada en el rencor, la revancha, o la prepotencia”.

“…Sólo con un total olvido objetivo de los temas que nos dividieron sangrientamente podrán los españoles construir su nueva paz civil. No se trata de reparar hipotéticos errores de la justicia, sino de ejercitar el mutuo perdón humano”.

“…Hoy toca enterrar definitivamente nuestras diferencias”.

 

Hubo silencio (y sesgo), pero siempre a favor de los perdedores de la guerra.

 

Hasta aquí nuestro recorrido por el periódico de aquellos años. Queda claro que lejos de olvidar el pasado, lejos del silencio que el propio periódico dice ahora que había, El País habló más que nunca de aquel periodo trágico, y lo hizo dando omnipresencia y favor precisamente al discurso que representaba al bando perdedor de la Guerra Civil.

El único silencio que se advierte es el mismo que se venía practicando en la versión afecta al Frente Popular. El que tapa las acciones más comprometidamente antidemocráticas de la izquierda. Hechos en la República como: la victoria monárquica de las elecciones del 31, el carácter impositivo de una Constitución elaborada por las izquierdas en contra de las derechas, la dictatorial Ley de Defensa de la República, la pasividad gubernamental ante la quema de conventos, el intento de golpe de Azaña tras la victoria de las derechas en el 33, el asalto violento del PSOE y la Ezquerra a la República en el 34, el terrorismo de las Juventudes Socialistas (anterior a todos los demás), el acoso a los católicos, las graves irregularidades de las elecciones del 36, el asalto a la legalidad a partir de febrero del 36, y la complicidad partidista del Estado en el asesinato de Calvo Sotelo. Y en la Guerra Civil como: las checas, Paracuellos, el bombardeo de Cabra, el control del Frente Popular por parte de Stalin, la guerra civil dentro de las izquierdas, la matanza de eclesiásticos, y las disputas entre socialistas exiliados por el tesoro del yate Vita.

No podía ser de otra manera. El País, referencia del antifranquismo, no podía presentar una versión distinta a la que predominaba en una sociedad en la que desde antes de la muerte de Franco la izquierda ya había logrado penetrar en periódicos, televisiones, cines, colegios y universidades. Fue precisamente el predominio de esa versión histórica, entre otros,  lo que permitió presentar como democrática a una izquierda que en realidad no renunció a sus principios revolucionarios hasta varios años después de la muerte de Franco, ya en plena democracia, y tras graves resistencias internas.

 

Algunas hipótesis sobre las causas de la campaña pro memoria

 

Pero, ¿Cuáles han podido ser las razones para que periódico y partido emprendieran esta campaña tan contraria al posicionamiento de ambos durante esos años, que abarca hasta la primera etapa de gobierno socialista? A principios del año 2004 el prestigioso historiador norteamericano Stanley Payne subrayaba que toda esta campaña del olvido y la memoria nada tenía que ver con la auténtica Historia objetiva de los hechos y sí con la intención política de desprestigiar moralmente al centro derecha español tras sus victorias de 1996 y 2000 (el cual según el historiador, reaccionó torpemente o no reaccionó)[21].

Tras las victorias electorales de Zapatero, el Gobierno socialista ha utilizado los recursos coactivos del Estado y el dinero público para imponer su versión histórica a los españoles. Con ello, además de propaganda política, desprestigio moral del adversario e hiperlegitimidad histórica, ha  conseguido reavivar los sentimientos frustrados de ruptura de la izquierda, rentabilizarlo electoralmente, reforzar la identidad de una militancia socialista sentimentalmente utópica, y complacer los intereses comerciales de sus “socios” mediáticos.

Cesar Alonso de los Ríos, el que fue director de la mítica revista antifranquista Triunfo, ha añadido en un artículo con el significativo título de Tenemos guerra para rato[22] que en la medida que dure la crisis económica, el “Gobierno irá promoviendo sus debates favoritos: Lorca y las fosas de la guerra civil, los símbolos religiosos en las escuelas, el abrumador idioma común, la amputada memoria histórica, la objeción a la asignatura de la educación cívica…”. Y finalmente Rosa Díez ha aseverado que “parece que el gobierno intenta ganar la Guerra Civil, con <efecto retroactivo>, al impulsar una Ley excluyente como la de Memoria Histórica, con la que no ha querido sino <dividir> y <provocar>”[23].

Respecto a la campaña  del periódico sólo puede explicarse por su connivencia con el Partido.

 

Conclusiones finales

 

Las principales conclusiones que podemos extraer son las siguientes:

1) Desde hace años, El País (y el PSOE) ha venido sosteniendo lo siguiente: Durante la Transición, al no haber habido ruptura, se produjo el olvido de la (idealizada) Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo, injusto para los perdedores de la Guerra.  Un silencio que ha durado hasta hoy. Como consecuencia, la Administración debía intervenir para recuperar la llamada Memoria Histórica.

2) Tras un recorrido a través de El País de los años 1976 al 79 (los más delicados en cuanto a posibles temores de involución) se llega a la conclusión que lejos de que la Historia de la República, la Guerra Civil y la época de Franco cayeran en el olvido o en el silencio autocensurado a partir de la Transición, el propio periódico presenta durante esos años posteriores a la muerte de Franco una profusión considerable de textos que se refieren a éste periodo de nuestra Historia.

2) La inmensa mayoría de esos textos – artículos, tribunas, reportajes, entrevistas –son partidarios de la interpretación histórica más acríticamente afecta al Frente Popular (y no a la República, como hemos explicado ya). En cuanto a los historiadores profesionales, prácticamente los únicos que a lo largo de estos años exponen una y otra vez sus tesis en el periódico son aquellos situados en la órbita marxista.

3) Llama la atención que el principal promotor hoy de la recuperación de la Memoria a través de la acción partidista del gobierno, el diario El País, fuera durante la Transición el más firme defensor de no utilizar la Guerra Civil en el debate político.

4) En realidad sí ha habido silencio (o manipulación) por parte del periódico. El que se refiere a los hechos más comprometidamente totalitarios de una izquierda que no se sacude su ideología marxista y revolucionaria hasta el postfranquismo. La afinidad con el bando perdedor de la guerra, le hace ocultar a El País lo más importante: que éste tampoco era un bando democrático.

[1] Se puede consultar al respecto el Estudio General de Medios (EGM), que es un estudio sobre el consumo de los medios de comunicación en España realizado por la Asociación para la investigación de Medios de Comunicación  (AIMC). También a la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD), empresa española fundada el 20 de octubre de 1964 y encargada del control de la tirada y difusión de varios tipos de medios de comunicación en España.

[2] Ramoneda, J., Memoria, amnesia, perdón. El País,  7 de Noviembre de 1997.

[3] Cebrián, J. L. y González, F., El Futuro no es lo que era, Madrid, Aguilar, 2001.

[4] Cebrián, J.L., Francomoribundia. Madrid, Alfaguara, 2003.

[5] Navarro, V., Consecuencias de la transición inmodélica, El País, 8 de enero de 2003.

[6] Revista Marie Claire, octubre de 2005.

[7] El 5 de abril de 2006. El senador Carles Bonet, portavoz entonces de Entesa Catalana de Progrés, manifestó en sintonía con el Presidente, que se estaba “en deuda con el régimen republicano y que seguía faltando la plena normalización del tratamiento institucional” de aquel periodo.

[8] Muy elocuente al respecto resulta el editorial 70 años después.  Editorial de El País del 18 de julio de 2006.

[9] Ramoneda, J., Garzón,la derecha y el franquismo. El País, 21 de octubre de 2008.

[10] Vila-San Juan, S., ¿Pacto de amnesia en la Transición? Suplemento de la Vanguardia. 28 de septiembre de 2005.

[11]  Juliá, S., Amnistía como triunfo de la memoria. El País, 24 de noviembre de 2008.

[12] Cf. El País, 24 de noviembre de 1978.

[13] Para un estudio pormenorizado de la llamada “Primavera trágica” se pueden consultar los capítulos 8, 9, 10 y 11 de: Payne, S., El colapso de <st1:PersonName ProductID=”帷ꌈ帯ꨈv田v

(2005) El sesgo izquierdista de los textos de bachiller

¿hay orientación ideológica en los libros del bachillerato español? Demostrar que la Historia del siglo XX está interpretada en los textos de Historia de Bachillerato desde el punto de vista de la izquierda española tradicional es el objetivo principal de este trabajo.

 

Introducción.

 

Este trabajo está basado en un estudio de más envergadura realizado por quién suscribe como parte del Periodo de Investigación del Programa de Doctorado “Geografía e Historia” de la UCA de 2004 que estudia cómo perciben los conceptos de democracia y mercado en el siglo XX nuestros textos de bachiller de Historia del curso 2003-2004.

Los libros de texto son un punto de referencia clave en la información que nuestros estudiantes reciben sobre el pasado; según el prisma con que se interprete la Historia, según el grado de objetividad que se aplique a su estudio, y por tanto según la mayor o menor presencia de ideología en la interpretación de los hechos históricos, así será la forma más o menos rigurosa de nuestros alumnos de acercase al presente y al futuro. La democracia y el mercado son dos pilares básicos de las sociedades abiertas del siglo XX. Juntos definen a las sociedades libres y desarrolladas de la contemporaneidad. De ahí la importancia de conocer qué posición tienen nuestros textos en torno a esos conceptos y a las sociedades que han dado a lugar.

Hasta ahora tenemos innumerables estudios sobre la manipulación franquista de los manuales de historia de los años 40, 50 y 60, y sobre la mixtificación que los nacionalismos excluyentes hacen hoy de la historia regional, así como de otros temas, como el papel de la mujer, el de ciertas minorías sociales, etc. Sin embargo, no tenemos estudios globales acerca de si hay orientación ideológica en nuestro bachillerato actual, y si la hay, de qué sesgo. Ni siquiera sabíamos si podíamos extraer conclusiones generales al respecto. Este trabajo acerca de dos conceptos significativamente reveladores de las distintas posiciones ideológicas (como son los de la democracia y el mercado) ha pretendido llenar en parte ese vacío.

Los manuales estudiados son los utilizados en los institutos en el curso 2003-04, es decir, entre septiembre de 2003 y septiembre de 2004, por lo que todos son ediciones posteriores al año 2000, y anteriores al 2004, la mayoría más cercanos a esta última fecha. El interés de la investigación se centraba precisamente en hacer un muestreo de los textos de hoy; uno, por dejar constancia de cómo se posiciona la enseñanza de la Historia en el Bachillerato de principios del siglo XXI , y dos, porque cómo ya existe un breve estudio con zonas de concomitancia con éste, que estudia la percepción de la figura del empresario y la economía de mercado en los textos de Historia, Geografia y Economía de toda  la Enseñanza Media[1] referido a los manuales de los años 90, se trataba de seguir la pista de la evolución de nuestros libros de bachillerato del 2003-04, aunque sólo fuese en lo que respecta a la concepción del mercado, y aunque usásemos una metodología y un objetivo diferente al estudio del profesor González, dado que nuestro estudio se paraba sobre todo en los principales acontecimientos históricos del siglo XX. Por cierto, es preciso resaltar, que aunque por diferente vía, ambos estudios llegan a la misma conclusión respecto al prisma ideológico de nuestros textos tanto de final de siglo como de principios de 2000.

Este estudio se ha realizado sobre los manuales más importantes del actual bachillerato español, y a poco que se esté en la profesión se sabe que en conjunto, estos textos analizados representan en la práctica  casi la totalidad de los empleados en los institutos españoles. Sirva como un ejemplo de la implantación de los libros estudiados, el estudio de Hijano[2] , que otorga a 5 textos, – Santillana, SM, Anaya, Oxford y Vicens Vives, el 77% del mercado de Andalucía. A estos manuales citados, nosotros le hemos añadido el estudio de los de Editex,, Bruño, Mac Graw Hill, y Akal.

 

Los Manuales de Historia: antiliberalismo y prosocialismo.

 

Pues bien, como conclusión general, estamos en condiciones de aseverar que el enfoque de nuestros textos está sesgado, – con más o menos intensidad y matiz según el manual y según el asunto que se estudie -, en un sentido favorable a lo que denominamos hoy izquierdas[3], especialmente a la corriente que utiliza el materialismo histórico como forma de interpretación de la Historia.

Quizás en buena medida como reacción  al dominio totalitario que nuestros manuales de los 40, 50 y 60 sufrieron por parte del nacional-catolicismo, la mayoría de esos manuales rezuman un anticapitalismo (y por tanto una cierta posición antisistema) que está al decir de César Alonso de los Ríos[4], (entre otros muchos autores) en consonancia con el dominio que el pensamiento de la izquierda tradicional tiene sobre los aparatos de reproducción ideológica (escuela, prensa, universidad y cultura), y que roza en ocasiones el relativismo democrático, y es complaciente, y aún cómplice, con la historia de la izquierda totalitaria (la izquierda socialdemócrata participa de los mitos históricos de la totalitaria, en parte porque se siente heredera del socialismo marxista, y en parte porque se le ve poco o nada dispuesta a la revisión crítica de los postulados históricos revolucionarios, a pesar del fracaso, e incluso del horror de sus resultados), por lo que en la práctica, al joven estudiante español se le prepara más para recelar del orden democrático de mercado – en el mejor de los casos – que para alcanzar un conocimiento objetivo de la Historia.

Para ser precisos no obstante, es necesario aclarar que una nueva forma de ver las cosas desde el punto de vista de la izquierda se está abriendo sobre todo en el laborismo anglosajón (representado por Blair), y también en algunos pensadores del socialismo latino. En España debemos citar al profesor Tortella para quién el socialismo “debe aceptar el capitalismo de manera decidida y explícita exigiendo la competencia y la transparencia. El capitalismo es democrático cuando es competitivo. Las intervenciones que tan cara han salido a la izquierda favorecen la desigualdad y los grupos de presión”[5].  No nos referimos a ellos cuando hablamos de la izquierda.

Pues bien, esta orientación hacia la izquierda de nuestros textos ocurre incluso en aquellas editoriales de titularidad próxima a la Iglesia, lo cual no deja de producir asombro. Una primera razón sobre esto último puede estribar en que, a pesar de las diferencias en cuanto a lo moral, la interpretación próxima al marxismo de los fenómenos sociales ha conseguido calar, no solo en tradiciones tan dispares como la conservadora, la liberal (muy minoritaria en la confrontación histórica en los últimos años) o la eclesiástica, sino en el conjunto del pensamiento histórico, hasta tal punto que se ha olvidado que es una interpretación de origen antisistema y se ha convertido en el único enfoque válido, en apariencia sin sesgo ideológico, y por tanto utilizado tanto por la izquierda como por la derecha. En otras palabras, hoy, la interpretación del mundo que explica la pobreza a causa de la existencia del capital, o la culpabilización de occidente respecto a la “explotación” del Tercer Mundo, por poner dos ejemplos de lo que es todo un sistema de pensamiento sobre el mundo, no sería una posición en realidad de origen leninista, sino la explicación “lógica”, la única que puede encontrarse en la mayoría de los libros de divulgación histórica, y aún en la mayoría de los especializados. En España, a partir de finales de los 60, han tenido especial influencia en ésto, la hegemonía de la interpretación histórica por parte de los hispanistas europeos, – en especial los ingleses y franceses (Hobsbawn, Jackson, Preston, Pierre Villar, etc) -, así como de los marxistas catalanes (Fontana), cuya visión ha sido hegemónica, y la que finalmente se ha impuesto como la “normal” (hoy empiezan a cambiar las cosas).

Otra razón de la influencia del materialismo histórico en los libros de texto de editoriales clericales tiene que ver con la aproximación en materia de análisis social, que la izquierda por un lado, y la doctrina social de la iglesia por otro, han experimentado desde los años 60. A fuer de coincidir en lo  social, las posiciones de ambas han llegado ha confluir a veces en lo político. La influencia de fenómenos como la Teología de la Liberación, y de las asociaciones de base de la Iglesia, han tenido mucho que ver en esta concomitancia.

El caso es que ese adoctrinamiento, en algunos casos muy velado y en otros abiertamente transparente, se hace sobre todo en base a una interpretación de la Historia, que desde mucho antes de la caída del muro de Berlín había ya fracasado, pues entre otras cosas, había dado lugar a uno de los regímenes más tenebrosos de la Historia de la humanidad. Una interpretación defendida no solo por la izquierda comunista, sino sorprendentemente por la socialista, incluso después de la caída del muro[6], que además, desde el punto de vista del conocimiento histórico se hace en base a la manipulación de la explicación de los acontecimientos, y sobre todo, en muchos casos, en la falsificación u omisión de los propios hechos históricos.

No es solo que se alaben todos aquellos acontecimientos históricos en el que se pone en juego el buen nombre de la izquierda y se omitan sus actuaciones más denigrantes, ni siquiera que se defiendan las posiciones defendidas por la izquierda en los numerosos conflictos sucedidos en el siglo XX y en los que aún perviven, que también. Es algo más profundo. Se trata de la filosofía de fondo que enfoca el sentido de los acontecimientos históricos. Ésta, contempla la Historia como resultado de la lucha de clases, un conflicto entre “explotadores” y “explotados”, y modernamente, entre países ricos y países pobres, entre el Primer Mundo y el Tercer Mundo.

Lo peor para la conciencia democrática de nuestros alumnos es que como una consecuencia necesaria de esta interpretación, la disyuntiva democracia-dictadura pasa a un segundo plano de importancia frente al conflicto clasista. La democracia se relativiza. Resultado: por un lado el estado de derecho y las libertades no salen siempre bien parados en el sentido de ser el sistema menos malo y el modelo universal a alcanzar, y por el otro, no se exponen con claridad las diversas teorías interpretativas existentes sobre los hechos históricos, lo que impide la comparación y por tanto el análisis y la crítica por parte de nuestros alumnos.

El mercado, que en realidad no es más que la libertad de establecer acuerdos voluntarios y libres entre personas e instituciones, no sólo se constituye para nuestros textos como responsable de la explotación social de la mayoría, sino como un sistema profundamente inmoral, origen, junto al liberalismo político (su superestructura), de prácticamente todos los males económicos, sociales y políticos que ocurren a lo largo del siglo XX: el colonialismo, el imperialismo, el movimiento revolucionario internacional (justificado por la “ilegitimidad” del sistema), las crisis económicas de entreguerras, la llegada del fascismo y del nazismo, la guerra fría, el neocolonialismo, la situación del Tercer Mundo y  la perversa globalización actual.

A nuestros manuales se les escapa que todos esos episodios mencionados son producto de la imposición política y por tanto no sólo ajenos, sino contrarios a la libre concurrencia defendida por la tradición de los teóricos liberales del mercado y de la democracia, cuya doctrina preconiza la sustitución de la coacción política por el comercio pacífico y libre y por el estado de derecho.

 

  1. Finales del siglo XIX, principios del XX y Primera Guerra Mundial.

 

Ya desde el estudio de periodos anteriores al siglo XX nuestros manuales dan muestras de su antiliberalismo. Por ejemplo el de Editex, para quien  la tardanza en la mejora de las condiciones laborales fue debida precisamente a “la mentalidad liberal”[7]. Pero como expone Revel, en realidad los primeros derechos políticos y laborales se introdujeron entre 1850 y 1914 en y por las sociedades liberales [8]. Por el contrario esos mismos derechos fueron todos suprimidos en y por los países socialistas (contradicción que no pone de manifiesto el bachillerato). Fue el ministro del rey Luis-Felipe, Guizot, el que elaboró en 1841 la primera ley que limitaba el trabajo de los niños en las fábricas, y fue Bastiat, el economista liberal, el que pidió por primera vez en la Asamblea legislativa el reconocimiento del derecho a la huelga[9]. Uno de esos derechos que el liberalismo no supo ver, según la editorial Mc Graw, fue el del sufragio femenino, difundido sobre todo según “la doble influencia de la guerra y de la Revolución rusa”[10]. En realidad el sufragio femenino nace en el mundo anglosajón liberal (no jacobino, ni leninista), pues se establece como originario de EEUU, en el estado de Wyoming, extendiéndose por otros países anglosajones como Canadá, Australia y Nueva Zelanda, lo cual es reconocido por esta editorial, contradictoriamente, en la  misma página.

En cambio, todos nuestros manuales dan por válido el concepto marxista de plusvalía como explicación de la acumulación de los beneficios capitalistas. Y he aquí donde estriba una de las columnas que sostienen su anticapitalismo. La plusvalía se define como la diferencia entre el valor pagado y el valor producido. Es decir, para nuestros textos, el sistema industrial de mercado es inmoral, una doctrina no muy diferente a la del famoso catecismo revolucionario de Marta Harnecker[11], y que 30 años más tarde la encontramos en los libros de texto del bachillerato español como prueba de la ilegitimidad del  mercado, y consecuentemente como adoctrinamiento de nuestros muchachos. El problema es que la Historia, los conocimientos acumulados durante estos años, y la Economía actual ya han refutado todas estas ideas[12].

Cuando se abordan las causas del imperialismo de finales del siglo XIX y principios del XX, todos los manuales lo vinculan al mercado y a las doctrinas que lo soportan. Según esto el imperialismo sería una consecuencia necesaria del devenir del sistema capitalista. Pero fue precisamente la ausencia de mercados libres lo que influyó en la aparición del imperialismo. SM es el único manual que lo insinúa: “La victoria del proteccionismo (elevados impuestos a la importación de mercancías extranjeras…) frente al librecambismo hizo que los Estados disminuyesen sus posibilidades de comerciar con otros países y se tuviesen que limitar a sus propios territorios”[13]. De ahí que buscasen la conquista  de nuevas tierras en las que expandir sus mercados, cerrados por las políticas restrictivas de otros países.

El texto de Vicens Vives también menciona al proteccionismo como telón de fondo de las causas económicas del imperialismo y de la I Guerra tal como lo hacen los economistas de nota[14], si bien no es consecuente con esa idea pues inmediatamente añade que el leninismo “amplió”[15] esas explicaciones al señalar que el colonialismo fue obra del capitalismo, y no lo contrario, la consecuencia de la ausencia de éste.

Aunque el manual de Santillana no es una excepción a la hora de relacionar el imperialismo con el mercado, al menos le otorga importancia a las razones políticas, como la que se basa en el cambio producido en las relaciones internacionales a partir de la década de los años 90 del siglo XIX, con la caída de Bismarck y el establecimiento de una nueva estrategia por parte del Kaiser Guillermo II, la llamada política de la Weltpolitik o política mundial[16]. A partir de este momento, la desconfianza entre las naciones, el militarismo y el espíritu imperialista y nacionalista se instala en la política internacional de los estados europeos. Sin embargo este manual salva la posición socialista: “sólo algunas voces aisladas, fundamentalmente de los partidos socialistas se manifestaron en contra del militarismo que crecía desde principios de siglo”[17]; en realidad este manual escamotea que los socialistas del momento no son pacifistas, como podría parecer por su oposición al conflicto entre naciones, sino que buscaban convertir la guerra internacional en guerra civil, insurrección armada o huelga general revolucionaria.

Respecto al clima existente alrededor de la I Guerra, el manual de Akal dice que “El triunfo de los bolcheviques en Rusia enfrentó a quienes esperaban una nueva sociedad con los que temían la revolución social”[18]. Akal con esto se hace precursor de una posición muy extendida para el siglo XX en el bachillerato español, según la cual, la confrontación: revolución/anti-revolución es la más importante de nuestra era. La expresión referida a la “esperanza en una nueva sociedad” añade un elemento de idealización de un sistema del que conocemos ya sus siniestras características. En realidad, la confrontación principal en toda época contemporánea es siempre dictadura/democracia. Y en ese sentido, la verdadera “nueva sociedad” es la democrática-liberal, pues todas las llamadas “revoluciones” históricas anteriores antepusieron el colectivismo de clase, religión, raza o nación por delante de los derechos del individuo. “La verdadera revolución no está en Cuba, sino en  California”[19].

 

 

  1. La Revolución rusa.

 

En consonancia con ese contexto de recelo hacia el mercado por parte de nuestros textos de Enseñanza Media, todo proceso revolucionario totalitario es visto no solamente con benevolencia, sino incluso con indisimulada simpatía en algunos casos. La revolución rusa, por ejemplo, se cuenta siguiendo las propias pautas de la propaganda estalinista, impuesta durante los años que los archivos de la extinta URSS sólo fueron abiertos a aquellos historiadores que coincidían con la interpretación oficial de los hechos[20].

La mayor parte de nuestros textos analizan el estallido de la revolución a causa de la insoportable autocracia zarista. Pero cuando se produjo el golpe bolchevique, Rusia era el país más libre del mundo con el gobierno de Kerenski.  Es verdad que entre 1825 y 1917 el zarismo ejecutó a 3932 personas. Pero ningún texto dice que esta cifra es superada por los bolcheviques tras cuatro meses en el poder[21] (el zarismo fue “apenas una sombra de los horrores del bolchevismo”[22]).

Sin embargo, los cambios rusos en la línea democrática occidental tanto de  1905, como febrero de 1917, son deslegitimados por nuestros manuales y percibidos como “burgueses” y reformistas, ya que no satisfacían las “verdaderas” necesidades del “pueblo”.

Una de las primeras medidas que adoptó el gobierno nacido de la revolución fue disolver la Asamblea Constituyente. En general, nuestros manuales no aclaran suficientemente la trascendencia  de la decisión desde el punto de vista democrático, a diferencia de lo que hacen a la hora de resaltar el carácter dictatorial del régimen zarista. Algunos incluso justifican tal medida, pues la Asamblea representa el modelo “burgués” frente a la “democracia” más “profunda” de los soviets.

Tras la disolución de la Asamblea vino el silenciamiento de la oposición.  Pero nuestros textos no entran en el asunto del terror de masas, o si se hace, sólo para una sola época, la de Stalin, que parece una excepción a la regla, sin que se aclare por tanto la naturaleza criminógena del comunismo para toda época y todo espacio. El terror rojo, programado por Lenin y Trotski desde los comienzos de la revolución (se trató en realidad de un elemento de gobierno concebido bastantes años atrás, al menos desde 1908 [23]), se omite, o se justifica como una respuesta al terror blanco, que por cierto se identifica erróneamente con el peligro zarista (El mismo Churchill llegó a apoyar la guerra antibolchevique de manera especial[24]). En la mayor parte de nuestros manuales, la represión soviética, que alcanza más de 20 millones de crímenes, ocupa el mismo número de líneas que el episodio macarthysta americano de las listas negras.

Desde luego hay una  tendencia a emplear un lenguaje eufemístico que encubre el carácter tiránico del régimen allá donde se es muy sensible no ya con otros totalitarismos (que eso está bien), sino con fallos de regímenes democráticos occidentales (por cierto, algunos reales y otros supuestos). Téngase en cuenta que como dice Francois Furet el régimen de la Rusia de los años 30 no tiene precedente en la Historia. “Jamás un Estado en el mundo se había fijado como objetivo matar, deportar o someter a sus campesinos. Jamás un partido había sustituido tan completamente al Estado. Nunca había dominado tan enteramente toda la vida social de un país y las vidas de todos los ciudadanos. Nunca una ideología política moderna había desempeñado un papel semejante en el establecimiento de una tiranía tan perfecta que quienes la temen deben, empero, elogiar sus fundamentos. Jamás un dictador había tenido nunca un poder tan grande en nombre de una mentira tan completa, y sin embargo tan poderosa, sobre las inteligencias”. Y más adelante: “lo mismo se reproducirá con Hitler y el nazismo” [25].

El carácter totalitario del comunismo no solo es ignorado a veces, sino que muy frecuentemente el comunismo aparece tratado como una ideología antifascista (y por tanto “progresista”, asociada a la defensa de la democracia). En pocas ocasiones se analizan su programa liberticida (lo que acertadamente se hace con el fascismo), ni el parecido que en todos los sentidos, incluso estético, mantiene con el fascismo y con el nazismo. No se dice nunca por ejemplo que los campos hitlerianos estaban inspirados en los de Lenin[26], de los que apenas se habla por cierto.

Es verdaderamente significativo el hecho de que a partir de la victoria bolchevique los textos del bachillerato ya no vuelven a hablar ni de los derechos sindicales, ni del de huelga, ambos ausentes y perseguidos por el bolchevismo. Tampoco de explotación obrera. Por el contrario, ahora se va a hablar de esfuerzo, sacrificio  y de resignación. La sobreexplotación atribuida a otros regímenes, incluso democráticos, ahora en éste es “estímulo a la productividad”. El stajanovismo (Stajanov hacía durante su turno el trabajo de 16 hombres) no es explotación, sino como dice el texto de Bruño, “competitividad entre los propios trabajadores”[27] o como afirma el de Vicens Vives “esfuerzo por la continua superación en el rendimiento en el trabajo”[28].

 

 

 

 

  1. El periodo de entreguerras y las causas de la II Guerra Mundial.

 

Igual que La I Guerra, los problemas de entreguerras son también asociados al liberalismo en nuestros libros de bachillerato. Akal lo resume bien cuando habla de “la falta de confianza de los ciudadanos en los Estados liberales y en su incapacidad para resolver los problemas del momento”[29]. En realidad no fue la incapacidad liberal, sino la implantación de poderosas ideologías totalitarias en la opinión pública, como el nacionalismo y el revolucionarismo, lo que se va apoderando de la época de entreguerras, pues en un primer momento, inmediatamente después de la guerra, fue el liberalismo el que logró extenderse en países como Polonia, Alemania, países Bálticos, Checoslovaquia y Austria.

La idea de atribuir el origen del totalitarismo fascista al mercado, (es decir al liberalismo, especialmente al económico), tal como se hace en algunos textos, es en realidad originaria del marxismo-leninismo, doctrina ésta sí explícitamente totalitaria que condena la separación de poderes e impone el partido único. Se sabe que liberalismo y fascismo no tienen nada que ver, incluso que el liberalismo ha sido más odiado por parte del fascismo que del comunismo, pero se obstinan en presentar al socialismo como el único rival del fascismo. En realidad tanto la doctrina marxista leninista como la fascista propugnan la violencia para tomar el poder. ¿Dónde se defiende eso en la tradición liberal? Si la libertad ha pervivido en el siglo XX ha sido no por la salvaguarda de los regímenes fascistas o comunistas, sino de las democracias liberales, régimen del que menos puede avergonzarse la humanidad[30].

Cuando se habla del periodo de entreguerras, nuestros manuales no hablan apenas del peligro revolucionario totalitario de los años 20 y 30. El “ascenso de los totalitarismos” es el nombre que se le da a la época, pero se refiere sólo a los de la extrema derecha. Nuestros textos no asocian con toda claridad el totalitarismo a las huelgas revolucionarias promovidas por Stalin en Italia y Francia, ni  a la actividad de la III Internacional, ni al frentepopulismo español. Ni hacen responsables a los ataques comunistas sobre los socialistas antes del año 34 como una de las claves del ascenso de los nazis, por ejemplo.

Dos rasgos diferentes que se repiten en el tratamiento del periodo de entreguerras son por un lado, los de un precoz antiamericanismo, y por otro, el de la asociación de las clases medias al fascismo. Respecto al primero el texto de Oxford dice que en el periodo de entreguerras EEUU “no se ocupó de los asuntos europeos ni asumió el liderazgo político que su potencial económico le hubiera permitido ejercer”[31]. Como advierte Jean Francois Revel, el antinorteamericanismo es una obsesión porque critica a EEUU de algo y de su contrario, de su intervencionismo (que es la crítica habitual) y de su aislacionismo (que es el caso)[32]. El grado más alto de esta obsesión antiamericana lo representa Akal cuyo análisis sobre la América de estos años se hace eco de todos los tópicos negativos[33] entre los que incluye el puritanismo (¿) y la ausencia de organizaciones revolucionarias (¿es eso un defecto o una virtud, habida cuenta del camino recorrido por esta vía en Europa y en el mundo durante el siglo XX?). Ni una palabra sobre el desarrollo científico técnico, el desarrollo de las clases medias, el multiculturalismo, la liberación de la mujer, y la ausencia absoluta de dictadores en su Historia. Por el contrario, Akal pinta para Europa una época positiva[34], “los liberales y felices años 20”, aunque finalmente debe echar mano de un elemento americano para adornar tanta alegría, la “música negra”.

Con referencia  a la asimilación de clase media y fascismo, el único manual que rompe con el mito del ensalzamiento de una clase obrera de entreguerras ávida por la redención social, y del miedo reaccionario asimilado al fascismo de las clases medias es el de SM[35]. Citando a C.C. Jover (Los fascismos), muestra la composición social de los afiliados tanto del fascismo italiano como del nazismo alemán. En ambas, los trabajadores por cuenta ajena, y en especial los obreros industriales y agrícolas conforman el porcentaje más alto.

Respecto a los totalitarismos de entreguerras, en general nuestros manuales evitan hacer análisis comparativos acerca del régimen de Stalin y de Hitler. Se trata de una comparación muy didáctica para comprender la similitud de los regímenes que adoptan la dictadura como forma política y la planificación del estado como sistema económico, es decir para describir los regímenes totalitarios antidemocráticos y anticapitalistas sean del signo que sean y contraponerlos a los democráticos y de mercado. Como dice Ernst Nolte la equiparación entre ambos “en lo que se refiere a las medidas de exterminio llegó a la correspondencia extrema”[36]. Jean Francois Revel llega más lejos, pues cuenta como en “su Estado omnipotente, Ludwig Von Mises, uno de los grandes economistas vieneses emigrados a causa del nazismo, se divierte en relacionar las diez medidas de urgencia preconizadas por Marx en el Manifiesto comunista (1847) con el programa económico de Hitler. `Ocho sobre diez de esos puntos – observa irónicamente Von Mises – han sido ejecutados por los nazis con un radicalismo que hubiera encantado a Marx”.[37]

Tal vez  porque el comunismo no perdió una guerra y no ha tenido un juicio como tuvo el  fascismo en Nuremberg, el caso es que no hay simetría ni en nuestros textos, ni en el imaginario colectivo de gran parte de la opinión pública, en el trato de ambos totalitarismos: Todo el mundo conoce a Himler, Goering, Eichman, etc, pero pocos a Yagoda oYazhov. Además, siguen teniendo un sorprendente reconocimiento Lenin, Ho Chi Minh e incluso Stalin[38].

La confrontación fundamental que nuestros manuales encuentran en el periodo de entreguerras es la del fascismo-antifascismo (en realidad la confrontación principal siempre es democracia-dictadura). Pero nuestros textos no suelen explicar que dentro del antifascismo existen unas fuerzas revolucionarias de carácter totalitario, tan antidemocráticas como las fascistas, que se unen a la lucha “antifascista” en Europa en los años 30 a través de los frentes populares, como una manera a la larga de tomar el poder, para implantar la revolución. La prueba de la relatividad del “antifascismo” de los comunistas es que éste tuvo como límite el año 39 (en realidad esa política dura sólo del 34 al 39), año en que tuvo lugar el famoso pacto de Hitler con Stalin, y sólo se reproduce ahora sí de forma clara como no podía ser de otra manera, después de que Stalin fuese atacado por Hitler por sorpresa[39].

Aunque ambos extremismos se odiaban, no era menor el odio que ambos profesaban a la democracia liberal. El pacto soviético-alemán llegó a que “los comunistas franceses exhortaran, en nombre de la lucha contra el capitalismo, a los obreros de las fábricas de armas a que sabotearan su trabajo e incitaron a los soldados a desertar, cuando faltaban pocas semanas para que los ejércitos nazis ocuparan París”[40]. Incluso Stalin llegó a tomar a su servicio, después de iniciada la guerra, técnicos nazis especializados en las cámaras de gas[41].

Todos los manuales del bachillerato español encaran el asunto de la crisis económica del periodo de entreguerras confusamente. En general dicha confusión afecta sobre todo a la explicación de las causas, aunque de una u otra manera, finalmente hay cierta unanimidad en apuntar como responsable último al mercado.  Un ejemplo, el que ofrece el texto de Vicens Vives, para quien la crisis “demostró la incapacidad del mercado para regular por sí mismo los desequilibrios entre oferta y demanda”[42]. Como dice Francois Furet “probablemente no hay época de la historia moderna de Occidente en que el liberalismo económico haya sido objeto de una condena más universal: resulta difícil imaginar, hoy, cuando la idea del mercado ha conquistado incluso a la ex Unión Soviética…”.[43]

No hay ambigüedad tampoco a la hora de enjuiciar las salidas que se buscaron a esta crisis, pues casi todos se ponen de parte de Keynes, siguiendo así la línea de presentar como acertadas las soluciones “progresistas”. Sirva como ejemplo también la cita del libro de Vicens Vives: “Keynes fue uno de los pocos que realizó un diagnóstico adecuado de lo que estaba sucediendo…”[44].

 

 

 

 

  1. La Guerra Fría y la Posguerra.

 

Raras veces se presenta la guerra fría claramente como lo que fue, la confrontación entre la dictadura comunista y la democracia occidental, algo que ayudaría mucho a nuestros estudiantes a perfilar en qué consiste un sistema democrático y a diferenciarlo de los demás. Parece como si existiera un deseo de equiparar moralmente a ambos bloques, (dos “soluciones” distintas, que tienen sus “aciertos” y sus “errores”) bien mediante el ocultamiento del carácter tiránico del bloque comunista, bien poniendo de manifiesto las “razones” de cada uno, bien homologando el tratamiento a las respectivas “disidencias”  o por cualquier otro método encubridor de esa diferencia básica.

 

4.1. China.

 

El caso de China es significativo. Una revolución que tiene sobre sus espaldas 65 millones de crímenes, es decir, casi el triple que el nazismo, y de la que sin embargo se habla con toda normalidad. La “revolución cultural” por ejemplo, proceso motivado por una feroz lucha por el poder totalitario y que cuenta con la responsabilidad de cientos de miles de estos crímenes, se cuenta en nuestros textos de la misma forma que lo hace la propaganda maoísta,  es decir, como si se tratara de una alerta juvenil por reverdecer la revolución. Editex, como muestra, dice que en 1965 “Mao inició la revolución cultural, movilizando al pueblo contra el aparato anquilosado e ineficaz del partido”[45].

Se habla con toda normalidad de los “logros” económicos maoistas, como hace el texto de Mac Graw Hill que entre otras ideas del mismo calibre dice que  “el trabajo colectivo….permitió utilizar mejor los recursos y mejorar las explotaciones: se produjo un espectacular aumento de las tierras regadas gracias a la construcción de embalses, diques y canales” y que la educación “se extendió a todos sin discriminación de sexos”[46]. Pero ni una palabra de las millones de muertos producidos por las hambrunas que soportó el pueblo chino debido al colectivismo (“Entre 1959 y 1961 se acerca a ¡cuarenta millones de personas!”[47]). Tampoco nada sobre la censura y el adoctrinamiento educativo.

 

4.2. Cuba.

 

Cuba es otro de los referentes que demuestran la relatividad democrática de nuestros manuales ante este tipo de regímenes. Para empezar la mayoría habla de una falsedad histórica: el bloqueo[48]. Cuba no está ni ha estado aislada nunca. Sólo el denostado capitalismo estadounidense se ha negado a comerciar con la isla después de que los bienes americanos fuesen expropiados sin indemnización. Los crímenes del régimen cubano suman más que los del conjunto del resto de las dictaduras iberoamericanas y su longevidad no ha sido superada por ninguna, lo cual no es suficiente para que nuestros manuales hablen apenas de la represión cubana. El contraste con el espacio y la intensidad de las condenas dedicadas a la represión de otras dictaduras de derechas, básicamente de Pinochet y Videla (condenadas justamente), es flagrante.

Por otro lado no se habla de las condiciones de miseria a las que ha sido sometido el país. Como dice Cabrera Infante “Cuba, el país que era en los años 50 con Argentina y Uruguay uno de los más prósperos de América ha sido reducido a una miseria más atroz que la de Haití”[49]. Tampoco de su carácter dictatorial: Bruño por ejemplo pinta a Cuba como una “democracia directa con un régimen de partido único y un sistema de participación popular”[50].

 

4.3. Vietnam.

 

Vietnam, Indochina, es otro de los tests representativo de lo que venimos diciendo. Ningún manual nos cuenta que pasó allí, tras la retirada de los americanos. Todo lo que importa de aquella guerra a nuestros libros de bachiller es la derrota del “imperialismo” americano a manos del “pueblo vietnamita”. Los manuales de Editex y Bruño la llaman guerra de liberación nacional. Pues bien, apenas Vietnam convertido en comunista, en 1975, 60.000 personas fueron fusiladas en los tres meses que siguieron a la conquista del sur por los ejércitos de Hanoi, más unos 20.000 un poco más tarde. Alrededor de unos 300.000 perecieron en el transcurso de los años siguientes a causa de los malos tratos sufridos en los campos de concentración[51]. La victoria norvietnamita tuvo como consecuencia un éxodo extraordinario. “Cerca de millón y medio de refugiados debieron ser asentados en 16 países, y a estos se unieron no menos de otro medio millón que intentaron escapar de la dictadura comunista por mar – los denominados boat people- de los que como mínimo un 10 por ciento pereció en la fuga”[52]. El extremo oriente quedó esclavizado por el comunismo. En Camboya “Pol Pot entró en una política genocida en virtud de la cual llegó a ordenar el exterminio de los que llevaban gafas (lo que revelaba que sabían leer) o de los que hablaban inglés”[53].

La noción de la democracia en nuestros textos queda dañada finalmente en la interpretación de otro numerosísimo conjunto de episodios relacionados todos con la legitimidad otorgada al movimiento socialista revolucionario internacional: el ataque a Corea del Sur, el ascenso del movimiento  de los “no alineados”, el conflicto palestino-israelí, los llamados movimientos de liberación nacional, la guerrilla iberoamericana, el aislamiento de Berlín, y la anexión de la Europa central y balcánica, la satelización comunista de varios países africanos, el golpe de Praga,  la guerra civil de Grecia y las huelgas insurreccionales de Italia y Francia.

 

4.4. La descolonización.

 

Para nuestros textos la descolonización es un fenómeno asociado al “imperialismo” americano. En realidad el resentimiento antioccidental de la descolonización fue aprovechado por la URSS y China para extender el odio a la democracia occidental y la implantación por la fuerza de la dictadura marxista leninista a casi la mitad del globo, y prolongar con ello durante medio siglo el atraso en la modernización de estos países, del que solo algunos empiezan a recuperarse tras adoptar las instituciones políticas y/o económicas occidentales (actualmente, el caso de China, India, Taiwan, Korea del sur, Singapur o Chile). Se insiste en considerar imperialistas a aquellas naciones occidentales, que como Estados Unidos, han dedicado más fondos  a la ayuda del Tercer Mundo; y en no ver el imperialismo de la URSS y China, que consideran creadoras de los llamados movimientos de liberación nacional, en realidad instrumentos de imposición comunista. Como ejemplo las palabras del manual de Oxford: “la revolución bolchevique divulgó un mensaje antiimperialista. La URSS fue el ejemplo para la mayoría de los dirigentes nacionalistas de Africa y Asia”[54]. El resultado es que la descomposición de los colonialismos occidentales ha dado paso a las victorias de las utopías cruentas, totalitarias y antioccidentales[55].

Nuestros manuales no hablan de la responsabilidad revolucionaria en el empobrecimiento ni en el atraso de la modernización de estos países, liderados en los últimos 50 años por las élites revolucionarias, especialmente en Africa cuyas hambrunas bajo dominio comunista son manejadas por las nomenclaturas para conseguir una ayuda que les eterniza en el poder: “durante el decenio 1980-1990, casi todas las víctimas de la privación de alimentos se situaban en Africa, y más particularmente en los países provistos de un régimen marxista: Etiopía, Madagascar, Angola, Mozambique a los que hay que añadir Sudán que no es marxista”[56]. Nuestros textos vinculan la pobreza tercermundista, especialmente la africana, a las secuelas de la colonización occidental, omitiendo otras, que tienen mucho más que ver con la realidad de hoy. Como añade Revel, “además de las mortíferas copias del Koljozismo soviético-chino por las nomenclaturas de Africa y el desvergonzado saqueo de los recursos internos y de la ayuda exterior por las oligarquías revolucionarias locales, las incesantes guerras civiles o interestatales, las guerras de religión, las exterminaciones étnicas, el racismo intertribal, las matanzas y los genocidios son las principales, si no las únicas, explicaciones de la caída de las poblaciones africanas en la indigencia a que han quedado reducidas”[57].  Sin embargo, nuestros textos recurren a los tópicos neomarxistas para explicar las situaciones de indigencia en el Tercer Mundo, de entre los que destacan conceptos como el “intercambio desigual”, el llamado desarme arancelario, el neocolonialismo y la deuda externa, ideas todas ellas superadas por casi la totalidad de los economistas de hoy. Respecto a ésta última de la deuda por ejemplo, Venezuela recibió entre los setenta y noventa 250 mil millones de dólares. ¿Qué hizo con ese dinero? Lo que hiciera es mucho más responsable de su situación que cualquier otra cosa, desde luego[58].

 

4.5. Occidente: enmienda a la totalidad.

 

Por el contrario, nuestros textos suelen hacer una enmienda a la totalidad de los países occidentales, a cuyo sistema democrático y de mercado se les responsabiliza de la situación de los países subdesarrollados. Al nuevo orden (capitalista) surgido de la guerra en occidente se le achaca el hambre del mundo, la ausencia de paz, las crisis económicas, especialmente la del 73, y el fariseismo de apoyar regímenes autoritarios proclives a occidente. Respecto a esto último, y por escoger un ejemplo entre muchos, el manual de SM dice que “Reagan no dudó en apoyar a regímenes dictatoriales financiando a grupos que se oponían a los gobiernos cubano y nicaraguense”[59]. Es verdad que algunas actuaciones americanas no tienen justificación. Pero resulta sesgado criticarlas si no se hace también con todos los gobiernos democráticos que se hayan aliado con dictaduras en ese momento menos fuertes, para derrotar a totalitarismos más peligrosos para el mundo (Reagan derrotó a un comunismo que dominaba más de la tercera parte del planeta). Por ejemplo, para ser coherentes, se debería entonces criticar la alianza de los demócratas europeos y americanos con la Rusia totalitaria estalinista, para derrotar a Hitler.

Una de las acusaciones a Occidente que suele repetirse es que no ayuda suficientemente al Tercer Mundo. La experiencia demuestra sin embargo que lo decisivo para que un país despegue es, no tanto la ayuda exterior, como el cumplir una serie de requisitos institucionales y económicos que la experiencia muestra como necesarios para ello (democracia y mercado, básicamente). La prueba de lo secundario de las ayudas si no se tienen estas instituciones es que desde hace cuarenta años Africa ha recibido el montante de varios planes Marshall. De 1960 a 2000 recibió cuatro veces más créditos (no devueltos) y ayudas por habitante que América Latina o Asia. ¿Por qué no dicen esto nuestros  manuales? ¿Por qué América Latina y Asia están despegando, y Africa no?[60].

Uno de los objetos de crítica favoritos de nuestros manuales son los países anglosajones, especialmente EEUU, seguramente porque ellos representan el paradigma del sistema liberal de nuestra época. Reagan y Thatcher, como máximos exponentes del sistema, se llevan la palma en cuanto a ser los blancos preferidos de las descalificaciones. No hay manual que no los critique más o menos abiertamente, en ocasiones faltando a la verdad. Como hace el manual de Santillana cuando dice que “la `revolución´ de Reagan[61] provocó mayores niveles de pobreza…”[62] O el de Anaya sobre Margaret Thatcher[63], de la que se dice que  “…favoreció a las grandes empresas…” y que “…paralelamente aumentaron las diferencias sociales al empeorar la situación de los más pobres”[64]. Ninguno dice que las políticas anglosajonas liberales acabaron desde entonces con el desempleo (se debe recordar que por debajo del 5% los especialistas lo consideran debido a la enfermedad mental, drogadicción, alcoholismo o vagabundez)

En realidad la condena de las políticas liberales son generales y llegan hasta los 90, como cuando el texto de Oxford dice que “en los primeros años de la década de los 90….los aparentes logros de las políticas neoliberales de los años 80 desaparecieron”[65]. Finalmente suele suceder que se trata con mayor consideración moral a cualquier líder tercermundista totalitario antiamericano que a un presidente de gobierno democrático considerado de derechas o liberal.

La estigmatización del llamado “Neoliberalismo” lleva a nuestros textos a condenar los fenómenos que suponen apertura de mercados y libertad económica, muy especialmente los del espectacular desarrollo del sudeste asiático y  de la transición al mercado de la antigua URSS. Del primero no se habla de la situación de miseria anterior, ni del sorprendente aumento del nivel de vida, sino de que es un desarrollo marcado por la explotación y  bajos salarios. En realidad la ciencia económica nos indica que los salarios están siempre en consonancia con la productividad[66] de cada país.

Respecto a la transición de Rusia, “…el país que había abanderado la revolución de la igualdad…”[67], las condiciones de vida se deterioraron, dice el manual de Akal. Pero la URSS sólo fue el país de la igualdad en la pobreza; en realidad fue el país de los privilegios de la nomemklatura y de la tiranía, es decir de la desigualdad por razones políticas impositivas y no de libre y voluntaria competencia económica, y sus condiciones de vida nunca fueron buenas. “El bloque soviético se desmoronó y la fiebre del liberalismo capitalista se extendió también en estos territorios”[68], continúa Akal en lo que tiene todas las características de un lamento por el “paraíso” perdido.

 

 

4.6. Las alabanzas al intervencionismo estatal y a los “Movimientos de Liberación.

 

En cambio, hay unanimidad a la hora de ensalzar las políticas intervencionistas. El único momento en que el mercado es visto con buenos ojos es durante el periodo de  la Europa que va de 1945 a 1973, la Europa de la socialdemocracia, cuyos esfuerzos y recursos fueron dedicados a construir el llamado Estado del Bienestar, mientras dejaba en manos de EEUU la defensa del mundo occidental y la pacificación de las zonas conflictivas del mundo, especialmente aquellas donde avanzaba el comunismo. Todos los manuales ensalzan esa Europa, y ninguno critica que mientras EEUU ponía el dinero y las vidas de sus muchachos, Europa se dedicaba a criticar sus actuaciones, lo que le permitía el doble beneficio de sentirse superior moralmente y al mismo tiempo defendida[69].

Sólo la América demócrata, quizás por su (relativo) parecido a la socialdemocracia europea, es alabada por nuestros textos. El de Anaya lo hace cuando habla del “gobierno de progresistas”, y aprueba su intervencionismo económico para “limitar el poder del capital”. Por el contrario, del periodo republicano americano de la época se dice que ejerció un “férreo anticomunismo” (¿utilizaríamos la expresión “férreo antifascismo”?) y se habla del “liberalismo económico radical que benefició a las grandes empresas y a las mejores fortunas”[70]. Se echa de menos los numerosos errores demócratas de las épocas de Kennedy, Johnson y sobre todo de Carter, y la similitud de sus posiciones internacionales con los republicanos.

El consenso de nuestros textos de bachiller en torno a posiciones neomarxistas vuelve a repetirse alrededor de las causas y soluciones del subdesarrollo de Iberoamérica. Todos dicen que las desigualdades están detrás de la pobreza; ninguno plantea el asunto de cómo crecer todo el tiempo, fórmula que ya sí está siendo practicado por algunos países de este continente con éxito, lo que podría servir como ejemplo para nuestros manuales. Pero esto no ocurre. Por ejemplo Chile, uno de esos países que pronto alcanzará el nivel de Europa y que puede ser un referente para el continente, es utilizada mucho más para hablar de un golpe militar que ocurrió hace 32 años que del éxito espectacular de su política económica de los últimos años. Por el contrario unos y otros hacen hincapié en la responsabilidad del reparto de una riqueza, que en realidad antes que nada debe generarse.

Como se parte del hecho de que la miseria viene de estas desigualdades “sociales”, producto de la extensión de los mercados, se llega a justificar la existencia de guerrillas[71] que supuestamente buscan la igualdad social, aunque en realidad busquen la generación de una sociedad comunista, al estilo de las ya ensayadas y trágicamente fracasadas en el mundo. En efecto, el texto de Editex dice que la miseria producida por esas oligarquías “llevaron a la organización y levantamiento en armas de fuerzas populares organizadas en forma de guerrillas…”[72]. Pero ni fue la miseria lo que llevó a la guerrilla[73], sino la ideología comunista, ni estas fuerzas eran tan de extracción popular como se dice, pues suelen estar lideradas por hijos procedente de la “oligarquía” de cada país, – por emplear la terminología de estas mismas organizaciones -, convertidos al marxismo leninismo, y para nada de origen campesino o indígena. Por ejemplo, el célebre subcomandante Marcos, gran protagonista de nuestros textos, como el resto de sus congéneres, es universitario y blanco, se llama en realidad Rafael Guillén Vicente, y fue entrenado en Cuba[74].

 

4.7. La condena de la Globalización.

 

El fenómeno de la globalización también concita todo tipo de rechazos y críticas por parte de nuestros textos. Tras esa condena se trasluce un disgusto por lo que parece la victoria definitiva del mercado en el mundo. Es prácticamente imposible encontrar en nuestros textos cifras acertadas acerca del crecimiento mundial y de la incorporación de cada vez más millones de personas al desarrollo económico e industrial. Lo cierto es que “desde hace 50 años,…en el Tercer Mundo ha habido un triple aumento: el de la renta media, el de la población y el de la esperanza de vida”[75]. El único continente donde no ha ocurrido esto es en Africa, justo donde no llega la globalización[76]. Pero nuestros manuales, en contra de las cifras dadas por los principales economistas, se empeñan en utilizar triquiñuelas estadísticas para dibujar un mundo en regresión. Por ejemplo el texto de Vicens Vives, que critica a gran parte de los “modelos teóricos en economía” por defender que “la globalización favorece el crecimiento y una mayor renta por habitante entre países”, añadiendo que la “evidencia demuestra que aunque el crecimiento ha sido intenso durante los últimos decenios, en especial en algunas zonas como Asia, las diferencias en la renta entre países ricos y países pobres ha aumentado”[77], lo cual es verdad. Pero valorar la divergencia entre países no sirve, pues albergan una gran diferencia entre sus poblaciones y por tanto nos dan una visión engañosa. Hay que valorar si hay más pobres o menos que hace 10 años en el mundo. O mejor dicho si la fracción de pobres disminuye o no, porque cada vez hay más pobres y ricos, por la sencilla razón de que la población mundial crece. Pues bien, la fracción de pobres respecto al total de la población, disminuye. Como dice el economista Sala i Martín, reciente premio Juan Carlos I,  “Los datos demuestran que la fracción de la población que es pobre va decreciendo. En ese sentido el progreso de China y la India vuelve a ayudar porque ha hecho que 300 millones de personas hayan abandonado la pobreza absoluta”[78]. Y los pobres aumentan no porque la clase media se empobrezca, sino porque la mayoría de los niños que nacen en el mundo lo hacen en países del Tercer Mundo.

En el asunto de la globalización, no vuelven a faltar ninguno de los tópicos al uso. La concentración de la riqueza en cada vez menos manos es uno de ellos, a pesar de que estos datos son desmentidos por los especialistas una y otra vez[79]. En definitiva, los mismos errores económicos rastreados por el profesor González en los manuales de los 90 continúan plasmados imperturbablemente en los de principios de los 2000. El profesor González los pone de manifiesto a lo largo de su libro, aunque les dedica al final un capítulo particular[80]: el poder de las multinacionales (en realidad los estados cada vez acaparan más poder), el desempleo a causa de la deslocalización industrial (nuestros textos ignoran el concepto de “destrucción creadora” del capitalismo, de Shumpeter), el intercambio desigual (en los intercambios voluntarios ganan ambas partes), la destrucción del medio ambiente (muy superior en economías planificadas) y la exportación del modo de vida americano, principal responsable de esta situación internacional. Por eso, respecto a esto último, cualquier tipo de resistencia al “Imperio” americano, venga de donde venga, tiene garantizada la simpatía más o menos transparente de nuestros manuales. Para el de SM, el radicalismo islámico, la “prohibición de antenas parabólicas en algunos países musulmanes…” y la “…de Internet en China”[81] forman parte de esa resistencia.

Es curioso en ese sentido, que siendo Europa la que ha conquistado militarmente el mundo desde los siglos XVI hasta principios del XX, y la que ha exportado en el XX dos guerras mundiales y todo tipo de dictadores de uno y otro signo, la fascista y la imperialista sea siempre EEUU, cuyas por otra parte decisivas intervenciones han salvado al mundo de los sucesivos dictadores europeos, el Kaiser, Hitler, Mussolini, Stalin o Milosevic, y en la actualidad han plantado cara al islamismo totalitario.

Llama la atención en ese sentido, la consideración que el Bachillerato español ha tenido siempre para la tradición jacobina francesa, modelo de sucesivas revoluciones a lo largo de la Edad Contemporánea, cuyo inexcusable y común final acaban siempre en el terror y la dictadura. Un crédito filofrancés sorprendente que llega hasta la II Guerra, en la que Francia jugó un papel, durante el periodo del régimen prohitleriano de Vichy, que no hizo sino seguir la peor tradición totalitaria de la Historia de ese país, y del continente.

Contrasta sin embargo la condena por parte de nuestros textos del sistema anglosajón, paradigma de la estabilidad democrática durante más de 200 años. Nuestro Bachillerato pierde la oportunidad de ofrecer un modelo democrático a nuestros estudiantes en países como Gran Bretaña, EEUU, Canadá o Australia, que no solo nunca han padecido en su seno una dictadura de uno u otro signo, sino que en varias ocasiones han defendido en solitario la libertad en el mundo (como durante un tiempo hizo Gran Bretaña contra Hitler).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Vid. González, M. J., El empresario y la economía de mercado: Breve recorrido por los textos de Historia, Geografía y Economía utilizados en los Centros de Enseñanza Media. Madrid, 2003.

[2] Vid. Hijazo del Río, R., “La Historia de Andalucía en los libros de texto”. Septiembre de 2001. Disponible de Internet en <http:wwwaandalucia.cc/adarve/hijano-historia.htm>

[3] Término éste que englobaría a las diferentes corrientes actuales e históricas estudiadas por el profesor Bueno, aunque en el caso de nuestros manuales se refiere sobre todo a la izquierda marxista . Vid, Bueno, G., El mito de la izquierda. Barcelona, 2003.

[4] “La memoria depende de la hegemonía cultural y ésta la tiene la izquierda desde finales de los sesenta […]  Mi testimonio en este punto es el de alguien que en los años sesenta y setenta consideró necesario rescatar el pasado de manos del oficialismo franquista”…lo cual ”era tan imprescindible como salvar a la Historia, ahora, de los sesgos impuestos por la izquierda”. Alonso de los Ríos, C., “Las ruinas de la memoria”. ABC, 22 de agosto de 2004.

[5] Tortella, G., “El socialismo del siglo XXI”. El País, 30 de abril de 2002.

[6] “Enigma de nuestra época: la izquierda del postcomunismo pone más empeño en blanquear el pasado comunista que el que ponían los propios dirigentes soviéticos”; Revel, J. F., La gran mascarada. Madrid, 2000, 191.

[7] Pastor Ugena, A., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2003, 78.

[8] Cf. Revel, J. F., La gran…op.cit.,  216-217.

[9] Cf. Ibid., 45.

[10] Fernández Madrid, M. T. et al., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2002, 123.

[11] Harnecker, M., Los conceptos elementales del materialismo histórico. Madrid, 1973.

[12] Según Pío Moa el concepto de plusvalía fue refutado ya a fines del siglo XIX por Böhm Bawerk, que “desmontó la teoría de la explotación de Marx, apoyada en una idea falsa del valor, base del no menos falso concepto de plusvalía”. Moa, P., “La fascinación del marxismo”. La Revista, disponible desde Internet en <http://www.Libertaddigital.com>,  8 de noviembre de 2002.

[13] Tusell, J. et al., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2002, 100.

[14] Cf. Wanninski, J., “Una historia económica del siglo XX”. En defensa del neoliberalismo,  1-8. Disponible desde Internet en <http://www.neoliberalismo.com/Archivo-01/hist_eco.htm>

[15] Cf. Aróstegui Sánchez, J. et al., Historia del mundo contemporáneo. Barcelona, 2003, 100.

[16] Cf. Villares, R., y Bahamonde, A., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2002, 162.

[17] Ibid., 166.

[18] González González, M.C. y Cabezalí García, E., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2002, 190.

[19] Revel, J. F., La obsesión antiamericana. Barcelona, 2003,  26

[20] Cf. Vidal, C., La Ocasión perdida. Barcelona, 1997, 165.

[21] Cf. Courtois, S. et al., El libro negro del comunismo. Madrid, 1997, 28.

[22] Ibid., 27.

[23] CF. Vidal, C., Breve Historia del siglo XX. Madrid, 1999, 88.

[24] Cf. Nolte, E., La guerra civil europea 1917-1945. México, 1987,  89.

[25] Furet, F., El pasado de una ilusión. Madrid, 1996,  173.

[26] Rudolf Hess manda traer los informes de los campos leninistas para construir Auschwitz.Cf. Courtois, S. et. al., El libro… op. cit.,  29, 30.

[27] Bueno Martín, M. A. et al., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2004, 160

[28] Aróstegui Sánchez, J. et al…..op. cit., 146.

[29] González González, M. C. et al., Historia contemporánea…op. cit., 280.

[30] Cf.  Revel, J.F., El conocimiento inútil. Mdrid, 1993, 193-195.

[31] Sánchez Pérez, F., Historia del mundo contemporáneo. Madrid, 2002, 204.

[32] Revel, J.F., La obsesión…op. cit.,  21.

 

[33] Cf. González González, M. C. y Cabezalí García, E., Historia contemporánea…op. cit., 270-271.

[34] Cf. Ibid., 272-273.

[35] Cf. Tusell, J. et al., Historia del mundo…op. cit., 164.

[36] El nazismo fue una reacción que se transformó en copia: hasta la bandera roja retocada lo fue. Cf. Nolte, E., La guerra… op. cit.,  27. También Furet, F., El pasado… op. cit.,  183-241.

[37] REVEL, J. F., El conocimiento… op. cit.,  192.

[38] Cf. Courtois S. et al., El libro negro… op. cit.,  31-32.

[39] Rusia fue atacada en junio de 1941. El 3 de julio Stalin pronuncia un discurso por radio en el que dice que Alemania había vuelto a ser “fascista” para él. Cf. Nolte, E., La guerra.., op. cit.,  420.

[40] Revel, J.F., La obsesión…op. cit., 93.

[41] Cf. De Villemarest, P., “Les espécialistes nazis du génocide ont aussi travaillé pour Staline”. Le Quotidien de Paris, 13 de julio de 1993, citado en Id., La gran…op.cit., 208.

[42] Aróstegui Sánchez, J. et al., Historia del mundo…op. cit., 160.

[43] Furet, F., El pasado… op. cit.,  174.

 

[44] Aróstegui Sánchez, J. et al., Historia del mundo…op. cit., 164.

[45] Pastor Ugena, A., Historia del mundo…op. cit., 288.

[46] Fernández Madrid, M. T. et al., Historia del mundo…op. cit., 213.

[47] Cf. Revel. J. F., La gran…op. cit.,  127.

[48] Sobre el  mito del supuesto “bloqueo” de cuba pueden leerse multitud de textos entre los que encontrarmos autores poco sospechosos de derechismo, como Fernando Savater, Guillermo Cabrera Infante, Zoe Valdés u Octavio Paz. Ahora citamos un ejemplo. Cf. Vargas Llosa, M., “Desbarajuste con samba”. El País, 25 de julio de 1993.

[49] Cabrera Infante, G., “Colonia de esclavitud”, El País. 13 de marzo de 1995.

[50] Bueno Martín, M.A.I., et al., Historia del mundo…op. cit., 299.

[51] Cf.  Id., El conocimiento… op. cit., 158.

[52] Vidal, C., Breve Hª…op. cit.,  216.

[53] Ibid., 242.

[54] Sánchez Pérez, F., Historia del mundo…op. cit., 245.

[55] Seguimos en este análisis a VIDAL, C., Breve Hª… op. cit.,  201, 202.

[56]  Revel, J. F., El conocimiento…op. cit.,  204.

[57] Id., La obsesión…op. cit.,  78.

[58] Cf. Mendoza, P. A., Montaner, C. A. y Vargas Llosa, A., Manual del perfecto idiota latinoamericano…y español. Barcelona, 1996, 81.

[59] Tusell, J., Historia del mundo…op. cit., 266.

[60] Cf. Revel, J.F., La obsesión… op. cit.,  79.

[61] Para un retrato políticamente incorrecto pero acertado de Ronald Reagan, Cf. Schwartz, P., “Ronald Reagan, un gran presidente”. Expansión, 9 de junio de 2004.

 

[62] Villares, R. y Bahamonde, A., Historia del mundo…op. cit., 356.

[63] Para Un acercamiento desmitificador a dicha figura, Cf. Vargas Llosa, M., “Elogio de la dama de hierro”. El País, 2 de diciembre de 2000.

[64] Praís, J. et al., Historia del mundo contemporáneo. Barcelona, 2002, 311.

[65] Sánchez Pérez, F., Historia del mundo…op. cit., 336.

[66] Schwartz, P. “La deslocalización como ventaja”. Libertaddigital, 20 de abril de 2004, disponible de Internet en <http://www.libertaddigital.com>.

[67] González González, M. C. y Cabezalí García, E., Historia del mundo…op. cit., 420.

[68] Ibid., 420.

[69] Vid., Kagan, R., Poder y debilidad. Madrid, 2003.

[70] Cf. Praís, J. et al., Historia del mundo…op. cit., 311.

[71] Sobre la nefasta influencia de la guerrilla en el subdesarrollo iberoamericano Cf. Mendoza, P.A., Montaner, C.A., y Vargas Llosa, A., “Robin Hood contra la pobreza” en Fabricantes de miseria, Barcelona, 1999,  65-100.

[72] Pastor Ugena, A., Historia del mundo…op. cit., 317.

[73] Las causas sociales o económicas de la guerrilla o del terrorismo son poco convincentes. Cf. Boix, C., “Resentimiento y terror”. El País, 25 de octubre de 2001.

[74] Cf., Vargas Llosa, M., “La otra cara del paraíso”, en El lenguaje de la pasión. Madrid, 2002,  285.

[75] Cf. Revel, J. F. La obsesión…op. cit.,. 76.

[76] Cf. Bonino, E., “¿ Globalización ? Sí, gracias”. ElMundo, 26 de diciembre de 2002. Disponible desde Internet en <http://www.periodistadigital.com/object.php?o=2829>.

[77] Aróstegui Sánchez, J., et al., Histroria del mundo…op. cit., 316.

[78] Sala i Martín, X., Economía Liberal. Barcelona, 2002, 191.

[79] Cf. De la Dehesa, G. “La distribución mundial de la renta” en Globalización desigualdad y pobreza. Madrid, 2003, 113-134. También Vid. Mendoza, P.A., Montaner, C.A., y Vargas Llosa, A., Manual… op. cit.

[80] González, M. J., “Otros errores y debilidades de la lógica económica”, en El empresario… op. cit.,  77-107.

[81] Tusell, J., Historia del mundo…op. cit., 342.

Las calles de Cádiz (I)

En estos días se habla de las calles de Cádiz. Daré mi opinión, pero en dos fases. Hoy, trataré el feo asunto de los cambios de nomenclatura callejera.

Antes que nada, espero que esta vez se cumpla el acuerdo del Pleno municipal de dedicar una plaza a Miguel Ángel Blanco, dada la miserable abstención del gobierno de Podemos. Algún edil habrá que recuerde el día del crimen, la impresionante reacción de miles de gaditanos alineados en la orilla de la playa, en un silencio estremecedor, a los largo de kilómetros. Que se lo cuente a los otros. El argumento podemita de homenajear sólo a las victimas en conjunto no cuela, pues nunca les pareció mal la estatua a los abogados comunistas asesinados en Atocha. No nos engañan, están más con Bildu.

Estuve en la pelea clandestina, pero la retirada del relieve “franquista” del artista gaditano Vasallo Parodi de un colegio, es un disparate. Recuerda el fanatismo de los talibanes contra los Budas, el del ISIS destrozando el Arco de Palmira, y el de los llamados rojos españoles arrasando iglesias, bibliotecas y museos católicos. Esta vez, ese bárbaro afán se ha puesto en práctica mediante una ley indigna que impone una versión oficial de la Historia, aunque al  menos preserva las obras de arte: alguien competente deberá dictaminar si aquí hay ilegalidad. Sería interesante conocer el acta de la Comisión de Patrimonio al respecto: cambiar este relieve por hormigón ha costado 21.000 euros a los gaditanos.

En cambio, ahora quieren poner una placa a Trosky. Me parece bien, que conste, porque es un personaje histórico que pasó por Cádiz. Pero entonces habrá que hacer memoria también: Trosky, junto a Lenin y Stalin, son los tres padres del sistema más criminal de la Historia, el comunismo, con más de 100 millones de muertos (Courtois).

Si quieren placas a la memoria histórica daré algunas sugerencias de la idílica época del Cádiz republicano: en el Colegio de la Salle quemado, en el boquete que hicieron los dominicos con el badajo de la campana para escapar con vida de  Santo Domingo y en la arrasada iglesia de la Merced.  Otro día seguimos.

Por último, pido también dedicarle una plaza al gran Antonio Martín, pero no la de la Cruz Verde. Precisamente la próxima columna tratará de la intocable hermosura de algunos nombres de las calles de Cádiz.

Los separatistas renegaos

Dos de octubre de 2017. Corre una noticia bomba para el Carnaval. Tras el desastre final del delirante referendum catalán, los líderes separatistas, aconsejados por el eficiente Zapatero, han decidido pasar de todo y probar un nuevo modus vivendi: cuarteteros en Cádiz. Al parecer, el tipo y la letra no les están costando mucho, pues sólo tienen que presentarse con su propio aspecto esperpéntico y cambiar el relato (separatista) de chirigota por un repertorio de cuarteto.

El grupo se presentará (¿el 7 de enero?) en el Falla con el nombre de “Los separatistas renegaos”. La música será de Puigdemont (antiguo Puchdamon), ahora llamado “el Fregona”. Romeva, “el Portero de discoteca” en gadita, es el encargado de la letra. De momento ha copiado entera una sevillana que circula por wasap (para el popurrit), y la ha ajustado al gusto del Falla. Como renegados, la sevillana la van a cantar mirando desafiantes al padre del soberanismo fallido, el inhabilitado Artur Mas, otro de los componentes (son 5), condenado al silencio al fondo del escenario, aunque con una pancarta copiada de las Brigadas Amarillas que dice: “Sansionado por quererte”. La letra dice así:

La Viña no es cualquier cosa, y que se entere Artur Mas, y que se entere Artur Mas, la Viña es independiente, y no hace falta votar. Y no hace falta votar, aquí se habla el idioma, que tu prefieras hablar, y cuando llega el Carnaval, para que te voy a contar. Que me perdone la Ezquerra, que tiene nombre de perra, la Viña es particular, nosotros somos de la Viña, y en la Viña hay que ma..r.

La sevillana ha recibido objeciones de otros dos componentes: una de Junqueras, “el Shrek” (copyright de C Herrera), porque dice que se han pasado con su Ezquerra, y además le da alas a la competencia nacionalista: “el Shrek” cree que aún existe el cantonalismo gaditano, a causa de la expresión “país gaditano”, tan prodigada en tangos y bulerías. La otra viene de la Forcadell, escandalizada por el vocabulario: Carme, ahora Carmeluchi, como otras fanáticas izquierdistas, alberga una puritana preconciliar en su fuero interno (y más en el externo).

El grupo ha invitado a Kichi para que siga siendo su palmero en esta etapa, pero el alcalde, tras el fracaso separatista, se quiere escaquear: “llamadme el lunes y ponerse en lo peor”, ha dicho.

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