Érase una vez América (II)

San Francisco es diferente a Nueva York. Aunque tiene su skyline, su paisaje urbano lo forma un conjunto de bellísimas casas victorianas, todas diferentes. Ninguna de las dos urbes parecen europeas, como dicen algunos progres. Para hacerse con la ciudad, lo mejor es coger uno de los tranvías que recorren sus empinadísimas cuestas. Chinatown, el barrio chino más grande fuera de China, es otro mundo.

San Francisco se parece a Cádiz, salvando las distancias. Es una península unida al continente por el impresionante Golden Gate, tiene una gran bahía, y el Pacífico le queda a un lado, por lo que sufre de un poniente caletero permanente no muy agradable. Desde la más famosa de sus colinas, Twen Peaks, se ve Market St, una especie de diagonal barcelonesa llena de tiendas. En algunas de sus callejuelas adyacentes se generaron las principales empresas informáticas del mundo, como Apple o Google. El libre mercado ha convertido a California en la quinta economía mundial. Paradójicamente la ciudad, al contrario que Nueva York, está llena de vagabundos, producto del efecto llamada de sus políticas de “ayuda”, algo que terminará pasando en Cádiz si continúan estos munícipes. En San Francisco tuvieron lugar los primeros movimientos por los derechos civiles de las minorías. Esa mezcla de libre mercado y libertad moral hizo concluir a Revel que la verdadera Revolución no era la comunista Cuba, sino la liberal California. Castro fue el primer barrio gay del mundo. Es elegante y civilizado (no es Chueca), al contrario que el Haight-Ashbury, el barrio hippy del verano del amor del 67, hoy lleno de perroflautas. Patear sus calles, ver la casa de Jimmy Hendrix o Janis Joplin lleva a la emoción de sentirnos en el lugar origen de todo lo que vivimos, pero también a la desazón por la deriva actual.

En San Francisco hay que ir en barco a Alcatraz, pasear por los parques y las playas (poco frecuentadas por el frío), recorrer Lombard St y Alamo Sq, y visitar los muelles (Fisherman´s Wharf). Las casas ricas no están enrejadas porque la propiedad es sagrada mental y legalmente. Por si fuera poco, allí se entiende de vinos. Aconsejados por una jovencita ya experta, probamos un tinto californiano del Valle Napa, exquisito. Hay gran higiene en los baños (no hay que tocar nada). Eso sí, todo es muy caro.  

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