(2007) LAS CAUSAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA DESDE LA PERSPECTIVA ACTUAL: APROXIMACIÓN A LOS DIVERSOS ENFOQUES HISTÓRICOS

Introducción.

 

Este trabajo no es más que una parte resumida de un trabajo mucho más amplio que se refiere a la percepción de la guerra civil en la prensa escrita progresista española a lo largo de la democracia juancarlista. Precisamente para averiguar si había una tendencia dominante en la interpretación de las causas de la guerra había que presentar previamente el estado de la cuestión en cuanto a los enfoques existentes al respecto. Aquí se trató del intento de resumir una clasificación de esos enfoques en torno a las causas de la guerra que necesariamente deberá ser mucho más ampliada y matizada de lo que ahora lo está pues fue presentada como una comunicación a un Congreso universitario.

Dada la amplitud de los objetivos y lo limitado del espacio que una comunicación requería, si queríamos introducir el máximo de contenido al respecto, debíamos condensar todo lo que queríamos decir en pocas frases, por lo que en ocasiones hemos recurrido intencionadamente a un estilo casi de telegrama o de ficha.  Para apoyar la clasificación de los enfoques hemos elegido textos de al menos cada uno de los autores que consideramos más emblemáticos de cada corriente de pensamiento interpretativo, los cuales aparecen a pié de página.

 

La evolución de los grandes enfoques sobre el origen de la guerra civil.

 

Tras la victoria del bando franquista, y hasta bien entrado los años 60, la versión sobre la guerra civil que monopolizó la vida mediática e intelectual española, en manos de un solo grupo político, fue la del sector más extremista e ideologizado del bando vencedor. Pero al mismo tiempo que esa versión cuasi delirante se imponía en todos los ámbitos de la vida social y política se fue produciendo una historiografía conservadora -incluso de confesión franquista en la mayoría de los casos- de carácter científico y profesional, aunque reducida a los ámbitos académicos y de especialistas. Esa historiografía, que podríamos denominar de la derecha, supuso el primer gran enfoque serio sobre  el origen de la guerra cuya influencia ha continuado hasta nuestros días. Según esa primera interpretación, y muy resumidamente, fue la destrucción de la legalidad constitucional por parte de quienes la habían impuesto unilateralmente -la conjunción jacobina y revolucionaria- ejercida tanto desde el gobierno como desde la calle contra una masa de católicos y gente “de orden”, lo que originó la guerra, y no la guerra la que destruyó la legalidad democrática republicana.

A fines de los años sesenta y más acusadamente a partir de la mitad de los setenta, sobre todo tras la muerte de Franco, se va imponiendo una interpretación que va a prevalecer durante más de treinta años en los medios de comunicación, en la universidad y en general en la sociedad, y que puede resumirse así: un grupo de militares, instrumento de las capas más poderosas y reaccionarias del país (la oligarquía), se alza contra un régimen democrático legítimo y avanzado que es defendido por las organizaciones populares, provocando una guerra civil que al final ganan gracias a la ayuda nazi y fascista. La fuerza de este enfoque, llamémosle por seguir la costumbre, progresista, ha sido durante todos esto años tal, que ha conseguido borrar la presencia de los historiadores conservadores, los cuales han permanecido ignorados y despreciados por la mayor parte de los lectores, especialmente por los estudiantes y jóvenes historiadores.

Uno de los últimos fenómenos que ha hecho convulsionar la Historia de la guerra civil es la aparición de la corriente revisionista, llamada así desde el entorno progresista por cuanto revisa sus posiciones, pero cuya acepción usaremos aquí sin connotaciones despectivas. Su enfoque en sí no es nuevo, pues enlaza con la historiografía tradicional de la derecha, aunque sí su metodología, basada en la apertura de nuevos archivos y sobre todo en  las propias fuentes de la izquierda, utilizadas para sostener que fue ésta la que principalmente buscó con ahínco la guerra como medio para llegar a la utopía. La novedad respecto a este reciente revisionismo estriba en el hecho de que algunos de sus máximos exponentes provienen de medios izquierdistas, y aun de la izquierda extrema, lo que les hace tratar sobre un sistema de pensamiento que conocen muy bien y sobre el que utilizan un aparato crítico potente[1] Su aportación, muy denostada en los medios universitarios, dinamiza un discurso demasiado anquilosado y previsible, aunque sorprendentemente no ha dado lugar a un debate científico debido, creemos ser justos, a la posición anatemizadora del entorno progresista.

Hoy en día va ganando terreno en la mayor parte de las Historias sobre la guerra una especie de tercera vía que presenta a ambos bandos como antidemocráticos por igual, o en todo caso a uno más antidemocrático que al otro según el caso, aunque con unas diferencias entre ambos contendientes no tan pronunciadas como se había dicho. Dicho de otra manera, se considera la guerra como el resultado del encontronazo de dos extremos, el autoritario de la derecha y el revolucionario, y no de la democracia contra el fascismo, como ha sido lo habitual en todos estos años. En este último enfoque, como en un cajón de sastre, se mezclan distintos matices interpretativos, con tesis entremezcladas y visiones que vamos a llamar moralistas, neutralistas y sentimentales.

 

 

El modelo explicativo del marxismo.

 

Vamos a empezar primero por el enfoque que hemos llamado progresista, pues es el que presenta un sistema de análisis más definido. En general, los autores que sostienen este enfoque suelen conciliar los acontecimientos históricos y el modelo explicativo marxista, eso sí, algo diluido y ecléctico. Resumimos el modelo.

La Historia no es más que el resultado de la lucha de clases. Como consecuencia del lugar que ocupan en el proceso de producción, cada clase posee unos intereses comunes. Según esto, la burguesía, definida como propietaria de los medios de producción, está interesada en romper el modelo del Antiguo Régimen[2]. En España la revolución burguesa nunca había llegado a desarrollarse hasta sus últimas consecuencias. La debilidad de su burguesía es causa y efecto de su pacto con la oligarquía latifundista, lo que a finales del siglo XIX se traduce en el triunfo de la Restauración, que no es más que la forma de dominación política que adoptan esas clases oligárquicas[3]. La fortaleza de la reacción y su victoria permanente sobre la modernidad produce, entre otros, una incapacidad del sistema para integrar los nuevos movimientos sociales surgidos a fines del siglo XIX. La II República supone una nueva oportunidad de culminar la revolución burguesa hasta el final (entendida ésta no al modo anglosajón, sino francés) y construir un auténtico régimen democrático que sea capaz de integrar al movimiento obrero; pero de nuevo, y esta vez gracias al auge del fascismo internacional, la reacción vuelve a triunfar en España.

La Historia es la historia de la lucha de clases, y los partidos políticos en las sociedades modernas, sus instrumentos. En la República, los partidos de la derecha representan los intereses de las clases dominantes y de unas clases medias ideologizadas por aquella. Los de la izquierda, los intereses de las clases oprimidas.

Los factores sociales y económicos son los determinantes –en última instancia- de los sucesos históricos. Para los hispanistas y para los marxistas españoles, las causas profundas del conflicto histórico español radican en las condiciones económicas del momento, es decir, en la situación precaria del proletariado industrial, y sobre todo en la pobreza de amplias masas de campesinos[4]. La frustración que produce el fracaso de una reforma agraria planificada para solucionar el problema del agro será una de las causas profundas de la guerra.

El ansia de redención de estos grupos oprimidos les lleva a la necesidad histórica de cambiar el modelo capitalista por un modelo igualitario que redimirá a todo el  conjunto social. Pero el aparato coercitivo del Estado, incluso del democrático, está en manos de la burguesía y de la clase terrateniente, y por tanto sigue siendo un instrumento de las clases opresoras[5]; además, estas clases no sólo disponen del instrumento estatal como medio de dominación, sino que su forma de pensar, su ideología, logra ser extendida por toda la sociedad principalmente a través de la religión –el “opio del pueblo”- lo que consigue la conformidad y la sumisión de los oprimidos. De ahí las medidas republicanas contra una Iglesia a la que se la cree responsable del atraso intelectual español y agente de la aceptación de la situación de opresión. Cuando las clases trabajadoras toman conciencia de su situación y se organizan para conseguir posiciones más ventajosas, la burguesía responderá violentamente. En efecto, La Republica va adoptando medidas que atentan contra algunas de las estructuras de dominación de esas clases opresoras, las cuales como reacción, a través de la desestabilización primero, y de la conspiración militar mas tarde, van a liquidar de forma cruenta este régimen avanzado y progresista[6]. El fascismo internacional, surgido también como reacción a las conquistas obreras, jugará un papel muy importante en la derrota de esta democracia avanzada[7]. Como consecuencia de ese auge fascista, cuyo pretexto es la salvación de la patria,[8] el Frente Popular no busca la revolución de forma inmediata –aunque es posible que la republica trajese un clima revolucionario- sino de manera gradual. El auténtico objetivo del Frente Popular no es sino defender a la República del fascismo. Por tanto, la guerra se da entre el fascismo rebelde, representante de los sectores mas reaccionarios de la sociedad y la legalidad democrática republicana defendida por las organizaciones populares y progresistas.

 

 

Los hispanistas. Los marxistas españoles.

 

Dentro de la interpretación sobre las causas de la guerra que hemos denominado progresista destaca la corriente de los hispanistas extranjeros, franceses, americanos y muy especialmente ingleses. Los hispanistas son los auténticos pioneros de esta versión dominante de la guerra, más directamente marxista en el caso francés, aunque orientada toda ella a la interpretación de clase. Autores como Brenan, Jackson, Carr, Thomas, Pierre Vilar, Malefakis, Preston y Beevor serían, entre otros, los más representativos.

La historiografía marxista española ha sido muy prolífica a lo largo de estos años. Nombres significativos son los de Tuñón de Lara, Santos Juliá, y Viñas. Su aportación -muy señalada en cantidad y calidad- se identifica con la visión y los argumentos del grueso del bando perdedor de la guerra, y  su predominio ha sido tan intenso a lo largo de todos estos años, que en parte, ha penetrado en el marco del pensamiento de la derecha y de la propia Iglesia. Critican el modelo conservador del que dicen que no sabe o no quiere ver las causas profundas de los fenómenos históricos, basados en los intereses objetivos de clase.

 

 

Resumen del enfoque de la historiografía marxista.

 

La República, votada mayoritariamente en las grandes ciudades llega pacíficamente bajo la ilusión de una gran masa de españoles que ven en ella la solución a una España caciquil, atrasada y antidemocrática. Se trata de la revolución burguesa pendiente[9]. La quema de conventos del mes de mayo de 1931 se explica por el desahogo de siglos de complicidad entre la Iglesia y los poderes oligárquicos para el mantenimiento de la ignorancia y la explotación de las clases trabajadoras[10]. Estos hechos contra la Iglesia son enjuiciados como un error perjudicial para la Republica y favorecedor de la derecha[11] más que como atentado a la libertad religiosa y a la legalidad constitucional. Por primera vez se promulga una Constitución radicalmente democrática, que busca la separación de la Iglesia y el Estado e integra a las fuerzas políticas del movimiento obrero. Las reformas emprendidas por el primer bienio republicano-socialista son las encaminadas a construir un estado laico y moderno, y un reparto más equilibrado de la estructura de la propiedad rural a la que se hace responsable de la pobreza[12]. La reforma agraria no se desarrollará no sólo por problemas técnicos y de división entre republicanos y socialistas sino  también por el boicot de algunos propietarios y por las trabas burocráticas y legalistas. Desde muy pronto aparece la sedición antirrepublicana de sectores monárquicos, oligárquicos y militares, con el levantamiento del general Sanjurjo en agosto de 1932. Uno de los aspectos más unánimemente resaltados es la acción de la República en pos de la enseñanza. La victoria de la derecha en las elecciones de 1933 se debe a: el fracaso de algunas de las reformas planteadas, en especial la agraria, por la resistencia de la derecha, los desordenes sociales, la reacción católica,  la abstención de los anarquistas y la campaña de la derecha contra Azaña tras los sucesos de Casasviejas. El bienio negro emprende el camino de la destrucción de las reformas republicano socialistas[13]. Las medidas reaccionarias de la derecha en 1933 en contra de los trabajadores contribuyen a polarizar la sociedad y a producir una violencia que estallará tras las elecciones de 1936[14].

Hay frustración en el campo, se vuelve a antiguas situaciones, y el líder de la CEDA recuerda a Dolfuss en Austria, sobre todo a partir de algunos mítines y actos de masas. Ante esto, el partido socialista se radicaliza y adopta formas revolucionarias. La agitación anarquista, que no ha dejado de producirse desde los comienzos, continúa. El miedo a la posibilidad de que la entrada en el gobierno de tres cedistas lleve a la republica a una dictadura fascista hace que se convoque una huelga general revolucionaria, impulsada por la presión de la bases obreras y campesinas. Al mismo tiempo, el gobierno de Cataluña declara el Estado catalán. El gobierno hace traer a las tropas de regulares y marroquíes para acabar con el movimiento insurreccional. Se produce una represión desmedida que tiene un eco internacional. La posición inflexible de la derecha respecto a la represión de Asturias enerva los ánimos de la izquierda y de los nacionalistas. La derecha usa el desorden público en contra de la república. Las clases medias tienen miedo al desorden, la desestabilización de la falange crece[15]. Las elecciones de febrero de 1936 dan la victoria al Frente Popular. Tras una primavera desestabilizadora y conspirativa, el ejército se rebela contra la democracia que es defendida por las organizaciones populares. La victoria será para los rebeldes gracias a la ayuda internacional fascista y nazi[16].

 

 

La Historiografía conservadora revisionista.

 

Los primeros historiadores de la derecha no tienen un modelo definido de análisis; su método consiste sobre todo en rastrear los hechos muy pegados a la realidad, y buscar una explicación adecuada a su desarrollo. Son, eso sí, historiadores minuciosos, investigadores que contrastan la veracidad de los hechos, los cuales investigan acudiendo a fuentes primarias. Sus obras se caracterizan por la profusión de datos y como consecuencia sus libros son muy extensos. Autores significativos en esta línea son Arrarás, Martínez Bande, los hermanos Salas Larrazabal y Ricardo de la Cierva. Como autor no español podríamos incluir a Burnett Bolloten.

Los que hemos llamado revisionistas tampoco tienen un modelo explicativo de la Historia, al estilo marxista, pero sí un punto de vista de fondo liberal-democrático. En ellos está presente un enfoque más moderno y más de confrontar los hechos a la luz del modelo constitucionalista que el de los conservadores. Critican sobre todo al enfoque marxista al que acusan de ajustar las causas de la guerra al modelo de explicación de la lucha de clases. Son significativos César Vidal, Pío Moa, y Martín Rubio entre otros. En los últimos tiempos podríamos incluir también a Stanley Payne. Algunas de las ideas que respaldan el revisionismo las resumimos a continuación.

 

La metodología de la historiografía conservadora liberal[17].-

 

El conflicto de la España contemporánea no es tanto el del liberalismo contra la reacción, como el del encontronazo entre el liberalismo moderado y el liberalismo exaltado. Aunque ambos quieren llegar al mismo sitio, la sociedad democrática liberal, el primero es básicamente evolutivo, legalista, se muestra respetuoso con la tradición, la monarquía (aunque hay republicanos moderados también) y la religión, utiliza el consenso para el establecimiento de las reglas de juego político, menos ideológico que sensato, y tiene un alto sentido patriótico y del Estado. El modelo que siguen es el anglosajón. El segundo es revolucionario, aventurero, impositivo, convulso, mesiánico, cargado de hiperlegitimidad moral, y anticlerical. No tiene sentido de nación por lo tiende a la alianza con el separatismo. El modelo que siguen es el revolucionario francés, modelo que exporta a Iberoamérica. A fines del siglo XIX se suma al jacobinismo un nuevo movimiento revolucionario, de corte obrerista, inspirado en la revolución rusa (también en el anarquismo). Ambos procesos revolucionarios (el francés y el ruso) tienen una dinámica común que desemboca en el terror.

La Restauración, con todos sus defectos -los mismos que afectaban a la monarquía anglosajona y nórdica- podría haber continuado un camino evolutivo hacia la democracia como pasó en esos países. Fue sobre todo la acción de los grupos jacobinos y revolucionarios, cuyos únicos puntos en común eran la destrucción de la monarquía y de la religión católica, lo que ocasionó el desplome del sistema restaurador (ayudado por los errores del propio liberalismo moderado). ¿Cómo podía integrar la Restauración a unos grupos mesiánicos que buscaban explícitamente su liquidación y que defienden la revolución?

La economía condiciona el marco histórico pero no lo define. Más bien es al contrario, la política suele influir directamente sobre la economía, bien frenándola, bien estimulándola. Había más pobreza en la España de principios de siglo o en el sur-este europeo de esos años treinta que en la España de la República. Es pues el mensaje revolucionario el factor que impulsa a la insurrección incluso allá donde no hay pobreza. No son los problemas (el problema agrario) los que determinan las catástrofes, sino las soluciones que se les dan. En la España republicana fueron soluciones en la línea de sustituir la iniciativa privada por la gestión burocrática, es decir soluciones empobrecedoras y totalitarias, lo que hizo que fuese peor el remedio que la enfermedad. En muchos casos además, se aplican estas recetas por las bravas y de forma ilegal, como en el caso de las ocupaciones de tierra. Fue la propaganda revolucionaria sobre la pobreza, vista como producto de la culpabilidad de la derecha, lo que atizó el odio.

Para la historiografía de la derecha liberal no hay intereses de clase homogéneos; lo demuestra la pluralidad de partidos que dicen defender al proletariado, por ejemplo. Las diferencias entre ellos son tales, que llegan al intento de exterminio en la Republica. La clase obrera no está interesada objetivamente en el socialismo –la caída del muro demostró lo contrario-. Sí está interesada, como lo está todo el mundo, en la democracia liberal, porque es el único sistema que ofrece reglas de juego para todos, libertades y derechos individuales (los únicos que existen, no hay derechos colectivos), poderes independientes y gobiernos limitados.  No hay tampoco lucha de clases: el conflicto esporádico de intereses antagónicos entre trabajadores y empresarios en el seno de cada empresa se coloca en segundo lugar ante un interés mayor, el de la buena marcha y supervivencia de la misma.

Los partidos son todos interclasistas y no representan esencialmente a los pobres o a los ricos sino a sí mismos, a las soluciones que proponen y a los que en cada momento les dan su confianza.

Aunque hubo una corriente democrático-liberal representada por Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Alacalá Zamora y Miguel Maura que ayudó a la traída de la república, ésta se desengañó en seguida debido al sectarismo, la radicalidad y las imposiciones de la conjunción jacobina y obrerista. Una constitución sectaria y anticlerical, y la quiebra de la legalidad por parte del republicanismo despótico y del revolucionarismo, desde la calle, a través de la revolución, y desde el gobierno, quebrando la legalidad constitucional que ellos mismo han establecido, todo ello en contra de la mitad del país, provocan la guerra. No hay un conflicto entre fascismo y democracia, pues la democracia no puede ser defendida por una alianza de separatistas, jacobinos, socialistas revolucionarios, comunistas y anarquistas, todos ellos liderados y manejados por Stalin. Las democracias no ayudan a ninguno de los bandos. Ayudan la URSS a la República, y Alemania e Italia a Franco.

 

El enfoque de la historiografía de la derecha.

 

La llegada de la republica a través de unas elecciones municipales ganadas por los monárquicos (que se repitieron en aquellos lugares donde no habían ganado los republicanos) produjo una Constitución sectaria[18]  que choca de lleno, entre otros, con una masa de católicos españoles. Los liberales exaltados y los revolucionarios se imponen casi desde el principio a los republicanos liberales moderados,  los cuales van a mostrar pronto su desengaño; en efecto, los moderados se verán pronto desbordados cuando un mes después de proclamada la republica arden iglesias y conventos en varias capitales españoles sin que las autoridades hagan lo suficiente por restablecer el orden[19]. Los gobiernos de centro izquierda emprenden una serie de reformas inspiradas en el modelo jacobino francés, algunas de ellas auténticos ataques a la libertad religiosa[20]. Se exagera la acción de la República en pos de la enseñanza, entre otras cosas porque se promulgan leyes que cierran colegios (religiosos) que acogen a más de la mitad esbordados,ación mutua superior a la que Rusia otorga a los republicanos Cf. , con narradores objetivos y neutros”la población escolar española. Por otra parte, la ley de Defensa de la Republica, anterior a la propia constitución, y que la contradice, es en la práctica un instrumento partidista y de censura empleada sobre todo contra la derecha. La República permanece la mayor parte del tiempo bajo estados de alarma o de guerra, lo que le permite la censura, las prohibiciones, la limitación de los derechos, el cierre de periódicos y las deportaciones políticas, casi siempre contra el grueso de la derecha y en ocasiones contra los anarquistas. Tras el fracaso entre otros de la reforma agraria y la extensión de los conflictos sociales, a menudo violentos, las elecciones del 33 dan el triunfo a la derecha, pero ésta no puede formar gobierno ante la oposición de la izquierda y del propio Presidente de la República. Tras su derrota electoral, el PSOE comienza un proceso de bolchevización que será determinante en el origen de la guerra civil.

Tras el desgaste del centro, la derecha demanda y obtiene tres carteras ministeriales lo que sirve de pretexto al partido socialista (ante el supuesto carácter fascista de la CEDA) para organizar una insurrección armada revolucionaria que tuvo un resultado de más de 1400 muertos en 26 provincias españolas. La derecha, lejos de aprovechar el momento para implantar una dictadura (anunciada por la izquierda) hace cumplir la legalidad, pero sufre  una campaña internacional al estilo izquierdista  -de las habidas antes y después del 34- en el que se acusa al gobierno de graves responsabilidades en la represión de los culpables. El presidente Alcalá Zamora impide que la derecha gobierne[21] y termina convocando nuevas elecciones que gana el Frente Popular, formado por republicanos jacobinos y la izquierda marxista (Besteiro, socialista moderado, había sido apartado de la dirección del partido). Desde febrero de 1936 hasta julio se quiebra la legalidad tanto desde el gobierno formado por republicanos (se revisaron actas de elecciones[22] de forma ilegal y se destituyó a Alcalá Zamora de la presidencia) como desde la calle (hubo 300 muertos en esos meses a causa sobre todo del proceso revolucionario abierto) por parte de las fuerzas revolucionarias. El no va más llega con el asesinato de uno de los dos jefes de la oposición (al otro, Gil Robles, no lo encontraron en su casa) por parte de un grupo policial al servicio del partido socialista, y no del estado de derecho. Gil Robles pronuncia en las Cortes su famosa frase “media España no se va a dejar matar por la otra media”. A partir del 18 de julio se descompone del todo el régimen republicano en la zona antifranquista, dándose rienda suelta a la revolución social. La situación revolucionaria es disimulada a niveles internacionales[23].

 

El enfoque neutralista, moralista y sentimental.

 

El enfoque que pretende tratar a ambos bandos como malvados, o a unos mas malvados que otros, pero no con la intensidad que se había dicho, suele venir acompañado de declaraciones de imparcialidad. Pero también de apreciaciones morales y sentimentales. Sus pretensiones de imparcialidad no impiden que algunos terminen alineándose con más o menos claridad, a uno de los dos grandes enfoques, generalmente al progresista. Lucha fratricida, apelaciones a nuestra condición cainita, referencias al infierno hispánico, debates sobre si fue posible la paz, etc. conforman el meollo de los enfoques sentimentales, los cuales, lejos de poner sobre la mesa cuestiones de objeto científico, distraen acerca de las explicaciones del origen del conflicto. García Cortazar sería el prototipo de historiador proclive a estas apreciaciones sentimentales, como demuestra en la Introducción de la reciente colección sobre la guerra publicada por el periódico El Mundo, con frases del estilo de “los españoles de 1936 cumplían un destino funesto, como los héroes de una tragedia griega (…)”[24]. Al final Cortazar está muy influido por el enfoque progresista a pesar de su posición de derechas pues coincide con éste en cuestiones tan importantes como la de dar crédito a las izquierdas cuando hablan de salvar a la República frente a Gil Robles (en realidad buscan la Comuna), llamar insurrección popular a la en realidad organizada por el PSOE en 1934, y otorgar más importancia a la represión que a la insurrección armada de Asturias. A Cortazar lo incluimos en el apartado neutralista porque llega a la conclusión de que los dos extremos de cada bando arrastraron a una mayoría de moderados hacia la guerra civil[25].

Beevor se encaminaría más por una interpretación moralista, la cual tampoco ayuda a aclarar las causas del conflicto. Su declaración de que no pretende ser complaciente con nadie –declaración común a este grupo heterogéneo, pero de intenciones neutralistas- pronto se ve contradicha por su análisis de clase. Un análisis cargado de descalificaciones morales contra las derechas y la Iglesia, y de justificaciones para los peores atropellos de la izquierda.[26]

Un autor que muestra gran celo por la equidistancia a la par que expone importantes dosis moralista es Bennassar[27]. Ya el propio titulo del libro dice mucho de su enfoque. En la misma línea neutralista se halla el libro de Eslava Galán[28], cuyo autor gusta de un moralismo plasmado en multitud de anécdotas.

Y por ultimo citaremos la reciente serie del periódico El Mundo sobre la guerra civil que pretende ser nada menos que la primera obra escrita en España con el propósito de ser objetiva y alejada de los maniqueísmos, ya que “el acontecimiento decisivo de nuestro pasado reciente no ha contado, salvo excepciones, con narradores objetivos y neutros”. La posición de la obra queda expuesta por su presentador, el impulsor de la serie Pedro J. Ramírez, cuando se refiere a que miles de hombres fueron arrastrados a la guerra por los dos bandos fanatizados en conflicto[29].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] El movimiento ha adquirido proporciones mas allá del campo de la disciplina histórica (donde los casos de Pio Moa, César Vidal y Jon Juaristi son los mas conocidos) que lo sitúan en todos los ámbitos del  mundo intelectual español (los casos de Gustavo Bueno, Cesar Alonso de los Ríos, Albert Boadella, etc. ). No es novedoso por el contrario el caso de historiadores conservadores que tras años de inmersión en el entorno progresista acaban asumiendo sus tesis, como es el caso de Tussell o Cortazar.

 

 

[2] Toda la síntesis que aquí se expone puede consultarse en un pequeño manual ya clásico HARNECKER, M., Los conceptos elementales del materialismo histórico. Madrid, 1973.

 

[3]  “un sistema liberal oligárquico” lo define Santos Juliá. JULIÁ, S., “Edad Contemporánea” en Historia de España. VALDEÓN, J., et al. Madrid, 2003, p. 434.

 

[4] “el problema más grave se hallaba, lo mismo que antes, en el sur rural” CARR, R., Historia de España., Barcelona, 2001, p. 259

 

[5] La puesta en marcha de la guerra fue obra de “la oligarquía que se había visto desposeída de muchos de los centros del poder político y que temía verse desposeída definitivamente del poder económico” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado: dictadura, republica, guerra (1923-1939). Madrid, 1983, p. 22

 

 

[6] “(…) Ahora los antiguos dueños del poder económico, dirigidos por el ejercito y apoyados por la Iglesia, vieron que estaban a punto de ser desbordados. Frente a ellos se encontraban `los profesores´ -la clase media instruida- y prácticamente todas las fuerzas obreras del país, enloquecidas por años de insultos (…)”. THOMAS, H., La guerra civil española (1936-1939), París, 1976.

 

[7] El fascismo internacional y su influencia en la CEDA fue uno de los dos grandes problemas de la República. Cf. JACKSON, G. Breve Historia de la Guerra Civil española, Barcelona, 1974, p. 23

 

[8] Tuñón dice que “se confunden la salvación de la patria con los intereses de clase” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado… op. cit., p. 224.

 

[9] Los republicanos estaban llamados “a una revolución de tipo jacobino, largo tiempo esperada y debida” BRENAN, G., El laberinto español, Barcelona, 1984, p. 249.

 

[10] Cf. Ibid., p. 254-255.

[11]  Dice Tuñón que si bien no hay pruebas de quien pudo ser, “el motín favoreció a la derecha” TUÑÓN DE LARA, M., La crisis del estado… op. cit., p. 126.

[12] El problema agrario fue precisamente uno de los dos problemas graves de la República. Cf. JACKSON, G. Breve Historia… op. cit., p. 23

[13] Según Malefakis la derecha, desde octubre de 1934 hasta febrero de 1936, usará el poder para “destruir los sindicatos campesinos, reducir los salarios rurales, desahuciar arrendatarios y yunteros” MALEFAKIS, E., Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX.  Madrid, 2001, p. 567.

[14]  Cf. Ibid., p. 569

[15] Como dirá Preston  “Jose Antonio Primo de Rivera representaba para las clases dominantes la garantía de que el fascismo español no escaparía a su control” como sucedió en Alemania e Italia. PRESTON, P., La guerra civil española. Barcelona, 1987, p. 60

 

[16] La ayuda italiano alemana a Franco es superior a la que Rusia otorga a los republicanos Cf. VILAR P., Historia de España. París, 1963, pp. 144-145.

[17] Este resumen de las ideas que están en el fondo del pensamiento conservador liberal es un compedio extraído a lo largo de estos años principalmente de autores como Cesar Vidal, y sobre todo Pío Moa; no hablamos sólo de sus libros, sino también de sus textos históricos escritos en prensa, principalmente en el periófico on line Libertad Digital, disponible en Internet, www.libertaddigital.com.

[18] No se hizo pensando en todos los partidos, como hizo Cánovas en 1876, ni menos fue elaborada con la participación de todos, como hicieron las Cortes de 1978. Cf. DE LA CIERVA, R., Historia de España. Guía imprescindible ara jóvenes. Madrid, 2001, p. 515.

[19] “La alegría por el nuevo régimen pronto decayó. Antes de un mes…ardían un centenar de iglesias, con libros y obras de arte, y eran asaltados locales y periódicos conservadores. El gobierno, con su pasividad, alentó, de hecho, la quema” MOA, P., Los orígenes de la guerra civil. Madrid, 1999, p.159.

[20] Vid. CÁRCEL ORTÍ, Vicente La persecución religiosa en España durante la segunda república.Madrid, 1990

[21]La recusación a que Gil Robles forme gobierno hace afirmar a los hermanos Salas que “la esencia del Estado liberal, basada en el principio de la legitimidad democrática había quedado desmedulada. La Segunda República se revelaba como un régimen imposible. Cf. SALAS LARRAZABAL, R. Y J., Historia general de la guerra de España. Madrid, 1986, p. 20.

[22] Cf. VIDAL C., “¿Ganó el Frente Popular las elecciones de febrero de 1936? 1 y 2.”, Libertaddigital, 2 y 9 de abril de 2004, http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276219754.

 

[23] Burnett Bolloten señala que la revolución social en la zona antifranquista fue en muchos aspectos mas intensa que la bolchevique en sus primeras fases; pero no sólo fue ocultada su magnitud, sino su propia existencia, algo insólito en la historia. BOLLOTEN, B., La guerra civil española. Madrid, 1989, 45.

[24] GARCIA DE CORTAZAR, F., “Historia de dos odios” en  La guerra civil mes a mes, Tomo 1, p. 7

[25]  Ibid., pp. 7-13

[26] Vid. BEEVOR, A., La guerra civil española. Barcelona, 2005.

[27] Vid. BENNASSAR, B., El infierno fuimos nosotros: la guerra civil española (1936-1942…). Madrid, 2005

[28]Vid. ESLAVA GALÁN, J., Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. Barcelona, 2005.

Ce travail a également l’intention de prouver que El País a défendu pendant la Transition de ne pas utiliser la guerre civile dans le débat parlementaire pour faciliter la coexistence démocratique. Le contraire de ce qui est maintenant supporté.

 

[29] RAMIREZ, P. J., La guerra civi…op. cit., TOMO 1, solapa de presentación.

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